Cómo hacerle el boca a boca a una lengua: Las palabras primas de Fernando Iwasaki

Detalle de la cubierta de «Las palabras primas», Fernando Iwasaki, 2018

 
Sobre la lengua como medio para una mejor vida en común

Durante la década de los treinta, Karl Kraus publicó diversos artículos en los que corregía, con escarnio, los errores ortográficos y gramaticales que invadían los planfletos nazis. No lo hacía porque fuese un erudito puntilloso o se negase a ver, como los personajes de Sinclair Lewis, lo que estaba a punto de suceder, sino porque consideraba que el modo en que nos relacionamos con la lengua representa y modela la manera en que nos relacionamos con la realidad.

De este modo, la confusión sintáctica, la pobreza léxica y la monotonía conceptual prefiguraban la indiferencia respecto de la verdad, el odio hacia la pluralidad del mundo y el olvido de la libertad.

El sueño del humanismo, 1993

Cinco siglos antes Lorenzo Valla había escrito unas Elegancias latinas, de las que solo recordamos, quizás injustamente, su prólogo, titulado De la dignidad del hombre. Tal y como nos informa Francisco Rico, en El sueño del humanismo, aunque a nuestros ojos modernos no queda clara la relación entre lo que parece una mera colección de tiquismiquis de gramática con una afirmación tan rotunda de la libertad y la dignidad del hombre, debemos recordar que, para los humanistas, hablar bien no era una cuestión meramente estética, sino también ética, en el sentido de que propiciaba una mejor forma de pensar y de vivir, e, incluso, política, ya que hablar bien, esto es, hablar con claridad, precisión, sencillez, respeto y elegancia suponía concebir el conocimiento como un bien público, compartido y pactado.

Kraus y Valla son solo dos puntos de una línea que los trasciende, formada por muchos otros autores que tuvieron la misma fe en las cualidades redentoras del lenguaje. También formarían parte de este infinito o interminable proyecto: Nietzsche, que llamaba al diccionario “el cementerio de las palabras”, y buscaba, con su escritura nerviosa, resucitar al Lázaro del lenguaje. Flaubert, quien evidenció en su muy actual Diccionario de lugares comunes ‒que quizás deberíamos traducir como Diccionario de automatismos‒ el carácter alienado, perezoso y, sobre todo, equivocado, de nuestros pensamientos y conversaciones: Cortázar, que soñaba con reanimar las palabras extrayéndolas del ámbar de la Gran Costumbre mediante todo tipo de descargas poéticas y filosóficas.

Gustave Flaubert, 1911

Por no quedarnos solo en ese espejismo de oasis que es “Occidente”, recordemos también a los pueblos nahua, en general, y a los aztecas, en particular, que le daban tanta importancia a la palabra, que designaban a sus soberanos con el término tlatoani, que significa ‘el que habla bien’, y cuyos tlamatinime o sabios, a los que Bernardino de Sahagún llamó, en cierta ocasión, “perfectos philosophos”, consideraban que la práctica de la poesía, o “palabra florida”, era el único elemento que justificaba la vida de los hombres.

Pero no solo escritores y filósofos forman parte de este proyecto que busca revitalizar el lenguaje de los que, según los situacionistas, “tenían en la boca un cadáver”, sino también, o sobre todo, una infinidad de padres y maestros que siguen enseñando a venerar no tanto las lenguas particulares, que tantos aman de forma abstracta y desatenta, como el mismo hecho de hablar bien, porque, como diría Cortázar, todos los lenguajes, el lenguaje, son el instrumento que debemos reparar, encerar, cepillar, afinar y practicar constantemente, para que nuestro concierto con los otros, con nosotros y con la realidad aspire a la armonía.

Las palabras primas de Iwasaki

Un punto –ciertamente no inextenso- de la línea sugerida por Kraus y Valla, es la obra de Fernando Iwasaki, de la que ya he hablado en diversas ocasiones, y de la que ahora quiero destacar su último conjunto de ensayos, titulado Las palabras primas y publicado recientemente por Páginas de Espuma. Los breves ensayos que componen este libro forman una especie de antidiccionario en el que cada entrada es una salida por la que se fugan cientos de palabras fosilizadas, olvidadas u obviadas, suplicando ser atendidas de nuevo o, aún mejor, volver a ser dichas.

Las palabras primas, 2018

El libro consta de tres partes: “Discontinuado”, que incluye diversas reflexiones acerca de las oportunidades y amenazas para el lenguaje del presente contexto sociocultural. “Palabras de ida y vuelta”, que incluye consideraciones sobre el significado y origen de diversos términos del español americano y andaluz. E “Incas e hidalgos”, que rastrea algunos icebergs léxicos, como los juegos de naipes, el flamenco o la enología, en relación con esa versión aurisecular de Tú a Boston y yo a California que protagonizan las figuras de Miguel de Cervantes y el Inca Garcilaso de la Vega.

Como si de un Enterprise literario se tratara, Las palabras primas se embarcan en una expedición que atraviesa el tiempo y el espacio a la búsqueda de términos que merecen ser rescatados, no como piezas de museo o instantáneas de safari fotográfico, sino como nuevas semillas de tabaco, patata, chocolate o tomate, dispuestas a alimentar y deleitar nuestras viejas bocas dormidas.

Discontinuado

En la primera sección, nos encontramos con ensayos como “Oh, más dura que password a mis quejas” ‒título que hace referencia a uno de los versos más célebres de la Primera égloga de Garcilaso de la Vega‒, donde el autor aboga por una especie de ludismo lúdico, en virtud del cual se desmarca tanto de los “apocalípticos”, como de los “integrados”, para presentarse como un ser “discontinuado”, esto es, como uno de aquellos seres que “queremos integrarnos, pero cada actualización la vivimos como un apocalipsis porque la última versión de cualquier programa siempre nos sorprende tratando de aprender la trasantepenúltima”.

Fernando Iwasaki, escritor

Fiel a su escepticismo alegre y humanístico, el autor busca un asentimiento, a la vez irónico y celebratorio, del mundo que le ha tocado vivir. El mundo no se acaba, o, como mucho, está a punto de volver a empezar. Es cierto que hoy en día el tiempo en vez de perseguirnos parece querer dejarnos atrás, pero ¿no ha pasado eso siempre?. Tan ajeno a la jeremiada ludita, como al utopismo digital, Iwasaki constata que: “Los lectores creativos se enriquecerán con las nuevas tecnologías, mientras que los lectores pasivos se aburrirán igual que con los mamotretos encuadernados”.

En otro de los ensayos, “Cuadernos”, el autor imagina un diálogo entre las notas y los subrayados que él mismo realizó en el pasado y la lectura de esas viejas notas realizada por él mismo o por sus propios hijos o nietos. Una posibilidad que, por entrar en polémica con el ensayo anterior, no admite el libro electrónico, cuya perduración y capacidades de interacción son, a pesar de lo que pueda parecer, mucho más reducidas que las del papel.

Por otro lado, en “QDAMS N L’KAFETERÍA?” se denuncia el hecho de que “algunos de los principales idiomas del planeta derivan hacia un esperanto mutante trufado de expresiones en inglés rupestre o de malas traducciones y peores doblajes”. Se cuestiona el supuesto de que “quienes no leen libros de papel sí tendrían que leer libros electrónicos”. Se pone el dedo en la llaga de que solo se hable del libro digital literario y jamás del libro digital escolar, por la sencilla razón de que es más rentable vender numerosos manuales escolares en papel, que descargarlos directamente en una tablet. Y, finalmente, se pone en duda la potencialidad innovadora del medio digital, en tanto en cuanto “todavía no he visto en el ciberespacio nada que sea intrínsecamente distinto a los caligramas de Apollinaire, a los Exorcismos de esti(l)o de Guillermo Cabrera Infante o a las originales propuestas de Julio Cortázar en Último round .

G. Cabrera Infante, 1982

Al final de este ensayo, el lector se encuentra con una de las muchas perlas que esconde este libro: la mención a una traducción de la Biblia al “cheli”, o jerga carcelaria, realizada por Antonio Alonso, capellán de la cárcel de Carabanchel, titulada El Chuchi, los colegas y la basca; seguida del primer párrafo del Quijote traducido al spanglish por Ilan Stavans.

Cierra este primer bloque el ensayo “La Mancha Extraterritorial”, donde Iwasaki empieza lamentando la difusión fundamentalmente cuantitativa, pero no cualitativa, del español: “Nueva York refleja muy bien la verdadera situación de nuestro idioma en USA: millones de hispanohablantes viendo por televisión el partido México-Holanda y ni una sola librería de habla hispana”.

Nuevamente, el autor trata de evitar la mera negatividad, que tiene como único resultado desgastar las energías que podrían dedicarse a su remedio o compensación, y trata de fijarse en el hecho de que, si bien es cierto que el español apenas es usado como lengua científica, académica o cultural sigue siendo una lengua literaria de primer orden. Para empezar uno de los dos o tres grandes escritores del siglo XX, Jorge Luis Borges, era, según sus mismas palabras, “un escritor inglés en lengua española”.

A él se suman muchos otros autores que forman, a propuesta de Iwasaki, “La Mancha Extraterritorial”, una expresión que hace referencia al concepto de “extraterritorialidad”, estudiado por George Steiner, que haría referencia “a los escritores que construyen su obra desde lenguas y culturas distintas a las suyas o que experimentan una sensación de extrañamiento con respecto a sus propias lenguas y culturas”.

Extraterritorial: Papers on Literature and the Language Revolution, 1971

En este último ensayo, Iwasaki se interesa por aquellos escritores de origen no hispano que eligieron el español como lengua literaria, entre los que se cuentan el francés Paul Groussac, el judío franco-alemán Max Aub, el italiano Alejandro Rossi, así como por aquellos autores que en su infancia hablaron alemán (Roberto Arlt), italiano (Ernesto Sábato), quechua (Arguedas), ruso (Pizarnik) o japonés (José Watanabe).

A todos ellos se les suman numerosos autores jóvenes, que también comparten otras lenguas, como el ítalo-egipcio Fabio Morábito, el marroquí Mohamed El Gheryb o escritores de familias multiculturales, como Andrés Neuman o Leonardo Valencia. Esta pléyade de escritores diversos revela un idioma que, a pesar de su incapacidad para reinvindicarse como lengua científica, académica o política, conforma un continente rico, variado, atractivo y, sobre todo, hospitalario.

Palabras de ida y vuelta

La segunda sección está constituida por microensayos acerca del origen, uso o destino de algunas palabras del español americano y andaluz. Destacan piezas como “Ahoritita”, un término que, a diferencia del “ahora mismo” español, que significaría ‘ya’ o ‘de inmediato’, es “un diminutivo de adverbio que en realidad quiere decir ‘espera que termine lo que estoy  haciendo y cuando tenga tiempo me ocupo de lo tuyo’, pero como es muy feo desentenderse así del personal, uno queda como más diligente si responde ‘ahoritita’”.

En “Ustedes sabéis”, el autor nos informa de que en el español de la selva peruana, al hielo le llaman “del agua su duro”, a la televisión “del cine su cría” y al ascensor “de la escalera su milagro”. Ya le hubiese gustado a Aristóteles o a Heidegger haber hallado un modo tan accesible y poético de hablar acerca de esa maravilla de las maravillas que el mero hecho de ser. Además de regalarnos esta delicia filosófico-literaria, el autor realiza una cartografía léxica de su propia identidad.

Joseph Conrad, 1899

No se trata, claro está, de un mapa cerrado, ordenado y jerarquizado, sino, antes bien, de uno de esos mapas llenos de zonas en blanco, como los que fascinaban a Joseph Conrad, o,  mejor aún, de un mapa del tesoro, como los que dibujaba, en las lluviosas tardes escocesas, el sobrino de Stevenson.

Se dice, por lo demás, que Colón era un hombre de muchas patrias, porque italianos, portugueses, mallorquines, catalanes y sefarditas han visto indicios de sus respectivos idiomas en sus textos. Lo más probable es que todos tuviesen razón, porque Colón habría hablado en jerga levantísca, esa koiné mediterránea que marineros y comerciantes habían ido creando a base de encuentros y desencuentros. Cinco siglos más tarde, Iwasaki, un peruano de origen japonés, que ensaya los modos lingüísticos del andaluz, reivindica su “castellano compositum que para quien me oiga ya no es de ningún sitio, pero a mí me basta con saber de qué lugar de Huelva cogí aquel giro y con quién estaba en Jerez cuando me quedé con aquella copla. Nunca hablaré como andaluz, pero ya puedo hablar con arte. Ustedes sabéis”.

Cabe señalar que no se trata de una melancólica evocación personal, sino de un verdadero ejemplo de relativismo, apertura, alegría y tolerancia cultural y lingüística, del que todos tenemos mucho que aprender.

En el siguiente ensayo, titulado “Fandango llamó a borondongo”, del mismo modo que Borges propuso, en Otras inquisiciones, un verdadero método intelectual, basado en el estudio comparativo de los diferentes modos que autores y épocas han tenido de evocar unas pocas metáforas básicas, Iwasaki nos propone el método de estudiar cómo “las palabras recorren vastos continentes antes de instalarse agradecidas dentro de una comunidad que les da otro sabor”.

Otras inquisiciones, 1952

El autor se centra en el caso de la palabra “fandango”, una palabra solo aparentemente andaluza, y flamenca, que halla su origen en la lengua de los esclavos africanos, quienes denominaban a sus reuniones, ndonga, si bien, en el caso de que éstas degenerasen en pelea, las llamaban fwandonga, en el caso de que se pusiesen a cantar, fundungu, y, si duraban toda la noche, fundanga. Desde ese ámbito, dicha palabra habría pasado a Hispanoamérica, como un tipo de baile, para pasar, a su vez, a la Península, donde se habría instalado en el ámbito del flamenco. Ciertamente, las palabras pueden cargarse de armónicos. Es lo que hacen los filósofos, que escriben gruesos volúmenes con el objetivo de que cuando digamos palabras como “causa”, “fenómeno”, “voluntad” o “mundo”, resuenen en ellas toda una sinfonía de ideas e intuiciones.

Lo mismo hacen los escritores. Piénsese, por ejemplo, en el caso de García Márquez, quien, en El coronel no tiene quién le escriba, logra cargar de hondas resonancias una término como “mierda”, de tal modo que, cuando la novela se cierre con dicha palabra, no nos suene a mera interjección, sino a monólogo trágico. También Iwasaki sabe cargar de armónicos las palabras, tal y como muestra en este viaje al corazón de las tinieblas etimológicas, que tiene como principal efecto que una palabra “convoque un asombro de siglos”.

En “Etymologia iamacuci”, por su parte, el autor explica el origen de la palabra “jamacuco”, que significa ‘telele, cogorza, infarto o cólico’, y que, al parecer, procedería de “zambiricuco”, término insidioso con el que designaban a zambos y mulatos libertos de origen rústico y selvático, y que dio lugar a ‘zamacuco’, que incorporó la acepción de ‘hipócrita’ o ‘mentiroso’. Como en otros ensayos, Iwasaki corrige o completa la etimología que el DRAE da de esta palabra, que no vendría del árabe, donde significa ‘hombre fuerte y brutal’, sino, antes bien, del “zamacuco” afroamericano, que circulaba por Hispanoamérica ya en el siglo XVII.

Fernando Iwasaki, 1996

En “Diquelando”, Iwasaki se suma a la cruzada que inició Borges, en un ensayo como “Las alarmas del doctor Américo Castro”, incluido en Otras inquisiciones, contra el purismo o puritanismo casticista. Se trata de defender el derecho a la libertad (que otros llamarán promiscuidad) lingüística. Así, frente a aquellos que no ven problemas en aceptar los anglicismos, pero critican las ricas variedades del español, en particular del andaluz, Iwasaki defiende, con humor sereno, la variante andaluza.

En “Las palabras del campo”, después de evocar la extrañeza que le producían en su infancia las castizas palabras de tema rural (“aprisco”, “brocal”, “zurrón” o “barbecho”) que le dictaban las monjitas españolas del colegio limeño en el que estudió (que ya había evocado con honda delicadeza en El descubrimiento de España), Iwasaki celebra el hecho de que esas y otras palabras alejadas, “las palabras del campo andaluz hayan arraigado en mi vida”, porque “a la literatura, como al campo, no es posible ponerle puertas”. Además, reivindicando el arraigo en el idioma, o variante del idioma, de su esposa y de sus hijas, el autor lamenta que, así como existe el término “patria”, que etimológicamente es ‘la tierra de los padres’, “no exista ningún sustantivo que nombre o define la tierra de los hijos, una tierra más esencial y entrañable –sin duda- que la tierra de los padres.”  Entiendo que propuestas de este tipo deberían entrar en debate con términos tan problemáticos –y malversados- como los de “lengua materna” o “lengua propia”.

En “El flamenco y América Latina”, además de introducirnos a “una riqueza desconocida para la gran mayoría de hispanoablantes”, el autor pone en evidencia de qué modo la Real Academia de la Lengua deja fuera de su diccionario palabras fundamentales, como las del mundo del flamenco, mientras incluye otras quizás prescindibles o innecesarias, como el imperativo “iros”, o los términos “amigovio”, “toballa” o “murciélago”.

Matteo Trovò: “petaloso”

Destacan también los ensayos “Esplendor de ‘gamborimbos’”, donde el autor propone la inclusión en el DRAE de divertidas palabras, como “gamborimbos”, cuyo significado deberá averiguar el lector de esta reseña, y “Petalosos latinoamericanos”, un microensayo especialmente alegre y entrañable, en el que Iwasaki explica la  historia de Matteo, un niño de ocho años que, tras describir una flor como “petalosa”, un adjetivo que no existe en italiano, fue instado por su maestra a escribir a la Academia Italiana para que considerara dicha voz. Cuando esta le respondió, con escéptica amabilidad, que la incorporaría en cuanto quedara demostrado su empleo masivo, las redes sociales se encargaron de hacerla viral.

Le sigue, por último, una crítica a unas sociedades que marginan a las humanidades, que solo atienden a niños cocineros, futbolistas o cantantes (de pop), mientras que otros “ninños invisibles” se cuestionan su propia existencia en bibliotecas, teatros y conservatorios. Añade Iwasaki que, si un idioma como el italiano, que cuenta apenas con sesenta millones de hablantes, crea palabras tan hermosas como “petalosa”, cuántas no se crearán en el seno de tantos otros idiomas. Lo que le lleva a evocar las aulas de miles de colegios e institutos latinoamericanos en los que “miles de niños como Matteo” estarán creando, en estos mismos momentos, “voces originales, chispeantes y sonoras”.

Incas e hidalgos

La última sección del libro incluye cinco ensayos que reflexionan sobre diversos aspectos del español de los Siglos de Oro, centrándose en las figuras, en parte especulares, de Cervantes y el Inca Garcilaso de la Vega. En “El pan de Cervantes y la papa del Inca” y en “La papa caliente”, con ocasión del cuartocentenario de la muerte de ambos autores, que murieron el mismo año que Shakespeare, Iwasaki realiza comparaciones y conexiones interesantes.

Miguel de Cervantes, 1613

Resulta muy sugerente enterarnos de que, en diciembre de 1591, Cervantes y el Inca Garcilaso coincidieron en Montilla. Aunque no exista ningún documento que acredite que se conocieron, no es improbable que ambos autores se buscasen, pues “Cervantes ambientó en Montilla una de sus Novelas ejemplares –el “Coloquio de los perros”- y por aquellos años el Inca sería el único vecino de la villa que leía, traducía, atesoraba libros y adquiría recados de escribir”.

En “Cervantes y Frankenstein”, aunque Iwasaki coincide con Coetzee en que un clásico debe defenderse solo, también lamenta que la situación de la España contemporánea, que vive “sumergida en la trifulca política” y “acosada por los fantasmas de su historia”, haya supuesto que el Quijote sea leído “con impaciencia e irritación”. El autor lamenta la España machadiana de las “Dos Españas”, con ese “sectarismo y pulsión tanática”, que parecen validar la antigua sentencia de Otto von Bismarck, según la cual “España es una nación tan fuerte, que lleva siglos tratando de autodestruirse y no lo consigue”. De ahí la vigencia de una obra como el Quijote, que “no es una novela políticamente correcta”, en la que la pluralidad cultural e ideológica aparezcan “de acuerdo a una cuota o según las exigencias de la discriminación positiva”, sino por amor a la variedad, por tolerancia a la diferencia, en definitiva, por curiosidad, gusto y alegría.

Además de este amor genuino, no limitado y egoísta, por la diversidad del mundo, Iwasaki evoca algunas de las lecciones de escepticismo y tolerancias que derrama el Quijote. Destaca el pasaje en el que “dos degustadores de vino discrepaban sobre el sabor del caldo: uno aseguraba que sabía a hierro y el otro estaba persuadido de que el vino tenía gusto a cordobán. No se pusieron de acuerdo, pero cuando la cuba quedó vacía encontraron al fondo del tonel una llave de hierro atada a una correa de cuero. En realidad, los dos decían la verdad, pero solo una parte de la verdad. Los dos tenían razón, aunque solo la mitad de la razón”. Según Iwasaki, este pasaje es una verdadera lección para esa España de las “Dos Españas” y las “Diecisiete taifas” que se odian, una lección para los “muy pocos que están dispuestos a admitir los errores propios y mucho menos el quantum de verdad y razón que asisten al adversario”.

Jordi Gracia, 2014

Otra de las lecciones que pueden interesarle, según el autor, a la sociedad española es la del humor, un humor tierno y sereno que no debe ser confundido con la sátira o el escarnio. Iwasaki critica, no sin razón, la incapacidad de Ortega y Gasset para comprender el humor del Quijote. El desencuentro llega hasta el extremo de que, en Meditaciones del Quijote, dicho autor llegará a preguntarse: ¿de qué se burla?, ¿de qué se ríe? Pero ya sabemos que cuando te tienen que explicar el chiste, este pierde su gracia. Lo más triste de todo es que, según afirma Iwasaki, “prisionero de su propia solemnidad, Ortega no solo era incapaz de comprender la función del humor en el Quijote en particular, sino en el mundo en general”.

El autor finaliza este ensayo comparando las múltiples lecturas que se han arrojado desde España sobre el Quijote. En 1905, dice, dicha obra se vio como símbolo de la unidad de España. En 2005, como símbolo de los valores políticamente correctos de nuestro tiempo y también como símbolo de la decadencia y la crisis de la España contemporánea. Resulta, pues, que el Quijote recuerda al profesor Victor von Frankenstein: “ambos crearon un monstruo, y ninguno pudo controlarlo y las dos criaturas trascendieron más que sus creadores. Así, el Quijote es un monstruo camaleónico, un mutante literario, un zelig perfectamente capaz de transformarse de manera sucesiva para dar forma a los ‘sueños de la razón’ de cada época”.

La lengua paterna

Por si todo esto no fuese suficiente, el libro se cierra con un epílogo, titulado “La lengua paterna”, que el autor escribió tras la muerte de su padre. Se trata de una reflexión acerca de su propia identidad a partir de la relación que su padre mantuvo con su lengua paterna, el japonés, que nunca le enseñó a sus hijos: “La lengua materna de mi padre fue el español, pero su lengua paterna –la de los juegos, los cuentos y los cariños- fue aquel japonés que nunca me enseñó y que siempre negó conocer hasta que escuché cómo lo hablaba en un corral de vecinos de Triana. ¿Por qué jamás nos quiso enseñar su lengua paterna?”.

William G. Beasley, 1972

Dicha pregunta esboza una futura novela que investigaría las razones que le llevaron a no hablarle en japonés, y que abarcaría países y siglos: “Por mi tío Lucho supe que pertenecía a una familia de militares disidentes de la Restauración Meiji, que vivió en París hasta que la apertura de embajadas japonesas en Europa lo obligó a exiliarse de nuevo y que padeció la persecución xenófoba que se desató en Lima durante los años de la Segunda Guerra Mundial”.

Por último el autor reflexiona acerca de su relación con lo nihon, lo japonés, centrándose, fundamentalmente, en sus expresiones literarias. Distingue por lo menos dos vías de acercamiento a lo japonés: la de los clásicos japoneses (, Abe, Dazai, Akutagawa, Soseki, Tanizaki, Kawabata y Mishima), y la de los escritores nikkei (José Watanabe, Augusto Higa Oshiro o Carlos Yushimito). Estos últimos le ofrecerían un acercamiento más adecuado que el de otros autores japoneses modernos (Banana Yoshimoto, Yoko Ogawa o Haruki Murakami) para comprenderse y escribir la novela sobre su padre, que será la novela sobre sí mismo, que será también una novela sobre todos.

La fiesta de la lengua

Si esta reseña se ha alargado es porque me resistía a abandonar la fiesta. Spinoza consideraba que el hecho de que la sustancia divina se expresase en infinitos modos implicaba que una vía de identificación con dicha sustancia era participar mediante el conocimiento o la práctica del mayor número posible de modos.

Ralph Waldo Emerson, 1836

Emerson tradujo esta afirmación abstracta en un proyecto existencial, consistente en buscar el máximo número de experiencias laborales (el carpintero conoce la intimidad de la madera, el herrero la de los  metales, el labrador la de los vegetales y el matemático la de los números), viajeras (cada cultura es una vislumbre insustituible y perfecta de la sustancia general que es la naturaleza), pero también sociales, humanas, intelectuales… Forma parte de esta vía de apertura confiada y generosa el conocer y manejar el máximo número de campos léxicos, géneros literarios o variantes lingüísticas.

Como decíamos al principio, esta amplitud lingüística implica también una amplitud identitaria, cuando no también ética, pues, como dice el autor en un pasaje que es también el alma del libro: “me haría ilusión rendir un homenaje al habla andaluza para dejar claro que no he perdido un país sino ganado uno más, con su literatura, sus modismos y su acervo cultural”.

El lector también ganará países y épocas leyendo este libro. De modo que, si es cierto, como decía Heidegger, que el lenguaje es la casa del ser, yo recomiendo “reformas Iwasaki” para transformarla en un palacio de incontables estancias que llegue a confundirse con el mundo.
 

Sobre el autor
Licenciado en Filosofía, Filología y graduado en música clásica. Doctor por la Universidad de Barcelona, con la tesis "El escepticismo en la obra de Jorge Luis Borges", y PhD en Estudios Culturales, por la Universidad de Georgetown, con "Literatura posnacional en Hispanoamérica". Es autor de Literatura posnacional (2007), Que nada se sabe y El escepticismo en la obra de Jorge Luis Borges (2012). Ha publicado diversos artículos en revistas nacionales e internacionales. Actualmente es profesor de Literatura Hispanoamericana en la UB y profesor de Estudios culturales en la Universidad de Stanford.
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