Jordi Gracia: «La mirada irónica de Cervantes acepta la pluralidad simultánea de valores y acaba con las verdades absolutas» (I)

En esta primera entrega, Jordi Gracia (Barcelona, 1965), crítico y catedrático de la Universitat de Barcelona, nos introduce en su último libro Miguel de Cervantes. La conquista de la ironía (Taurus, 2016) en el que reflexiona, en clave biográfica y literaria, acerca de cómo el autor de El Quijote sienta las bases de la modernidad a través de la conquista de una «escritura desatada» y una “mirada irónica y compleja del mundo”. Jordi Gracia ha escrito libros sobre la historia intelectual española como Estado y cultura (Anagrama, 1996), La resistencia silenciosa (premio Anagrama 2004), A la intemperie (2010); es autor del panfleto El intelectual melancólico (2011) y de las biografías José Ortega y Gasset, (Taurus, 2014) y La vida rescatada de Dioniso Ridruejo (Anagrama, 2008). Es coautor con Domingo Ródenas de Derrota y restitución de la modernidad, 1939-2010 (Crítica, 2011).

[Leer la segunda entrega de la entrevista]

 
Una pregunta obligada, ya que este es el año Cervantes (1547-1616), ¿crees que la figura de Cervantes está suficientemente reivindicada o solo representa una obligación escolar en el currículum de los alumnos?

Si no repitiésemos siempre lo mismo, estaría reivindicada. Lo que sucede es que los discursos se fosilizan y también se han fosilizado sobre Cervantes.

Jordi Gracia, 2016

Uno de los propósitos de esta biografía, bastante premeditadamente, es tratar de rehuir aquellos tópicos o aquellas ideas repetidas una y otra vez sobre la persona y la actividad de Cervantes. Por eso, aquí no se lee jamás «Manco de Lepanto», solo aparece como chiste, porque me parece una manera de empobrecer y aburrir letalmente al lector, al posible lector de Cervantes, cuando, en realidad, la cantidad de razones para disfrutar con él es infinita.

Si uno va repitiendo constantemente ideas prefijadas, ideas hechas, sobre lo mismo, una y otra vez, con el mismo lenguaje y el mismo punto de vista, la gente acaba aburriéndose. Es un latazo. Natural. En la modestia de mis posibilidades, sí ha sido una pretensión intentar ofrecer una imagen y un relato sobre Cervantes refrescante y hecho desde la plena conciencia de vivir en el siglo XXI, por decirlo así. Cervantes está vivísimo. Lo que a lo mejor está muerta es la imagen de Cervantes.

En el prólogo del libro afirmas: “A nadie puede acabar de convencer esta biografía, ya que nadie ha sido más convincente sobre Cervantes que Cervantes mismo y ninguno de los lectores va a renunciar a su Cervantes por el Cervantes de otro”. ¿Cómo has afrontado esa dificultad de entrada?

Me ofrecía la libertad total de construir el mío propio. Si ya sé que no hay posibilidad de competir con la iluminación que sobre sí mismo ofrece la obra genial de Cervantes, me he de sentir libre para escribir lo que yo –intuitiva y fundadamente– sienta que es Cervantes y, por tanto, dotarme de la libertad de interpretación y de movimientos de quien actúa sin el miedo a no ser respetuoso con no sé qué imagen, al miedo a no decir lo que no debo… Dotarme de la libertad de movimientos de quien sabe que nunca va a ganar en esta pelea. (Ríe)

Gustave Doré, 1863

Con respecto a esta idea de libertad, dices que la biografía, como método, no ficcionaliza ni fantasea, sino que imagina, que sin imaginación sobre los datos y hechos documentados no hay biografía.

Imaginación moral. Es decir, qué le sucede a ese sujeto por dentro, cómo está digiriendo su experiencia, de qué manera la metaboliza en literatura, cómo administra sus ambiciones y sus frustraciones. Tratar de deducir del autor literario el perfil moral y, por tanto, el funcionamiento interior –afectivo, sentimental, ideológico, político– de Cervantes.

¿Por qué escribe literatura de propaganda política cuando vuelve del encierro en Argel? Pues porque le da auténtica vergüenza y asco que el imperio no vaya a salvar a 20.000 tíos que aún están allí encarcelados. Eso lo escribe a los 33 años y a los 70, cuando se muere. Prácticamente acaba el Persiles, o sea, semanas antes de morir, y todavía se acuerda de los de Argel. No se le va de la cabeza. Intentar entender eso y que, por tanto, no es casualidad que aparezca Argel recurrentemente. No es que no tenga otro tema, es que es una obsesión. En otras palabras, es un autor comprometido, literatura comprometida. (Ríe)

¿Cuáles fueron las líneas rojas que impusiste a tu imaginación en la redacción de la biografía?

No fabular. Imaginar, pero no fabular. Y, la otra, que cualquier conjetura o interpretación quedase explícitamente formulada como conjetura, como hipótesis o como interpretación.

Ser muy franco, por tanto, a la hora de decir «yo creo que esto es una conjetura». Por ejemplo, con la idea que planteo de que en «El caballero del verde gabán» del Quijote podemos ver lo más parecido a un autorretrato fiable de Cervantes. O que la biblioteca de Cervantes –la real, no la del Quijote, que es toda fabulada– es probablemente la de ese mismo caballero, Diego de Miranda.

Miguel de Cervantes, 1617

Yo no digo que lo sé, digo que me parece que aquí es donde está más cerca Cervantes de contar cómo es su biografía y, seguramente, también de exponer la imagen de sí mismo. ¿Que me lo invento? Claro que me lo invento, pero es una propuesta, y si a alguien le convence, pues bien, y si no, pues no. Qué quieres que te diga.

En la construcción de esta biografía se aprecia claramente que te nutres de diferentes fuentes y voces para componer el relato. Unas parten de documentos de época y otras las encuentras en los propios libros de Cervantes o en las obras literarias de sus contemporáneos. ¿Cómo montaste este puzzle y planificaste el trabajo?

Pues con un criterio central e intransigente: respetar la linealidad cronológica de los sucesos. Nunca adelantar lo que no ha sucedido todavía.

Por eso, hasta la mitad del libro no se menciona el Quijote. ¿Por qué? Porque no existe, simplemente, porque Cervantes no sabe cuando tiene 30 años que va a escribir el Quijote. Cuando se cita el Quijote para ilustrar no sé qué de Cervantes a sus 30 años, yo respondo «Oiga, perdone, es que ese señor no es el que va a escribir 20 años después el Quijote«.

Ser muy respetuoso, por tanto, con el intento de establecer la evolución íntima de un sujeto que va viviendo, que va cambiando, que va reeducándose, que va desprendiéndose de dogmatismos, que va perdiendo seguridad o certidumbres absolutas y que va conquistando una mirada sobre la realidad más compleja. Esto último no está en el joven soldado salvaje de fe patriótica de Lepanto (1571). Ahí no está. Por tanto, no mezclemos.

Fernando de Rojas, 1499

En esa línea de tiempo que has trazado para ser riguroso, ¿cuál crees que es el clic que desencadena el proceso a través del cual Cervantes pasa de los más altos ideales (religiosos, patrióticos o literarios) a caer en un realismo más desengañado, más cercano al mundo representado en La Celestina, el Lazarillo o el Gúzman de Alfarache?

Es el final de un tiempo. Se ha quedado sin amigos, han ido muriéndose todos. Ha muerto don Juan de Austria, se ha muerto Alejandro Farnesio, se han muerto los que fueron sus amigos de Corte cuando escribe La Galatea (1585) y su primer teatro. Y hasta se ha muerto Felipe II (1527-1598).

Además, lleva más de diez años dedicado a una vida de funcionario real, que no es un lugar malo, que no es un empleo tirado y el sueldo no es despreciable. Allí es donde está viviendo ese proceso de reeducación. Como quien ya está libre de los condicionantes, de las presiones, de las expectativas de los demás y empieza a conquistar una forma de libertad expresiva y de imaginación creativa que no depende ya de lo que la Academia, los preceptistas o la retórica dicen.

Ese es el momento, es decir, al final del siglo, cuando él está en torno a los cincuenta años. Entonces empieza a escribir en libertad. La «escritura desatada», tal y como lo dice él mismo. Ya se atreve con cierto tipo de desprejuicio sobre qué ha de ser la literatura, cómo han de ser los textos y si han de ser o no esclavos de la tradición y de los modelos de la alta literatura. Pero eso no quiere decir que renuncie a la alta literatura de su tiempo. Son las dos al mismo tiempo, que es lo que hace en el Quijote: meterlo todo.

El Quijote por Trapiello, 2015

Al respecto en el libro afirmas “Sin el Cervantes idealista, dogmático y unívoco de la juventud nunca hubiese existido el autor descreído del idealismo simplificador” y que con Cervantes “nace el escritor que conquista una mirada compleja e irónica sobre el mundo”. ¿En qué consiste esa mirada irónica en Cervantes?

En acabar con las verdades absolutas. Abandonar la credulidad con la que vivió como joven del Imperio, como propagandista de la fe, sin renunciar ni al Imperio ni a la fe. Ser capaz de identificar lo bueno y lo malo, simultáneamente, de las convicciones.

Eso no es perder las convicciones. Eso es situar las convicciones en un nivel de modernidad que todavía nadie había practicado hasta entonces. Es una forma de comprensión compleja, más a fondo, de la dimensión humana, de la condición humana. Las convicciones absolutas –o las mayúsculas trascendentes o solemnes– impiden la comprensión de lo real. Lo tapan, lo degradan a simplificación mecánica.

Eso es lo que descubre. Y lo va a hacer a través de un personaje que será loco y cuerdo; que nos inspirará patetismo y, al mismo tiempo, ridiculez; que será conmovedor y, al mismo tiempo, repudiable. Y no sabremos del todo cuál es la verdad sobre ese personaje. Porque la verdad es la suma de dos verdades incompatibles y no habrá manera de discriminarlas. Y es el mismo sujeto.

Dices que Cervantes, ya de mayor, prefiere un humor o sátira que “señala y no hiere”. Un tipo de humor que implica el gesto irónico de ser más tolerante, más bienhumorado, menos corrosivo, quizás.

Nórdica Libros

Sí, exactamente, es como lo cuenta él, creo recordar que lo pone en boca del perro Berganza o Cipión en El coloquio de los perros (1613), o sea, ya con más de 60 años. Es, por lo tanto, una bonhomía aprendida. Es el trato con lo real. El trato con la viscosidad ingobernable, salvaje, de Sevilla –allí vive más de 10 años, y Sevilla es una ciudad potentísima entonces, imprevisible, variadísima– le reeduca en las simplificaciones conceptuales sobre los demás.

Todos tenemos partes buenas y partes malas, incluido él. Y eso forma parte de su reeducación en una mirada más cabal sobre la pluralidad simultánea de valores que encarnamos todos.

¿Cómo crees que Cervantes adopta esos valores –contradictorios, incluso, en ocasiones– en su literatura?

Renunciando a la idealización que la literatura de tradición clásica y la más alta –la literatura de Heliodoro o la novela bizantina, por ejemplo– propicia. Renunciando a esa idealización en la medida en que es engañosa sobre la condición humana verdadera.

Pero renunciando quiere decir que mantiene simultáneamente las dos poéticas: la de tradición clásica idealizante –porque para eso continúa el Persiles, y lo acaba– y, al mismo tiempo, abre la puerta a otro tipo de narración que encarna otra forma de ejemplaridad moral, que es la de la realidad, la de la multiplicidad de sujetos, experiencias, clases sociales, lenguajes, jergas, hábitos… sin pretender ya sermonear ni condenarlos.

Jordi Gracia, 2016

¿Alguien cree, de verdad, que en la cabeza de Cervantes, a sus 50 años, la literatura ha de tener una función ejemplarizante? Cervantes sabe muy bien que las razones por las que escribe, o por las que lee, no son para encontrar ejemplos didácticos y morales. Esa es una verdad asumida en el Quijote. Y aunque diga, al principio y al final, que «así se verá que los libros de caballería son bla, bla, bla», ¿alguien cree, de veras, que ese señor está escribiendo el Quijote para educarnos sobre las lecturas que hemos de tener? Claro que no. Lo que está haciendo es explorar cuál es la dimensión más honda de la literatura como experiencia de conocimiento y de placer.

Por tanto, jamás desaparecerá ni el humor ni la alegría ni la jovialidad de su prosa, ni la naturalidad, pero tampoco las convicciones morales ni la defensa de determinadas posturas en términos de juicios sobre lo real. No es un relativista. No es la idea de Ortega acerca de las múltiples perspectivas. Ese no es el asunto de fondo. No estamos hablando de alguien que defienda una pluralidad de ideas, una pluralidad de perspectivas porque no hay manera de saber cómo es lo real.

La idea de fondo es que la realidad puede ser simultáneamente admirable y reprobable. Y que eso no nos hace peores, sino mejores. No es un descubrimiento resignado, que conduce al «desencanto de creer que la vida ideal…». No, no hay desencanto. Hay la jovialidad de haber descubierto cómo es el mundo de veras, y poder contarlo. Poder contarlo sin envaramiento, sin solemnidad, sin ponerse por encima de los demás. Siempre desde el mismo plano de naturalidad, de simpatía, de bonhomía conversacional, de que, en realidad, aquí no pasa nada.

No pasa nada, pero no paramos de reír y de leer. Pues algo pasa.

[Leer la segunda entrega de la entrevista]

 

Sobre el autor
Trabaja en proyectos multimedia y arte electrónico desde finales de los 90. Ha sido profesor del Grado en diseño en las escuelas Eina y Elisava de Barcelona. Licenciado en Filología hispánica y máster en Teoría de la literatura. DIrige Pliego Suelto desde 2012 y practica la agitación cultural bajo el alias de Hyperville.
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