«Apartamentos Géminis», Julio Hardisson. Ed. Tercero Incluido / Imágenes: Daniel Bravo
Anna Adell –ensayista e historiadora del arte– reseña Apartamentos Géminis, la nueva novela de Julio Hardisson Guimerà, publicada recientemente por la editorial barcelonesa Tercero Incluido. Adell analiza las texturas estéticas y temáticas del libro, ambientado en un complejo turístico de Canarias donde confluyen camgirls, turistas e influencers; porno doméstico, propinas, alienación digital y likes.
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En el estancamiento estacional de un otoño cálido, el complejo turístico de Ajabo se ha convertido en un lugar de paso en el que nada pasa: en el que lo provisorio fosiliza o ingresa en un estatismo enfermizo. Apartamentos Géminis, refugio y trampa para desposeídos, es para algunos un paraíso artificial; para otros, purgatorio existencial.
Centro de operaciones de mafiosos rusos, por el resort pululan púberes eslavas cautivas de sus respectivos roles sexuales, estrellas deslucidas del pop, niños huérfanos demasiado adultos para algunas cosas, pero paradójicamente incapaces de superar una infancia que jamás tuvieron.
La estética kawaii y el porno soft, el infantilismo y la sofisticación, la ternura y el desapego, la vulnerabilidad y la resistencia extrema, son dos fuerzas opuestas que rigen el universo irreal por el que deambulan adolescentes despojadas de los ritos de paso de una chica corriente.
No es baladí que Leo, el protagonista de esta historia, viniera a Ajabo después de darse un golpe en la cabeza que ralentizó para siempre sus reflejos: su trastorno sensorial lo amoldará a los ritmos aletargados de este microcosmos insular. La escritura atmosférica a la par que detallista de Julio nos introduce en el aparato perceptivo dañado de Leo como si fuera el nuestro: oscilamos entre la microfísica de lo trivial y la distancia brumosa que interpone la diferencia cognitiva.
El traumatismo craneal que le obliga a desistir de su futuro como arquitecto en la Península y lo deposita en el tiempo ensimismado de la isla, lo confronta con su condición diaspórica. El regreso a su tierra natal para trabajar de jardinero en los Apartamentos Géminis lo transporta por momentos a la infancia. Pero esos destellos mnémicos se reducen a imágenes de tránsito –aviones y aeropuertos– entre la ciudad materna y la paterna.
No es posible regresar a lo que ya no existe.
El extrañamiento del lugar de origen cala hondo en Leo, que se siente extranjero en todas partes. Pero en este resort decadente termina integrándose en algo parecido a una familia: una banda de exiliados de sí mismos unidos por una lealtad tácita que subyace a los lazos frágiles del amor y el deseo. Una tribu de “tullidos emocionales”, como los llama la abuela caribeña de Jean-Paul –el niño sobre cuyos traumas Leo proyecta sus propias carencias–.
Esta mujer de Martinica, influida por el pensamiento poscolonial de su coterráneo Édouard Glissant, le hace ver a Leo que juntos tienen la oportunidad de convertir el desarraigo en fortaleza: suplir la ausencia de raíces por un crecimiento rizomático, horizontal, hecho de identidades híbridas en continua transformación.
El problema es que en Ajabo dominan códigos opuestos al de la comunidad caótica, fluida e imprevisible de Glissant. La industria del sexo y del entretenimiento rinde culto al hedonismo onanista al tiempo que potencia comportamientos miméticos y acartonados.
Todo alcanza su apoteosis en un festival celebrado en Géminis que reúne a influencers, skaters, cantantes, fans, gurús de espiritualidades alienígenas y camgirls. El mecanismo narcisista se retroalimenta con la proyección multipantalla de acciones anodinas grabadas por los propios ídolos y replicadas hasta la náusea.
Imágenes libro: Daniel Bravo
En medio de esta “metástasis” delirante –y tras un concierto-espectáculo con microdrones– estalla una catástrofe provocada por un liquen invasor que destruye parte del complejo. Un liquen iridiscente que materializa sobre el espacio físico el desbordamiento digital por exceso de tráfico de datos.
La desconexión forzada y la cuarentena policial que retiene a los sobrevivientes en el resort en ruinas será vivida por los más jóvenes como una liberación. Claro que el colapso tecnológico será temporal: no destruirá el régimen de unas relaciones mediadas por el dinero y el streaming. Las ninfas desubicadas seguirán dejándose enjaular en cristal líquido y jamás alcanzarán la fase de crisálida.
Pero algo cambia en el interior de Leo. Los filtros que lo separaban del mundo empiezan a disolverse bajo sus párpados. Y es que en este resort enclavado en una isla volcánica, que también olvidó su pasado, quizá el único tránsito real solo pueda completarse en el terreno metafísico: transir, acabar, desaparecer.
Lo difícil es saber si uno está muerto cuando del lado de los vivos tampoco nada parece tener consistencia. Lo cierto es que a Leo no le importa demorarse en el bardo, pues nunca estuvo tan bien acompañado.
Con una prosa envolvente y versátil, Julio se desliza entre el realismo descarnado y las evasiones alucinatorias, entre la frialdad clínica y la hondura psíquica, aunando filosofía y ciencia-ficción. La lista de “samples” al final de la novela constata esa forma suya de destilar literatura a partir de la remezcla de alta cultura, cultura basura, videojuegos, postpunk y trap canario.
Cada capítulo tiene su música. Vale la pena afinar el oído.










