Martin Heidegger: la difusión del nazismo en la universidad y la existencia como broma infinita

Cubierta de La broma infinita, David Foster Wallace. Editorial Mondadori

 
Vayamos al grano. ¿Podemos disociar la filosofía heideggeriana de la vida de su autor, militante nacionalsocialista que aceptó el cargo de rector de la Universidad de Friburgo en 1933? ¿Podemos admirar su pensamiento sin sentirnos culpables?

Cuando leí hace unos años Heidegger: La introducción del nazismo en la filosofía (2005) de Emmanuel Faye me sentí francamente mal por mis inclinaciones heideggerianas y entré en conflicto máximo. Lo superé. Y eso no significa que me esté posicionando. Una respuesta rotunda, afirmativa o negativa, es, diría yo, absurda. Así que os adelanto que la intención última de este artículo no es dar respuesta a la pregunta inicial, sino más bien merodear sobre el asunto.

Emmanuelle Faye, 2005

La cuestión Heidegger va mucho más allá de la típica pregunta sobre si se debe condenar cualquier creación que nazca de un individuo con ética dudosa. Porque no estamos hablando de ética individual sino de política y, concretamente, una tan monstruosa como para avergonzar a cualquier ser humano por pertenecer a la misma especie; porque la supuesta intención del pensador alemán era introducir una determinada ideología en el corazón mismo de la filosofía y difundirla como verdad entre sus alumnos universitarios.

Después del año 1933 empieza lo que se ha llamado la Kehre heideggariana, o sea, el viraje que este señor con bigote y aspecto desagradable dio a su pensamiento. Lo que hizo Heidegger –y ahora vamos a ponernos abstractos– fue trasladar los conceptos de historia, arte y lenguaje de la dimensión óntica a la ontológica, eso significa que identifica estas categorías al Ser y no al ente. Estos conceptos ya no se fundan desde el hombre, sujeto desustancializado que deja de estar en el centro, sino en una instancia superior. Lo que hace Heidegger, en definitiva y resumiendo a más no poder, es identificar el Ser y el Estado.

Esta identificación no es evidente, el filósofo utiliza un lenguaje oscuro que es justamente el lenguaje que el nazismo heredó del romanticismo alemán. Así que una lectura superficial no basta para hallar el ardid heideggeriano, incluso podríamos pensar que Emmanuel Faye se saca la acusación de la manga –y también José Luis Molinuevo en El espacio político del arte: arte e historia en Heidegger (1998), más interesante que el de Faye, para quien le atraiga el tema–. Pero no, una lectura atenta y, sobre todo, la infinidad de estudios sobre el caso muestran que no hay duda sobre sus intenciones.

Hannah Arendt

Luego nos preguntamos, ¿cómo es posible que a Heidegger le suceda una Hannah Arendt o una maravillosa Maria Zambrano? Sólo cabe una opción y es que sus conceptos pueden ser arrancados del marco ideológico en el que fueron creados y la crítica sobre la que construye su filosofía sirve de base para otros sistemas de pensamiento. Y creo que con este argumento se me está viendo el plumero. Sí, soy de las que opinan que es posible disociar a Heidegger de su filosofía.

Lo cierto es que preguntarse cómo es posible que alguien con tal capacidad intelectual acepte el nazismo y se dedique a divulgarlo en la universidad, cómo todo un pueblo lo acepta, te conduce directamente a la conclusión de que pensar es una estupidez. Vamos, que esto de existir es una broma infinita.

En el siguiente fragmento de David Foster Wallace vemos alguna de las razones por las que resulta patético colocar al individuo en el centro. No, no me estoy saliendo del tema, las siguientes líneas son muy heideggerianas:

Los vínculos son algo muy serio. Elige tus vínculos con cuidado. Elige tu templo de fanatismo con suma atención. Lo que vosotros quisierais cantar como amor trágico es un vínculo mal elegido. ¿Morir por una persona? Eso es una locura. Las personas cambian, se van, mueren, enferman. Se marchan, mienten, enloquecen, enferman, te traicionan, mueren…
…Entonces no eres más que un fanático del deseo, un esclavo de tus estrechos y subjetivos sentimientos individuales, un ciudadano de la nada. Te conviertes en un ciudadano de la nada. Estás a solas y de rodillas ante tu ser. (La broma infinita, DFW)

Pero si nuestro templo de fanatismo no es el individuo, ¿qué opciones nos quedan? Por un lado, el grupo, pueblo, nación y derivados, o bien, también está la alternativa: dios, dioses o algún otro determinismo cósmico. Sinceramente, todas las opciones son una pena y la conclusión a la que llegamos es que la existencia no hay por dónde cogerla.

Sí, esto es una broma pesada.
 

Sobre el autor
(Palma, 1986) Licenciada en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Estudia un Máster en Cultura Clásica. Adoradora de Demeter y Perséfone. Danzante por amor y profesora de yoga y pilates por oficio. Insiste en su ascendencia persa y en el carácter congénito de su dispersión.
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