Los autores y sus textos: Eduardo Ruiz Sosa introduce «Cuántos de los tuyos han muerto»

Fragmento de la portada «Cuántos de los tuyos han muerto», Candaya, 2019

 
Tras sorprender al público y a la crítica con la novela Anatomía de la Memoria (Candaya, 2014), el escritor mexicano Eduardo Ruiz Sosa vuelve a la carga con un libro de relatos, Cuántos de los tuyos han muerto (Candaya, 2019). En plena gira de presentación, le propusimos que escribiera, con total libertad, sus impresiones, la gestación de los cuentos y aspectos argumentales relevantes de su propio libro. Aquí el texto.

[leer un fragmento del libro]

Este libro, inesperado en su factura final, se fue constru­yendo a lo largo de muchos años. Las historias obedecen, en la mayoría de los casos, a estímulos, experiencias, ideas que hicieron su presencia por primera vez hace trece años.

El resto fue producto de un delirio, de un zarpazo.

Eduardo Ruiz Sosa, escritor

El pri­mer borrador fue escrito en la esquina de las calles Ruperto L. Paliza y Antonio Rosales, en Culiacán, en los meses del verano del año 2018.

La voluntad de marcharse (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2008) fue mi primer libro, un volumen de cuentos que escribí entre 2005 y 2007. Desde entonces no había vuelto a escribir un solo cuento. Me dediqué a la novela, a la crónica, al ensayo.

No fue una cuestión de brevedad lo que me mantuvo alejado del género, sino, tal vez, una cuestión de estructura: cada género es un modo de pensar, y yo había dejado de pensar en la estructura del cuento, o al menos en la estructura clásica del cuento.

Creo que gracias a los talleres de escritura que he ido coordinando desde hace muchos años, y al trabajo con escritores jóvenes que cuestionan los diversos modelos de hacer literatura, fui cuestionando esa idea clásica del cuento que me había impedido dar forma a historias que existen en mi cabeza desde hace mucho tiempo.

Eduardo Ruiz Sosa, 2014

Por otra parte, la estructura del discurso, una forma casi versificada del lenguaje, rota como la oralidad y el pensamiento, es parte de una búsqueda que empieza ver su forma en estos cuentos y que me ha tomado un tiempo de prueba y error.

El primer cuento, «Desaparición de los jardines», nace de la confrontación del recuerdo con la realidad, de la idea­lización con aquello que llamamos, quizás ingenuamente, “los hechos”, y que de manera preocupante, o peligrosa, ha ido achicando la brecha entre realidad y pesadilla.

El segundo texto, «La garra de la estatua», es una forma de extrañamiento, de duelo y de la ternura incomprensible de mi madre, y está dedicado a mi padre y a mis hermanas.

Debo al poeta León Cartagena la anécdota que produjo «El dolor los vuelve ciegos», que le fue una posibilidad cercana y doliente, y que me relató dos veces, primero en el año 2015, en la Villa de Ahome, y luego dos años después, en el mes de septiembre, en la ciudad de Choix, ambos espacios de sus hambrientas geografías. Se trata de uno de los relatos con mayor contexto actual y que ha de conectar, en el futuro, con la novela que estoy escribiendo desde hace muchos años y que tal vez hacia el 2020 pueda estar terminada.

Caballo de Troya, 2018

«La mirada médica» es un cuento sobre el miedo que crece en el amor por los amigos, sobre todo los amigos que el tiempo arrastra lejos. Ya en Primera silva de sombra (Caballo de Troya, 2018), desde la crónica, la muerte de algunos amigos queridos se volvió un tema desafortunadamente ineludible para mí.

En «El sana­torio de la intemperie» hay la visitación a lo que se ha ido convirtiendo en un mito crecido en la distancia y la ausencia: la muerte del escritor César López Cuadras y el asesinato del maestro Álvaro Rendón, el Feroz, tan queri­dos y añorados.

«Una voz sin cuerpo» es el recuerdo fami­liar del glaucoma y la soledad: tres primas de mi abuela materna, muy ancianas y ciegas, fueron las anfitrionas de una casona que visité habitualmente durante mi infancia. Ellas tres se congregan en la familia que vive la historia de este relato.

«Naturaleza de los fieles», es un texto que, especialmente, me preocupaba publicar. Lo hechos que describe, tamizados por la ficción, son producto de la enajenación machista actual y del fanatismo religioso. Parece que con las luchas feministas se ha destapado una cloaca del machismo que, si bien ha existido siempre, ahora no se avergüenza de su violencia, su intolerancia, su ignorancia, su injusticia.

Roque Larraquy, 2010

Las luchas sociales, aunque sean desordenadas, aunque sus modos se contradigan o cambien y a veces muestren su mejor o su peor cara, no son causa del mal que condenan ni han de entenderse como precursoras de los reaccionarios más intolerantes y violentos.

Gracias a la silenciosa y personal lucha que dio origen a este relato comprendí de verdad cosas en las que había pensado tanto y que no era capaz de asimilar.

Quizás el texto más extraño del libro sea «No tiene nariz ni ojos pero sí una boca», enunciado extraído de la novela La comemadre, del escritor argentino Roque Larraquy, a quien no conozco personalmente, y cuyo libro descubrí por recomendación de Roberto Wong. Se trata, tal vez, de un sueño recurrente que en los últimos años no deja de aparecer.

Creo que es posible que el sueño se nutriera con algunas palabras de Aitor Romero Ortega en un relato suyo que me recordó una vieja obsesión por la figura, y la desaparición, de Arthur Cravan. Es el texto más reciente del volumen, escrito entre las tejas imaginarias de Bóbila 4 y el barrio de Porta. Es también el que posee un sustrato más antiguo.

«Que el mundo arranque tus ojos» es otro homenaje, de reciente escritura también, que debo a un poema de José Barroeta y al actor que solamente escenifica estrenos. Dos formas de la generosidad. A pesar de la tristeza que puedan evocar estos relatos, hay una constante que emerge desde la hondura: la generosidad, la esperanza, el lazo que establecemos con los otros. Este relato sobre un actor que finge su muerte es una forma, quizás poco común, de ese hacer lazo.

Thomas Bernhard, 1967

«Muerte de David Brodie» recuerda una experiencia de la época universitaria mezclada con un encuentro terrible al cruzar el puente Morelos, sobre el río Tamazula, en Culiacán, apenas hace dos años. Aunque parte de este argumento es también sustrato de una crónica que publiqué en Primera silva de sombra, el tratamiento de la ficción, ese entrecruzamiento de fenómenos, hizo necesaria una revisitación.

Finalmente, «La desesperación de los sier­vos», título que hace muchos años extraje de la lectura de Trastorno, la novela de Thomas Bernhard, camina por una serie de encrucijadas entre la pérdida, un relato del escritor iraquí Hassan Blasim y el sueño imposible de recuperar lo extraviado.

No hay realidad ni ficción: hay experiencia. Y la afec­tación de esa experiencia. Este libro es la consecuencia de esa afectación.

Los fenómenos como la muerte y la ausencia, que solo podemos aprehender en su manifestación acontecimental, delimitados por un espacio, un tiempo, una serie de personas involucradas, son las coordenadas de esa afectación.

Estas páginas deben tantísimo a tantas perso­nas, pero especialmente a Olga Martínez y Francisco Ro­bles, Editores de Candaya: no hay mejor lugar para mi escritura que esta casa abierta.

Este libro, finalmente, está dedicado a mi madre, Maka­men, que murió hace casi dos años. Y a mi padre, Rodolfo, que desde entonces se ha ocupado en edificar el jardín desaparecido de la infancia, como si supiera, incluso antes de que el relato inicial fuera escrito, lo necesario de la sombra que atrae a los pájaros.
 

Sobre el autor
(Culiacán, México, 1983) Estudió Ingeniería Industrial, Historia de la Ciencia y Filología Española. Ha publicado «La voluntad de marcharse» (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2008), «Anatomía de la memoria» (Candaya, 2014) y «Primera silva de sombra» (Caballo de Troya, 2018). Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Inés Arredondo y la I Beca de Creación Literaria Han Nefkens.
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