La literatura española explicada a los asnos: la novela, el género más complicado

«Joven decadente (Después del baile)», Ramón Casas, 1866-1932

 
«¿Hay un tipo único de novela? Esta pregunta me viene siempre a la imaginación cuando en nuestras discusiones algún amigo habla de la novela como de un género concreto y bien definido. ¿Hay un tipo único de novela? Yo creo que no. La novela, hoy por hoy, es un género multiforme, proteico, en formación, en fermentación; lo abarca todo: el libro filosófico, el libro psicológico, la aventura, la utopía, lo épico; todo absolutamente».

Pío Baroja, «Prólogo casi doctrinal sobre la novela», La nave de los locos (1925)


 
La novela es quizás el género más complicado de todos porque se ha convertido en el género de la indefinición por excelencia.

El género de la impureza, decía un gran teórico. Ese género abierto del cual Baroja afirmaba que es «un cajón de sastre donde cabe todo», cuya esencia, según Ortega, sería «no lo que pasa sino precisamente todo lo que no es “pasar algo”».

Ortega y Gasset, 1883-1955

Género informe, sin canon fijo, capaz de imitar y caricaturizar cualquier otro género, cualquier forma narrativa, cualquier lenguaje, que ha muerto y resucitado ochocientas veces pero que sigue en perpetua mutación.

No se preocupen los posmodernos más fervorosos. No voy a desmontar esta definición. No me atrevería a desautorizar en esto a intelectuales tan lúcidos como Baroja y Ortega.

Dicha concepción de la novela existe. Es una de sus facetas.

Pero no es la única y, sobre todo, no es tan canónica como quieren hacerla parecer ciertos pensadores estéticos actuales.

En realidad, pese a que parezca lo contrario, es… anticanónica.

Y para explicarlo, me permito ampliar momentáneamente el campo de estas reflexiones.

Doy por hecho que estamos de acuerdo en que todas las artes nacen con el descubrimiento de unas leyes fundamentales y que de la experimentación con las mismas van surgiendo los moldes que acaban culminando en los cánones clásicos que las fijan.

Don Quijote, 1605-1615

Ello es especialmente perceptible en la música, donde la ejercitación y el perfeccionamiento de las leyes de la armonía culmina en ese gran momento canónico que será el siglo XVIII, con las obras, entre otros, de Mozart y Beethoven.

A partir de entonces aparece la música contemporánea, que es a la música clásica lo mismo que la pintura contemporánea a la pintura clásica –es decir, una inversión radical de valores, un repetir, junto a las brujas de Macbeth, «lo bello es feo, y lo feo es bello»– y que a lo que se dedica es a buscar las infinitas maneras de hacer, si no mal, al menos diferentes, las cosas. En definitiva, a ir desmontando piedra por piedra el edificio clásico, hasta que aquello degenera en el ruido más espantoso o en el silencio absoluto, que son los dos extremos más radicales del arte contemporáneo.

En cuanto a la novela, es en el siglo XIX cuando se formaliza lo que llamaré novela clásica, para diferenciarla de la moderna. La forma novelesca ya había cristalizado en diversas épocas, con sus códigos propios (novela de caballería, la picaresca del Siglo de Oro, la novela epistolar del siglo XVIII) pero sus creadores, no eran tan conscientes de ello como los del siglo XIX, que fueron quienes teorizaron con mayor seriedad acerca del fenómeno.

Gustave Flaubert, 1856-1857

El momento en el que se formalizan los cánones novelescos aún imperantes será en la segunda mitad del siglo XIX, con textos como Madame Bovary (1859), La isla del tesoro (1883) o La Regenta (1884), el canon decimonónico español.

A partir de ahí empieza la novela moderna, que hace con el molde clásico lo mismo que la música contemporánea con la música clásica, y que, al no acabar de morir la novela clásica, entra en una relación vamos a decir que dialéctica con ella.

Hay dos maneras, esencialmente, de entender el género:

a) una concepción clásica, que se ciñe lo más posible al relato vertebral, con un máximo de músculo y con un mínimo de chicha o de grasa. El ideal clásico es la obra cerrada a la que no le sobra nada, donde no hay ningún elemento ocioso. Donde, como quería Chejov para el teatro, si aparece un revólver en escena al levantarse el telón eso implica necesariamente que al final del primer acto alguien matará a alguien, puesto que todas las piezas están perfectamente encajadas para construir una historia unitaria.

b) la concepción moderna, que es, ya sí, esa novela de la impureza bajtiana, repito. Esa novela abierta de la que Baroja decía que es un cajón de sastre donde cabe todo; cuya esencia, según Ortega, sería no lo que pasa sino precisamente todo lo que no es pasar algo, etcétera.

La principal característica de esta novela moderna es la voluntad de romper con el molde narrativo clásico.

Gonzalo Navajas, 2016

Las nivolas de Unamuno, los textos contemplativos de Azorín, las novelas cinematográficas de Valle-Inclán, la novela cargada de ideas de Baroja, la novela lírica o poética de Gabriel Miró, el behaviorismo u objetivismo de Hortelano, las obras de Benet, de Martín Santos, los experimentalismos de Cela o de Goytisolo, la fantasía torrencial de Torrente Ballester, la pirotecnia idiomática de un Julián Ríos lo que llamamos novela posmoderna, no serían sino algunas de las sucesivas formas que ha adoptado…

Y que seguirá adoptando porque, de alguna manera, la historia del género podría entenderse como una oscilación perpetua entre fuerzas centrípetas que llevan al clasicismo y fuerzas centrífugas que llevan a la modernidad.

Y esta lucha entre fuerzas opuestas se aprecia no solo en la evolución, a menudo pendular, del género, sino incluso también en la evolución de cada artista
 

Sobre el autor
(Madrid, 1971) Es licenciado en Historia Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. En 1994 quedó finalista del premio Nadal con su primera obra, Historias del Kronen. La novela tuvo una gran repercusión y abrió las puertas a una nueva generación de escritores. Tras su publicación el escritor vivió durante varios años entre Madrid y Toulouse. Actualmente reside en Madrid.
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