Rendir culto y cultivar a Roberto Bolaño: Estrella distante, una versión gráfica

Fragmento de la cubierta «Estrella distante (novela gráfica)». Random Cómics, 2018

 
Dedicamos el presente artículo a la reciente publicación de la adaptación de Estrella distantede Roberto Bolaño, al formato de novela gráfica (Random Cómics, 2018), cuyo guion ha sido escrito por Javier Fernández e lustrado por Fanny Marín. Nuestro colaborador Bernat Castany fue el encargado de realizar la presentación de la novela gráfica junto a la editora Valerie Miles en La Central de Barcelona. El texto que viene a continuación es fruto de esa presentación.

Sobre el culto a Roberto Bolaño

Un cronista alemán de principios del siglo XVIII cuenta que un viejo compositor melancólico, que estaba convencido de que ya se había hecho todo en música, se sentó a descansar, durante uno de sus paseos, en una pequeña iglesia a las afueras de Weimar. Sentado en el último de los bancos, el anciano escuchó a un joven desconocido tocando el órgano de un modo que al principio quizás le disgustó, pero que, finalmente, le llevó a exclamar: “Una vez más, el arte ha sobrevivido”. Casi no hace falta decirlo, aquel joven era Bach improvisando.

Estrella distante, 1996

No es menor el milagro que tengo la suerte de presenciar cada año, cuando, entrada la primavera, muchos de mis alumnos descubren en Roberto Bolaño, y precisamente a través de Estrella distante, una figura tutelar que los inicia en el culto por la literatura.

En ese encuentro propicio, la literatura sobrevive, aunque muchos de nosotros insistamos en confundir nuestra propia decadencia con la decadencia del mundo. De ese modo se cumple el “déjenlo todo nuevamente”, de Bolaño, que no es más ni menos que una de las formas que adopta la llamada literaria o filosófica, que la religión quiso hacer suya, del joven que renuncia a todo para adoptar una nueva forma de vida.

Sé que hablo en términos que pueden parecer religiosos, pero creo que es necesario restaurar una concepción secular del culto por la literatura, en general, y por la obra de Bolaño, en particular. Y digo, o creo decir, “culto” no solo en un sentido superficial o figurado, como cuando decimos “es un escritor de culto”, sino en un sentido profundo y literal. ¿En qué sentido lo digo, entonces? No es fácil de explicar. Quizás es solo una idea, y, como decía Voltaire, las ideas son como las barbas, que uno no puede decir que tenga una hasta que no haya crecido del todo.

Afortunadamente, el azar me deparó, no hace mucho, que un niño que me había oído decir repetidas veces que los libros son sagrados me preguntase: “Si los dioses no existen, ¿cómo es que los libros son sagrados?”. Yo no podía responderle que la idea de culto por la literatura es un motivo romántico, surgido como una reacción contra la secularización de las sociedades occidentales. Eso hubiese sido escamotear una pregunta muy simple y muy directa acerca de la pertinencia de lo sagrado, y del culto por lo sagrado, en un mundo sin dioses.

Archivo Bolaño, CCCB

Me parece que podemos decir que los libros, que ciertos libros, son sagrados, en el sentido de que pueden cumplir una función salvadora, consistente en apartarnos del mal secular, entendido en términos de error, esclavitud, tristeza o impotencia, y acercarnos al bien secular, entendido en términos de verdad, libertad, alegría o potencia. Esta ha sido siempre la misma historia, antes, durante y después de Dios. Desde Diógenes a Bolaño, pasando por Montaigne, Spinoza, Nietzsche o Rimbaud. Podemos, pues, hablar, de un culto a los libros, en general, y a Bolaño, en particular, porque consideramos que a través de su lectura accedemos a experiencias que nos potencian o liberan.

Sin embargo, el culto no debe entenderse como un simple respeto pasivo (un día otro niño definió “museo” como el lugar en el que no se pueden tocar las cosas), sino como un respeto activo, consistente en querer incorporar el espíritu que le atribuimos a esos libros. No es casual que muchas religiones hayan adoptado símbolos digestivos, desde la eucaristía literal de los caníbales, hasta la antropofagia simbólica de los cristianos. Otra metáfora habitual del culto activo es la agrícola. No deja de ser significativo que los términos “culto” y “cultivar” compartan una misma raíz etimológica. Por eso yo no hablaría de gente culta, sino de gente cultora o cultivadora. Esto es, de personas que buscan plantar en sí mismas las obras, roturando sus hábitos, plantando ideas y principios, regando con la práctica y confiando que la cosecha sea propicia.

Es en este sentido que podemos hablar de un culto a Bolaño, con el que compartimos, a su vez, el culto a los libros. Ciertamente, Bolaño se nos ha aparecido a toda una generación, tentada por el desánimo y la frivolidad, como una figura que mantenía la fe en la literatura, y en los valores que ésta persigue. En la estela de Rimbaud o Whitman, Bolaño entendió la literatura como una regla de vida que le habría de permitir habitar en el solitario desierto de la escritura, inaccesible a las dudas que acompañan al creador, que preguntan seductoramente: ¿por qué escribir y no más bien leer? ¿por qué leer y no más bien buscar un trabajo?

Entre el nihilismo y el idealismo (cruza una estrella distante)

Varios autores, 2008

Si Bolaño fuera un “posmoderno”, como le imponen tantos críticos, ¿a qué viene entonces hablar en estos términos tan solemnes? De algún modo, la obra de Bolaño puede ser vista como un sileno, esto es, como esas cajas que representaban por fuera a un sátiro gordo y ebrio, aunque servían para guardar en su interior los objetos más apreciados1.

La obra de Bolaño puede que, por fuera, sea posmoderna, en tanto que exhibe algunos de sus rasgos formales más destacados, si bien guarda una profunda lealtad a algunos de esos valores que la posmodernidad, ingenua o cínicamente, creyó superados, como son el culto de la verdad, el bien o el coraje.

No se trata, claro está, de una mera reaparición nostálgica o reacionaria. Es el viejo Odiseo, que regresa más sabio, pero no por ello menos vigoroso, tras haber escuchado el canto de las sirenas de la duda, el solipsismo y la impotencia. Por esta razón, estos valores nos son presentados desde el contrapicado de la mentira, la cobardía o el mal.

Así, entre el sol del cielo de las ideas de Platón, origen del idealismo dogmático, y el cielo mudo de Pascal, evangelista involuntario del nihilismo, pasa la estrella distante de Bolaño. Me parece que esta doble naturaleza, además de sus intrínsecas virtudes literarias, es lo que ha hecho su obra tan atractiva para una generación que tenía la sensación de que la posmodernidad había ido demasiado lejos en su proyecto crítico, llegando a “arrojar al niño con el agua sucia del baño”, lo cual la habría dejado a la merced de un sistema que la domó y transformó, por usar las palabras de Fredric Jameson, en la “lógica cultural del capitalismo tardío”.

David Foster Wallace, 1997

Como era de esperar, frente a la celebración posmoderna de la confusión y la impotencia, durante la cual los ladrones del neoliberalismo aprovecharon para vaciar la casa, surgieron todo tipo de reacciones desesperadas, como el nacionalismo, el fundamentalismo, el victimismo o los revivals ideológicos. Algunos pocos pensadores y escritores, entre los que destaca Bolaño, trataron de pasar entre la Escila del nihilismo y la Caribdis del fundamentalismo, tratando de recuperar, con sus escritos, un cierto tono moral, a la vez trágico y emancipador.

Cabe decir que uno de los primeros en ensayar ese camino de superación de la posmodernidad fue, precisamente, David Foster Wallace, uno de los principales representantes de dicha corriente. En un texto de 1990, llegó a afirmar que, frente a ese puritanismo de la tristeza que llegó a ser el cinismo posmoderno, los futuros rebeldes de la literatura deberían atreverse “a retirarse de la mirada irónica”, a tratar “los viejos problemas y emociones pasados de moda (…) con reverencia y convicción”, a abstenerse “de la autoconciencia y el tedio sofisticado” y, en definitiva, a arriesgarse a exponerse, no tanto al escándalo, como a la indiferencia y la burla del cinismo posmoderno.

A diferencia de David Foster Wallace, que solo vio la tierra prometida desde el monte Nebo de la preceptiva, Bolaño logró cumplir con ese programa de superación hegeliana de la posmodernidad. ¿Por qué pudo hacerlo? No es improbable que el sufrimiento extremo de las sociedades latinoamericanas por culpa de las dictaduras de los años setenta y ochenta, y el rechazo del neoliberalismo exacerbado de los años noventa y dos mil (que provocó, a su vez, un retorno de los populismos, que también rechazaba) supusiesen un motor o un timón literario, que le permitiese atravesar el paso que Foster Wallace no pudo hallar.

Escepticismo, épica, verdad y realidad

Nocturno de Chile, 2000

Veamos brevemente de qué modo Bolaño recuperó algunos de esos valores fundamentales que le permitieron superar la posmodernidad, sin renunciar, por eso, a muchos de sus hallazgos.

Primero. En lo que respecta al conocimiento, Bolaño recoge el guante del escepticismo posmoderno, y se propone, como un nuevo Descartes, reconstruir una nueva idea de verdad. Como sugerimos más arriba, su acceso al tema es indirecto, puesto que recupera una pulsión por la verdad mediante el rechazo de la mentira o el olvido, especialmente cuando estos buscan borrar el mal. Por eso uno de los temas fundamentales de su obra es el del reconocimiento y la memoria del mal, que se nos revela como un nuevo cogito sobre el que reconstruir una vivencia renovada de la verdad, ya que de todo se puede dudar, de todo menos del dolor y del horror.

En este sentido, su obra no es meramente testimonial o política, sino que es una propuesta epistemológica de reconstrucción de la verdad que ha marcado a toda una generación posterior, en la que podemos contar a autores como Patricio Pron, Alejandro Zambra, Abad Faciolince o Javier Cercas, quienes también se replantean en su obra el estatuto de la verdad2.

Segundo. En lo que respecta al contacto con la realidad, frente a la evasión posmoderna, de corte alienado y solipsista, Bolaño opone un reencuentro con la realidad, más allá de filtros o mediaciones religiosos, ideológicos o mediáticos. Un contacto basado en el cuerpo a cuerpo de los numerosos pequeños trabajos que nos familiarizan con los infinitos modos de la realidad, en la más pura tradición estadounidense, que estudió Javier Fernández en La alegría de las influencias. Un contacto basado en la capacidad de mirar cara a cara todas las dimensiones, también las más terribles, que conforman la realidad. Un contacto, en fin, poético, que nos exponga a la intemperie tras ese desarreglo de los sentidos que defendía Rimbaud y persiguieron los surrealistas.

Borges, 1935-1954

Tercero. En lo que respecta al ámbito de la ética, nos encontramos con una voluntad por recuperar viejos valores que él mismo relaciona, por ejemplo, en las diversas ocasiones en las que habla de la Araucana, con la épica. Ciertamente, en Bolaño hay una épica del fracaso, que rinde culto a aquellos que murieron o fracasaron en la lucha, algunas veces equivocada, por sus ideales. En este sentido, Bolaño sigue, de algún modo, la estela abierta por Borges, en Historia universal de la infamia, un libro del cual el autor chileno llegó a decir que era: “una historia en donde la épica solo es el reverso de la miseria, en donde la ironía y el humor y unos pocos y esforzados seres humanos a la deriva ocupan el lugar que antes ocupara la épica”.

Lo cierto es que las convenciones de la épica cuadran a la perfección con las características de la obra de Bolaño: inicio in media res, que no significa solo que se empiece a narrar en mitad de la historia, sino también sin necesidad de fundamento, sin preparación, sin seguridad, a base de valor, que, como saben los valientes, es la virtud del inicio. Inicio en el momento más bajo del destino del héroe, que es el destierro, el fracaso o el olvido de uno mismo, esto es, de sus propios ideales. Culto al valor valor fundado en valores, porque una cosa es el la intrepidez de la adrenalina, que practican paracaidistas y aventureros, como Carlos Wieder, y otra el valor del sentido, que practican poetas y filósofos, como Arturo Belano. Y, finalmente, imperativo de magnificencia, que supone avanzar literariamente por grandes llanuras desérticas, formadas por cientos y cientos de días y cientos y cientos de páginas, bajo el sol de la duda, y entre los espejismos del compromiso o el abandono.

Existe, pues, una doctrina Bolaño, que puede resumirse en la voluntad de recuperar una idea de verdad a través del reconocimiento del mal y de la mentira. En la voluntad de una apertura valiente y directa al mundo. Y en la voluntad de recuperar una ética de virtudes épicas. Dicha doctrina es el objeto de ese culto a Bolaño del que hablaba, y cuyo objetivo es incorporar esos valores mediante la frecuentación de su obra.

El ilustrar como lectura

El sueño del humanismo, 1993

¿Qué quiere decir “frecuentar una obra”? Cuando en una reciente entrevista le preguntaron a Francisco Rico cada cuánto leía el Quijote, este respondió: “Yo no lo leo, yo me lo sé”. Como lectores generosos, no debemos entender esta respuesta como una mera boutade, sino también como la evocación de un modo de lectura prácticamente olvidado.

Lo cierto es que, para los grecolatinos, lo cual implica también decir para los humanistas, el objetivo de leer un libro no era simplemente disfrutar, informarse o, como tristemente nos sucede a los filólogos, haberlo leído, porque no haberlo leído es una vergüenza, sino masticarlo, digerirlo, para, finalmente, incorporarlo. Porque, en su opinión, el libro, entendemos el buen libro, encerraba un alimento, que es una amalgama inextricable de aspectos literarios y filosóficos, igual que la comida es una amalgama de proteínas y vitaminas.

Del mismo modo que el proceso de digestión es un encadenamiento de diferentes acciones sobre la comida, el proceso de incorporación de una obra es un encadenamiento de numerosas lecturas diversas, que no se reducen a la lectura íntegra y lineal.

La primera lectura puede ser equiparada al primer reconocimiento de la comida, mediante la vista y el olfato. Una vez localizado, gracias a ese primer examen, el libro que queremos incorporar, aprender, practicar o saber, debemos masticarlo, mediante la relectura, muchas veces salteada. Deglutirlo, mediante el comentario, la explicación o la glosa. Digerirlo, mediante la traducción, la imitación, la representación o la ilustración. E, incluso, expulsarlo, mediante el olvido o el préstamo.

J. Fernández y F. Marín, 2018

Un libro es como una catedral, en la que todas y cada una de sus puertas son una obra de arte en sí misma. Hay muchas maneras de frecuentarlo, que no pasan siempre por la lectura tal y como nosotros la comprendemos, y una de esas maneras, especialmente, atenta y respetuosa, es adaptarlos o dibujarlos.

Algunas personas minusvaloran este trabajo, que consideran una desvirtuación o infantilización de la obra. Sin embargo, las versiones pictóricas de escenas homéricas, las ilustraciones o iluminaciones medievales o las pinturas de Magritte o Duchamp eran formas de culto, esto es, de ejercitación o incorporación de ciertas obras escogidas. Por esta razón, obligarnos a escoger entre ambas sería tan absurdo como obligarnos a escoger entre la Biblia y las vidrieras.

Por todo ello, el libro que nos ofrecen Javier Fernández y Fani Marín, no es solo una magnífica versión gráfica de Estrella distante, sino una forma de rendir culto y de cultivar la obra de Roberto Bolaño. Y no es extraño que lo hayan hecho de forma salvaje o épica, cuando no suicida, puesto que empezaron in media res, esto es, sin contrato. En el momento más bajo del destino del héroe, esto es, con pocos medios y en blanco y negro. Contra enemigos fabulosos, como son las dudas o la indiferencia de aquellos que no le veían un rédito curricular o lo rebajaban a una cuestión romántica o infantil. Y, por último, con valor fundado en valores.

Ciertamente, lo que no es esta versión gráfica de Estrella distante es un producto de laboratorio destinado a aprovecharse del mito Bolaño, sino una obra surgida desde abajo, y con impulso propio. Dicho esto, deseo que la obra sea recompensada, aunque dicha recompensa sea algo circnstancial y añadido, con un gran éxito de público.

¿Por qué Estrella distante?

Roberto Bolaño, 1996

Como buen conocedor de la obra de Roberto Bolaño, no es improbable que Javier Fernández haya escogido la más ilustrable de sus novelas. Más breve que Los detectives salvajes y 2666, más argumental que Nocturno de Chile, con un toque de neopolicial y algunas escenas muy potentes desde el punto de vista de la imagen, Estrella distante es, quizás, la mejor puerta de entrada a la obra de Bolaño.

Se trata, además, de una obra que cifra todo el resto de la obras de Bolaño, en virtud de lo que Dunia Gras, especialista en narrativa hispanoamericana contemporánea, denominó “fractalidad literaria”. Una expresión que apunta al hecho de que todas las obras de Bolaño se interrelacionan y se replican de tal modo que cada una de sus páginas es una imagen reducida de todo el conjunto. Un fenómeno que capta muy bien la primera frase de la versión gráfica: “De pronto entendí la historia de Chile, pero no como espejo y explosión de otras historias, sino como espejo y explosión en sí misma”. (Cabe señalar que en la novela no se dice “la historia de Chile”, sino la historia de “Wieder”, lo cual no deja de ser un hermoso ejemplo de cómo toda versión es, a su vez, una interpretación).

No es extraño, pues, que en esta versión de Estrella distante se hallen cifrados todos los rasgos temáticos y formales de la obra de Roberto Bolaño: poetas frustrados que nos recuerdan a los nobles detectives alcohólicos de las novelas hard-boiled; la elegía de una generación perdida a manos del fascismo o del desánimo; la representación inefable del mal absoluto; una teratología política; una apatridia feroz y feraz; una ética épica; el amor por la subliteratura, desde la ciencia ficción a los fanzines, pasando por la novela policial o de espías; y una especie de justicia poética, en el sentido más literal de las palabras, que condena a la impotencia literaria a aquellos que han convivido o connivido con el mal. Todo ello ubicado, o desubicado, en un escenario posnacional, más interesado siempre por la circunferencia que por el centro: Concepción mejor que Santiago de Chile, la Costa Brava mejor que Madrid o Barcelona, Perpiñán, mejor que París.

Los autores de Estrella distante (novela gráfica)

Valerie Miles, Javier Fernández y Bernat Castany durante la presentación en La Central

Javier Fernández Díaz (Murcia, 1984). Comparto con Javier Fernández el culto por la literatura, en general, y por la obra de Bolaño, en particular. Lo conozco además desde hace más de diez años, cuando llegó de Murcia a realizar el Máster en Estudios Avanzados en Literatura Española e Hispanoamericana, en la Universidad de Barcelona. Su admiración por Bolaño ha sido constante, y se ha materializado en una tesis doctoral acerca de la presencia de la literatura estadounidense en su obra, publicada bajo el título La alegría de las influencias, y numerosas publicaciones sobre el tema. Pero en lo que realmente se nota que es un seguidor de Bolaño es en su deseo inextinguible por escribir y vivir literariamente.

Además de haber sido profesor de literatura española durante cinco años, lo cual seguro que ha contribuido a su deseo y capacidad de difundir la obra de un autor como Bolaño, tiene un oído absoluto para las lenguas (se sacó en seis meses el nivel C de catalán y, un año más tarde, el nivel D; domina además el francés, el inglés y el alemán; y me imagino que ya empieza a defenderse en chino, pues hace un año que trabaja como Asesor Educativo en Beijing). No tengo ninguna duda de que su oído ha sido fundamental a la hora de destilar la música esencial de Estrella distante.

Fanny Marín (Valencia, 1983). De Fanny Marín puedo decir que aceptó dejar su trabajo para embarcarse, sin ningún tipo de garantías, en este proyecto. De ahí puede deducirse todo lo demás: el trabajo incansable, el rechazo de todo tipo de intermediación, el coraje, la constancia y la lealtad a un proyecto artístico que es también un proyecto de vida.

Sus dibujos de Estrella distante coinciden, además, con el proyecto bolañesco, de raigambre romántica y vanguardista, de abolir las fronteras entre la literatura y la vida, puesto que ha jugado con los rostros de sus familiares, formando una especie de psicodrama paralelo.

Book Trailer de Estrella distante (novela gráfica)

 


1 Alcibíades llamó Sileno a Sócrates, en el Banquete de Platón. Erasmo lo evoca en su apotegma “Los silenos de Alcibíades”, y Rabelais lo retoma para referirse al mensaje secreto de su Gargantúa y Pantagruel.
2 Bernat Castany Prado, “Jorge Luis Borges y Roberto Bolaño: De la duda como bien al mal como certeza”, en Avatares del Hacedor (1986-2016), Vicente Cervera y María Dolores Adsuar (eds.), Verbum, Madrid, 2017, pp. 23-37. Leer texto

 

Sobre el autor
Licenciado en Filosofía, Filología y graduado en música clásica. Doctor por la Universidad de Barcelona, con la tesis "El escepticismo en la obra de Jorge Luis Borges", y PhD en Estudios Culturales, por la Universidad de Georgetown, con "Literatura posnacional en Hispanoamérica". Es autor de Literatura posnacional (2007), Que nada se sabe y El escepticismo en la obra de Jorge Luis Borges (2012). Ha publicado diversos artículos en revistas nacionales e internacionales. Actualmente es profesor de Literatura Hispanoamericana en la UB y profesor de Estudios culturales en la Universidad de Stanford.
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