Breve manual de autodefensa identitaria (El método Michel de Montaigne)

Boris Karloff en «Frankenstein», 1931, James Whale

 
Si aterrizase en el planeta tierra un alienígena llegado de una sociedad infinitamente más avanzada que la nuestra, en la que, por consiguiente, la filosofía fuese la forma de vida más deseable, sentiría una inmensa excitación al constatar que la principal ocupación de los terrícolas es reflexionar acerca del ser de sus interlocutores.

Cuál no sería su decepción al comprobar que todos aquellos que se le acercan no quieren saber nada de sus recuerdos más entrañables, ni de sus deseos más secretos, ni de sus miedos más ocultos, ya que solo les interesa averiguar a qué categoría general pertenece.

Essais, 1580

Por si esto no fuese suficiente, nuestro alienígena –ciudadano de una incontable federación de miles de planetas en la que se cuentan por millones las razas, los géneros y las religiones– encontrará deprimentemente reductoras y arcaicas las categorías identitarias manejadas por los humanos.

Es de imaginar que, tras varios intentos frustrados de comunicarse con aquellos seres, nuestro desinflado visitante reemprendiese su viaje, esperando tener mejor suerte en su búsqueda, no ya de vida inteligente, pues esa es una categoría obsoleta para ellos, como de vida auténtica, que es el summum bonum para aquella raza de filósofos.

Esta fábula verosímil expresa lo que nos sucede a todos los seres humanos, que, no siendo menos extraños e inclasificables que aquel alienígena, nos vemos constantemente instados a definirnos en términos simplistas y, lo que es peor, interesados, pues lo único que los demás parecen querer saber de nosotros es si pueden contar –en el mal sentido de la palabra– con nosotros.

A medida que la globalización transformaba un mundo ancho y ajeno no tanto en una aldea como en un Puerto Urraco global, donde todos los vecinos se temían y desconocían, la pregunta más habitual pasó a ser: “Y tú, ¿de quién eres?” De este modo, la pregunta por el ser del otro dejaba de ser un modo de “intimar”, en el sentido de trabar una amistad, para pasar ser una forma de “intimar”, en su acepción de forzar a hacer algo o, incluso, en el de declarar la guerra a alguien.

Jean-Luc Hennig, 2015

Parece que no solo podemos equivocarnos a la hora de responder, sino también a la de preguntar. El hecho nos importa, porque toda pregunta señala en una dirección, de modo que, si esta es errónea, cuanto más avancemos, más perdidos estaremos. Por ello no deberíamos dar nunca una respuesta mientras que los que preguntan no respondan por sus preguntas.

Quizás, la gran literatura (que nuestro apresurado extraterrestre no tuvo tiempo de conocer) sea una de las pocas herramientas que nos permitan bloquear, primero, y reformular, después, la pregunta por la identidad.

Fue en un contexto de irritabilidad y dogmatismo semejante al nuestro (semejante a todos), que Michel de Montaigne (1532-1592) inventó un método de autodefensa identitaria basado, fundamentalmente, en tres técnicas: abrazarse todo el rato al contrincante, parar los puñetazos con barridos y lograr el K.O. por agotamiento.

La primera técnica de autodefensa identitaria –abrazarse al contrincante– hace referencia al intento de generar un ambiente de amistad que rebaje las tensiones identitarias y permita a cada una de las partes expresarse y actuar con libertad. Montaigne no solo heredó dicha técnica de los clásicos y los humanistas, para los cuales la amicitia era un concepto filosófico y político fundamental, sino también de su propia amistad con Étienne de la Boétie (1530-1563).

Étienne de La Boétie, 1576

Primera escena: El joven Montaigne se desespera por no saber responder mejor a las pullas de su hermano protestante, a las protestas de su vecino católico y a las peticiones de los dos reyes que se disputan el trono de Francia. Montaigne intenta desviar las preguntas con bromas y ambigüedades, pero sus interlocutores consideran que se acabó el tiempo de las dudas y ha llegado el momento de la verdad.

Segunda escena: Montaigne traba amistad con Étienne de la Boétie, que pasa a ser la única persona con la que puede mostrarse en plenitud, no ya bajo la forma de una respuesta, sino como la libre expresión de una existencia. Años más tarde, recordando aquellos momentos de coexistencia feliz, Montaigne no hallará otra forma para expresar su amistad con La Boétie que exclamar: “Porque era él, porque era yo”. Así, a diferencia del amor, que, en palabras de Jacques Lacan (1901-1981), es dar lo que no se tiene a quien no es, la amistad sería ser quien se es gracias a estar con quien solo puede ser contigo.

Tercera y última escena: La acción se precipita. El amigo muere, el padre también, la brecha entre católicos y protestantes se hace cada vez más profunda. Finalmente, en su trigésimo octavo año de vida, Montaigne se retira a la biblioteca circular de su castillo para buscar en el trato con los clásicos el paraíso perdido de la amistad. En sus escritos perseguirá la sombra del amigo, que cree adivinar en los autores del pasado y en los lectores del futuro. A todos les pregunta, como el monstruo de Frankenstein, “¿Quieres ser mi amigo?”.

Essais, 1580

Así es como los Ensayos (1580) van a erigirse en el templo de la amistad. En el pórtico reza la inscripción “este es un libro de buena fe”, lo que significa que no es un libro que siga una u otra doctrina, sino la buena fe que reina siempre entre los amigos. ¿Cómo no iban a buscar en este templo refugio todos aquellos que se sentían juzgados, ya fuesen protestantes en zona católica, católicos en zona protestante, o conversos o tibios en todas partes?

No se trataba, pues, de una cuestión meramente individual y sentimental, sino también de un verdadero proyecto filosófico, literario y político, pues la libertad de expresión y acción que uno siente cuando está entre amigos es el modelo de la libertad de expresión y acción con el que sueñan el sabio, el escritor y el demócrata1.

La segunda técnica de autodefensa identitaria –responder a los puñetazos con barridos­– hace referencia al intento de Montaigne por bloquear la pregunta por la identidad mediante la doctrina escéptica de que es imposible saber nada, en general, y aún menos quién se es, en particular2.

A partir de Montaigne, la literatura se va a dedicar a crear personajes inclasificables, no tanto en virtud de su rareza –un término en el que se confunden con insidia las ideas de infrecuencia y anormalidad– como en virtud de la inextricable complejidad de su ser.

Eduardo Acosta (ed.)

Acertó Quevedo (1580-1645) sin saberlo –que es como suele acertarse– cuando llamó a Montaigne “el señor de la montaña”, ya que los Ensayos presentan la identidad como una montaña que se sube o se deja, pero que no se puede juzgar, filtrar ni tamizar. Sus cumbres nevadas, sus fallas, sus senderos, sus desfiladeros y sus animales, incluso las tormentas y los vientos que también forman parte de su ser, la hacen tan inaccesible como deseable.

Esa cima inexpugnable es a la vez una frontera, por cuanto nos resulta imposible acceder a ella, y la negación de toda frontera, puesto que sobre ella los separadores de hombres no pueden construir una muralla en la que apostar fuertes o aduanas, sino que será siempre un lugar de tránsito y de contemplación para los amigos de las montañas, que son los contrabandistas, los refugiados, los poetas y los filósofos.

La tercera técnica de autodefensa identitaria –buscar el K.O. por agotamiento­– consiste en responder desde el principio de la historia, y muy por extenso, a la pregunta “¿quién eres?”. En primer lugar, cuanto más digamos, más complejos y extraños seremos, con lo cual estaremos reforzando la técnica de responder a los puñetazos con barridos. En segundo lugar, agotaremos a nuestro contrincante, que no quiere perder el tiempo en detalles, sino, simplemente, saber de qué lado estamos.

De la amistad, ensayo

Por eso, la próxima vez que alguien me pregunte –directa o indirectamente– quién soy, le diré: “Me encanta que quieras saber algo de mí”, y le explicaré lo importante que es que le cuente algunas cosas acerca de mis veranos en Galicia, mis navidades en Valencia, mi pasión por la enseñanza, mi miedo a escribir… y, quizás como Marcel Proust, que se demoraba tanto que parecía que lo que escribía prescribía, logre impacientarlo y alejarlo, o, quizás, inducirlo a buscar mi amistad.

A lo largo de veinte años de reflexión y casi mil páginas de práctica, el sensei Montaigne logró retorcerle el brazo a la pregunta “¿quién eres?”, que había sido degradada en la inquisición “¿de quién eres?”, bloqueándola primero con la contrapregunta “¿y qué sé yo quién soy?”, para transformarla, finalmente, en la propuesta “¿quieres ser mi amigo?”.

Por todo ello, considero que los Ensayos del escritor bordelés son el tatami perfecto para practicar el venerable arte de la autodefensa identitaria.
 


1 Cfr. Bernat Castany Prado, “Los Ensayos de Montaigne como proyecto político en La muerte de Montaigne, de Jorge Edwards”, Revista Chilena de Literatura, n. 82, 2012, pp. 75-94. Leer texto

2 Cf. Bernat Castany Prado, “El escepticismo identitario en la obra de Jorge Luis Borges”, Analecta Malacitana, n. 33, 2012, pp. 87-105. Leer texto

Bernat Castany Prado, “Escepticismo identitario en Fuera de lugar de Edward W. Said”, Eldígoras. Hojas de lengua, literatura y arte, n. 37, 2005. Leer texto
 

Sobre el autor
Licenciado en Filosofía, Filología y graduado en música clásica. Doctor por la Universidad de Barcelona, con la tesis "El escepticismo en la obra de Jorge Luis Borges", y PhD en Estudios Culturales, por la Universidad de Georgetown, con "Literatura posnacional en Hispanoamérica". Es autor de Literatura posnacional (2007), Que nada se sabe y El escepticismo en la obra de Jorge Luis Borges (2012). Ha publicado diversos artículos en revistas nacionales e internacionales. Actualmente es profesor de Literatura Hispanoamericana en la UB y profesor de Estudios culturales en la Universidad de Stanford.
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