La literatura española explicada a los asnos: Ramón Gómez de la Serna

Ramón Gómez de la Serna (1888-1963)

 
«Cuando anuncian por el altavoz que se ha perdido un niño, siempre pienso que ese niño soy yo» Ramón Gómez de la Serna

 
—Me imagino que es inevitable que a muchos de vosotros os parezca la gente así atractiva, pero no olvidéis que todos estos autores son como las drogas: emborrachan pero no alimentan…

Eso nos lo decía la profesora de Literatura que me tocó en COU, el año de orientación previo a la universidad, cada vez que se refería al surrealismo. Yo por aquel entonces me sentaba en la última fila y la mayor parte el tiempo dormitaba disimuladamente, con la cabeza apoyada sobre el pupitre. Pese a ello algo debió de entrarme, porque son las primeras palabras que me han venido a la mente al pensar en Ramón.

—¿Te importaría atender un poquito y repetir lo que acabo de decir, José Ángel?

Ilustración: David Vela, 2008

Para cualquiera que haya encontrado en la literatura un refugio de trascendencia frente a la superficialidad contemporánea, la greguería no puede hacerle demasiada gracia. En época de Ramón igual era el remedio contra una realidad seriota y gris, llena de «cosas apelmazadas y trascendentales». Pero hoy la realidad cultural es fluorescente y gregueresca: no hay más que encender la televisión para constatarlo.

Con todo, resulta imposible no respetar ese apasionamiento ramoniano por las letras, esa dedicación absoluta a su arte. En cuatro siglos de literatura en castellano, Ramón ha sido posiblemente el mayor entusiasta de las letras. Es el Victor Hugo, el Lope de las vanguardias hispanas.

Para entenderle resulta imprescindible ubicarlo en un contexto histórico concreto: el de las primeras vanguardias.

Entre finales del siglo XIX y los manifiestos futuristas de los años diez, con Marinetti a la vuelta de la esquina, se vive en toda Europa un ambiente, según escribe un especialista ramoniano, «negativista, dinamitero, turbulento». La época barrena el discurso lineal ilustrado y abre la puerta a los ismos, el jardín en el que florecerá la monstruosa personalidad de Ramón Gómez de la Serna. Modernidad radical y rupturista y rechazo de moldes clásicos en todos los géneros.

En otro lugar lo mencioné como artífice de uno de los principales intentos de renovación novelesca. No tiene mucho interés su narrativa. Y no es un juicio personal: ninguna de sus novelas se lee hoy en día.

En cambio perduran sus «aforismos», por acogernos al sentido más laxo posible del término. Aunque más correcto sería decir antiaforismos, pues las greguerías son al aforismo tradicional lo mismo que El novelista (Serna, 1925) a Fortunata y Jacinta (Galdós, 1887): un intento de subvertir cualquier convención posible dentro del género.

¿Que el aforismo es una sentencia grave y útil? La greguería será chispazo de humor inútil. ¿Que el aforismo es realista? La greguería será surrealista. ¿Que el aforismo procura esclarecer el sentido del mundo que nos rodea? La greguería se convertirá en imagen recalcitrantemente opaca, cómplice del sinsentido de las cosas. «Nada de hacer construcciones de mazacote, ni de piedra, ni del terrible granito que se usaba antes en toda construcción literaria.»

Podría continuar con las oposiciones, pero esto lo explica mejor que nadie Ramón:

Cumple este género el deseo de disolver que hay en lo profundo de la composición literaria, el mayor deseo que hay en la vida y el que prevalece siempre en definitiva. ¡Oh, si llegase la imposibilidad de deshacer!

Lo aforístico —se ha dicho— es un género que no encoge porque su brevedad no lo permite.

No. Tampoco es aforística la greguería; lo aforístico es enfático y dictaminador. No soy un aforista.

El defecto de los gregueristas equivocados es creer que hay que maximizar en las greguerías, cuando a quien menos tienen que seguir es a La Rochefoucauld, mi más grave enemigo, mi anticuerpo, mi antítesis trascendental.

Siguiendo a Ramón, Cansinos-Assens estimó que greguería era «el reactivo más violento contra todo preparado literario. Es un medio disgregador». Pero también es una epifanía de lo efímero y un conglomerado de tropos algo «aneroide»: «flores del aire que hay que recoger, medallas que dan los árboles al pasar, relojes que roba el viento y nos mete apresuradamente en el bolsillo mientras él huye». Trivialidades artísticas, confeti intelectual, me atrevería a añadir, baratijas ingeniosas, matices de una sutileza rebuscadamente naïve y charlotiana. Una «mirada fructífera que, después de enterrada en la carne, ha dado su espiga de palabras y realidades».

Revista Buen Humor, 1922

La greguería es «como una aceituna preparada lo mismo que esas a las que se quita el hueso y se coloca en su lugar una anchoa». Mariposas de las ondas, tonterías, mostacilla, avellanas, futesas o naderías, para algunos. Para otros, poesía en obleas, el nombre más apropiado de las cosas, revolución serena y optimista del pensamiento, poética broma de la vida. No hay término medio: o se adoran o se aborrecen. El mundo se divide entre entusiastas y detractores de Ramón.

En mi caso puedo apreciar, en pequeñas dosis, las pildoritas ingeniosas de Ramón. Pero al final las que me atraen son aquellas en las que encuentro un resquicio de «seriecismo», que tienen una puerta mal cerrada y que seguramente son, por eso mismo, defectuosas.

«Escribir es que le dejen a uno llorar y reír a solas.» O: «Un gato subido a un árbol cree que se ha independizado del mundo». O: «Aquella mujer me miró como a un taxi desocupado». O: «La ametralladora suena a máquina de escribir de la muerte»: O: «La felicidad consiste en ser un desgraciado que se sienta feliz». O: «Si no fuésemos mortales no podríamos llorar». O: «El reloj no existe en las horas felices». O: «El beso es hambre de inmortalidad». O: «Un epitafio es una tarjeta de desafío a la muerte». O: «La vida es decirse ¡adiós! en un espejo». O: «El sueño es un depósito de objetos extraviados». O: «¿Qué es la ilusión? Un suspiro de la fantasía» (este podría ser hasta verso shakesperiano). O: «En el fondo de los espejos hay un fotógrafo agazapado». O: «El escritor quiere escribir su mentira y escribe su verdad».

Uno es prisionero del propio temperamento, qué le vamos a hacer. Por eso el plagio es imposible. O puesto de otra manera: todo puede ser subvertido y corrompido.

Por supuesto, también me gustan las greguerías inequívocamente ramonianas. «Las pirámides hacen jorobado al desierto», «El agua se suelta el pelo en las cascadas». Pero esas son las recalcitrantes, las sernianas puras y duras, las auténticas e irreductibles. Las que a menudo tienen que ver con la fascinación de este autor por las cosas concretas, su rasgo más característico y aquel que le opone a un temperamento abstracto. Por eso mismo no tiene tanta gracia que las cite.

Como lector que ha llegado a tener en su mesilla de noche las máximas de La Rochefoucauld (lo confieso), soy alguien que cuando me encuentro en el territorio de Ramón me siento como si entrara en un campo de fútbol donde me hubieran cambiado las porterías. No sé dónde narices hay que disparar para meter un tanto. Por eso procuro no parar demasiado en estas páginas que acaban resultando nocivas para mi salud mental.

Quizás ese sea el mejor elogio al talento surrealista y humorístico de Ramón.

Y termino con una cita de Ramón (¡qué citable era!):

Tened el valor de equivocaros, ha dicho Hegel.

Yo me he permitido el desorden, la descomposición, el barroquismo sincero, y esto desde hace años, es decir, mucho antes de que fuese todo un poco barroco, ¡un poco barroco! ¡Qué cantidad de cuquería hay en eso de que sólo lo sea un poco, casi un pecado mayor que el de que no lo fuese nada!

 

Sobre el autor
(Madrid, 1971) Es licenciado en Historia Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. En 1994 quedó finalista del premio Nadal con su primera obra, Historias del Kronen. La novela tuvo una gran repercusión y abrió las puertas a una nueva generación de escritores. Tras su publicación el escritor vivió durante varios años entre Madrid y Toulouse. Actualmente reside en Madrid.
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