Moqueta y posidonia: Dos crónicas de las Conversaciones Literarias Formentor 2020

Cartel de la edición de 2020 de las Conversaciones Literarias de Formentor

 
Por segundo año consecutivo, nuestros colaboradores Begoña Méndez y Josep Maria Nadal Suau han cubierto para Pliego Suelto las Converses Literàries de Formentor, que se desarrollaron entre el viernes 18 y domingo 20 de septiembre pasados, en Mallorca. En la siguiente crónica conjunta, nos relatan, de forma distendida y panorámica, los pormenores de las actividades, charlas, anécdotas y también el punto central del evento: la entrega del Premio Formentor de las Letras 2020, concedido al escritor, poeta y cronista de viajes Cees Nooteboom. Esta edición del certamen llevaba el singular título de “Bagaudas, goliardos y estilitas. Acróbatas del mundo antiguo y moderno”.

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Domingo, 20 de septiembre | 16.30 | Nadal Suau

Empezando por el final, cuando casi todos los invitados a las Conversaciones se habían marchado ya, recordaré cómo Cristian Crusat, Begoña Méndez y yo nos metimos en el agua de la bahía muy poco a poco, siempre a punto de tener frío, el verde del pinar remontando a nuestras espaldas, el olor pútrido y virgen de la posidonia muerta.

Crusat nació en 1983 y ha dedicado buena parte de su obra a recordar Europa, a la que llama “cementerio a mano” en su último libro dedicado a W.G. Sebald. “El alma enmoquetada”, remata para referirse a la emoción que le suscita la idea del Viejo Continente. Y es curioso, tras años de asistencia de público masivo bajo una carpa instalada en los jardines del Hotel, 2020 arrastró las Conversaciones al Salón Orfeo, pequeño, interior, enmoquetado: perfecto para que una generación encastillada desde hace décadas volviera a contarnos Europa como cementerio prematuro y afrancesamiento de clase.

«W.G. Sebald en el corazón de Europa», Cristian Crusat

Pero el domingo, tras la sucesión de reuniones languidecientes, esos tres nadadores solitarios sacamos a pasear la cultura popular, el trap, a Alfonso Arús, nuestros amigos treintañeros: sacamos a pasear una generación.

Hace años que las Conversaciones de Formentor son la puesta en escena de un corte generacional (de varios, en realidad) insalvable. Nadábamos hacia una boya blanca, y el siglo XX quedaba a nuestras espaldas resumido en demasiado poder simbólico acumulado por pocos, una verticalidad declamada.

Luego, una hora más tarde, abandonábamos aquel lugar legendario y las puertas se cerraban a nuestras espaldas: era el fin prematuro de la temporada para el Hotel Formentor, y probablemente nosotros éramos sus últimos clientes, ya que, tras su venta a un conglomerado empresarial vinculado a Bill Gates, se convertirá en un centro de talasoterapia. Quién se resiste a desearse historia, incluso si se trata de historia del privilegio.

Dentro quedaba el último invitado a las Conversaciones en partir, que pasaría las horas previas a su vuelo nocturno deambulando por los pasillos o leyendo en su habitación, no sé. Era Crusat, así, protagonista accidental de un epílogo sebaldiano.

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Viernes, 18 de septiembre | Noche | Begoña Méndez

Empezando por el principio, sin las alfombras rojas de los últimos años, sin los cócteles ni los piscolabis en los jardines, la fiesta posterior a la entrega del premio Formentor 2020 a Cees Nooteboom es tan humilde, tan casi inexistente, que de verdad me gusta. Sin los vestidos de noche ni la mezcla mareante de perfumes y sudor, estas Converses me hacen pensar en Detroit: una ruina fascinante, polvo y escombros muy solos y muy bellos que hacen de la vida una existencia fantasma. Pura melancolía fetichizada.

Y yo, que salgo del trabajo del colegio con unas ganas inmensas de borrarme del mundo, me siento reconfortada en este hotel medio vacío. Soy aquí nadie en el centro de la nada. Me alegra encontrar un encaje estético entre mi cuerpo cansado y este hotel tan antiguo, me pone contenta sentir que hay un vínculo hondo entre mi pulsión de desaparecer y este evento tan marchito.

El mar, amarronado este año por la posidonia podrida, parece agua estancada y sin embargo es imposible renunciar a un baño como no se puede renegar de Formentor.

De camino a la playa descubro que Rosa Moncayo no solo es una escritora de la intimidad, sino que tiene, literal, la piel de alabastro (nota mental: el cutis de Gonzalo Torné es igualmente admirable). Su palidez me confirma la belleza espectral que enmarca las conversaciones de este año.

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Sábado, 19 de septiembre | 13.30 | Nadal Suau

Informativamente hablando, lo más importante que ocurrió en estas Conversaciones fue la declaración firmada en conjunto por un puñado de editores independientes en defensa de “la diversidad cultural” en un sistema económico en jaque: luego aplicas la lupa a los abajo firmantes, y bajo la etiqueta de independencia encuentras minúsculos y milagrosos sellos unipersonales al lado de muy verosímiles aspirantes a liderar la industria, como el grupo Contexto.

Y sí, vale la pena leer el manifiesto que sacaron adelante pese a las diferencias, aunque conviene no depositar en él expectativas inalcanzables: en realidad, ¿qué sentido tiene hablar de cualquier cosa que no sea de educación y desobediencia cuando se trata de abrirle algún horizonte a la cultura escrita? Cada vez cuesta más encontrar una definición de “Cultura” que explique de un modo realmente claro, no militante, por qué debería “ocupar el centro del debate público”.

Cristina Morales, escritora

Justo después de su lectura por parte del periodista Xavi Ayén, alguien me enseñó en un smartphone la, entonces, recién estrenada página web en la que Cristina Morales atiza a editoras, agentes y publicaciones, bajo la estricta premisa punk que me manifestó un año antes, cuando la entrevisté en esos mismos jardines lujosos: que la crítica siempre sea destructiva, pero siempre hacia arriba, con una verticalidad que la justifique.

Me parece sintomático que el cotilleo moralesiano llegara a mis ojos y oídos precisamente allí, en ese pedazo de la Europa mediterránea que es el Hotel Formentor, mientras los decanos de la cultura española celebraban la supervivencia (engañosa) de su ciudadela y los editores intentaban lograr una homogeneidad estratégica imposible, porque no es homogéneo el dinero.

Me pareció, ya entonces, que ese cotilleo subterráneo me recordaba otra vez, todo el tiempo, que no quedan consensos en la cultura española, no quedan ganas de pretender que nos entendemos, que tragamos con las jerarquías.

Han pasado varias semanas y la web troleo-Molotov de Morales sigue dando que hablar. Mientras tanto, ¡oh, la vieja Europa! La vieja Europa huele a posidonia de acuario.

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Sábado, 19 de septiembre | Mañana | Begoña Méndez

Me arrastro hasta el salón Orfeo. Hay cuatro sillas esparcidas, unos pocos escritores, algunos editores, un par de cronistas. Pienso en subir al bar para estarme un rato con mi rostro, pero al final no me muevo, porque sucede otra vez Rosa Moncayo.

Formentor, 2020

Como si hubiese intuido el ánimo del hotel y el mío propio, habla de Mi año de descanso y relajación, una novela de Ottessa Moshfegh inteligente, divertida y que, sin pretensiones ni aspavientos, narra como nadie el conflicto entre la pulsión de vida y los deseos de ausentarse del mundo que tantos tenemos.

Su protagonista decide hibernar un año, hacerse éter, abandonar todo, retirarse del curso del tiempo. Seroquel, litio, Trankimazin o dolzipem serán sus instrumentos de desaparición. Dormir. Solo dormir. Dormir no soluciona nada, pero ayuda a vivir. Y es que resulta que dormir es el extremo opuesto al suicidio, nos dice Ottessa, y Formentor tiene este año la textura pegajosa del ensueño, la cualidad viscosa de los ansiolíticos.

Formentor, animal moribundo, tiene este año más ganas de sobrevivir que nunca. Me trago una pastilla y cierro los ojos. Yo también estoy llena de vida.

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Sábado, 19 de septiembre |18.30 | Nadal Suau

Bajo el título ‘Variaciones Coetzee’, se habla de la obra del autor sudafricano. No ha podido venir, su edad y la pandemia lo hacían imposible. Interviene Eduardo Lago desde Nueva York, Félix de Azúa y Andrés Ibáñez en la sala. Modera Elena Hevia. También tiene un turno Gonzalo Torné, agudísimo, que rima a Coetzee con Naipaul para resumir la narrativa del siglo XX bajo una pregunta esencial: ¿qué iban a hacer los narradores con las clases sociales subalternas que jamás había tenido historia, ni voz, ni presencia en la historia, pero que de pronto estaban ahí, emergidos por el impulso de la historia?

J. M. Coetzee, 2020

Mientras le escucho, hojeo Retratos de infancia, el nuevo libro de Coetzee publicado por Random House, recopilación de fotografías inéditas tomadas por el autor entre 1955 y 1956. Es un rescate espectral, porque las imágenes permanecieron olvidadas de su propio dueño durante décadas. Coetzee es un buen fotógrafo, pero el tiempo es su mejor aliado: un narrador que siempre cuenta bien su historia.

Mis fotografías favoritas son las que muestran a Ros y Freek, en la playa de Strandfrontein, la primera vez que vieron el mar. Los dos negros sudafricanos, elegantes en su modestia, desconcertados, solemnes a su manera, se yerguen frente al mar, fuman en pipa, intercambian miradas en silencio.

Salgo un momento del salón Orfeo, miro a lo lejos: ahí está el mar Mediterráneo. Pienso que Ros y Freek no están aquí, en Formentor, en los discursos individuales que hilvanan el discurso institucional. También pienso que, indirectamente, Torné los ha convocado al fin, por un momento. Quizás este sea uno de los poderes del lector.

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Viernes, 18 de septiembre | Noche | Begoña Méndez

Reviso las notas que he tomado durante el discurso grabado de Cees Nooteboom desde su casa en Holanda:

«Su vida es un vaivén entre el orden monacal que aprendió de agustinos y franciscanos y el caos derivado de su perpetuo deambular por el mundo».

«Era un muchacho cuando trabajaba para un banco. Un día le encargaron llevar un dinero a casa de una clienta. En el camino, decidió tomar un desvío, detenerse un instante. Se sentó ante un arroyo y ahí se quedó, mirando el agua correr».

Begoña Méndez, escritora

En ese momento de absentismo y de clandestinidad, nos cuenta Nooteboom, nació en él el germen de su literatura.

«En la literatura, hay un tiempo esencial que hay que respetar y es el del todavía-no».

Los libros tienen que esperar o somos nosotros quienes los esperamos: no recuerdo bien qué fue lo que dijo. No me importa. Ambas ideas son hermosas. Me gusta creer también que ambas son verdaderas.

«Lugares favoritos: hoteles, bibliotecas, monasterios, rutas, camiones».

Una amiga me dice que cuando Nooteboom habló sobre sus conversaciones con los camioneros que lo recogían cuando hacía autoestop, sintió una punzada porque nosotras, mujeres, jamás tendremos la posibilidad de tal vivencia. Le doy la razón. Los hombres van por la vida como si no fueran cuerpos agujereados. A las mujeres nos lo recuerdan todos los días.

No sé por qué no le digo que desde la adolescencia me han fascinado los camiones y los bares de carretera. Creo que me da pereza hablar porque entre la gente, por querida que sea, tiendo a contorsionarme hacia adentro. Como los estilitas, esos acróbatas interiores que se recogían en sí mismos contra el frenesí del mundo. Frente a ellos, los goliardos, errabundos exaltados y los bagaudas, desertores rebeldes, soldados descarriados. El monasterio frente al caos, el orden frente al vagabundeo, como nos explicó el viernes noche Cees Nooteboom.

«El trayecto entre Ciutadella y Alcudia que tantas veces ha hecho en barco ha sido esta vez imposible, a causa de la pandemia».

Luna Miguel, escritora

Pandémicos y celestes, sí, aplaudimos la imagen quieta del vídeo terminado de Nooteboom. El mundo se nos está quedando bastante ridículo.

A la hora de comer, en las mesas de la terraza del buffet (vistas al mar, montañas con formas de dinosaurio, gorriones gordos y un silencio de gaviotas al fondo) la escritora Luna Miguel se quita la mascarilla: lleva los labios pintados de un fucsia llamativo y precioso.

Ese gesto de coquetería me reconforta. Es un detalle pequeño, pero en absoluto banal. A mí me parece importante porque reivindica el rostro como piedra angular de nuestra presencia humana o, como diría Emmanuel Lévinas: “el No matarás es la primera palabra del rostro”.

Almuerzo a su lado. Le sonrío. Intercambiamos algunas palabras. No le digo que su lipstick me ha hecho muy feliz.

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Sábado, 19 de septiembre | 12.00 | Nadal Suau

Probablemente le perjudicó su inclusión en la mejor mesa (Abilio Estévez, Cristian Crusat y Rosa Moncayo, estupendos, moderados por una actriz, Agnès Llobet, que introdujo el hilo central, los Goliardos, recitando un collage de poemas en catalán y latín). Sin duda, aparecer en una pantalla porque no has podido viajar hasta Mallorca hace que tu intervención pierda naturalidad.

Dicho esto, de verdad creo que conviene preguntarse por qué los diez minutos de Irene Vallejo en torno a Luciano de Samosata fueron tan decepcionantes. No hablo de El infinito en un junco, que no he leído porque alguien tiene que no leerlo, pero sí de una aparición que fue planificada y puesta en escena con un criterio muy claro: resultar fácil, didáctica, cautivadora.

Nadal Suau, escritor

Sin embargo, el resultado se percibió cursi y pueril, que son precisamente dos de los mayores problemas de la cultura en lo que llevamos del siglo XXI. No sé si vale la pena divulgar a los clásicos si es a costa de tratarnos a todos como niños pequeños a quienes la seño promete un caramelo si se portan bien.

Si esta estrategia comunicativa de Vallejo fuera solo un patinazo suyo, yo pasaría de puntillas, pero es que se trata de un desolador signo de los tiempos, desde los medios de comunicación hasta el sistema educativo.

Volvemos a los interrogantes apuntados al hablar de edición: ¿la tradición es un cuento reconfortante o una invitación a la desobediencia? ¿La cultura ocupa el centro de nuestros discursos como valeriana o como desvelamiento? La dulzura del discurso de Vallejo (insisto: de su discurso, que era una construcción pública, un producto cultural) sitúa al receptor en una posición pasiva, menor de edad, y convierte el contenido, ese conocimiento que sin duda posee la expositora, en una bolita sin aristas.

En gran medida, esto resume también lo bueno y lo malo, lo seductor y simultáneamente antipático, de ese tejido global de festivales literarios entre los que Formentor es, eso sí, el más boutique.

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Sábado, 19 de septiembre | Noche | Begoña Méndez

Escribo desde la memoria pastosa del diazepam y de las copas de vino. Escribo abotargada, vacilante. No soy la única: Formentor está saturado de presentadores balbuceantes, de conferenciantes que pierden el hilo y que cometen errores de concordancia.

Elisabet Riera, editora

Algunos discursos son un tanto embarrados, unos pocos vídeos se detienen, hay que esperar, parece que arrancan, vuelven a pararse. Desespera el ritmo lento y entrecortado, aunque sin duda lo prefiero a caer por la grieta generacional que cada año se abre en Formentor y que me separa, inevitablemente, de la GTCE (‘la Gran Tradición de la Cultura Europea’), si por GTCE entendemos cosas como afirmar con regocijo que un ser humano de otro continente al que le amputamos la lengua está hablándonos con el silencio de dios.

“Acróbatas del mundo antiguo y moderno”, reza el subtítulo de estas Converses. Si de verdad hubo algún artista del trapecio y de la cuerda floja, ese fue Cristian Crusat. Su lectura de La cruzada de los niños, de Marcel Schwob, consiguió lo imposible: que me sintiera vinculada a la herencia literaria occidental de la que muchos otros antes e innumerables otros después se empeñaron en sacarme. Pero no lo convertí en mi héroe secreto por eso. Fue porque su intervención me salvó del infierno en un junco y de todos los demás avernos.

Por la noche, nos distanciamos todos en la terraza del jardín. Me senté junto a Elisabet Riera, dueña y señora de la editorial Wunderkammer y de todas las almas que atrapa con su carisma, con sus libros deliciosos y sus apuestas valientes. Hablamos y bebimos. Enric Cucurella, dandy atemporal y fundador de la editorial Alpha Decay, se improvisó un loro y puso banda sonora a las mil conversaciones y a los desenmascaramientos cruzados.

CCCB, 2013

Me encanta la gente, en serio. Me gusta observarla, me gusta escucharla. Pero de repente me cansé de estar allí, era muy tarde y me cayó encima el peso de la semana. Me dio pereza decir adiós, así que “ausente, adormecida y silenciosa” (como dice Crusat que dice Sebald que es Europa en su excelente ensayo W.G. Sebald en el corazón de Europa) me marqué una despedida a la francesa.

Casualmente, fue un francés quien por la mañana le dio la bienvenida a la narrativa de Roberto Bolaño: el escritor lyonés Pierre Ducrozet habló sobre Los detectives salvajes y su intervención fue un oasis de palabras en un desierto de aburrimiento. Habló del desarraigo como vocación, de la literatura como cámara de ecos, de la escritura de Bolaño como una proliferación de líneas y de puntos.

Y entonces ocurrió que me ausenté de la sala Orfeo para regresar a 2013, a la exposición Archivo Bolaño que visité en el CCCB. También pensé en un hombre desconocido al que podría haber amado y que adora, como yo, la obra del escritor chileno.

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Viernes, 18 de septiembre | 18.30 | Nadal Suau

Conducimos rumbo al Norte, demasiado rápido. Las Conversaciones no han empezado todavía, pero están a punto, y la mayoría de sus participantes durmieron ayer en el hotel. Quienes desconocen el lugar, se sorprenden la primera vez que atraviesan la carretera minúscula plagada de curvas que conduce hasta allí: Gonzalo Torné nos dirá por la noche que esta ha sido una de las ocasiones en que el anuncio de un paisaje “precioso” había sido recompensado, efectivamente, con un paisaje precioso.

Gonzalo Torné, escritor

Es verdad: yo mismo soy un mallorquín dispuesto siempre a parodiar la isla, sus excesos turísticos, su fe en la luz que ha heredado del puro azar, pero cuesta bromear a costa de Formentor, un lugar de belleza implacable.

Pero lo que quiero contar es esto: por el camino, vacío de coches como nunca antes, nos detenemos varias veces para no atropellar a las cabras pardas que invaden el asfalto. No tienen prisa, ni miedo. Nos miran con esa desconcertante falta de propósito suya.

Medio año con el motor económico deteriorado, y esta tierra ya se imagina a sí misma virgen de nuevo. Pero es un espejismo: nosotros arrancamos de nuevo porque nos esperan tres días de inmersión en un ambiente cultural, civilizado, hecho de discurso, de conquista, de propósitos conscientes o inconscientes, colonizadores casi siempre y emancipadores a veces.

Después de todo, de tanta broma a su costa, quizás sí sea cierto que nos esperaba, en fin, Europa.

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Domingo, 20 de septiembre | Tarde | Begoña Méndez

Terminando por el final, el domingo a mediodía se marchan casi todos. Empieza a olerse el otoño y las Conversaciones de Formentor se han acabado. El autocar que viene a recoger a los participantes me recuerda a las despedidas de los campamentos de verano a los que iba de niña.

Hoy no me da pereza decir adiós. De hecho, me encantaría besar y abrazar, sonreír y que me vieran. Nos hacemos fotos. Deseamos volver a vernos. Intercambiamos correos. Prometemos leernos.

De regreso a Palma (Nadalísimo conduce) reviso mi cuaderno de notas: citas sueltas sin nombrar autoría, ideas tomadas al azar que no sé si son mías o si son palabras que dijeron otros. Da igual, las leo como si fueran dedicatorias de mis compañeros de campamento:

«Una casa convertida en un montón de piedras»
«Hambre en la Haya (1944)»
«La imposible trascendencia»
«La virgen de Guadalupe»
«El blanco candor y el blanco lepra»
«Los sentidos permanecen»
«La belleza de Abilio Estévez con su abanico»
«La norma como castigo»
«El ardor místico»

Mi Formentor de descanso y relajación.
 


Canal de YouTube donde se pueden ver algunas de las conversaciones que tuvieron lugar en Formentor 2020: Fundación Formentor

 

Sobre el autor
(Palma, 1976). Es licenciada en Lingüística General y en Filología Hispánica por la UB. Remasterizada en Literatura Digital y más tarde en Humanidades por la UOC, es profesora en sus ratos libres y adicta al cloro de las piscinas municipales. Tiene tres gatos, hace collages compulsivamente y escribe sobre libros en El Cultural.
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