Sergio del Molino: “Me intereso por el discurso del lugar, por la construcción y deconstrucción de los mitos nacionales”

Sergio del Molino, escritor

 
El escritor Sergio del Molino (Madrid, 1979) es una de las voces más destacadas de las letras españolas actuales. Pliego Suelto contactó con él y lo entrevistó a propósito de La mirada de los Peces (Random House, 2017), una novela que gira en torno a la huella del desaparecido Antonio Aramayona, su profesor de filosofía en el instituto, activista y colaborador de diversos medios. También charlamos con él sobre su celebrado ensayo La España vacía (Turner, 2016), sin olvidar temas como la voz en primera persona y el nuevo paisaje literario de Zaragoza, ciudad en la que reside.

La mirada de los peces lleva ya varias ediciones. Enhorabuena por este éxito. ¿Pensabas que tendría tan buena acogida?

Realmente, no se puede esperar nada, ya que si generas expectativas, lo normal es que defraudes. En todo caso, lo que trae el éxito  –si es que esto es éxito– es mucho trabajo. Así lo he notado desde la publicación de La España vacía y de este nuevo libro. Por suerte, tengo bastantes cosas que hacer y una familia que hace que no me pueda dispersar.

La mirada de los peces, 2017

La novela gira en torno a dos figuras: tu “yo” a diferentes edades y Antonio Aramayona. Para los que no conocíamos a Aramayona, ¿se lo puede conocer a través de tu libro?

Creo que es un error acercarse a la literatura con el ánimo de conocer una especie de realidad objetiva. El lector comprenderá mi mundo, mi forma de entender a Antonio, pero no a Antonio Aramayona. Para ello, tendría que haberlo conocido en persona.

Probablemente, aquellos que lo hayan tratado en contextos diferentes no reconozcan el relato que hago de él. A esto es a lo que puede aspirar la literatura: a trasmitir una mirada. De ahí que el término mirada esté muy presente en todos mis libros.

Al tratarse de un personaje público, ¿sentías la necesidad de hacer resonar su voz de la manera más veraz posible, de tratarla con más cuidado?

Todo lo contrario. Con un personaje público, creo que existe un relato –construido en torno a él– con el cual puedes discutir. En mi caso, solo utilizo nombres reales para quienes tienen una proyección pública clara y rotunda, como es el caso de Antonio o de personas que están en mi vida.

Antonio Aramayona

Sin embargo, tengo cuidado con las figuras que no tienen tal proyección. En el libro hay nombres cambiados, existen personajes encriptados y lo hago con un criterio completamente extraliterario. Hay personas que aparecen en esta obra de las que no sé nada y desconozco lo que les puede provocar verse en un libro mío. No tengo derecho a irrumpir en sus vidas. A veces pienso que se van a reconocer, pero que no lo hará su entorno. Es un secreto que queda entre nosotros y del que nadie más sabrá.

El uso del “yo” nos remite a los límites de la autoficción. “Lo raro es renunciar a la primera persona del singular, fingir que son otros ojos los que miran y otra voz la que habla, y quizá eso sí que es soberbio, adoptar un punto de vista divino y sin mácula.”, afirmas en un fragmento del libro. ¿Solo te planteas la escritura desde la experiencia propia?

De momento, sí. Lo que me interesa es la escritura y la literatura. No tanto la que se basa en la experiencia, sino la literatura que transmite, que está contando algo que importa radicalmente a quien lo cuenta. Y considero que esto solo sucede cuando afecta de manera personal. Así, por mucho que haga literatura de viajes, por mucho que recorriera Katmandú, no me sentiría tan implicado por Katmandú como por aquello que le ocurrió a Antonio.

La hora violeta, 2013

En este sentido, busco una conexión y que el lector sienta que me importa lo que escribo, puesto que solo puedo escribir sobre aquello que realmente me importa.

Respecto al fragmento que citas, se trata de una boutade, es decir, una exageración –como muchas en la novela–, por lo que no debe tomarse literalmente.

De hecho, es una boutade que tiene un fondo de resquemor o de venganza hacia una sensación que experimento desde que adopté la primera persona en La hora violeta (2013). Un sentimiento muy difuso relacionado con el hecho de que, para algunos críticos y lectores, usar tal recurso tiene algo de inmoral, de exhibicionista, de narcisista y de sucio: “no es tan honesto como usar la tercera persona”.

A veces he notado un cierto reproche sordo hacia todos aquellos que usamos la primera persona. Como si se dijera: “¿Y por qué nos tiene que importar lo que tú nos cuentes?” o “¿Por qué nos impones este exhibicionismo?”.

Es curiosa esta sensación porque estamos en una eclosión editorial a nivel  global de libros en primera persona

Porque tiene que ver con la sensibilidad contemporánea. Ya no nos creemos la tercera persona, es un artificio literario que el lector entiende que es grosero y, por ello, busca otra cosa.

Miguel Serrano, 2013

La novela discurre en un vaivén temporal entre los años 90 y la época actual. Se percibe un cambio tanto en la ciudad como en las personas que la pueblan. Tal como lo mencionas en el libro, recuerda a los ambientes de Autopsia de Miguel Serrano, y a Campo rojo de Ángel Gracia. ¿Crees que existe una necesidad casi generacional de contar esos años en Zaragoza?

Creo que está emergiendo un grupo de escritores que ha conocido esa Zaragoza, una ciudad que forma parte de nuestra educación sentimental y que, por tanto, llevamos a nuestra literatura. Aún se está dibujando muy tibiamente, pues su imagen literaria es débil en general y es sostenida por muy pocos escritores.

Sin embargo, no creo que haya habido un retrato tan nítido, consistente y relevante de su paisaje literario desde que Ramón J. Sender escribió la Crónica del alba (1942), sobre todo el primer tomo La Quinta Julieta, ambientado en la Zaragoza de 1916 (durante su infancia y pubertad).

¿Crees que existe algún motivo para esta eclosión? Pienso en personalidades relevantes procedentes de Zaragoza o de su provincia, como Goya o Buñuel

Ramón J. Sender, 1942

Quizás, en el campo de la narrativa, Zaragoza no haya dado grandes escritores, pero siempre ha tenido figuras culturales potentes. Hacía mucho tiempo que no coincidía una generación que escribiera en torno a la ciudad a través del cruce de miradas y libros.

Se trata de mitologías de extrarradio. Al final, hemos crecido en distintos puntos de la ciudad, pero hay una mirada que converge, quizá por falta de referentes. Alguien que escriba sobre Barcelona dialoga con Marsé (está obligado y no puede eludirlo). Sin embargo, Zaragoza no tiene un Marsé, pero ahora se construyen miradas y los puntos se están uniendo unos con otros.

Volviendo a La mirada de los peces, el tema de la pérdida (de Aramayona, de la juventud, del barrio…) es el centro de la obra. Un tema que enlaza con tu ensayo La España vacía, en relación a aquellos pueblos que pierden sus habitantes o bien a la pérdida de los valores de una sociedad. ¿Adviertes alguna conexión entre ambas obras?

La España vacía retrata una desaparición antropológica de toda una cultura, muy estable y presente durante siglos con la que hemos perdido contacto totalmente. Todavía queda gente viva que ha crecido en ella, pero hemos asistido a su desaparición. En ambas obras existe esta conexión clara y evidente, aunque no estén escritas a la vez. De hecho, empecé a escribir La mirada de los peces justamente cuando salió La España vacía.

Sergio del Molino, 2016

Me vino muy bien escribir para recordarme –constantemente– lo que soy. Estoy poniendo en formato narrativo una de las ideas del libro, que tiene que ver con la formación (me importaba mucho el tema del orgullo y de los hijos) y con algo que me afecta biográficamente: la desintegración de esos barrios formados, en los años 60, con la rabia de todos los hijos llegados de la inmigración.

Según Patricio Pron, hay una continuidad muy sólida en todos mis libros, que tiene que ver con una crónica generacional. Es posible que así sea, sin embargo, no se trata de una continuidad voluntaria, sino que la voy construyendo sobre la marcha. Creo que hay fuertes conexiones entre los libros, sobre todo a través de ese “yo”, también presente en La España vacía. En este sentido, aunque pueda percibirse como una pieza suelta, está muy insertada en todo el conjunto.

La España vacía se contrapone a la visión orgullosa del lema que sonaba con cierta fuerza hace algunos años de “Yo sí tengo pueblo”, que de alguna manera es excluyente de las personas que no lo tienen. ¿El mundo rural está condenado a ser mirado desde una postura mitificada?

Claro, como todo lo que sucede con las cosas que van desapareciendo. Al final, no queda más que el mito.

En mi caso, no tengo pueblo, lo cual te sitúa –forma parte de otro de los temas de La mirada de los peces– en el desclasamiento y la desubicación. Quien tiene pueblo se aferra a él como una forma de identidad, al tiempo que se diferencia.

Sergio del Molino con PS

Es una dicotomía: existe un sentimiento de pertenencia y, también, de distancia, con el que parece decirse “soy mejor porque tengo pueblo”. Esa función la cumple esa España vacía como referente fantasmal y horizonte mítico.

¿Cuánto tiempo te llevó preparar La España vacía?

Desde el momento en el que decidí escribirlo, aproximadamente un año. Un libro como La España vacía se lleva escribiendo durante mucho tiempo. Sin ser consciente de ello, me acompañó desde mis primeros viajes como reportero, desde las lecturas que he ido acumulando o desde ideas e intuiciones, hasta que, finalmente, decidí sistematizarlas.

¿Hay pueblos que no has incluido en el libro?

Son unos cuantos los que no han sido incluidos y, en general, mucho material se ha quedado fuera. De hecho, el manuscrito era más extenso, tenía cien páginas más. Sin embargo, quería que fuera eficaz, ya que no creo en las obras totales y abarcadoras. Considero que hay que elegir ser esencial.

¿Te seguirás interesando por pueblos vacíos o los que se vacían?

Me intereso por el discurso del lugar en el que vivo, por la construcción y la deconstrucción de los mitos nacionales, así como por la relación que tenemos con ellos, sobre todo ahora en este momento (risas).

Me gusta el concepto de frontera, pero orientado a qué hace que convivamos y qué elementos perturban esa convivencia. Al final, La España vacía trata de eso, de cómo se configura un país y una convivencia, y de cómo hay elementos intangibles, que nunca tomamos, pero que son importantes a la hora de explicar por qué nos queremos y por qué nos odiamos.

Ese discurso me interesa mucho y lo puedo abordar desde diversas perspectivas, de modo que continuaré escribiendo sobre ello.
 

Sobre el autor
(Salon de Provence, 1986). Aunque nacida en Francia, España es, sin lugar a dudas, su país de adopción. De hecho, se especializó en literatura española y, concretamente, cursa un doctorado sobre dramaturgia contemporánea. Es co-directora de la Revista de Investigación Teatral Anagnórisis. Y, a pesar de la crisis, también co-dirige la Editorial Anagnórisis, sello digital especializado en teatro y estudios humanísticos.
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