Ángel Gracia: “Todos hemos protagonizado, o hemos sido testigos, de escenas de acoso en nuestra infancia”


Ángel Gracia García (Zaragoza, 1970), escritor, poeta y programador cultural, nos cuenta los pormenores de su última novela, Campo Rojo (Editorial Candaya), donde rompe la imagen idealizada y nostálgica de la niñez para mostrar su lado oscuro: la violencia física y psicológica dentro y fuera de las aulas. Gracia es también autor de los libros Pastoral (Prames, 2007) y  Destino y trazo. En bici por Aragón (Voces de Margot, 2009), una recopilación de artículos publicados en el Heraldo de Aragón

En tu novela Campo Rojo centras la mirada en un tema muy cadente de la actualidad, el acoso escolar, pero en los años 80. ¿Qué te llevó a reflexionar sobre esta cuestión y centrar tu atención en este mundo preadolescente?

Las novelas protagonizadas por pandillas de chavales me han fascinado desde siempre. Empecé, como muchos, con la serie Los cinco de Enid Blyton (1897-1968), pero todos los libros eran iguales, se repetían, y además idealizaban tanto la amistad que me resultaban frustrantes, así que pronto me pasé al lado más salvaje: El señor de las moscas (1954), Huckleberry Finn (1884), La naranja mecánica (1962)…

Anthony Burgess, 1962

Yo quería escarbar en esa veta de la literatura que muestra la violencia como comportamiento adolescente y como tótem en las relaciones entre los chavales.

El título del libro hace referencia a un descampado en el que constantemente se (des)encuentran los jóvenes. Según tú, ¿qué te ha aportado ubicar tu relato en la periferia?

Los descampados de la periferia son los primeros paisajes que conocí. Un espacio sin nombre compuesto de hierbajos, desechos y ruinas. No es ciudad ni es campo. Es el escenario perfecto para que los chavales de la novela cometan sus fechorías: palizas, vejaciones, abusos de todo tipo.

¿El «campo rojo» es también una metáfora de lo que queda tras la violencia?

Sí, todos llevamos un «campo rojo» en nuestro interior. Todos hemos protagonizado, o al menos hemos sido testigos, de escenas de acoso. Esas heridas siempre sangran para quienes las han sufrido. Todo lo que sucede en la infancia marca nuestra manera de ser como adultos. Cuántas neurosis, cuántas fobias son el resultado de todo aquello que una vez nos pasó y que no supimos asumir o superar.

Te alejas totalmente de una posible mirada idealizada y nostálgica de la niñez. De hecho, exceptuando algunas escenas, toda la historia gira en torno a la violencia y al miedo. ¿Qué factores te llevaron a desarrollar este punto de vista?

Los chavales no encuentran límites por parte de los adultos. Su única meta es la transgresión mediante la violencia física y verbal. No aceptan las más elementales normas de convivencia e imponen las suyas propias, basadas en las jerarquías y el poder arbitrario. En cierto modo, también están repitiendo los esquemas y los valores que observan a diario en su barrio.

Los personajes tienen apodos (El Gafarras, El Bruslí, El Farute…). ¿Es un intento de despersonalización o de caricaturización de las diferentes actitudes que los motes significan?

Así es. Una de las pocas señas de identidad que tiene un niño es, precisamente, su nombre. Imponerle un mote, casi siempre despectivo, es una forma de cosificarlo, de anularlo, de marcarlo para siempre.

La voz narradora se expresa en segunda persona del singular, por lo que deja entrever dos lecturas distintas: un desdoblamiento de la voz de El Gafarras o un dedo que señala y acusa. ¿Qué lectura se debería hacer de esta técnica narrativa en tu novela?

Desde que se publicó Campo Rojo ha habido dos interpretaciones sobre qué o quién es esa voz del narrador: unos lectores dicen que se trata del interior del niño que dialoga consigo mismo y otros que se trata de la conciencia ya adulta del Gafarras.

Ángel Gracia | Fotografía: Columna Villarroya

Lo cierto es que esa segunda persona me servía para mostrar la degradación mental del protagonista. Ese desdoblamiento entre la realidad y la conciencia permite mostrar un chaval que está al borde de la neurosis (lleno de rituales, obsesiones y sentimientos de odio).

También me ha servido para ensayar el punto de vista de un narrador sospechoso. El lector se da cuenta de que muchas veces lo que cuenta y lo que sucede no son exactamente lo mismo.

El juego con el punto de vista es muy importante, porque a lo largo de estas intensas escenas de violencia, de acoso sin piedad, los papeles entre la víctima y el verdugo pueden intercambiarse rápidamente. ¿El acecho de la venganza o de la furia a punto de ser descargada está siempre latente?

En la novela hay mucha violencia, es cierto, pero no olvidemos nunca que en la realidad hay muchísima más. En la prensa solo aparecen las consecuencias terribles del bullying (suicidios, sobre todo), pero antes de llegar a ese final ha habido muchos episodios de acoso. No es solo la violencia recibida lo que va destruyendo poco a poco a las víctimas, sino el miedo permanente.

Ed. Candaya, 2013

Con esta idea de venganza o, al menos, de toma de conciencia del daño realizado, el libro Autopsia de Miguel Serrano se ubica en esta reconstrucción de un acoso escolar, pero desde el lado del verdugo. Curiosamente ambos sois zaragozanos y habéis ofrecido dos miradas distintas sobre el acoso escolar. ¿Se trata de una coincidencia temática –salvando las distancias– o, precisamente, de una necesidad compartida de indagar en este período de aprendizaje?

Son dos novelas totalmente distintas y, por ello, complementarias. La voz de Autopsia es claramente la de una persona mayor atormentada por un hecho de su pasado. En Campo Rojo el punto de vista infantil es muy importante, su dolor es real y lo vemos en tiempo presente.

Creo que la mirada de Serrano tiene que ver más con la mala conciencia del adulto que no siente a gusto consigo mismo y la mía con el sufrimiento de las víctimas, con su soledad.

Hablando de Zaragoza, ¿cómo ves la escena literaria en tu ciudad?

Ed. Candaya, 2015

Hay un buen puñado de narradores y poetas interesantes, es cierto. Y tenemos a un genio oculto, Dolan Mor, un escritor de origen cubano que recomiendo a todo el mundo.

Además de escribir también eres, desde 2005, programador cultural, ¿nos podrías decir en qué consiste esta labor?

He programado centenares de actos relacionados con los libros y centenares de conciertos y así he aprendido a leer libros de todos los géneros y a disfrutar de cualquier tipo de música. Mi mente se ha ampliado. Lo mismo sucede respecto al cine y los tebeos. Un momento emocionante es siempre cuando un amigo presenta un libro o da un concierto.

Para terminar, ¿nos podrías contar qué proyectos tienes ahora entre manos?

Estoy trabajando en una novela sobre las relaciones en el mundo laboral. Violencia, sexo, mentiras y grabaciones de seguridad.
 

Sobre el autor
(Salon de Provence, 1986). Aunque nacida en Francia, España es, sin lugar a dudas, su país de adopción. De hecho, se especializó en literatura española y, concretamente, cursa un doctorado sobre dramaturgia contemporánea. Es co-directora de la Revista de Investigación Teatral Anagnórisis. Y, a pesar de la crisis, también co-dirige la Editorial Anagnórisis, sello digital especializado en teatro y estudios humanísticos.
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