La literatura española explicada a los asnos: la novela de la Guerra Civil y Ramón J. Sender

Fragmento de un cartel de la Guerra Civil dirigido al campesinado. Autor: Cantos

 
“La guerra, para la gente de mi generación, y la de las dos anteriores, y la posterior, ha sido la Gran Cosa con mayúsculas; lo determinante de nuestra manera de vivir, si no de entender el mundo, y de morir”

Así lo verbalizó Max Aub (1903-1972) en un escrito, tardío y amargo, de 1960 en el Ateneo Español de México. Y era–y sigue siendo– cierto.

La Guerra Civil ha sido el punto cero de la reciente historia de España, incluso de la historia de España a secas. Un horror indecible que por lo general hace parecer ridículas, en comparación, a la mayoría de las novelas.

El número de escritores a los que ha atraído, pese a ello, es multitud, y no solo españoles.

For Whom the Bell Tolls, 1940

A los nombres del propio Max Aub (la colección, El laberinto mágico)1 o de Arturo Barea (La forja de un rebelde) o de Agustín de Foxá (Madrid de corte a checa), habría que añadir autores notables de la literatura universal, como Orwell (Homenaje a Cataluña) o Hemingway (Por quién doblan las campanas). Esas son las obras más tempraneras, que aparecen o se escriben, en su mayoría, a finales de los años treinta y en la década de los cuarenta.

Pero la lista es inagotable. Las hay para todos los gustos e ideologías. Y todavía en la primera década y media del siglo XXI siguen apareciendo nuevos títulos, algunos tan expresivos como ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil!, de Isaac Rosa (2007). Eso sin olvidar el éxito que tuvo Javier Cercas con Soldados de Salamina, en 2001. Anteayer mismo, vamos.

Si tuviera que resaltar un título, aún así, me quedaría con el Réquiem por un campesino español, publicada por primera vez en México, en 1953, del cada vez más olvidado –es posible que injustamente– Ramón J. Sender2 (1902-1982), que ya había tenido éxito en los años de la República (siempre me gustó mucho Mr. Wilt en el cantón, sobre la rebelión de Cartagena, obra por la que recibió el Premio Nacional de Literatura antes de la guerra), y se convirtió luego en una de las mayores figuras de la literatura del exilio.

Isaac Rosa, 2007

Si la ficción, para ser considerada buena y adquirir una suerte de trascendencia, debe vehicular una reflexión poliédrica, a través de diferentes prismas, sobre una realidad o un asunto, entiendo que el Réquiem cumple holgadamente con tal requisito.

La novela de Sender consigue enhebrar las vivencias y los puntos de vista de un puñado de personajes arquetípicos, vecinos todos de un pueblecito aragonés (el valiente e idealista campesino Paco, héroe de la novela; el párroco Mosén Millán; los terratenientes don Valeriano y don Gumersindo, casi únicos asistentes al réquiem; el acrático y zumbón zapatero, la supersticiosa vieja Jerónima), en torno al asunto de una guerra civil que es presentada, lisa y llanamente, como un conflicto donde, en palabras del autor:

Unas gentes que se consideraban revolucionarias lo único que hicieron fue defender los derechos feudales de una tradición ya periclitada en el resto del mundo. [Ramón J. Sender]

Es difícil no estar de acuerdo.

Todos los personajes son vistos a través de las remembranzas y las reflexiones más o menos autojustificativas de Mosén Millán, el narrador, el cual reconstruye mentalmente los sucesos que han llevado al asesinato del que fuera su monaguillo, mientras celebraba los oficios de una misa por el alma de Paco, a quien, como pronto entenderemos, ha traicionado.

Ramón J. Sender, 1953

A nadie que la haya leído se le ha podido olvidar la escena en la que Paco, tras haberse entregado gracias a la intermediación del cura, se confiesa con Mosén Millán, metidos los dos en el coche, mientras le esperan fuera sus verdugos.

Los méritos del fragmento que sigue son los mismos que los de la obra en conjunto. La ruda eficacia del estilo, la limpieza narrativa, la contención emocional, la plasticidad de las anécdotas, la complejidad de situaciones, la humanidad de los personajes y el pathos de escenas climáticas como la citada a continuación convierten a esta novela breve en una auténtica joyita del género.

Mosén Millán hablaba atropelladamente de los designios de Dios, y al final de una larga lamentación preguntó:
―¿Te arrepientes de tus pecados?

Paco no lo entendía. Era la primera expresión del cura que no entendía. Cuando el sacerdote repitió por cuarta vez, mecánicamente, la pregunta, Paco respondió que sí con la cabeza. En aquel momento mosén Millán alzó la mano, y dijo: Ego te absolvo in… Al oír estas palabras dos hombres tomaron a Paco por los brazos y lo llevaron al muro donde estaban ya los otros. Paco gritó:

―¿Por qué matan a estos otros? Ellos no han hecho nada.
Uno de ellos vivía en una cueva, como aquel a quien un día llevaron la unción. Los faros del coche –del mismo coche donde estaba Mosén Millán- se encendieron, y la descarga sonó casi al mismo tiempo sin que nadie diera órdenes ni se escuchara voz alguna. Los otros dos campesinos cayeron, pero Paco, cubierto de sangre, corrió hacia el coche.

―Mosén Millán, usted me conoce ―gritaba enloquecido.
Quiso entrar, no podía. Todo lo manchaba de sangre. Mosén Millán callaba, con los ojos cerrados y rezando. El centurión puso su revólver detrás de la oreja de Paco, y alguien dijo alarmado:
―No. ¡Ahí no!
Se llevaron a Paco arrastrando. Iba repitiendo en voz ronca:
―Pregunten a mosén Millán; él me conoce.

Se oyeron dos o tres tiro más. Luego siguió un silencio en el cual todavía susurraba Paco: “Él me denunció… Mosén Millán, mosén Millán…”.

 


1Lo componen seis novelas: Campo cerradoCampo de sangreCampo abiertoCampo del moroCampo francés y Campo de los almendros. Además de un gran número de cuentos.

2Entrevista a Ramón J. Sender – A fondo (1976), RTVE.

 

Sobre el autor
(Madrid, 1971) Es licenciado en Historia Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. En 1994 quedó finalista del premio Nadal con su primera obra, Historias del Kronen. La novela tuvo una gran repercusión y abrió las puertas a una nueva generación de escritores. Tras su publicación el escritor vivió durante varios años entre Madrid y Toulouse. Actualmente reside en Madrid.
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