La literatura española explicada a los asnos: La problemática del ensayo como género

Dibujo inacabado. Rembrandt Harmensz van Rijn (1606-1669)

 
Ya hemos visto, en otras columnas, lo dificultoso y frustrante que resulta en literatura cualquier intento de clasificación o definición. Con el ensayo no podría ser diferente.

El francés Michel de Montaigne, a quien se considera el padre del ensayo moderno, bautizó sus textos, la Biblia del género, como Ensayos (1595), es decir, intentos o esbozos, libérrimos y voluntariamente no concluyentes o conclusivos, de reflexionar sobre un tema.

Ortega y Gasset, según muchos el ensayista español más brillante, habla de “exposición científica no acompañada de prueba explícita”. Y el mexicano Alfonso Reyes (1889-1959), de “literatura en su parte ancilar”, en el sentido de esclava o subalterna. Literatura de ideas, dirán otros.

Los ensayos, 1595

El filósofo Gustavo Bueno, en un escrito iluminador, afirma que el ensayo contiene siempre algo así como una teoría, “un conjunto de tesis, de datos, de conclusiones, un estado de la cuestión”, a lo que habría que añadir la característica, dice, de ser en lengua vernácula, sin tecnicismos, y en forma literaria, condiciones que parece que conlleva este género.

Y así podríamos citar a un centenar de escritores más.

Con las definiciones pasa como con las opiniones: todo el mundo tiene una.

Al final casi me quedo con la descripción, algo prosaica, que da en su Diccionario de español actual, Manuel Seco (definitivamente soy fan):

Obra literaria en prosa y generalmente breve, que consiste en una serie de reflexiones sobre un tema, sin pretensiones sistemáticas y generalmente sin aparato bibliográfico. [Diccionario de español actual, Manuel Seco]

Pero eso tampoco nos avanza demasiado en nuestro ejercicio clasificatorio, y no descarta una multitud de problemas.

Por ejemplo no explica por qué cualquier bibliotecario metería en la sección de ensayo la España invertebrada (1921) y las Meditaciones del Quijote (1914) de Ortega, y no en las respectivas secciones de historia de España y literatura española. O por qué el Ensayo sobre el entendimiento humano (1689), de John Locke, titulándose así pasaría indudablemente a la zona de filosofía pura y dura. O por qué los libros más reflexivos de Umbral o las Divagaciones (1778) de Rosseau irían a la literatura de autor, a diferencia de El sentimiento trágico de la vida de Unamuno, que se quedaría junto a Ortega en la de ensayo.

Francisco Umbral, 1994

Y tampoco, por qué Gracián (1601-1658) no merece el título de primer ensayista español, y sí en cambio, según los entendidos, el clerical Feijoo (1676-1764), autor del dieciochesco Teatro crítico universal (1726-1740).

Y desde luego no explica por qué, aunque los juntamos en el mismo saco en cualquier librería (el librero, pese a que sus prioridades sean otras, también tiene la misma sacrosanta obligación de clasificar que un bibliotecario), sentimos que hay una diferencia bastante clara entre un ensayo literario y otro de un economista, pongamos por caso, que desarrolla una reflexión sobre la reciente crisis financiera con un lenguaje igual de llano y a menudo igual de bien escrito.

Las complicaciones de la taxonomía, como se ve, son tan vastas como las de cualquier otro campo.

No obstante, por muy complejo que sea el ejercicio de la clasificación, intuitivamente sabemos que cuando agrupamos en la misma sección de nuestra biblioteca los escritos de Feijoo, las Cartas marruecas (1789) de Cadalso, algún texto de Jovellanos, El sentimiento trágico de la vida, España invertebrada, estamos aplicando un criterio certero, aunque no seamos capaces de explicarlo.

De alguna manera, todos los intentos de definición vuelan en torno al mismo epicentro y buscan capturar la esencia de un género que percibimos con características propias.

Meditaciones del Quijote, 1914

Quizás lo que más me molesta de la selección de ensayos de La literatura expañola explicada a los asnos –lo más injusto, en realidad– sea la exigencia de valor literario.

Llegado a este punto me siento obligado a reconocer que lo literario es todo aquello producido por un autor, capaz de perdurar en el apartado de la literatura.

Esto aplicado al ensayo parece excluir textos como los del regeneracionista Joaquín Costa (1846-1911), los de Pi i Maragall (1824-1901), la mayoría de los hercúleos trabajos eruditos de Menéndez Pelayo (1856-1912) –merece mención especial su monumental Historia de los heterodoxos españoles, por su fama– o de Américo Castro (1885-1972), de retórica en ambos casos historizante, o las reflexiones no necesariamente científicas del a ratos enjundioso Ramón y Cajal (1852-1934).

Tampoco tengo muy claro si a María Zambrano (1904-1991) la podemos considerar “literaria”.

Bastante menos me preocupa la distinción entre el ensayo antiguo y moderno.

Resulta evidente que la diferencia entre alguno de los libros reflexivos de Gracián o Quevedo y otros de Feijoo, Unamuno y Ortega es la misma que existe entre el cuento didáctico medieval y el moderno. Los segundos reivindican ostentosamente la legitimidad de un yo, de hablar sin prejuicios.

M. de Unamuno (1864-1936)

La diferencia en el tono es parecida a la que existe entre un libro de texto y un ensayo. Tanto el Diálogo de la lengua del erasmista Juan de Valdés (1499-1541), como El héroe de Gracián, De los remedios de cualquier fortuna de Quevedo (1580-1645) o el Teatro crítico universal, tienen una voluntad explícitamente didáctica que los separa del ensayismo moderno, más egotista y autónomo.

A Unamuno estamos oyéndolo pensar, incluso divagar, y aprendemos, cierto, pero como quien aprende conversando con un amigo, no a través de las enseñanzas de un maestro. Hay una diferencia de atmósfera tan evidente como la que puede existir entre un libro de historia y una novela histórica, por mucho que no sepamos definirla.

De todas maneras, al haber tratado en esta columna a Quevedo y a Gracián en su vertiente aforística no me siento culpable de haber descartado aquí su obra ensayística y de haber arrancado con el siglo XVIII. Y en cuanto a Feijoo…, confieso que me aburre soberanamente. De modo que, si os parece, dejaremos que lo defiendan los feijoístas.
 

Sobre el autor
(Madrid, 1971) Es licenciado en Historia Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. En 1994 quedó finalista del premio Nadal con su primera obra, Historias del Kronen. La novela tuvo una gran repercusión y abrió las puertas a una nueva generación de escritores. Tras su publicación el escritor vivió durante varios años entre Madrid y Toulouse. Actualmente reside en Madrid.
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