El infierno de Dante como inventario de lo humano

Fragmento de Melencolia I, Alberto Durero, 1514

 
Un vicio capital es aquel que tiene un fin excesivamente deseable,
de manera tal que en su deseo, un hombre comete muchos pecados,
todos los cuales se dice son originados en aquel vicio como su fuente principal.

Tomás de Aquino

En el siglo VI, con el papa romano Gregorio Magno, nos robaron el derecho a declararnos culpables de tristeza. Borraron la nostalgia, la melancolía y la saudade del mapa infernal de las miserias del hombre. Cómo se atreven. Nos dijeron que lo triste es el reverso imperdonable de la pereza. Tan peligrosa la vieron por diminuta y vacía, tan grande la afrenta, tan inefable su poso, tan incomprensible en su forma estricta de agujero negro, tan cercana al suicidio, que decidieron prescindir del gran monstruo de la libertad humana.

Dante Alighieri (1265-1321), estoy segura, encontró en la tristeza la forma velada y hermosa de declarar su culpa, su gran culpa. Sus desmayos, sus lágrimas al borde y su compasión nos hablan de un hombre que reconoció en el pecado ajeno el atrevimiento superlativo de su propia herejía, carne mortal y rosa que atenta contra toda convención en nombre del amor humano, en nombre de la literatura. La tristeza, entonces, es el orgullo del hombre que sostiene en su mano la grandeza del arte.

Dante por Botticelli, 1495

Se enamoró de Beatriz, pero Beatriz se le murió antes de que pudiera conocer las delicias de su carne, antes de que pudiera atravesar su alma y besar su mortalidad. Trató de superar la tragedia sustituyendo a Beatriz por otra. No pudo ser, porque el amor es un disparo a traición. Abrasado por el dolor, anduvo perdido, sin esperanza ya y sin fe hasta que tuvo una idea. Idea que cambiaría radicalmente la manera de entender la literatura y la vida. Decidió sublimar su dolor y transformar su deseo en una nueva ética que sustituiría a la religión como modelo y guía, y que situaría el deseo carnal en el centro mismo de su programa estético: el ethos deseante como pulsión creadora, la herejía definitiva.

Porque eso es la Divina Comedia: la cosmogonía de un hombre enamorado que aniquila la devoción cristiana para fundar su propia religión, basada en el deseo por Beatriz. Por eso Dante es, por encima de todas las cosas, el gran traidor. El que porta la luz del ethos. El yo exaltado. El ángel caído de las letras.

En el fondo del Infierno, en el noveno círculo, se encuentran los traidores supremos. Su monarca, el mismísimo Lucifer, también llora. Llora porque se sabe grande, porque sabe que su luz es más fuerte que las estrellas. Sumergido en hielo, ni siquiera el frío detiene la hemorragia de su tristeza. Dante queda “helado y atónito”, y no puede ser de otra manera, pues reconoce en el helor lloroso del traidor su propia traición, su propia luz: la belleza y la arrogancia de la creación humana.

Dante y Virgilio | G. Doré

Que nadie busque a Virgilio entre la niebla, que nadie pretenda su bucólica mano ni su candoroso olor. No hallaréis en Virgilio más que briznas de hierba y aroma de lilas. Hay que abrazar a Dante como guía y caminar con él, hasta que el embudo del infierno os convierta en pura luz, puro fuego, eterna condena a ser un hombre.

Esa inmensa fosa cónica en forma de gigantesco anfiteatro y dividida en nueve círculos concéntricos, de circunferencia cada vez más estrecha, es el inventario definitivo de todo cuanto nos hace humanos. Lloremos y lancémonos al abismo del Infierno dantesco. Dejémonos de cinismos por una vez. Ahoguémonos en la viscosidad de los hombres, que es nuestra propia viscosidad:

En el Limbo moran los seres condenados a existir sin esperanza en el deseo, los que no conocen del pecado ni su noción. Están en tierra de nadie. Sin esperanza no hay deseo. Sin el ímpetu del deseo no hay vida, ni muerte, ni carne desconsolada.  Grandes poetas y filósofos están aquí suspendidos. Afásicos del alma, viven en el estupor. Homero, Horacio, Ovidio, Diógenes o Platón son culpables por omisión. Una existencia anodina y penosa, sin temblor ni tiros en la nuca. Una existencia sin Beatriz

La Lujuria. Cuando vaya al infierno, quiero estar cerca de Francesca de Rimini. Será tan hermoso: entre embate y embate de los vientos, nos narraremos una y otra vez nuestros adulterios. Y lloraremos. Y jamás nos arrepentiremos de haber llegado hasta el tuétano del ardor. Francesca es el personaje más conmovedor de la historia de la literatura.

Manga de Dokuha, 2007

Francesca leía junto a su cuñado los amores de Ginebra y Lanzarote. Entonces se besaron, y el beso lo arrasó todo. El marido y hermano los asesinó en un furibundo acceso de celos. A Dante le flojean las piernas al conocer la historia y llora “triste y compasivo” no sólo porque recuerda a Beatriz, sino sobre todo porque se reconoce a sí mismo como fuente del pecado, porque, como en la novela artúrica, sabe que su literatura está proporcionando nuevos modelos de comportamiento, basados en el deseo y en la arrogancia del yo; en el borrado, en virtud de los cuerpos anhelantes, de toda convención, de toda moral cristiana. Porque el amor es un terrorista armado o no es. Y Dante lo sabe bien.

La Gula. Los golosos, como caramelo fundido, forman una masa informe de sombras y lluvia plomiza. El Infierno, amargo, arrebata la dulzura de los cuerpos opulentos y satisfechos. Yo los habría condenado a un vómito eterno.

La Avaricia. El estamento eclesiástico ocupa por entero el cuarto círculo del Infierno. Se nota la satisfacción de Dante por este hecho. Castigados a hacer rodar con sus pechos piedras imposibles y a chocar entre ellos, estos pecadores atesoran la riqueza inútil del mineral, su frío, su solidez y el rotundo desprecio de Dante. Amén.

Se7en, David Fincher, 1995

La Pereza, la ira, la soberbia y la envidia. El paquete de pecados que aglutina el quinto círculo es admirable. Los iracundos hierven en las aguas de su propia cólera, los perezosos suspiran, perdida por desidia la facultad del lenguaje, en la pantanosa melancolía. Cerdos sucios son los soberbios, arden por dentro los envidiosos. Dante y Virgilio salen huyendo, muertos de miedo y amenazados por múltiples macarras. No es para menos. Yo habría hecho igual.

La Herejía. Dante se inventa este pecado pero a nosotros, lectores astutos, no nos engaña. No en vano, la herejía de Dante lo hermana con Lucifer y lo convierte en el poeta que abre el camino hacia la Modernidad, hacia la ficción como modelo de comportamiento y hacia la creación artística como radical afirmación de la individualidad y del deseo.

Dante se moría por ser un gran pecador. Lo consiguió. Los pecadores aquí, como Dante, lloran pero conservan la arrogancia: ostentan el poder de la destrucción divina y de la creación humana. No les importa arder ni yacer en sus fosas. Como en Dante, la voluntad de pecar es aquí inquebrantable.

La Violencia. En el séptimo círculo se encuentran los homicidas y entre ellos el marido de Francesca. Castigando con tal fiereza al marido, Dante denuncia de forma velada la estructura patriarcal del matrimonio, en la que el cuerpo de la mujer pertenece al marido. Este gesto del poeta, valiente y arriesgado, confirma su radical modernidad, su voluntad de ruptura con las estructuras medievales y otorga a la mujer una dignidad y una libertad insólitas no solo para su época, sino también para la nuestra. Besemos a Dante, mujeres. Amémoslo.

Aduladores | G. Doré

El Fraude. Seductores, aduladores, falsos profetas, timadores. Tal es la fauna que se reúne en el octavo círculo. Dante, además de poeta luciferino, enamorado fervoroso, activista del feminismo y alma triste, era un tipo muy listo. Situó en este círculo, el que precede a Lucifer, a los políticos. Denunció la maldad que rodea al poder, no porque el poder corrompa, sino porque solo los corruptos acceden al poder. Se le adora por ello. Reciba un sentido abrazo.

Tras el Infierno, el Purgatorio. Más tarde, el Cielo. Pero yo me detengo aquí, al lado de Lucifer, a llorar mi lujuria y a sangrar mi poesía. Porque ya no hay salvación para mí. Mi pecho es una charca de hielo fundido. La culpa perdiendo su solidez. La culpa inundándolo todo: carne y amor flotando como cadáveres en un río estancado. Ya no hay salvación para mí. Aquí, al lado de Lucifer. Este es mi sitio. Para otros los cielos y los purgatorios. Para otros.
 

Sobre el autor
(Palma, 1976). Es licenciada en Lingüística General y en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Bailarina diletante y remasterizada en los estudios de Literatura Digital, reparte el tiempo que le queda entre la enseñanza para adultos, las redes sociales, el amor adolescente y David Foster Wallace.
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