¿Ya os lo he dicho? Estoy loca por David Foster Wallace

Infinite Jest, DFW. Ilustración: Jennie Ottinger

 
No existe conversación más íntima que la que mantenemos con nuestros muertos: diálogos solitarios que nos permiten, paradójicamente, salir de nuestro solipsismo y abordar la responsabilidad de construir puentes hacia el otro y de cruzarlos con el objetivo, tal vez desesperado, de averiguar en qué consiste ser un puto ser humano.

La literatura es un continuum de zombies de inmortalidad precaria. Con nuestra lectura contribuimos a mantener la infección, a extenderla. Sus palabras nos confrontan con nuestra mortalidad. En estos intercambios de fluidos ontológicos y virales a veces nos enamoramos. A mí me ha pasado. Estoy loca por David Foster Wallace (1963-2008).

Un hombre triste y conmovedor. Un grandullón. El gran macho blanco. Un tipo torpe y obscenamente educado, atrapado en un cuerpo adicto a la adicción, en una materia gris entregada al bucle sin fin, un escritor que busca el encaje perfecto entre la experiencia estética, la soledad más radical y la iluminación de zonas de redención en las que descansar de la tristeza esencial del mundo.

En Conversaciones con David Foster Wallace (Editorial Pálido Fuego, 2012) hay una entrevista fundamental, la que le realizó Larry McCaffery en 1993, tres años antes de la publicación de La broma infinita. En ese texto está todo Foster Wallace, el que había sido, el que era e incluso el que estaba por venir. Es una buena entrevista. El resto son repeticiones más o menos extenuantes que no nos ayudan a conocer mejor los laberintos de la enorme conciencia del gran macho blanco, pero que son testimonio —cuando no torpeza del entrevistador— del pensamiento obsesivo de Foster Wallace, volteando una y otra vez los mismos temas en una recursividad sin fin.

Como en su ficción, sus entrevistas son terriblemente vitales, pesantes y como si alguien estuviera todo el tiempo a punto de caer por un precipicio y el hecho no le preocupara a nadie demasiado. Pero no voy a resumir la entrevista, ni mucho menos el libro. Simplemente voy a tomarle la palabra a David Foster Wallace cuando dice que en esto de la literatura “tal vez se trate de simple amor.” Porque, ¿ya os lo he dicho? Estoy loca por Foster Wallace.

Amo a DFW porque sus palabras me hacen mucho daño. Porque sus palabras me hacen reír. Amo a DFW y lloro y me enorgullezco porque veo en mis lágrimas una forma de la antiironía que propugnaba: la ironía, aceptada y absorbida por la cultura popular de masas, pierde su función fundamental de desvelar y de señalar las verdades ocultas y se convierte en un objetivo en sí mismo. Es entonces cuando empieza a ser peligrosa porque la bromita sofisticada y distante se convierte en el modo esperado de comportarse porque fíjense qué inteligentes y qué meta y qué posmodernos somos todos y qué piruetas hacemos y qué bien cerramos los ojos al hecho de querer ser ciegos. Y entonces viene un macho blanco, uno bien grande y valiente, que se atreve a tomar la sinceridad como pilar para su programa vital y artístico.

Amo a DFW porque él sabía que cualquier posible salvación humana requiere enfrentarse a lo que nos resulta espantoso e insoportable. Y supo hacerlo muy bien: cuando cualquier otro habría abandonado por tedio, por puro agotamiento o por terror, él seguía mirando, seguía destapando verdades, hurgando en la conciencia e iluminando las zonas que nadie quiere ver porque ahí, aunque no lo queramos,  estamos todos, y a nadie le gusta verse desaliñado y hambriento en un espejo roto. Foster Wallace nos despertó de la anestesia a golpe de esfuerzo e incomodidad.

Amo a DFW porque nos ofreció miradas dolorosas y llenas de amor sobre nuestro mundo, un mundo oscuro, fragmentado e intoxicado de hastío y complacencia. Amo a Foster Wallace porque con su mirada reinventó la realidad: revitalizó la risa como forma de penetrar en las cosas, supo hacer del sufrimiento una manera de permear la infamia y someterla a escarnio público. Foster Wallace presentó y diseccionó el mundo en un verbo desquiciado y frágil que abría heridas para introducirse a través de ellas con la esperanza de sentir, ni que fuera un instante, el zumbido de una epifanía en el oído.

Amo a Foster Wallace porque me fascina su literatura de arquitectura faraónica, su escritura de pirámide que, como sus obsesiones, sus adicciones y su tristeza, crece, se multiplica y se desmorona para volver a edificarse con el terror de ser mera farsa, mero artificio hueco posmoderno. La peor de las pesadillas: una maquinaria redentora fracasada.

Onion, Mayo, 2006

Amo a Foster Wallace porque la inseguridad y el egocentrismo no son, en absoluto, atributos reprobables. La compasión me desborda en este punto; la comprensión también. Me gustaría poder abrazarlo. Muchos abrazos. El gran macho blanco escribía con ingenio para criticar un mundo rendido al ingenio, pero es que también quería exhibir su inteligencia. Porque él era muy inteligente y a ver quién se atreve a ocultar semejante don. El rechazo que sentía hacia la idea de gustar entraba en conflicto con la constatación de su afán de ser admirado. Quizás esta fue la más perversa de las ironías a la que tuvo que enfrentarse Foster Wallace.

Amo a DFW porque vio en la literatura una oportunidad de experimentar empatía y acompañamiento, y de ofrecer esta experiencia a sus lectores. Con la literatura quiso acercarse a los otros y difuminar la soledad y el aislamiento.

Tal vez la literatura no solucionará nunca el horror, pero tal vez gracias a ella no estamos tan solos. A veces, incluso, nos enamoramos.
 

Sobre el autor
(Palma, 1976). Es licenciada en Lingüística General y en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Bailarina diletante y remasterizada en los estudios de Literatura Digital, reparte el tiempo que le queda entre la enseñanza para adultos, las redes sociales, el amor adolescente y David Foster Wallace.
2 total comments on this postSubmit yours
  1. Yo también he caído enamorada. No hay celos, eso es lo bueno de tener un novio muerto, no da reparo compartirlo. Una crónica humoristica pero también triste y crítica. He disfrutado tu artículo y de paso he descubierto la revista, que esta estupenda. Te dejo mi post: http://heroinasdiscolas.blogspot.com.es/2014/01/algo-supuestamente-divertido-que-nunca.html
    Un saludo,
    Sonia

  2. Muchas gracias, Sonia, por tus palabras. Me encanta compartir novio contigo, y es cierto: amar a los muertos es la paz. Me dispongo a bucear en tu blog. Me alegra enormemente que hayas descubierto esta maravillosa revista. Hasta siempre.

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