«La parte contratante», «Like a virgin», «Attica!» y otros diálogos cinematográficos

Una noche en la ópera, Sam Wood, 1935

 
¿Alguien ha olvidado a la parte contratante de la primera parte? ¿Aquella que será considerada como la parte contratante de la primera parte? Creo que nadie ha podido… es más, precisamos revivir aquellos ingeniosos diálogos surreales de los hermanos Marx para plantar cara a este mundo ruin de banqueros sin entrañas y políticos de pacotilla. Valentía, lengua viperina e inteligente humor ácido son algunas de las condiciones de los mejores diálogos que hemos escuchado en el cine..

—¿Esa mujer? ¿Sabe usted por qué estaba con ella? Justamente porque me recuerda a usted.
—¿Es cierto?
—¡Claro, por eso estoy cenando ahora con usted! Porque usted me recuerda a usted. Sus ojos, su garganta, sus labios… Todo cuanto hay en usted me recuerda a usted. ¡Excepto usted! (Una noche en la ópera)

 
Frases del gran Woody Allen, digno continuador de los Marx y uno de los mejores dialoguistas que ha visto el cine, con una capacidad bárbara para reírse de todos nosotros y de sí mismo. Ahí va el monólogo con el que arranca la entrañable Annie Hall.


 
Después de semejante confesión frontal a cámara en apenas un minuto arrancas la historia con el corazón partido y la risa en los labios. A mí me gusta el cine de imágenes o el humor mudo de Harpo pero puestos a hablar pienso que se trata de ser ocurrente, divertido, rápido y original. Si no queda la opción de ser creíblemente trascendente o simplemente duro, parco en palabras como Harry, el sucio y su “make my day (alégrame el día mientras el tipo te apunta con una mágnum a un palmo de la cara) o castigador con las mujeres, como Bogart.

—Y no me gustan sus modales. (Dice ella)
—A mí no me enloquecen los suyos, y no he pedido esta entrevista. Me tiene sin cuidado que no le gusten mis modales, ni siquiera me gustan a mí, me gustan, me hacen llorar en las noches de invierno y me importa tanto que se meta conmigo como que se tome la sopa con tenedor, así que no trate de confundirme.
—Nadie usa ese tono conmigo.
—Oh.
—¿Cree que se puede tratar a las personas como si fueran focas amaestradas?
—Uhmm, me suele salir bien así.

 
Dicen las leyes que un diálogo debe ser como una partida de ping-pong. El cine negro con gente como Raymond Chandler o William Faulkner metidos a guionistas es una fuente inagotable de diálogos punzantes en idas y venidas verbales que despiertan la inteligencia de muchos de nosotros, amodorrados espectadores de cine basura. En El sueño eterno, con guion del mismo Faulkner, las frases  son armas de seducción, palabras encadenadas entre humo y alcohol del duro Bogart despachando a Lauren Bacall o cualquier femme fatale que se le ponga por delante, aunque hay que reconocer que en la clásica guerra de sexos, ellas tampoco se quedan cortas.

En mi adolescencia me pregunté cómo ser Humprey Bogart pero nunca llegué a conseguirlo. No pude aprender a pronunciar sus diálogos ni esos silencios de autoridad capaces de seducir a la más bella de las mujeres por muy bajito que seas. A muchos nos falta su valor y las palabras se nos atragantan. En cualquier caso, me gustan los diálogos que son como la vida misma, no los que hacen avanzar la acción, tal y como mandan las leyes de la dramaturgia. ¡Al carajo con Marcellus Wallace y su trama!

—¿Sabes cómo llaman al cuarto de libra con queso en París?
—¿No lo llaman cuarto de libra con queso?
—Utilizan el sistema métrico, no sabrían qué carajo es un cuarto de libra.
—¿Pues cómo lo llaman?
—Lo llaman una “Royale con queso”
—Royale con queso, jaja… ¿Y cómo llaman al Big Mac?
—Un Big Mac es un Big Mac, pero lo llaman “Le Big Mac”
—“Le Big Mac” (Pulp Fiction)

 
Vincent Vega y su amigo Jules en Pulp Fiction son ya historia de los diálogos en el cine y Tarantino el rey de la palabra más gamberra desde que se presentara con aquella conversación de sus Reservoir Dogs entorno al porqué de Like a Virgin de Madonna.

Ante macarras de esta índole, que tan bien nos caen, tenemos en el otro extremo a iluminados místicos, serios y trascendentes procedentes del cine de Bergman, Tarkovski o Dreyer a quienes también venero pero que por cuestiones de espacio no voy a incluir en este artículo. Sin embargo, es bueno ver y revisitar Ordet (la palabra) de Dreyer para adentrarse en el particular lenguaje del visionario Johannes. Sus palabras provienen de la mística pero al final es un gesto de la niña –que coge su mano esperando el milagro de la vida– el que supone la cumbre dramática de esta obra maestra, que nos recuerda tanto la importancia de la palabra como de los silencios, gestos y miradas que la acompañan.

Los diálogos tienen como base la palabra, pero qué importantes son los silencios que dejan espacio para la reflexión o para adentrarnos en las profundidades del género humano. Este es en muchas ocasiones el terreno de los monólogos, que podemos entender como diálogos con uno mismo o discursos públicos en los que la palabra no es tanto lo escrito, sino la interpretación de un actor que le da vida. En mi panteón cinematográfico jamás podré olvidar el Julio César de Mankiewicz, en ese momento en el que Marlon Brando entra en escena después del discurso de James Mason en el papel de Bruto. El César yace muerto sobre la escalinata.

Brando parte del silencio prolongado, las pausas perfectas en las palabras clave, partiendo del método pero sin resultar artificial. Y cuando finaliza, el espectador parece haber asistido a un arte en el que la palabra deviene poesía, oratoria, emoción y sentimiento. De una tacada descubrí la palabra de Shakespeare y el carisma de un actor que nos marcó a todos con su Don Vito Corleone.

No importa si es un texto trascendente, cómico o de seducción, el buen diálogo brota del ingenio del escritor y del alma del actor que lo hace real. Brando, como Pacino, tiene la capacidad de ir más allá del método, mezclando la academia con la calle, el plan con la improvisación, de un modo en que las palabras brotan del corazón del personaje. Porque más que hacer avanzar la acción, los diálogos deben sonar sinceros.

Al principio es la palabra pero cuando ésta no es tan sólo escrita sino audiovisual, entonces vive de la voz y del alma que la transmiten. Jeremy Irons es otro grande con monólogos descomunales como el que cierra Madame Butterfly, o Depardieu. Pese a su glotona pedantería, también lo es con pasajes memorables en su Cyrano de Bergerac o en la menos conocida Tous le matins du monde de Bertrand Tavernier, pero querría acabar con el pequeño gigante de Al Pacino, sin menospreciar a Dustin Hoffman, al que recomiendo escuchar como alter ego de Lenny Bruce en la versión de Bob Fosse.

http://www.youtube.com/watch?v=wF_JHWF6LBc

En los tiempos que corren con tanta crisis y político bobo quiero acabar este escrito recordando, más que un diálogo, el grito de Pacino en Tarde de perros (Dogday Afternoon) porque no podemos perder ese espíritu de rebelión, ni olvidar que las palabras más que para embaucarnos y esclavizarnos están para hacernos libres.

Groucho y Harpo Marx nos lo perdonarían…

—¡Bésame!
—¿Qué?
—Cuando me follan me gusta que me besen en la boca… No hablo con alguien que intenta engañarme… No hablo con puercos traidores…
—¡Vuelva aquí!
—¿Por qué se acerca?
—¡Quiero que vuelvas aquí, maldita sea!
—¿Vuelva atrás, es que quiere matar a alguien? …¡Attica Attica Attica!

 

 

Sobre el autor
Soy viajero, futbolero y cinéfilo. Creo en el zen, el monolito y en Leo Messi. He rodado documentales en la India (Rubbersoul), el Tíbet (Railway to Heaven) y colaboro con la revista Viajes de National Geographic. Actualmente llevo el blog pasionesferica.com y la web alexisracionero.com, aunque en lo que estoy docto cum laude es en hippies y el cine Hollywood de los setenta. He escrito los libros, El ansia de vagar, Shanti, Shanti, California Dreaming y El llenguatge cinematogràfic. Doy clases de cine e historia y estilos visuales en Escac.
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