Paseando con Thoreau por la última tierra virgen

Música: “Afghamistam”, Botch, 2002

 
A Henry David Thoreau (1817-1862) le parecía que se había escrito demasiado a favor de la Civilización y que era hora de empezar a hablar de la Naturaleza, por eso se felicitaba por no usar los caminos y cruzar los bosques por donde no hay ni rastro del trabajo humano ni de sus variadas patologías. He aquí algunos de sus encantadores anacronismos: «Un paisaje absolutamente nuevo es motivo de una enorme felicidad […]. Las carreteras están hechas para los caballos y los mercaderes […]. Si queréis ir al mundo de la política, seguid ese camino, seguid al comerciante mientras os echa polvo en los ojos […]. La mayor parte de la tierra no es propiedad privada; el paisaje no tiene dueño y el caminante disfruta de cierta libertad».

No se lo imaginaba, pero al dejar constancia de las posibilidades infinitas del territorio estaba dando alas a la apropiación absoluta de los espacios —ninguna paradoja es posible aquí—. La labor de los cronistas y los conquistadores ha sido análoga. Bernal Díaz del Castillo (1496-1584), entre el vértigo y el delirio, escribía que se su destino se abandonaba a «nuestra ventura hacia donde se pone el sol, sin saber bajos ni corrientes, ni qué vientos suelen señorear en aquella altura, con grandes riesgos de nuestra persona; porque en aquel instante nos vino una tormenta que duró dos días con sus noches, y fue tal que estuvimos para perdernos». Por su parte, Onesícrito, uno de los precursores de la literatura de viajes, ejerció de timonel de Nearco, oficial de Alejandro Magno, en tanto escribía —apunta García Gual— comentarios a propósito de su periplo por el Golfo Pérsico y el Indo.

La monarquía hispánica y el imperio helenístico son igualmente ejemplares por una hipertrofia geográfica y burocrática que los llevó a desmembrarse frente a la imposibilidad de articular sus propias conquistas. Su fracaso solo fue el resultado de una limitación técnica.

Los que fijaron la ubicación de lo desconocido sobre el mapa en blanco del mundo participaron activamente en el ejército de avanzada de las invasiones. Señalar es el primer movimiento del asalto. Sus textos dan la orden para que otras oleadas tras ellos huellen las mismas tierras hasta reducirlas a campos de trigo y centros comerciales. Thoreau, el naturalista, a despecho de su audacia, propagaba el culto urbanita por lo rural, la aventura de fin de semana y el picnic, la exploración que nunca se aleja de las vallas, la ruta de ida y vuelta en coche, el naufragio en internet. Con suerte se haya abierto la veda al peregrinaje espacial: una nueva moda para el turismo neurótico que tiene la ventaja de vaciar un planeta que corre el riesgo de desparramarse.

Fotografía: Robert Adams

 
Hasta que tal cosa ocurra, el dogma de la América motorizada sigue en vigor. Thoreau ya no podría hablar de paisajes nuevos, ni de caballos en los caminos, ni de una política sometida a los estrechos márgenes de las rutas comerciales, ni de la libertad del paseante, constreñido en todo momento a un régimen jurídico que no pasa por alto ni una mota de polvo: hasta lo más pequeño tiene dueño, hasta lo más lejano es idéntico a lo más cercano. La política y el comercio, como la ciencia, ahora se mueven por dimensiones invisibles.

La película Old Joy (2006), de Kelly Reichardt, es una versión actualizada de la literatura de viajes. Dos amigos buscan refugio para un fin de semana; su odisea incluye paradas en bares de carretera. No les espera nada por conquistar, ningún paraíso virgen, ningún animal desconocido como las ballenas que describía Onesícrito y que provocaron la admiración de sus contemporáneos. A la total falta de riesgos solo se le puede comparar el confort anémico que espera al final de cada trayecto, que se ha convertido en una sucesión monótona de rutas indistinguibles, intercambiables, aburridas, sin sobresaltos, como la canción Afghamistam de Botch que acompaña este texto, tan planas que parecen anunciar algún desastre que no termina de llegar. Y cualquiera podría afirmar que son estas frivolidades las que colman una vida, pero con toda seguridad la cuestión estribe en que ya no puede esperarse nada de ella, y por eso el consuelo de la sucesión de naderías.

La completa y consumada colonización del mundo es una victoria técnica. La crónica ya no es posible.
 

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