Temer o no temer: Miedo normal y miedo patológico en tiempos de incertidumbre

Fragmento cubierta «Mythos», Stephen Fry, Anagrama, 2017

 
El miedo es una de las sensaciones más desagradables que un ser vivo puede llegar a experimentar. No es extraño, pues, que lo odiemos, y deseemos que desaparezca, no solo por esta vez, sino para siempre. Sería, sin embargo, una desgracia que ese deseo llegase a cumplirse, ya que el miedo forma parte de un sistema de información y de motivación absolutamente necesario para la vida.

Pensemos, por ejemplo, en otra sensación desagradable (más desagradable, si cabe, que el miedo), como es el dolor. Nadie negará jamás que lo más deseable es dejar de sentir dolor. Pero, nuevamente, una cosa es desear que este dolor que sufro aquí y ahora desaparezca, y otra muy diferente desear no poder volver a sentir dolor.

Lo cierto es que el cumplimiento de ese deseo es realizable, aunque no bajo la forma de una bendición, sino, más bien, bajo la de una desgracia, como es la lepra. Al fin y al cabo, dicha enfermedad tiene, como efecto principal, el adormecimiento de las terminaciones nerviosas, lo cual impide que la persona que la padece pueda sentir dolor.

Cartel divulgativo, India

Dejando a un lado el hecho de que dicha persona tampoco podrá sentir placer, lo que ahora nos interesa es comprender que, el hecho de no sentir dolor, le impedirá notar, por ejemplo, cuándo debe dejar de presionar una llave encallada, lo cual le provocará heridas en los dedos. Y como tampoco sentirá ningún dolor si se le infectan esas heridas, no las tratará, corriendo el riesgo de sufrir el engangrenamiento, y posterior pérdida, de esa parte del cuerpo, cuando no una septicemia.

El caso de la lepra ilustra a la perfección que el dolor, como el miedo, es un sistema fundamental: (1) de información, puesto que nos avisa de un peligro (seguir apretando una llave encallada) o de un problema (una infección); y (2) de motivación, puesto que nos impulsa, de forma muy efectiva (ya que no hay nada tan persuasivo como el dolor), a evitar el peligro (dejando de apretar antes de provocarnos una herida) o a solucionar el problema (limpiando la herida o tomando antibióticos).

Pensemos en otra sensación extremadamente desagradable, como es la tristeza, y veremos que esta cumple funciones muy similares, ya que nos informa de que estamos llevando una vida contraria a nuestros deseos, a nuestra naturaleza o a nuestro sentimiento moral, para, a continuación, incitarnos a actuar de tal forma que esa melancólica incongruencia se vea reducida.

Henri Bergson, 1919

Ser incapaz de sentir tristeza nos condenaría a una especie de lepra espiritual, que nos impediría ubicar, no ya los peligros e infecciones corporales, como los espirituales (la inautenticidad, la maldad, la impotencia, la dejadez), y ponerles remedio, no ya con curas o antibióticos, sino con una modificación de nuestras formas de vida.

Claro que no solo las sensaciones o sentimientos desagradables nos informan y motivan, sino también los agradables. Pienso, por ejemplo, en la alegría, que Henri Bergson describió bellamente, en La energía espiritual, como “un signo preciso” con el que la naturaleza nos avisa “de que hemos alcanzado nuestro destino”.

Junto a la alegría, el placer o la serenidad (y muchas otras sensaciones agradables para las cuales quizás ni siquiera tenemos un nombre) nos informan de que estamos en el estado o en el camino adecuado, y nos animan a permanecer o a persistir en ellos.

En resumen, el miedo forma parte de un sistema general de información y de motivación formado por parejas de sensaciones y sentimientos, agradables y desagradables, como el dolor y el placer, la tristeza y la alegría o el miedo y la calma, que nos informan de nuestra situación, y nos instan a evitar, solucionar o destruir aquello que nos disminuye, y a buscar, generar o mantener aquello que nos aumenta.

Daniel Clowes, dibujante

Por esta razón no debemos rechazar totalmente el miedo, sino tomarlo como un mensajero (entre otros muchos mensajeros no menos necesarios) al que debemos saber escuchar y, luego, despedir con diligencia.

El problema reside en que, en muchas ocasiones, matamos al mensajero, o arrojamos su carta al fuego, por miedo a escuchar lo que tiene que decirnos. En otras ocasiones, lo que hacemos, es escucharlo demasiado, leer una y otra vez su carta, exagerar lo que nos dice, gritar que todo va a acabar en tragedia, sin ser capaces de aquilatar la información que nos ofrece y adoptar una pauta de acción adecuada.

Como dice un refrán africano, es mejor tener a los rinocerontes dentro de la tienda mirando hacia fuera, que tenerlos fuera mirando hacia dentro.

Del mismo modo, es mejor hacer entrar al miedo y escuchar atentamente el mensaje que ha venido a entregarnos, para, a continuación, discutir con él cuáles son las mejores acciones que podemos tomar al respecto.

Según la metáfora de la alarma, propuesta por Christophe André, en su Psicología del miedo (2004), el miedo normal sería una alarma bien calibrada tanto en su activación (pues se dispararía en el momento adecuado y de forma proporcional al peligro), como en su regulación (pues se desactivaría rápida y fácilmente cuando el peligro ha pasado).

Psicología del miedo, 2005

Mientras que el miedo patológico sería una alarma mal ajustada, tanto en su activación (puesto que se activaría con demasiada frecuencia en umbrales de peligrosidad muy bajos), como en su regulación (pues sonaría demasiado fuerte, generando confusión, angustia y pánico, y no se desactivaría cuando se lo indicásemos, haciendo que esta siguiese afectándonos, aun mucho después de que el peligro haya pasado).

El miedo patológico también podría ser visto como un radar demasiado preciso, que no solo capta el movimiento de los aviones, sino también el de los pájaros y las moscas, provocando todo tipo de confusiones y peligros, o el de un sismógrafo excesivamente sensible, que nos haría salir a la calle en bata cada vez que un camión superase un badén.

Sea lo que sea, ese tipo de miedo nos aturde, nos confunde, nos bloquea, nos ofusca, y, en definitiva, nos impide conocer y pensar la situación y, por consiguiente, adoptar la acción más adecuada.

Nuestras lenguas modernas no captan adecuadamente la ambivalencia del término “miedo”, que designa tanto un sistema de información y motivación (miedo normal), como su desarreglo generalizado (miedo patológico).

Anagrama, 2020

Para referirse a estos dos tipos de miedo, los griegos utilizaban los términos deimos, que hacía referencia a un miedo proporcionado y racional, que permitiría la acción adecuada, y phóbos, que hacía referencia a un miedo desproporcionado e irracional, que ocasionaría reacciones descontroladas.

Más aún, los griegos, que no buscaban negar sus pasiones, sino antes bien relacionarse con ellas, y ganarse su favor, por esta razón le rendían culto al miedo normal y al miedo patológico, en las figuras de Deimos y Phóbos, de las que surgieron, más adelante, las divinidades romanas Pallor y Pavor.

En el siglo XX, los astrónomos bautizaron las dos lunas de Marte con los nombres de Deimos y Fobos. La verdad es que estuvieron acertados, porque la guerra es tanto el arte de mantenerse dentro del miedo normal, para poder actuar así informadamente, como el de inocular en el enemigo un miedo patológico, que lo paralice.

Si cambiamos “guerra” por “acción”, solo nos quedará honrar a Deimos mediante la búsqueda de información cualificada (de fuentes fiables y resistente a los rumores), dosificada (no constante, ya que eso no hace más que aumentar nuestra confusión y angustia) y ajustada (que ni exagere ni minimice, sino que aquilate con valentía y honestidad la situación).

Y congraciarnos con Phóbos mediante el sacrificio de poner toda la carne en el asador, esto es, de actuar de forma inmediata y decidida en la dirección en que Deimos haya señalado.
 

Sobre el autor
Licenciado en Filosofía, Filología y graduado en música clásica. Doctor por la Universidad de Barcelona, con la tesis "El escepticismo en la obra de Jorge Luis Borges", y PhD en Estudios Culturales, por la Universidad de Georgetown, con "Literatura posnacional en Hispanoamérica". Es autor de Literatura posnacional (2007), Que nada se sabe y El escepticismo en la obra de Jorge Luis Borges (2012). Ha publicado diversos artículos en revistas nacionales e internacionales. Actualmente es profesor de Literatura Hispanoamericana en la UB y profesor de Estudios culturales en la Universidad de Stanford. Twitter: @dinolanti
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