Charlamos con Katixa Agirre (Vitoria-Gasteiz, 1981) sobre su nueva novela, Las madres no (Tránsito, 2019), cuyo tema central es la maternidad, cuestión que en los últimos años ha atraído a creadoras de diferentes disciplinas, ya sea para compartir su propia experiencia como para ofrecer puntos de vista y reflexiones diversas. El libro, publicado originalmente en euskera –Amek ez dute (Ed. Elkar, 2018)– fue traducido al castellano por la propia autora. Su primera novela, Atertu arte Itxaron (Elkar, 2015), también tiene su versión en español, Los Turistas Desganados (Pre-Textos, 2017). Anteriormente, publicó las colecciones de cuentos Sua falta zaigu (Elkar, 2007) y Habitat (Elkar, 2009). Además de escritora, Katixa Agirre es doctora en Comunicación Audiovisual y profesora de la Universidad del País Vasco.
¿La maternidad era una asignatura pendiente en la literatura y las artes en general?
Yo creo que sí era una asignatura pendiente, un vacío que había que llenar. La maternidad es un gran tema, emocional, psicológico, social y hasta económico.
De alguna manera, hasta ahora, se daba por hecho que las mujeres parían y ofrecían a la sociedad nuevos individuos, y lo que las mujeres pensaran o sintieran al respecto era irrelevante. Ahora ya estamos viendo todas las implicaciones que tiene, y podemos pensarlo y repensarlo.
Si bien el fenómeno de las creaciones sobre la maternidad está en pleno desarrollo, ¿crees que las madres se han apoderado de las redes sociales exponiendo de manera casi incontinente su embarazo, el día a día de sus hijos…?
Algunas madres exponen su maternidad compulsivamente, igual que otras personas exponen sus relaciones, sus cuerpos y hasta sus desayunos veganos.
Vivimos la fiebre de experimentar todo a través de las redes sociales, de mediatizar todas nuestras experiencias y darles gratis et amore miles de datos valiosísimos a gigantes corporativos que ni sabemos lo que planean hacer con ellos.
Somos la generación que está pagando el pato. Las generaciones venideras aprenderán a ser más críticas con esto, espero.
Frente a la visión edulcorada de la maternidad –en los carteles de las clínicas de reproducción asistida, por ejemplo– Las madres no recoge toda una serie de trastornos psicológicos asociados a la crianza que sitúa a la mujer en una situación de vulnerabilidad extrema. ¿Realmente una puede prepararse para ser madre?
Yo fui madre con las mejores condiciones posibles, en el momento que quise, con la pareja que quise, con madurez y estabilidad emocional, con ayuda, con todas las condiciones materiales necesarias y más.
Y aún así hubo momentos, sobre todo el primer año, en que sentía que aquello era demasiado duro, que anhelaba mi vida pasada. Y pensaba en todas esas madres que no gozaban de todas esas condiciones óptimas, y la verdad, no sé cómo lo hacen.
En tu libro la corporeidad, visible desde la primera escena del crimen con este pecho y pezón descubierto, no solo se materializa en las fases de embarazo y postparto, sino que aparece de manera latente asociada a otras vivencias. ¿La condición de madre lleva a cuestionar y a (re)descubrir el cuerpo?
En mi caso así fue. Empezando por lo extraño que resulta que tu cuerpo albergue otro cuerpo, es que es hasta raro de escribir, y ya cuando empiezan las patadas… es algo entre mágico y tenebroso, como de película de terror.
El cuerpo se hace totalmente presente, la medicina se vuelca en tu cuerpo, y después, en las últimas semanas del embarazo y durante el parto, el cuerpo es llevado a extremos que ni prevés.
Así que ese cuerpo real, cedido, que duele o da placer se hace mucho más patente, sí.
La protagonista de la novela no tiene nombre, en contraposición a la filicida, que tiene dos nombres distintos. ¿Por qué elegiste estas dos fórmulas tan opuestas para caracterizar a estos dos personajes femeninos?
No fue algo premeditado, tardé algo de tiempo en darme cuenta de que había sido así, y la verdad es que me gusta el efecto.
En el caso de la asesina, tiene dos nombres porque ha querido romper con su pasado, y se nos plantea como un personaje capaz de renacer destruyendo su pasado.
En el caso de la protagonista, pensé que le iba bien no tener nombre, pues una de sus preocupaciones, al convertirse en madre, es que ha perdido su identidad pasada, y que ahora ya solo es “madre de”.
Además de la maternidad, tu libro también reflexiona sobre el proceso de escritura y el oficio de escritora. ¿Ser madre ha cambiado tu manera de entender la escritura?
Me ha empujado a apreciar esa parte de mí, mi faceta de escritora, en tanto que ahora es un espacio conquistado, de libertad y autonomía, que no encaja bien con la vida de una madre trabajadora, pero que yo defiendo con uñas y dientes. No sé si ha cambiado mi manera de escribir, pero me ha dado nuevas experiencias y me ha ayudado a conocerme mejor.
Hacia el final de la novela, escribes: “La literatura es alquimia […] Un misterio.” Para ti, ¿la literatura responde a una pulsión?
Es pulsión y es reflexión racional. Para mí la magia está en cómo conviven ambas maneras de pensar: la impulsiva y la reflexiva, la intuición y el cálculo.
Hay ideas que surgen sin más y algo te impele a llevarlas hasta el final. Con todo, yo pienso muchísimo antes de escribir, lo racionalizo todo.
En ese vaivén entre el impulso y el plan va avanzando el texto.
Lo de desentrañar ese misterio, lo dejo para los académicos, que de algo tienen que vivir.
Eres profesora de comunicación audiovisual, especialista en cine, ¿has qué punto el cine influye en tu escritura?
Creo que influye, pero no por mi profesión, sino porque hoy en día todos consumimos más ficción a través de los medios audiovisuales.
Creo que hasta mis sueños tienen montajes al uso, con planos y contraplanos y demás.
No se puede escribir como si el cine no se hubiera inventado y no estuviéramos todos saturados de imágenes.
En apenas unos meses, ha florecido un gran surtido de autores que escriben en euskera traducidos al castellano, como Eider Rodríguez o Iban Zaldúa. ¿Crees que existe algún motivo de ello? ¿Hay autores en euskera que nos estamos perdiendo y que se deberían conocer?
Nunca antes se había escrito tanto ni tan bien en euskera, vivimos un momento muy bueno, con un buen grupo de escritores en activo, y de diferentes generaciones.
Esa puede ser la primera razón para que ahora se traduzcan más, aunque también habrá razones políticas o comerciales.
A mí me encantaría que se leyera más a Miren Agur Meabe, porque es una voz muy especial que aúna la ternura y la amargura, y escribe desde el cuerpo. Está traducida, búsquenla.















