La literatura española explicada a los asnos: el teatro de Calderón de la Barca

«La vida es sueño», Pedro Calderón de la Barca. Adaptación de Moma Teatre

 
«Calderón de la Barca, decían unas letras doradas en el lomo […] Siempre había sido muy aficionado a representar comedias, y le deleitaba especialmente el teatro del siglo diecisiete. Deliraba por las costumbres de aquel tiempo en que se sabía lo que era honor y mantenerlo. Según él, nadie como Calderón entendía en achaques de puntillo de honor, ni daba nadie las estocadas que lavan reputaciones tan a tiempo, ni en el discreto de lo que era amor y no lo era, le llegaba autor alguno a la suela de los zapatos. En lo de tomar justa y sabrosa venganza los maridos ultrajados, el divino don Pedro había discurrido como nadie, y sin quitar a El castigo sin venganza y otros portentos de Lope el mérito que tenían, don Víctor nada encontraba como El médico de su honra»

 
El fragmento proviene del capítulo tres de La Regenta (Clarín, 1885) y demuestra hasta qué punto el universo calderoniano caló en la sociedad. Si Lope de Vega (1562-1635) es el dramaturgo por excelencia del amor (ese fue el tema central de su vida), el casuístico Calderón (1600-1681) se convirtió en el maestro de las cuestiones más intrincadas del honor.

El alcalde de Zalamea, 1651

Calderoniano es aún hoy un adjetivo válido para describir y referirse a ciertos lances que tienen que ver con este asunto tan vinculado durante siglos a la sicología de lo hispano. No hay prueba mejor de la influencia de este seguidor de Lope, quien le sucedió en el trono durante la primera mitad del siglo XVII, y que dejó un legado de más de cien obras de mérito.

De las que hoy se siguen representando, El alcalde de Zalamea (1651) quizás sea la más representativa de la dicha problemática del honor.

El alcalde es una reescritura de la obra homónima de Lope, que Calderón retomó y corrigió. Donde había dos doncellas violadas quedó una, fusionó los dos capitanes, etcétera.

La crítica reconoce que mejoró el original –hasta Menéndez Pelayo, furibundo lopiano, habla de innovaciones «felicísimas», «magistrales»– y yo estoy de acuerdo. Aparte de que el que haya un modelo previo no quita mérito. Ni La Regenta pierde por haber existido la Bovary, ni el Tom Jones (1749) es menos bueno por haberse inspirado en el Quijote. Ya sabemos que en el arte lo que no es tradición es plagio.

Henry Fielding, 1749

Resulta significativa esta filiación porque en realidad Calderón lo que hace, al final, con su teatro, es corregir a Lope. Asume su estructura de tres jornadas y las reglas del Arte nuevo de hacer comedias (Lope de Vega, 1609), pero al mismo tiempo reduce el número de escenas, las hace más sintéticas y funcionales, limita la polimetría para conseguir unidad de estilo, y, en general, consigue que lo que queda tenga mayor sentido.

De alguna manera, su obra completa es a la de Lope lo que su Alcalde de Zalamea al texto homónimo. Si Lope inventa el asunto del enfrentamiento entre el villano honorable y el aristócrata abusón, Calderón lo perfecciona. Podríamos hasta decir que la diferencia entre uno y otro texto es la que hay entre el esbozo y la obra rematada.

Como toda reescritura es apropiación (recuérdese el cuento «Pierre Menard», de Borges), Calderón no podía limitarse a retomar el argumento lopiano sin darle la atmósfera propia y, sobre todo, sin subrayar y enfatizar aquello que más le interesaba: el conflicto del honor que se le plantea a Pedro Crespo al saber que su hija ha sido violada por un capitán sobre el que, como alcalde, no tiene jurisdicción, y a quien, no obstante, va a hacer prender, para darle garrote vil.

De él son las famosas palabras que aparecen en la escena decimoséptima de la primera jornada.

Al rey la hacienda y la vida
se ha de dar; pero el honor
es patrimonio del alma.

 
Siempre me ha gustado el enfrentamiento entre don Lope y Crespo, cuando el primero viene a visitarlo a su casa y el villano don Pedro se muestra tan cabezonamente honorable como orgullosamente digno. Me parece una de las escenas del teatro del Siglo de Oro más bonitas de ver representada.

Calderón de la Barca, 1635

Calderón escribió El alcalde de Zalamea en la cincuentena. Es una obra de madurez. Pero hay que decir que su creación más conocida, La vida es sueño, la precede en quince años. Publicada en la década de 1630, la historia de Segismundo aparece a poco de que Shakespeare haya dado a luz a su dudón por excelencia, el celebérrimo Hamlet. También comparte cierta atmósfera con La tempestad, y precede en dos años a la publicación del Discurso del método, de Descartes.

Es un momento de gran desazón generalizada, de duda más o menos metódica, y Calderón se deja inspirar y arrastrar por la corriente de los tiempos.

Comparado con sus coetáneos, la duda calderoniana es, valga el ripio, manierística y casuística. Se nota la educación jesuítica.

Calderón se distancia de Lope desde la primera palabra, hipogrifo, un cultismo expresamente señalado como inconveniente en el Arte nuevo. El estilo es metafórico, florido, alegórico, más recargado y casi shakesperiano.

William Shakespeare, 1609

El tema exigía abandonar la llanura, y con su ensoñación Calderón alcanza unas alturas a las que Lope nunca llegó. Los alemanes, con un lector tan exigente como Schopenhauer (1788-1860) a la cabeza, colocaban La vida es sueño por delante de las tragedias de Shakespeare. Es un drama poético y universal, cuyo crédito internacional supera la dimensión que solemos darle al calderonismo. La perdurabilidad es la mejor piedra de toque del valor de una obra, y la posteridad, en esto, rara vez se equivoca.

La aparición de Segismundo encadenado es uno de los momentos más patéticos y cargados de hondura del teatro del Siglo de Oro. Su reflexión sobre el sinsentido de la existencia es una maravilla de sencillez de expresión, musicalidad y emoción. Aquí, Calderón da su do de pecho y el casuismo barroco cobra todo su sentido. El drama de este hijo de rey que siempre ha vivido encadenado y a quien de repente se da la posibilidad de poner a prueba su propia naturaleza (convirtiéndose, al principio, en un tirano), tiene algo de mágico que nos conmueve desde su primera aparición.

Pero si la presentación de Segismundo es magnífica, el momento del clímax, sin lugar a dudas, es el monólogo con el que concluye el segundo acto y que es el equivalente para el drama español de lo que representa el famoso «to be or not to be» de Shakespeare para los ingleses:

Es verdad, pues reprimamos
esta fiera condición,
esta furia, esta ambición,
por si alguna vez soñamos;
y sí haremos, pues estamos
en mundo tan singular,
que vivir solo es soñar:
y la experiencia me enseña
que el hombre que vive sueña
lo que es hasta despertar (…)

 

Sobre el autor
(Madrid, 1971) Es licenciado en Historia Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. En 1994 quedó finalista del premio Nadal con su primera obra, Historias del Kronen. La novela tuvo una gran repercusión y abrió las puertas a una nueva generación de escritores. Tras su publicación el escritor vivió durante varios años entre Madrid y Toulouse. Actualmente reside en Madrid.
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