Había quedado con unos amigos del instituto a los que no veía desde hacía veinte años. A medida que se acercaba al lugar en el que debían encontrarse, empezó a verse rodeado de personas envueltas con banderas. Semanas más tarde, cuando mi amigo me narró los hechos, no lograría recordar qué tipo de banderas eran, pues aquellos días las manifestaciones se sucedían con tanta velocidad que resultaba fácil confundirlas. Avanzó entre la multitud deseando que su encuentro no se viese afectado por lo que en los últimos meses parecía haberse convertido en el nuevo deporte nacional: intentar no hablar de la cuestión en cuestión.
Nada más verlos, se relajó, pues, sin necesidad de ningún tipo de transición (ni democrática, ni alcohólica), se sintió poseído por aquel espíritu de compañerismo alegre y juguetón que había reinado en los días azules de la adolescencia. Tras comentar lo muy iguales y lo muy cambiados que se veían, empezaron a abordar –casi en el sentido pirata del término, pues saltaban los unos sobre los otros con esa frontalidad que solo permite un pasado compartido– temas más personales, como los de sus relaciones de pareja o su situación laboral.
La calle seguía hasta la bandera, y el río de gente bicolor fluía invariable, quién sabe ya en qué dirección.
Todavía estaban de pie, frente a la puerta del instituto, cuando uno de ellos invocó de forma involuntaria «el tema«. Alguien que llevaba cuatro años y dos meses dejando de fumar –y que conocía la técnica de quitarse el mono saliendo a la calle a no fumarse un cigarrillo– les propuso entrar a un bar a no hablar del tema.
Se trataba de hacer como los jóvenes de El Decamerón, de Boccaccio: encerrarse en algún sitio, dejando «la peste» afuera, con el propósito de que cada uno de ellos contase una historia o un chiste que les ayudase a reírse y a distraerse de la tensión dominante. A todos les pareció una idea estupenda y, como si tuvieran de nuevo quince años, entraron en un bar y pidieron una ronda de cervezas.
El primero que se animó a hablar les contó una vieja anécdota que había leído hacía poco en una novela del escritor y periodista búlgaro Ángel Wagenstein1. En ella, un judío y un polaco caminan juntos por los caminos de Galitzia, en la actual Ucrania, cuando el primero, queriendo burlarse de su compañero, señala un excremento de caballo, que había en el borde del camino, y le dice: “Te doy diez zlotis si te comes eso”.
El polaco se la come, el judío le da el dinero, y los dos prosiguen su camino, en silencio. Al polaco le trabaja el asco y la sed de venganza, y al judío, la rabia de haberse gastado el dinero de esa manera tan tonta.
Al cabo de un rato, el judío ve otro excremento de caballo al borde del camino, y le pregunta a su compañero: “¿Si me como esa mierda me devuelves los diez zlotis?” El polaco, feliz de poder vengarse, dice que vale. Entonces, el judío se come la mierda, y recupera su dinero.
Los dos hombres retoman el camino, sumidos en un silencio todavía más profundo que el anterior, si bien, al cabo de un rato, el polaco le pregunta al judío: “Oye, ya que tú eres judío, y los judíos sois tan listos, ¿podrías explicarme por qué diablos nos hemos comido una mierda cada uno?”.
Las risas de los cinco amigos eclipsaron por un momento los cláxones, las sirenas de las ambulancias, el bordón del helicóptero y la voz de la gente que coreaba y aplaudía fuera del bar.
El camarero aún no había acabado de servir la tercera ronda, cuando el que había propuesto el juego les explicó el cuento de “Los tres anillos” que Boccaccio incluyó en el Decamerón. Saladino, el sultán de El Cairo, había convocado al banquero judío Melquisedec para pedirle un préstamo. Con la intención de presionarlo, pues este no parecía muy dispuesto a concedérselo, Saladino le preguntó cuál de las tres religiones consideraba que era la verdadera: ¿la judía, la musulmana o la cristiana?.
Al ver Melquisedec que el sultán quería tenderle una trampa, decidió responder, con el siguiente cuento, que su amigo resumió, más o menos, en los siguientes términos:
El grupo escuchó con atención aquella historia, que apenas se vio interrumpida para pedir la quinta ronda de cervezas. Al acabar, todos asintieron divertidos, sin atreverse a decir nada. Entonces, uno de los que menos había hablado, dijo que aquel cuento le había recordado una anécdota que su madre le contaba de pequeño siempre que se peleaba con su hermano. Le rogaron que se la contase y él finalmente accedió a hacerlo:
Un petardo, triste y solitario, como los que suenan cuando pierde el Barça o el Madrid, hizo retumbar la cristalera del bar.
Con la intención de animar la conversación, el más viajado de todos ellos les preguntó si sabían cuál era el chiste que más se contaba en Siria durante la guerra. Le dijimos que no, y él soltó: “Pues que no se sabe qué polla está en el culo de quién”. Las risas hicieron que las mesas de alrededor les mirasen con cierta envidia o desconfianza.
A mí, dijo otro, me hace mucha gracia aquel chiste del hombre que dice: “Yo con mi madre hablo en catalán, con mi padre en castellano, con mis abuelos en francés, con mi esposa en chino, y en mi trabajo en inglés”. “Pero, entonces, ¿en qué piensas?” –le preguntan. Y él responde, encogiéndose de hombros: “¿Yo?, en sexo, como todo el mundo”.
Mi amigo me dijo que se rieron de buena gana con aquel chiste tan oportuno, pues todas aquellas historias las habían estado contando indistintamente en catalán y en castellano, sin darse cuenta siquiera, como en los buenos tiempos del instituto, de qué lengua hablaba cada cual.
Sin saber cómo, se les había hecho tarde. Mi amigo, que tiene debilidad por los juegos de palabras, me dijo: “En el mundo están las personas que te hacen perder el tiempo y las que te hacen perder la noción del tiempo, y los compañeros de primer curso son de esta segunda clase”.
Se despidieron dándose fuertes abrazos, felices de haber logrado ser los de siempre y de haber resistido más o menos a la tentación de hablar de la cuestión en cuestión. Unos habían quedado con familiares y amigos –nuevos amigos– para ir a la manifestación, y vivir con ellos no sé qué alegría muy inmensa. El resto, regresaba a sus casas, decididos a no encender la tele, y deseosos de quedar con otros amigos –nuevos amigos–, con los cuales compartir su angustia y desazón.
Ya a solas, de camino a casa, mi amigo recordó aquel chiste que decía, simplemente: “Se ofrece señora de la limpieza… étnica”.
Pero sin sus amigos, el chiste ya no tenía ni puta gracia.















