Relecturas y apropiaciones: Wolfgang Iser y las puertas al texto

Cubierta de «El acto de leer», Wolfgang Iser, 1976

 
Esta es una nueva sección, que iremos publicando con regularidad en Pliego Suelto, en la que seleccionamos y comentamos fragmentos de autores y autoras cuyas obras discurren entre el pensamiento y la literatura.


 

¿Qué lugar ocupa el lector en la literatura? Wolfgang Iser (1926-2007) fue uno de los primeros en estudiar la relación entre texto y lector, partiendo de la terminología de Wayne Booth y siguiendo la estela de la fenomenología de Roman Ingarden, así como los trabajos de Gadamer y Jan Mukarovsky.  Una aportación que lo convirtió, con Robert Hans Jauss a la cabeza, en representante de la llamada Estética de la recepción, que supuso, a partir de finales de los 60, un cambio de paradigma en los estudios literarios al centrar la mirada en el lector.

Acaso Borges con su “Pierre Menard, autor del Quijote”1 ya lo anunciara en 1939.

Los siguientes fragmentos, formulados durante los años 70, recogen algunas de las reflexiones de Iser sobre la lectura, la interpretación y los espacios vacíos del texto, que lejos de ser una carencia de determinación –como los entendía Ingarden- abren las puertas al lector a fin de que los complete por medio de su imaginación.

Una consideración de la que se ha ido tomado conciencia progresivamente, pues sin ir más lejos no son pocas las obras que con sus formas más experimentales, fragmentarias o despojadas, cuentan no solo con la presencia del lector, sino que reclaman incluso una mayor implicación.

Una petición arriesgada cuando está en juego el tiempo y el confort. Quizá hoy la pregunta más bien sea: ¿qué lugar está dispuesto a ocupar el lector en el texto?

1.



«Un texto es potencialmente susceptible de admitir diversas realizaciones diferentes, y ninguna lectura puede nunca agotar todo el potencial, pues cada lector concreto llenará los huecos a su modo, excluyendo por ello el resto de las posibilidades; a medida que vaya leyendo irá tomando su propia decisión en lo referente a cómo ha de llenarse el hueco. En este acto mismo se revela la dinámica de la lectura. Tomando su decisión, el lector reconoce implícitamente la calidad de inagotable que el texto posee: al mismo tiempo, esta misma calidad de inagotable es la que le fuerza a tomar su decisión.

Con los textos “tradicionales” este proceso era más o menos inconsciente, pero los textos modernos lo explotan con frecuencia de manera bastante deliberada. Estos textos a menudo son tan fragmentarios que nuestra atención está casi exclusivamente ocupada en la búsqueda de conexiones entre los fragmentos; el objeto de esto no es tanto complicar el “espectro” de conexiones como el hacernos conscientes de la naturaleza de nuestra propia capacidad para establecer vínculos. En tales casos, el texto nos remite directamente a nuestras propias preconcepciones, que se manifiestan en el acto de interpretación, el cual es un elemento básico del proceso de lectura.

De todos los textos literarios, por tanto, podemos decir que el proceso de lectura es selectivo, y que el texto potencial es infinitamente más rico que cualquiera de sus realizaciones concretas. Esto viene confirmado por el hecho de que una segunda lectura de una obra literaria produce con frecuencia una impresión distinta de la primera. Las razones de esto pueden encontrarse en el cambio de circunstancia propio del lector, y con todo, el texto debe reunir unas características que permitan esta variación. En una segunda lectura los acontecimientos conocidos tienden a aparecer ahora bajo una nueva luz y parecen a veces corregirse, a veces enriquecerse»2.

2.



«Parece necesario lograr describir la lectura como un proceso de un efecto cambiante, de carácter dinámico, ente texto y lector. Pues los signos del texto o, en caso dado, sus estructuras adquieren su finalidad en cuanto que son capaces de producir actos en cuyo desarrollo tiene lugar una traducibilidad del texto en la conciencia del lector […]

Wolfgang Iser

Autor y lector, pues, participan en sí el juego de la fantasía, que ciertamente no se iniciaría si el texto pretendiera ser algo más que solo regla de juego. Pues la lectura se convierte solo en placer allí donde nuestra productividad entra en juego, lo que quiere decir: Allí donde el texto ofrece una posibilidad de activar nuestras capacidades.

Sin duda que existen límites de tolerancia de esta capacidad, que son transgredidos cuando se nos expresa todo muy claramente o cuando lo dicho amenaza a diluirse difusamente; de forma que el aburrimiento y el cansancio ilustran los puntos límites que por lo general indican nuestra retirada de la participación»3.
 


1 Publicado en la revista Sur en mayo de 1939. Posteriormente, se incluyó en El jardín de los senderos que se bifurcan, incorporado en 1944 en Ficciones.
2 “El proceso de la lectura: una aproximación fenomenológica” (1976), en Mayoral, José Antonio (comp.), Estética de la recepción. Madrid: Arco Libros, 1987.
3 El acto de leer (1976). Madrid: Taurus, 1987.

 

Sobre el autor
(Buenos Aires, 1988) Es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Aún sin haber resuelto la incógnita de lo que vendría a ser su profesión, transita por oficios de bibliotecaria o profesora de español, lee, se obsesiona por el arte y la música, e intenta ocuparse junto con Ángela Pujol del excelso menester Hálito Ediciones
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