Albert Serra y la Escuela de la Recepción de Banyoles

Si tanto les disgusta lo que hago, les propongo que me paguen a mí
el dinero que cuesta hacer una película y prometo no hacerla.

Albert Serra

Observa Wolfgang Iser (1926-2007) que, muy a menudo, los textos contemporáneos son tan deliberadamente fragmentarios que nuestra atención está exclusivamente ocupada en la búsqueda de conexiones entre fragmentos. Añade, a continuación, que no se trata complicar el espectro de conexiones con el fin de impresionar al lector con filigranas textuales. No. El objetivo es hacernos conscientes como lectores de nuestra propia capacidad para establecer vínculos. Con la autoconsciencia habíamos topado.

Eran necesarios unos ojos claros y perspicaces como los de Iser para caer en la cuenta, ya en 1977, de que los lectores deseamos, cada vez con mayor avidez, ser conscientes de nuestro papel como receptores de un texto literario. Como si no fuera suficiente con leer e ir rellenando con la imaginación los espacios en blanco que, como no puede ser de otra manera, deja un texto. Ahora, los lectores queremos –and we want it now!– observarnos a nosotros mismos en pleno acto de lectura. Curioso y sofisticado espectáculo el de mirarse a uno mismo leyendo. Los vicios del lector son inescrutables.

El artista, Hidrogenesse (2013)

Caemos entonces en la cuenta de que el interior de nuestro cráneo es una bóveda forrada de pequeños espejos. Una bola disco vista por dentro. Como observa David Foster Wallace en su ensayo sobre narrativa y televisón en los años noventa, “E Unibus Pluram”, hemos pasado demasiadas horas frente a la pantalla viendo series, concursos y anuncios. Sabemos que no puede ser bueno malgastar esas masivas cantidades de energía psíquica viendo televisión o navegando por internet pero, a pesar de todo, lo seguimos haciendo.

Alcanzamos en ese momento el punto de no retorno y “empezamos a mirarnos a nosotros mismos en el acto de mirar” y “muy pronto empezamos a «sentir» cómo sentimos y deseamos experimentar «experiencias»”. Epifanía catódica, desdoblamiento multitasking. De espectadores hemos pasado a metaespectadores. Un poco glotones y caprichosos, eso no lo puedo negar, pero también individuos extremadamente sofisticados, irónicos, autoparódicos, con una altísima capacidad de asociación, histéricamente inteligentes y con un grado de autoconsciencia digno de admirar (abróchense los cinturones, acabo de entrar en un tercer nivel de consciencia).

¿Y qué tienen que ver las películas de Albert Serrra con esto? Todo y nada. Sería más fácil ilustrar a ese metalector hiperactivo y autoconsciente con los múltiples fragmentos que componen las rizomáticas novelas de Agustín Fernández Mallo o con la vehemente profusión de notas a pie de página que rebanan las obras del mismo Wallace. En ambos casos, el flujo de lectura es interrumpido constantemente por un nuevo fragmento, una nota o una digresión y el lector ha de intervenir activamente a la hora asociar y conectar los pedazos que el texto le ofrece. El lector toma así consciencia, entra en escena. Pero no nos equivoquemos, no se trata de “he pagado y quiero ser parte protagonista del asunto” o “me cuelo en la novela y convierto esto en un reality show”. O no lo sé, quizá sí.

En los filmes de Serra sucede algo en apariencia distinto. Nos encontramos con una autoconsciencia estimulada a través de una estrategia inversa a la de los ejemplos anteriores. Honor de cavalleria (2006) es un remake de los tiempos muertos del Quijote y El cant dels ocells (2008) una reescritura morosa de la peregrinación de los Reyes Magos a Belén. En ambas películas no pasa nada, o casi nada. Un diálogo sobre nimiedades improvisado y esponjado con largas pausas, una siesta, un tipo de pueblo espantando moscas de su oronda cara, un grupo de hombres caminando por un paisaje yermo y así. Y Serra que aguanta, dale que te pego, con un plano fijo que no acaba nunca. Un personaje –pequeño, como una hormiguita– atraviesa el cuadro con toda la parsimonia del mundo. Para tomarse una tila, tú. Y ese tipo es un actor, nos damos cuenta, no disimula para nada. Lo hace regular, es como de Banyoles, simpático, y se nota que tiene ganas de acabar el rodaje para irse a casa.

Ostras, cuándo acabará el plano, cuándo llegará el actor al margen derecho y saldrá de cuadro, musitamos para nuestros adentros. Y es justo en ese momento, cuando llevamos un buen rato esperando, cuando superamos la incomodidad y nos olvidamos de Tarkovsky y sus esculturas de tiempo, cuando hemos desechado cualquier interpretación trascendental o metafísica de la escena. Es entonces cuando –¡Oh, Caprice de Dieux!– la inteligencia se vuelve sobre sí misma y vemos con toda nitidez una pantalla, un proyector, un actor (malo), un ayudante de producción que ha ido a rellenar un termo con café y a un director con bigote y sonrisa socarrona. Y es, a fin de cuentas, el momento en que nos vemos a nosotros mismos en pleno acto de mirar una película, asociando, participando de la perfomance en nuestro rol de espectadores.

FIN
 

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  1. “Hay un juego de prefiguraciones y reflejos, y yo quiero ser espejo y yo quiero reflejar. Hay un hilo secreto e invisible de tan fino y yo quiero ser aguja y yo quiero hilvanar. Porque lo viejo es lo nuevo y lo culto y lo popular”, dicen otros que no son Hidrogenesse.

    http://www.youtube.com/watch?v=G24-dH6mjCw

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