Buenos tiempos para la épica: La hora de la filosofía

Atletas de Herculano. Villa dei Papyri. S. I d.C. Museo Archeologico di Napoli

 
Una de las lecciones más interesantes que pueden recibirse en la ciudad de Salamanca no se imparte en la universidad, sino en el Puente Nuevo, a cuya entrada hay un cartel que reza: “Camiones de más de diez toneladas, por el puente romano”.

No se trata aquí de negar la idea de progreso, entre otras razones, porque refutar un prejuicio que puede ser considerado uno de los principales focos de barbarie en la historia de la humanidad supondría, paradójicamente, un gran progreso.

Tampoco se trata de caer en la melancolía de pensar que todo tiempo pasado fue mejor, por la sencilla razón de que nuestro lamentado presente será el pasado feliz de algún futuro inevitablemente nostálgico.

Tus zonas erróneas, 1976

Se trata simplemente de aceptar que, en ocasiones, hay que proceder como los árbitros, que deben saber correr de espaldas, o como esos conductores de autobús, que gritan a los pasajeros: “¡Avancen hacia atrás!”.

Y es que tampoco los camiones que arrastran la pesada carga de la infelicidad deberían pasar por los quebradizos puentes de la autoayuda, la psicología o la neorreligión, sino por el sólido puente grecorromano de la filosofía.

Ciertamente, la secularización de nuestras sociedades dejó vacío el trono de la ética, que, tras la frustrada regencia del pensamiento moderno, se disputan hoy en día los reinos de taifas del coaching, el yoga, el alprazolám, el nacionalismo, las sectas o el ascetismo dietético y deportivo.

Tras comprobar, desde su palacio de invierno, que estos chatarreros del nihilismo nunca lograrían pacificar el territorio, las viejas religiones han decidido regresar blandiendo el argumento peregrino de que para ese viaje no hacían falta alforjas.

Es, pues, la hora de retroceder hacia la filosofía, evitando el puente colgante del espiritualismo posmoderno, que es, por otra parte, el tipo de intemperie espiritual que necesita el neoliberalismo para seguir imponiéndose.

Franco Berardi (Bifo), 2000

Y es también la hora de retroceder hacia la filosofía, porque los venerables puentes de madera de las religiones quizás sean suficientes para pequeños grupos de paseantes solitarios, pero no para las sufrientes masas multiculturales que vagan por nuestras ciudades.

Así, después de un siglo y medio en el que la filosofía no ha tenido más enemigos serios que su propia adicción a la teoría del conocimiento, su abotargamiento académico y su puritanismo amoralista, esta goza ahora de la inmerecida oportunidad de volver a tener enemigos que la hagan reaccionar.

No hablamos aquí tanto del nacionalismo, el fascismo o el fundamentalismo, que son los hijuelos de ese matrimonio terrible formado por la injusticia social y la precariedad espiritual.

Sin olvidar la vertiente política, la filosofía debe ocuparse de cerrar la caja de Pandora del vacío espiritual, de cuyo interior salen volando los demonios de la tristeza, la ansiedad, el absurdo, la soledad y la impotencia, así como los fantasmas de las falsas esperanzas religiosas, políticas o nacionales.

No iba desencaminado Jean Paul Sartre (1905-1980) cuando dijo que no hubo mejores pedagogos que los nazis, porque ellos le volvieron a enseñar al mundo la importancia de tomarse el mal en serio. Quizás por esa razón uno de los nombres del mal sea “Lucifer”, que significa ‘el que lleva la luz’, pues tanto nos guía la antorcha que seguimos, como el incendio del que escapamos.

El diablo y el buen Dios, 1951

Es la hora, pues, de que la filosofía comprenda que lo que hay ahí afuera no son molinos de viento, sino gigantes, y que toca tapiar la puerta de la biblioteca, desempolvar las viejas armas olvidadas, y salir a los caminos a luchar.

Pero la filosofía no volverá a apasionar si no consigue verse, y ser vista, como la epopeya de la lucha por el reino de este mundo, que las sirenas de la trascendencia (la creencia en el más allá que vacía el aquí y ahora) y los cíclopes de la tristeza (el miedo, el tedio, la pasividad, la impotencia) siempre le quieren arrebatar.

Como toda epopeya, la nuestra empieza in media res, pues la mayoría desconoce o no recuerda el inicio de la historia, y en el momento más bajo del destino del héroe, pues en estos momentos la filosofía se arrastra por el campo de batalla con la lanza de la impotencia clavada en una pierna y el hacha del academicismo hundida en la cabeza.

Canto primero. Háblame, oh musa, del nacimiento de la filosofía, que aunque no fue presidido por prodigios atmosféricos, sí fue acompañado por el milagro griego de la secularización del pensamiento, que desde entonces trató de pensar el mundo, y el encaje del hombre en su seno, en términos racionales e inmanentes.

Pierre Hadot, 2006

En aquellos primeros días, la filosofía y la religión convivieron sin demasiados problemas. En la Antigüedad todas las religiones, salvo el budismo, eran “religiones del equilibrio”, que se limitaban a gestionar una especie de economía de las prestaciones (la adoración por parte de los hombres) y las contraprestaciones (la protección por parte de los dioses), sin inmiscuirse en la vida interior de sus adeptos1.

Fue en aquel inculto terreno interior donde la filosofía fundó su primer asentamiento, desde el cual propuso una auténtica vía de redención laica, que consistía en una “conversión” o metanoia, a una “regla de vida” o kanon, mediante la “predicación” o protréptico, y su práctica o askesis, mediante “ejercicios espirituales” o pneumatikí áskisi, y “oraciones” o dogmata.

De este modo, quinientos años antes del nacimiento del joven rico del Nuevo Testamento, hombres y mujeres como Pirrón, Crates, Hiparquia o Epicteto arrojaron sus riquezas al mar y siguieron a algún sabio, dispuestos a adoptar una regla de vida filosófica.

Y más de mil años antes de San Juan de la Cruz, Luciano de Samósata describió en los siguientes términos la conversión filosófica de un joven tras escuchar las prédicas del filósofo Nigrino:

Por eso gozan y lloran mientras escuchan, como a mí me ocurrió, mientras el fármaco corre suave a través del alma. Sentía deseos de recitarle aquel famoso verso “Dispara de esa suerte, que luz llegues a ser” (Iliada)

Errata Naturae, 2013

¿Cuál era el objetivo de estas conversiones? No una redención en términos religiosos, sino una salvación laica, entendida como la instauración de una vida feliz, en la que dominase la serenidad (escepticismo), la libertad (cinismo), la racionalidad (estoicismo) o el placer (epicureísmo).

Canto segundo. Temiendo que los hombres dejasen de temer a los dioses, la religión saqueó los jardines de aquella república filosófica y se apropió de las técnicas psicagógicas de la conversión, la regla de vida, la prédica o el ejercicio espiritual.

Tras varios siglos de razzias y escaramuzas, el cristianismo logró conquistar el mundo y apropiarse de aquel territorio interior, con tanto éxito que hoy en día nadie recuerda que hubo un tiempo en el que aquel imperio espiritual fue gobernado por filósofos.

Durante la larga travesía de la Edad Media, la filosofía, transformada en la esclava de la teología (ancilla theologiae), se resignará a ser una mera disciplina auxiliar, cuya función principal será suministrar argumentos racionales y técnicas espirituales.

Canto tercero. Canta, oh musa, cómo tras largos siglos de sometimiento, la filosofía se sacudió las cadenas de la teología y, refugiada en los amables bosques de las humanidades, decidió organizarse para recuperar su ciudad.

Stefan Zweig, 1938

La resistencia humanista, que contó con heroicos combatientes como Petrarca, Erasmo, Montaigne o Gassendi, y muchas bajas, como las de Étienne Dolet, Giordano Bruno o Theophile de Viau, se ocupó de desempolvar las viejas armas filosóficas de la conversión, la regla de vida, la amistad intelectual o el ejercicio espiritual.

Animados por su ejemplo, un nuevo grupo de rebeldes, de sensibilidad científica, decidió unirse a la lucha. Combatieron durante un tiempo, hombro con hombro, logrando establecer, con esfuerzo y sacrificio, una frontera entre el pensamiento religioso y el pensamiento secular.

Una parte de los filósofos, acostumbrados por los siglos a no ser más que una disciplina teórica, se dejó tentar por la reciente sensibilidad racionalista y cientificista del grupo de aquellos rebeldes. Fascinados por sus espectaculares éxitos tecnocientíficos, muchos olvidaron el carácter práctico de sus orígenes, para tratar de vestir la incómoda librea de los científicos.

Otra parte de los filósofos, aquejados por una especie de síndrome de Stockolmo teológico, se pusieron a llorar la muerte de dios todo lo que no habían celebrado su existencia. La manzana envenenada de los Pensamientos (1670) de Pascal, cuya primera parte se titulaba “La miseria del hombre sin Dios”, surtió efecto, y la filosofía cayó en la agitada pesadilla del nihilismo.

Canto cuarto. Ni la filosofía cientificista ni la nihilista fueron capaces de responder a las insoslayables necesidades espirituales de los hombres.

Eric Hobsbawm, 1998

El nacionalismo logró grandes éxitos en tanto que religión de sustitución, ya que ofrecía un sucedáneo de trascendencia y espiritualidad. Sin embargo, el uso interesado por parte de las burguesías nacionales, el desprestigio que sufrió a causa de las guerras que él mismo provocó y la imposibilidad de realizar la utopía nacionalista en un mundo cada vez más globalizado, le llevaron a perder una guerra que aún se resiste a abandonar.

La psicología entró en la reyerta, primero, con el neblinoso ejército del psicoanálisis y, luego, con el batallón conductista, que acabaría domesticado por la sociedad neoliberal. En todo caso, su carácter patologizador, normalizador y medicalizante no será capaz de ofrecer una soteriología laica a aquella parte de la población que no está enferma o, si lo está, es por culpa de la enfermiza “normalidad” que se le impone.

Tratando de ocupar el flanco descubierto de las inquietudes no patológicas, entró a trapo el comando Patos Salvajes de la “literatura” de autoayuda, cuyo primer punto débil será el de no ser “literatura”, lo cual le hizo perder la principal oportunidad que tiene todo libro de hacernos felices, que es hacernos felices con su lectura.

El modus operandi de estos soldados de fortuna consistió en saquear la historia de la filosofía moral con un entusiasmo que ya querrían para sí los desmoralizados profesores de historia de la filosofía.

David Viñas, 2012

Así unos pocos mercenarios venden millones de libros degradando el epicureísmo en un hedonismo narcisista y cosificador. Deformando el estoicismo en una resignación pasiva y autoculpable. Y secuestrando el escepticismo para convertirlo en la aceptación sumisa de la inseguridad laboral y la posverdad. Todo ello de un modo en absoluto liberador, y perfectamente acorde con una sociedad neoliberal.

Por la retaguardia, llegó la horda de las neorreligiones, en cuyas filas luchan todo tipo de histerismos trascendentales, que, aunque no vayan a ninguna parte, impiden todo movimiento realmente emancipador. Sus estandartes son burdas caricaturas de las flamígeras teologías fuertes, con las que por lo menos daba gusto debatir.

Canto quinto. Hoy el trono está más reñido que nunca. Trepan y caen reyezuelos como los cangrejos que venden en las viejas lonjas, cuyos cubos no hace falta tapar, porque los animales que están abajo ya se encargan de atrapar a los que logran subirse sobre los demás e intentan escapar.

Mientras el juego de las sillas continúa, muchos hombres y mujeres sufren, no solo la precariedad social y económica, sino también la precariedad espiritual, que les ciega y hiere al mismo tiempo, como las astas demasiado largas de los viejos ciervos.

Anagrama, 2007

Canto sexto. En los siglos XVI y XVII, algunos de los mejores hombres del ejército filosófico fueron encarcelados por un delito que no habían cometido. No tardaron en fugarse de la prisión en la que se encontraban recluidos, hoy, buscados todavía por el gobierno, sobreviven como soldados de fortuna, si usted siente alguna tristeza y se los encuentra, quizás pueda contratarlos…

Erasmo, Montaigne, La Mothe Le Vayer, Théophile de Viau, Cyrano de Bergerac, Pierre Gassendi, Spinoza, Diderot, Nietzsche u Onfray son algunos de los miembros del Equipo A de la filosofía inmanente y alegre que, escapando de los policías del cientificismo, el academicismo y la tristeza reaccionaria, nacionalista o neoliberal, protagonizará aquí y allá todo tipo de persecuciones y explosiones más o menos espectaculares.

¿Cómo empezar? In media res. Por cualquier parte, sabiendo, como sabía Montaigne, que toda acción, también la acción filosófica, viresque acquirit eundo, esto es, “cobra fuerza a medida que avanza”.

¿Es un momento propicio? No importa, porque, si lo es, tanto mejor, y si no lo es, también, pues toda epopeya empieza en el momento más bajo del destino del héroe, de modo que, a diferencia de lo que sucede con la lírica, todos los tiempos son buenos para la épica.
 


1 Hadot, Pierre, «Conversión», en Ejercicios espirituales y filosofía antigua, Siruela, Madrid, 2006, pp. 177-188.
 

Sobre el autor
Licenciado en Filosofía, Filología y graduado en música clásica. Doctor por la Universidad de Barcelona, con la tesis "El escepticismo en la obra de Jorge Luis Borges", y PhD en Estudios Culturales, por la Universidad de Georgetown, con "Literatura posnacional en Hispanoamérica". Es autor de Literatura posnacional (2007), Que nada se sabe y El escepticismo en la obra de Jorge Luis Borges (2012). Ha publicado diversos artículos en revistas nacionales e internacionales. Actualmente es profesor de Literatura Hispanoamericana en la UB y profesor de Estudios culturales en la Universidad de Stanford.
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