La literatura española explicada a los asnos: sobre la crítica y el reseñismo literario


 
Hay quien piensa que, con tanto blog, los críticos son una especie a extinguir, pero se equivocan.

Como  indica Germán Gullón: «es verdad que la Web 2.0, la segunda generación de Internet, ha originado una proliferación de bitácoras escritas por aficionados, repletas de críticas y reseñas de libros, pero la mayoría contienen comentarios literarios superficiales o bien ajustes de cuentas, donde por lo general la ambición personal pisotea cualquier posible juicio objetivo. Nada conseguirá en el inmediato futuro (…) sustituir a nuestros mejores periodistas o críticos, que van tiempo leyendo y enjuiciando libros». (Una venus mutilada, 2008).

En líneas generales, estoy de acuerdo.

José María Pozuelo Yvancos

Aunque a menudo no lo parezca, la crítica literaria es un género mayor de la literatura. Exige sensibilidad estética, un profundo conocimiento del panorama cultural de la época y de la historia del arte, un aparato conceptual forjado a base de criterios sólidos y originales, dominio del lenguaje, poderío de expresión, erudición, inteligencia, gusto, curiosidad, originalidad, independencia, elegancia, musculatura, finura. Casi nada, vamos. «La  patria se puede fiar más de un crítico que trabaja, que de un entusiasta que vocifera», escribió d’Ors.

El crítico debería mostrar una cierta ecuanimidad en el juicio de la obra donde nunca todo es diamante ni todo escoria.

Eso lo advertía hasta el severísimo Clarín:

Se condena un libro de escritor excelente, porque en tal libro predomina lo que no merece aplauso; pues el libro ya es un criminal, y para que la pena no se escape por las mallas de las circunstancias atenuantes, el tinte de lo malo se extiende por lo bueno, y se habla de lodo en montón sin justicia, cometiendo una abstracción fetichista y absurda, dando una solidaridad, que no existe, a lo bello y a lo  feo, porque marchan unidos bajo un mismo nombre, el de la obra. (Ensayos y Revistas, 1888-1892).

 
También Ramón y Cajal acertaba con una regla de cortesía que rara vez se guarda:

En los ingenios, como en las higueras, el primer fruto es la breva, que suele ser insípida, aparatosa y grande. Esperemos, para emitir juicio, el brote de los higos. (Charlas de café, 1921).

Todos los reseñistas deberían sentir por su objeto de estudio, si no devoción, por lo menos el mismo interés y hasta cariño que demuestran los oncólogos por un cáncer.

Prefacio a Shakespeare, 1765, Samuel Johnson

Deberían de ser capaces de extasiarse y descubrir las bellezas de las nuevas criaturas, separándolas, si es menester, de sus defectos, y ayudar a hacérnoslas inteligibles con un mínimo de prejuicios.

El problema es que esa es la labor que rara vez cumplen. Por eso los escritores les tenemos tanta tirria.

—Hoy se ha muerto un tirano… —masculló por el colmillo cierto literato en el funeral de Clarín.

Para hacer un compendio de lindezas dichas por los autores, prefiero primero, salir, fuera de nuestras fronteras.

La crítica es «la actividad por medio de la cual se adquiere, con poco gasto, importancia» (Samuel Johnson); «ocupación de aficionados fracasados» (Goethe); de «jueces que no pudieron erigirse en reyes» (Hebbel); «de los que fracasaron en la literatura o el arte» (Disraeli);  «mordaza  de  la  opinión» (hermanos Goncourt); «algo tan imbécil como el esperanto»  (Cendrars);  «una cárcel  eterna» (Aragon);  «una especie de enfermedad infantil que afecta en mayor o menor grado a los libros recién nacidos» (Lichtenberg).

También se ha observado que los críticos son «gente que enturbia el gusto y envenena los sabores» (Joubert), «hombres que esperan milagros y «tábanos que impiden a los caballos trabajar la tierra» (Gorki).

Joseph Joubert (1754 – 1824)

Pero quien lo clavó fue Dostoievski: «Era un ser insignificante, inútil, majadero, un aborto de la sociedad, sin aprovechamiento posible, pero repleto de un amor propio enfermizo y desmedido que ninguna cualidad justificaba. Era la encarnación personificada de esa vanidad sin límites que se encuentra especialmente en algunas nulidades envenenadas por las humillaciones y los ultrajes, rezumando envidia por todos sus poros al menor éxito ajeno. Y todo ello sazonado por la más extravagante susceptibilidad».

Eso se llama dar en la diana.

Aquí, entre los contemporáneos, Trapiello lo tiene claro: «No sé por qué, ni creo que lo sepa nadie, los críticos tienden a confundir pedantería con inteligencia y estilo con pesantez. Para ellos una cosa clara es tonta y una página sencilla, un descuido imperdonable del autor».

En cuanto a los clásicos, un olímpico Unamuno pensaba que al crítico debían de serle tan indiferentes los escritores «como ranas o conejillos de Indias». Baroja indicó que «el crítico limita el campo del autor. El autor limitaría, si pudiera, el campo de los críticos, y no les dejaría más especialidad que la de dar bombos». «Un crítico puede tener razón contra una obra y la obra mayor razón contra el crítico», apuntaba Benavente. «La crítica te puede catapultar o enterrar», reconocía Blasco Ibáñez. Y Azorín se callaba, porque ejercía de crítico.

Literatura y Guerra Civil, 1994

Cadalso, en el nada apreciado siglo XVIII, decía que eran como los toros, «forman la intención, cierran los ojos, y arremeten a cuanto encuentran por delante».

Moratín lo puso en verso:

Tu crítica majadera
de los dramas que escribí,
Pedancio, poco me altera;
más pesadumbre tuviera
si te gustaran a ti.
¿Quién te mete a censurar
lo que no sabes leer?

 
Y yendo un poquito más atrás, Lope observaba que «en diferencia igual silba cualquier animal, pero sólo el hombre escribe», y Cervantes, que «nunca dijo bien la crueldad con la valentía».

Criticar, parece claro, siempre fue más fácil que imitar.

Por añadir una anécdota personal, yo tenía un crítico enemigo que cada vez que nos cruzábamos en la feria del libro se escabullía entre los plátanos, a espaldas de las casetas de libreros instalados en el Retiro. Era uno de esos que, a diferencia de Clarín (que tenía el valor de mostrarse como creador), se empeñan en poner la barra imposiblemente alta para justificar que no saltan y, en el fondo, para hacer creer que no tiene sentido saltar. Como si por el hecho de que hayan existido antes grandes saltadores no pudiera uno disfrutar dando brincos.

Feria del libro de Madrid, 2015

Clarín al menos tuvo la decencia de demostrar que la exigencia que le demandaba a los demás era la misma que se imponía a sí mismo. «Quien tu obra censura, que muestre la suya», dice el refranero. Y Clarín jamás criticó a quien, como Galdós, saltaba más alto que él.

Pero sobre todo el crítico suele ser alguien que comprende que, a mayor exigencia, mayor poder sobre los demás. Muchos creen que el colmo del buen gusto es hacerse, no de miel, como en el XIX, sino de hiel. Y, paradójicamente, les  funciona. Son bastantes los escritores que desarrollan con respecto a ellos un auténtico victimismo. Algunos incluso les envían sus obras a sabiendas de que tienen muchas papeletas de que se las despedacen.

Por suerte, también están los que sencillamente disfrutan de la literatura con la pasión y el entusiasmo de quien espera una revelación en cualquier página. La decepción es la norma, pero no por ello pierden la ilusión y se mantienen alerta para descubrir la excelencia allí donde se encuentre.

Lectores voraces, con una curiosidad insaciable, a quienes les gusta detectar el talento en ciernes, o bien saludar al artista contrastado, y  que procuran en cada caso explicar dónde radica el interés de la obra, más atentos a virtudes que a defectos, ansiosos siempre de compartir su deleite. Los hay que hasta comprenden que, cuando no hay deleite, lo más elegante es callarse.
 

Sobre el autor
(Madrid, 1971) Es licenciado en Historia Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. En 1994 quedó finalista del premio Nadal con su primera obra, Historias del Kronen. La novela tuvo una gran repercusión y abrió las puertas a una nueva generación de escritores. Tras su publicación el escritor vivió durante varios años entre Madrid y Toulouse. Actualmente reside en Madrid.
Submit your comment

Please enter your name

Your name is required

Please enter a valid email address

An email address is required

Please enter your message

PliegoSuelto | 2017 | Creative Commons


Licencia de Creative Commons

Una web de Hyperville

Desarrollada con WordPress