La literatura española explicada a los asnos: Eugeni d’Ors

Eugeni d’Ors (1882-1954)

 
«Solamente soy un especialista en ideas generales» Eugeni d’Ors

Bastaría un aforismo tan sutil y poderoso como «lo que no es tradición es plagio», integrado ya en el acervo de la sabiduría popular, para garantizarle a d’Ors un lugar privilegiado en el panteón de los pensadores más originales en lengua castellana y catalana.

D’Ors fue un Gracián de la estética, un primo hermano celtíbero de Valéry, un aprendiz de Poussin y, además, un portento de erudición, de sabiduría, de sutileza, de saber pensar y de saber sentir, que a veces es más difícil.

D’Ors reunía todas las condiciones para reinar en el Parnaso peninsular. Pero se topó con Ortega.

Como escribió Umbral, gran dorsiano (es difícil no tropezarse con Umbral en las mejores esquinas de la literatura carpetovetónica), fue un príncipe de las letras que coincidió con otro príncipe. En nuestras letras los genios parece que llegan por pares: Lope y Cervantes, Quevedo y Gracián, Galdós y Clarín, Machado y Juan Ramón, Ortega y D’Ors.

Jordi Gracia, 2014

D’Ors también fue víctima de su propia estética. Una estética de lo breve, que aspiraba, a través de sus glosas, firmadas a menudo por alter-egos (Xenius, Octavio de Romeu), a alimentar a sus lectores y a expandir por todo este territorio peninsular tan barroquizado el espíritu sutilmente corrector del Novecentismo o Noucentisme.

Aquello equivalía a diluirse en su época, y d’Ors, pese a no dar tanto la lata con Cristo como Unamuno (tenía mejor gusto), adolecía de una tendencia mesiánica indudable: algo en lo que, a tenor del ansia con el que seguimos alimentándonos de sus aforismos, triunfó. No dejaré de repetir que la mayor gloria a la que puede aspirar un artista es a introducir una palabra, un pensamiento, una frase en el ADN cultural de una comunidad. ¿No sería bonito pensar que cada uno de nuestros proverbios fuera el pecio de una hermosa narración desaparecida?

La originalidad de su escritura la certifica Umbral:

Durante este siglo XX sólo se han inventado en España dos géneros literarios, y los dos en el periódico: la glosa y la greguería. No se puede escribir en los periódicos con un poco de dignidad sin incurrir en la greguería o en la glosa, o en ambas cosas a la vez, como el propio d’Ors. (Francisco Umbral)

Tanto por su concepción estética como por su inteligencia privilegiada y su penetración, d’Ors es un escritor que cumple en el panorama español una función análoga a la que cumplió Paul Valéry en Francia. Más aprovechable para la literatura y menos circunstancial, si se me permite el adjetivo, que Ortega. Menos plúmbeo, también. Y bastante más francés que alemán, lo que ya de por sí es muestra de un buen gusto muy catalán.

Josep Pla (1897-1981)

Su compatriota Josep Pla, temperamento telúrico donde los haya, quien de ninguna manera podía entender el talento etéreo, culturalista y abstracto de d’Ors, lo puso de otra manera: «Siempre habla en cursivas». Y es cierto que para disfrutarlo plenamente conviene tener un mínimo bagaje y, a ser posible, una formación francófila. Pero no por ello deja de ser uno de los mejores escritores fragmentarios del siglo.

La glosa periodística dorsiana tiene un perfume poético e ideal, a jardín culturalista, que la aproxima, en cierto sentido, a un poema de Juan Ramón.

La glosa consta de una noticia, un pensamiento agudo, certero, y una ironía, una broma, a veces un chiste. Todo esto en un folio, a veces dos o tres, pero vemos que queda mejor en esa lápida de estraza que eran los periódicos de entonces, en esa esquela que se pone a sí mismo todos los días. (…) Todo el periodismo literario viene de él, que abrió el camino a los grandes prosistas de la Falange: Sánchez Mazas, Mourlane, Michelena, Eugenio Montes, Foxá, etc. (Francisco Umbral)

De sus libros, le tengo un cariño especial a Gnómica. Guardo un ejemplar pequeñito de la edición del 41 (ni en eso ha triunfado el pobre d’Ors: su primera edición me costó veinte euros, cuando la de alguno de sus coetáneos valdría hoy quince veces más). Es una preciosidad de texto, y basta entreabrirlo al azar para que salten por doquier las perlas. No hay más que escoger entre tantas «golondrinas de la Dialéctica», como las bautizó su autor:

«Elevar la Anécdota a Categoría»

«Sé como un diamante. En el cuerpo del diamante la Geometría se hace luz»

«La forma decide. El exterior decide. La actitud decide»

«El Gusto es el Genio socializado»

«Todo pasa. Pasan pompas y vanidades. Pasa la nombradía como la oscuridad. Nada quedará en fin de cuentas, de lo que hoy es la dulzura o el dolor de tus horas, su fatiga o su satisfacción. Una sola cosa, Aprendiz, Estudiante, hijo mío, te será contada y es tu Obra Bien Hecha»

«Es difícil, a menos de cobarde eclecticismo, encontrar un concepto de poesía lo bastante amplio para comprender a la vez a La Fontaine y a Victor Hugo. Si el uno es poeta, el otro no puede serlo»

«En España lo más revolucionario que se puede hacer es tener buen gusto»

«Entre dos explicaciones elige la más clara. Entre dos formas, la más elemental. Entre dos palabras, la más breve»

Etcétera.
 

Sobre el autor
(Madrid, 1971) Es licenciado en Historia Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. En 1994 quedó finalista del premio Nadal con su primera obra, Historias del Kronen. La novela tuvo una gran repercusión y abrió las puertas a una nueva generación de escritores. Tras su publicación el escritor vivió durante varios años entre Madrid y Toulouse. Actualmente reside en Madrid.
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