Los escritores y sus textos: Miguel A. Zapata comenta su libro Voces para un tímpano muerto

Página de «A book of nonsense», Edward Lear, 1846

 
En la siguiente columna, concebida especialmente para Pliego Suelto, el escritor y profesor Miguel A. Zapata (Granada, 1974) indaga en el imaginario que nutre su nuevo libro: Voces para un tímpano muerto (Talentura, 2016), un artefacto que encadena una serie de textos breves donde se recoge el legado familiar del gusto por el lenguaje y por contar historias de fabulaciones imposibles. 

A veces, hay que escarbar en el pasado para proyectar nuestra sombra hacia el futuro. La literatura está plagada de este tipo de paradojas temporales, ya que trabajamos con el material sensible a la luz que es, sin que lo sepamos, nuestra particular intrahistoria.

 
Leía hace unos meses un texto crítico sobre mis microrrelatos y sus vínculos con lo fantástico y lo cotidiano, mientras le daba yo vueltas a la génesis de mi último libro, Voces para un tímpano muerto. Si me detengo a analizar los más de tres centenares de textos que componen mi obra breve, reconozco que el sustrato de lo irreal aparece con fuerza en tramas, personajes y situaciones. No obstante, había algo más en todos esos años de escritura intermitente que unificaba los textos, variadísimos en enfoques, estilos, construcción y argumentos. Pero no acertaba a adivinar qué era ese algo homogeneizador.

Una tarde, hablando con mi padre por teléfono, me pedía él anécdotas recientes de mi hijo, de su único nieto (la distancia centenaria en kilómetros hace de la conexión telefónica un cordón umbilical necesario y resistente a tijeras y matronas). Mientras le relataba alguna trastada jocosa del chaval, miraba yo a mi hijo jugando en el suelo del salón, miraba yo sus pies. Por vez primera percibí una particularidad física en uno de sus dedos, apenas un detallito, algo insignificante pero que era idéntico en él, en mi padre y en mí.

Al despedirme y colgar el teléfono, seguí pensando en textos, padres e hijos. Y ahí pude ver esa conexión invisible.

Cuando de niño yo era reticente a dormir y reclamaba una continuación sine die de mis juegos, mi padre entraba en el dormitorio, se tumbaba a mi lado y comenzaba un alucinante festival de historias y personajes inauditos: el torero japonés Hachiro Kataoka (excéntrico y de arrojo admirable), los “Gúsanos” (seres informes y viscosos que habían creado su propio microcosmos bajo la cama) o “El Maragato”, un portero de fútbol callejero imbatible y que volaba de palo a palo con misterio de ave y barriada.

En los igualmente difíciles momentos previos al sueño de mi hijo, yo he recurrido también a la intuición del disparate y lo inverosímil, como un sello de genética alucinatoria (ahora lo sé) que se manifiesta al caer las primeras sombras de la noche: triciclos voladores que surcan las nubes, narices que lloran por perder el olfato, lunas que velan el sueño sentadas en el alféizar de la ventana… Breves cuentecillos de locura suave, casi limericks improvisados por un Edward Lear doliente de insomnio. Constatar el primer resuello mínimo sobre la cuna supone el orgullo del trabajo bien hecho.

“Voces para un tímpano muerto”, me dije entonces, como si fuese una suerte de verdad revelada, es una cadena de transmisión, un legado familiar de gusto por el lenguaje y las historias, de fabulación imposible y deseos de contar al hombre, a sus quimeras, dolores, asombros, glorias, horrores y dudas. Las fábulas nocturnas de mi padre están ahí, mis improvisaciones a pie de cuna con mi hijo están ahí.

Miguel A. Zapata

Hablo en este libro de insectos perversos, de coleccionistas de pies, de paternidades y maternidades amenazadas por sucesos asombrosos, de culturistas con fervor cósmico por sus músculos, de trenes fantasmagóricos, de cárceles de diseño sorprendente, de manchas en la pared más vivas que los propios hombres que las contemplan.

Perdí Voces para un tímpano muerto (la mitad de lo que ha terminado siendo) hace cuatro años por un virus informático, una tosferina de bits que la mandó al limbo. La rehíce, con arrebatos de fiebre, en los años que siguieron a la pérdida, entreverando esas decenas de historias con mis empresas novelísticas, pero sabiendo siempre que era, por alguna razón que no acertaba a reconocer, el proyecto más especial en que me había embarcado como escritor.

Ahora lo veo claro, sí. Ahora reconozco las semillas de este libro. Ahora sé que la literatura, sea fantasiosa o apegada a la realidad, sea confesional o ilusoria, se alimenta calladamente, dentro de las tripas, de lo que nos hizo guardar los prodigios de la infancia para proyectarlos en sesión continua en la pantalla del ordenador cada vez que nos sentamos a escribir.

Edward Lear, 1846

Los collages de mi padre que abren cada separata de Voces para un tímpano muerto son el refrendo de esa continuidad de las historias que pasan y mutan de generación en generación. Un legado que dejar, una herencia recibida, formas pasadas, presentes y futuras de fijar en el aire que desplazamos con nuestra presencia un perfil de lo que realmente somos.

Quizá algún día, dentro de un número de años razonable, mi hijo abra la cubierta de este libro y sienta un aire familiar indefinible al pasar las páginas y leer esos cuentos, prosas poéticas, microrrelatos y fabulillas deformes.

Quizá algún día, sí, cuando este escritorio ante el que tecleo con la memoria en llamas haya dejado de existir o se haya convertido en otra cosa distinta. Como las historias.
 

Sobre el autor
(Granada, 1974). Desde 2002 desarrolla su labor literaria y docente en Madrid. Ha publicado recientemente la novela Las manos (Candaya, 2014) y es autor de diversos volúmenes de cuentos. Su obra ha recibido numerosos premios de narrativa breve y ha sido incluida en algunas de las más relevantes antologías y compilaciones del género.
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