Guillem López: “Lo real es solo una manera de ver las cosas, incluso aquellas verdades indiscutibles”

Explosión del transbordador espacial Challenger (28 de enero de 1986)

 
La tragedia del transbordador espacial Challenger cumplirá 30 años en enero próximo. Guillem López Arnal, escritor nacido en Castellón, a través de su novela Challenger (Aristas Martínez, 2015), reconstruye lo que aconteció aquel 28 de enero de 1986 bajo la óptica del género fantástico. El autor –que también ha escrito Piensaciertos (2013), Dueños del destino (2011) y La guerra por el norte (2010)– nos cuenta los detalles.

En tu página web te defines como un escritor de género fantástico. ¿Cómo llegaste a ello y qué te interesa del género?

Tuve que pasar todo un proceso de definición hasta ser consciente de que lo que realmente quería escribir era literatura fantástica. Creo que es un proceso que todos los escritores pasan de alguna u otra forma, hasta que encuentran un motivo por el que justificar todo este rollo de la literatura.

Guillem López, 2015

Para mí, y a estas alturas, escribir género fantástico es rendir un homenaje a los orígenes de la literatura, hacer frente a aquello que nos hace humanos y que tanto nos aterroriza desde la Ilustración: lo ilógico y caótico de la existencia.

¿Te planteas la escritura desde lo fantástico o hacia lo fantástico?

Ambos puntos de vista implican una dimensionalidad del hecho fantástico y lo convierten en un absoluto: en meta o punto de salida. No puedo concebir un mundo en el que no exista lo fantástico, es una mera cuestión de probabilidades. En algún lugar o momento tiene que existir algo a lo que no podemos encontrar respuesta, que no debería estar ahí.

En parte, y dentro del fantástico urbano, prefiero llamarlo “lo inesperado”: es una necesidad matemática, un fallo de sistema. Al manifestarse, puede destrozar la coherencia, pero eso no significa que no existiese antes o después, simplemente estaba ahí, aunque nadie lo había visto.

Tu última novela, Challenger, toma el título del transbordador espacial homónimo que sufrió un fatídico accidente el 28 de enero de 1986. De hecho, toda la novela se estructura en torno a este día clave, que sirve de trasfondo en el discurrir de los personajes. ¿Qué te llevó a focalizar tu atención sobre este acontecimiento?

Tenía que escribir algo sobre el transbordador espacial Challenger. Era una especie de necesidad que arrastraba con los años. Fue una de esas cosas que marcan a una generación.

Teachers in Space, NASA

Estuve valorando otras grandes tragedias en la historia contemporánea. Lo importante era plantear una novela en un escenario real e irrefutable que hubiese pasado a formar parte del imaginario popular y contraponerlo al hecho fantástico. Sin embargo, además de las supersticiones personales, el Challenger tenía una gran carga simbólica: poner un ser humano en órbita, Ícaro, el ritual de la tecnología y la manera en que nos emociona algo que no podemos comprender… Resulta que el humanismo nos devuelve a un estado inicial de nuestra existencia en que salimos de la cueva, y lo que hay ahí fuera nos deja sin palabras o gruñidos: el resultado es el mismo.

Por otra parte, había una especie de euforia colectiva a mediados de los ochenta, un derroche de orgullo y jolgorio capitalista. El programa de Ronald Reagan de Teachers in Space es un buen ejemplo: poner un profesor en órbita, incluso tenía que dar una clase desde el espacio. ¿Quién tuvo la idea? ¿Por qué carajo nadie le dijo que era una chorrada que costaba millones de dólares? Porque a nadie le importaba. Esa era la actitud. El programa espacial estaba en la vía muerta: no era más que un escenario de cartón piedra.

Los Reagan en la NASA, 1982

Y, sin embargo, el Challenger estalla y todo se hace añicos. Lo imposible ocurre. Porque en ese momento lo imposible era que el transbordador estallase durante el despegue, a pesar de que es uno de los momentos más delicados de una misión y que las probabilidades de accidente grave eran de una contra cuatrocientas y pico. Un suceso trágico a ese nivel ilumina los rincones y aparecen muchas cosas ocultas.

La estructura de la novela también se nutre de ello, pues se divide en setenta y tres capítulos, un número que corresponde a los segundos que la nave estuvo lanzada en el aire. ¿Qué te interesaba al realizar esta correspondencia?

Soy un ferviente defensor de que la novela es un artefacto narrativo en todos sus aspectos. La estructura tiene que contar algo también. Los setenta y tres segundos de vuelo del Challenger fueron una mera casualidad física. La fuga de combustible en el cohete derecho apareció en el mismo momento en que se dio la orden de ignición. Sin embargo, las pequeñas virutas de aluminio que se diluyen en el combustible sólido taponaron la brecha empujadas por la presión y ralentirazon la desintegración de la nave hasta el segundo setenta y tres de vuelo.

Guillem López

La realidad, una vez más, se conforma por la interacción de minúsculos elementos que de forma azarosa producen grandes acontecimientos; algunos de ellos improbables, casi tanto que parecen fantásticos, aunque solo son una necesidad literaria en nuestras vidas.

Los capítulos tienen una extensión corta más o menos similar, lo que da mucho ritmo a la novela. ¿Qué efecto buscas con ello?

El ritmo es uno de los grandes secretos de la escritura. Un narrador tiene ritmo. Es cosa de intuición. No vale solo con armar un ejército de fichas y notas de colores. Escribir es un poco como el jazz: hay que ser buen músico, aunque al final va más de sentir.

La nota inicial del libro (“Todos los personajes de esta novela existen en la actualidad o existieron durante el momento en que se narran los hechos”) denota que claramente existe un juego metaficcional que se desliza entre los propios límites de los subgéneros de la narrativa y las teorías científicas. ¿Se trata de una verdadera declaración de intenciones?

Así es. La nota del autor es una invitación a creer y es parte de la metaficción de la novela. Se entiende –con todas sus consecuencias– cuando se lee el último capítulo y todo cobra sentido.

Lo real es solo una manera de ver las cosas, incluso aquellas verdades indiscutibles. ¿Existe el monstruo en las alcantarillas de Miami? ¿Y el espía ruso? ¿Y la vidente que predijo todo? Quizá, en alguna parte.

James Cameron, 1984

Challenger, precisamente por este vaivén entre géneros, y también por su estructura, me lleva también al cine. ¿Te has inspirado de este sustrato a la hora de pensar y escribir la novela?

Challenger tiene muchas referencias cinematográficas, es cierto. Terminator (Cameron, 1984) es una de ellas, y sobrevuela toda la novela. Aunque son muchas las películas de los ochenta que se nombran. Yo me crié frente al VHS, ¡aleluya!

Aunque no todo queda ahí. El narrador toma una distancia y una cadencia un tanto visual. Quizá eso ayuda a la hora de dejarse llevar por la red de realidades que es Challenger.

En este sentido, los numerosos personajes de la novela no solo comparten Miami como escenario, sino que están interconectados entre ellos. ¿Cómo te decidiste por esta presentación coral?

La realidad no es más que la suma de realidades subjetivas. Es un poco polémico. Alguien se puede rasgar las vestiduras, pero ¿qué le vamos a hacer? Yo a eso sumo la posibilidad de convertir en personaje cualquier cosa, incluso el escenario se convierte en personaje –Miami es uno más–.

El conjunto de todas esas realidades es la realidad de esa mañana de enero. Y de nuevo, la trampa se comprende al acabar el libro. Después de todo, ¿qué es lo real?, ¿quién comparte realidad con quién? Es un juego hermoso que da una nueva dimensión –de hecho da varias– a la novela coral.

Sabemos de tu afición por los mapas, ¿has creado alguno para los diferentes cambios de escenario de los personajes?

Dibujé muchos mapas, notas al pie y tarjetas para no perderme ni que se perdiesen ellos. Al final llegamos a buen puerto.

¿Qué viene después de Challenger?

Viene ciencia ficción weird ambientada en Valencia, y más cosas que no puedo decir todavía, aunque espero hacerlo pronto.
 

Sobre el autor
(Salon de Provence, 1986). Aunque nacida en Francia, España es, sin lugar a dudas, su país de adopción. De hecho, se especializó en literatura española y, concretamente, cursa un doctorado sobre dramaturgia contemporánea. Es co-directora de la Revista de Investigación Teatral Anagnórisis. Y, a pesar de la crisis, también co-dirige la Editorial Anagnórisis, sello digital especializado en teatro y estudios humanísticos.
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