Esplendor Geométrico | Neuridina (1981)

ZANG-TUMB-TUUUMB […] traak-traak […]
pic-pac-pum-tumb […] flic flac zing zing sciaaack ilarí
[Marinetti, 1913]

 
La primera imagen que nos viene a la cabeza cuando pensamos en la producción en serie es la cómica —aunque no por ello menos seria— catástrofe de 1901 de Olds Motor Works, en Detroit, capital de la automoción durante la primera mitad del siglo XX. Del incendio se salvó uno de los modelos, el Curved Dash, por lo que la difusión de la técnica no quedó abortada, solo postergada, por un breve periodo de tiempo. Poco después, en 1908, Ford la convirtió en emblema de los tiempos modernos y de las brutalidades calculadas que estarían por venir.

Aquí nace la ambigüedad inherente a la música industrial: el tempo lo marca el atornillamiento y el soplete de una cadena de montaje, aunque se considera que su perspectiva es irónica. Para un profano resulta difícil sustraerse a la lógica mecánica de la fábrica si escucha a Esplendor Geométrico, banda fundamental para comprender la efervescencia de la música española en la década de los ochenta.

El nombre se debe a un poema de Marinetti, cuya imaginería no solo alimenta los sueños metálicos del fascismo, sino también las pesadillas postapocalípticas de cineastas como Kurosawa (Los sueños de…, 1990) o Tsukamoto (Tetsuo, 1989); el primero hablaba de la culpa, de la insensibilidad científica de aquellos que habían contribuido al desastre; el segundo, de la necesidad del hombre de metamorfosearse en máquina, de injertarse el poder de la aleación, muy Do It Yourself: mimetizarse con el hierro arrancándose la piel. No se trata de una visión optimista y una pesimista, son las dos caras del mal.

La ironía podría asomar en el exterior. La retórica de Laibach, por ejemplo, es crítica con el nacionalismo y su versión armada, el patriotismo, por cuanto este repite motivos, proclamas, escudos de armas y otros lugares comunes: “fetichismo de las pequeñas diferencias”, lo llaman. Tal vez eso sea insuficiente.

En el medio está la posibilidad de afirmarlo todo, pero también de anularlo. La difusión de masas nunca puede ser íntima, por mucho que una cantante folk susurre. La fabricación en serie nunca puede ser crítica, por mucho que se la vista de cinismo. “Esta evolución hacia el «sonido ruido» no había sido posible hasta ahora. […] Nosotros los futuristas hemos amado todos profundamente las armonías de los grandes maestros y hemos gozado con ellas. Beethoven y Wagner nos han trastornado los nervios y el corazón durante muchos años. Ahora estamos saciados de ellas y disfrutamos mucho más combinando idealmente los ruidos de tren, de motores de explosión, de carrozas y de muchedumbres vociferantes”, escribía Luigi Russolo, camarada de Marinetti, que formuló en 1916 la posibilidad de una sinfonía del caos urbano, algo así como una celebración del sonido del acero y del motor. La guerra es la ocasión perfecta para desarrollar todas las potencialidades del concierto definitivo, que también podría ser el último.

En este vídeo de Esplendor Geométrico se aprecia precisamente el orden claustrofóbico de los sólidos, este fascismo pitagórico del que nunca va a poder zafarse la música industrial, mensajes aparte.
 

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