Patrick Modiano: el arte de escribir la misma novela una y otra vez

Patrick Modiano en 1978

 
La acogida del Premio Nobel de Literatura de este año que ahora se cierra ha suscitado un sin fin de reacciones de la más diversa índole. Algunos celebraron la noticia como si su equipo de fútbol acabara de ganar cualquier campeonato continental –“Modiano por fin recibía los laureles que el destino parecía quererle escamotear”–. Otros, manifestaron su contrariedad ante el fallo de la academia sueca –“Modiano no reunía los méritos necesarios para recibir tal distinción”–. Y la gran mayoría disimulaba perpleja dado su absoluto desconocimiento del autor francés.

Entre los hispanohablantes, la reacción más común ha sido la tercera. Patrick Modiano en España nunca ha sido un superventas, hecho que ha provocado que los miembros de su parroquia lo consideremos nuestro pequeño secreto: un autor de los de levantarse de la cama y ponerse el traje y corbata para seguir leyéndolo

Patrick Modiano, 1984

La obra de Modiano es prolija. Sin embargo, nunca dejarán de aparecer los que digan que todas sus novelas son iguales. Temas, escenarios, personajes y tramas son recurrentes, es cierto, pero para sus admiradores ahí radica su mayor atractivo. Para el iniciado, abrir un libro de Modiano supone encontrarse en el terreno de lo ya conocido, volver a recorrer recuerdos y emociones ya desgranados, evocar lugares pretéritos de la mano de viejos amigos. El lector de Modiano sabe lo que va a encontrar antes de empezar cualquiera de sus libros y no por eso deja de acudir puntual a la cita. Sus detractores siempre le acusarán de escribir la misma novela una y otra vez.

Modiano es un claro ejemplo de escritor que supo encontrar su voz. Sus tan ahora alabadas primeras novelas, recopiladas con el título Trilogía de la ocupación (1972-1989), nos muestran a un narrador de raza. Con ecos celinianos, ya nos emplaza en un tiempo narrativo pretérito, nos habla de un París tomado por los nazis, del colaboracionismo, de los judíos que venderían hasta su propio padre para sobrevivir y de los que recorren la ciudad buscándolo sin esperanza. Son tres novelas provocadoras, en fondo y forma, que se van atemperando conforme avanzan en el tiempo, donde ya se trasluce la amargura que después será su característica más reconocible.

En el café de la juventud…

Tras este debut literario, las más de treinta novelas que siguieron a estas tres adoptaron una simplicidad formal envidiable. Muchas veces olvidamos lo difícil que es conseguir la aparente sencillez de un texto. Modiano parece no realizar esfuerzos para conseguirla. La extensión de sus libros es corta, pocas veces más de doscientas páginas. Es la manera de recordar al mundo que no son necesarias quinientas páginas para contar una historia.

El tiempo siempre es pasado, herido por las imperfecciones de los recuerdos. Esa imperfección nos oculta detalles de los personajes, de los hechos, bien porque se han olvidado, bien porque no llegaron nunca a conocerse. En el café de la juventud perdida (2007), novela que le valió el Premio Goncourt, varios personajes, que en un momento determinado regentaron un café parisino, recuerdan a una misma chica, desde distintos puntos de vista y sin haberla conocido realmente. En la fuerza de este recuerdo se produce cierto efecto catártico, rehaciendo el recuerdo desde la subjetividad. Y de ahí a la amargura y a la melancolía sólo hay un paso.

Livret de famille, 1977

Especial importancia juegan los recuerdos autobiográficos en Un pedigree (2005), de su infancia y juventud, y en Livret de famille (1977), de su propia familia. Sin embargo, estos se mezclan con otros recuerdos literarios, imaginados, no vividos, pero igual de reales. Vidas pasadas que fueron y que pudieron ser al mismo tiempo. Una ficcionalización de la realidad a la que recurrió también en Dora Bruder (1997), donde intentó reconstruir la vida de una chica judía ejecutada en los campos nazis. Ahí radica parte del encanto de la mirada de Modiano.

El momento en el que se desarrollan las historias suele omitirse. Pero la sociedad intransigente, tradicional, llena de prejuicios que se dibuja al fondo de todos los libros de Modiano nos remite al gaullismo, donde el fantasma de la guerra todavía se paseaba entre las sombras de los edificios parisinos. Muchas veces, personajes jóvenes que intentan buscar su lugar en esa sociedad deambulan desesperanzados y sin futuro. Tal es el caso de los protagonistas de Una juventud (1985).

Las desconocidas, 1999

En algunos casos, Modiano ha ido más allá, como por ejemplo en Las desconocidas (1999), donde tres chicas de las que no llegamos a conocer el nombre, se encuentran en entornos urbanos solas. Por algún motivo han abandonado sus hogares, no sabemos por qué, lo mismo que tampoco sabremos qué les deparará el destino. Sin embargo, sí percibimos los prejuicios de una sociedad que no acepta la independencia ni el anhelo de libertad.

Otras veces el desamparo y la incomprensión del mundo han transformado al protagonista de sus novelas en un niño, como en Reducción de condena (1997). Allí los juegos de niños se confunden con los peligros adultos de las actividades ilegales. Así la sensación de desamparo y abandono se acrecienta.

Muchas veces Modiano nos propone un misterio, como por ejemplo en Accidente nocturno (2003) o en la ya mencionada Dora Bruder, pero siempre está más interesado en evocar personajes y oportunidades perdidas que en darnos una resolución à la mode. Este tipo de cosas al lector convencional le enervan.

Patrick Modiano en 1969

Como se ve, son muchos los motivos que han hecho del Nobel a Modiano una adjudicación controvertida. Sin embargo, también hay sobradas razones para leer a este escritor que fue un chico parisino cualquiera, que sufrió las consecuencias de una guerra que no vivió, pero que se entregó a la bohème de los 60 como tantos otros, que conoció a Françoise Hardy y que pudo haber vivido una vida que no fue, como la de sus personajes, junto a ella.
 
 

Espero haber sabido recomendarles a un gran escritor. Buena lectura.
 

Sobre el autor
(Jaén, 1975) A edad temprana llegó a la misma conclusión que Wenceslao Fernández Flórez: nada mejor podría hacer con su vida que regentar una tienda de ultramarinos. Mientras que ahorra para montarla, se dedica con fruición a la España decimonónica y a la Teoría del Estado.
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