Jenn Díaz: “Lo de las generaciones es algo que necesita el periodista. Al escritor le da un poco igual”


Jenn Díaz (Barcelona,1988) es autora de las novelas Belfondo (Principal de los Libros, 2011), El duelo y la fiesta (Principal de los Libros, 2012) y Mujer sin Hijo (Jot Down, 2013). En la siguiente entrevista la joven escritora nos habla de su última novela, Es un decir (Lumen, 2014), en la que retrata la historia de Mariela, una niña de once años que acaba de perder a su padre y que debe crecer, junto a su madre y su abuela, en un ambiente cargado de secretos.

Colaboras con las revistas Jot Down y Granite & Rainbow, con el blog Mujeres de El País y desde hace tiempo tienes tu propio blog. Sin embargo, has creado recientemente la revista Matrices, un espacio también dedicado a la mujer, pero en el que te permites tocar ciertos tabús o la denuncia. ¿Cómo nace la idea de este proyecto?

Después de leer varias noticias escandalosas relacionadas con la desigualdad y la mujer, y ya rozando la desvergüenza, decidí que tenía que unificar todas mis energías dedicadas al tema y ofrecer algo más recogido. Escribo en varios medios y acostumbro a enfocarlo desde un punto de vista femenino, porque creo que hace falta que alguien se ocupe de hacerlo así, pero la denuncia que quería hacer era más personal, más íntima. Y para poder hacerlo, necesitaba un medio, y para ese medio, necesitaba crearlo. Así que lo hice.

Se ha dicho a raíz de la publicación de la antología Última temporada (Lengua de Trapo, 2013) y de las declaraciones de Alberto Olmos, antólogo de la misma, que las escritoras de esta generación están obteniendo una visibilidad mayor en comparación a las generaciones pasadas. ¿Qué opinas al respecto? Y, por otro lado, ¿consideras que se puede hablar de “generación”?

No estoy tan segura de que eso sea cierto. Quizá las escritoras de mi generación tengamos más visibilidad que las de generaciones anteriores porque nacemos con un blog, un perfil de Facebook y otro de Twitter bajo el brazo, y eso nos proporciona un contacto directo, sin intermediarios. Quizá eso da sensación de mayor importancia, pero sigue habiendo una gran desventaja. Por otra parte, si era verdad que había más mujeres que hombres, ¿por qué la antología siguió un 10+10? A veces la discriminación positiva deja mucho que desear.

Lo de las generaciones es algo que necesita el crítico y el periodista. Al escritor creo que le da un poco igual el término y no se siente nunca en consonancia con otros escritores, porque para buscar esas similitudes se necesita una objetividad que desde dentro se pierde. Puedo sentir mayor o menor admiración, mayor o menor placer con algunos contemporáneos, pero eso no construye una generación.

Hasta la fecha, los lectores te conocen por tu faceta de novelista, sin embargo, en tu blog se pueden leer algunos poemas inéditos e incluso en la antología Última temporada se recoge un relato tuyo. ¿Continúas por la senda de la novela o tienes pensado publicar otros géneros?

Sigo escribiendo novelas, y cuentos, y relatos, y nouvelles. Escribo todo lo que puedo y sé, mejor o peor, porque son distintos canales de una misma necesidad. José Donoso tiene publicados en Bartleby los Poemas de un novelista (2009) y Martín Gaite el poemario A rachas (1976), en el que explica que la poesía le viene así, a rachas, y no se niega a ella. Me considero más narradora que poeta, pero eso no me impide jugar con los formatos y el número de páginas.

Tus novelas dan voz de manera recurrente a temas como la infancia, la maternidad, la ausencia, los secretos o la incomunicación. Entresijos, en definitiva, de otro gran tema: la familia. ¿Qué te ha impulsado a trabajar con estos aspectos?

Son los elementos con los que uno crece. Las primeras dudas, reconciliaciones, enfados, mentiras… Todo lo primero está relacionado con la familia. Me interesa ese micromundo, las normas que hay en cada una de las familias, cómo se crean conflictos entre los miembros de una familia, cómo los resuelven, y cómo después eso te afecta a la hora de salir al mundo en el que ya no mandan tus padres y tu hermano no es el rival.

Es un decir, tu última novela, está enmarcada en un contexto rural y de posguerra. Sin embargo, no estamos ante una novela política ni tampoco ante un mero retrato de la sociedad de la época, ¿por qué esta elección de escenarios? 

Sobre todo por el tipo de lecturas que hice cuando estaba escribiendo mis primeras novelas. Es un decir está escrita desde hace tres años, aunque la he revisado y reescrito hoy, y entonces mis lecturas se movían por aquella época. La guerra y el ambiente asfixiante me permiten poner al personaje en situaciones límites, en las que se ve obligado a desnudarse y actuar por intuición, a la desesperada.

Es un decir se divide en tres partes. Con la primera nos adentramos en la historia de Mariela, en sus dudas, y en sus intentos de resolver –aunque sin preguntar– los silencios y secretos que van tejiendo los mayores. La segunda parte es un revelador monólogo de la abuela. En la tercera, recobra la voz Mariela, pero esta vez ya con respuestas. ¿Cómo has ido elaborando esta estructura tripartita?

Va surgiendo a medida que escribes. Tenía claro que iba a ser en primera persona y que en medio hablaría la abuela para verter un poco de luz sobre las dudas que plantea Mariela. Había un antes y un después en la abuela y eso marcaba con más fuerza las tres partes. Me llegué a plantear que la tercera parte tuviera la voz de la madre, pero era mejor dejarla así.

Por otro lado, en esa segunda parte en la que tiene lugar el monólogo de la abuela, la oralidad juega un papel importante, ¿cómo has trabajado el lenguaje?

De dos maneras: leyendo todo lo que estaba leyendo mientras escribía y teniendo a mi abuela y a la familia de mi abuela en la cabeza. A veces hasta sonaban las frases con su voz y su acento medio extremeño.

La abuela, tras mucho callar, suelta esa retahíla en tono de desahogo ante una mujer moribunda que no puede dar réplica. La madre, tras el asesinato de su marido, se ampara en un silencio sepulcral; y Mariela no pregunta ni tampoco obtiene explicaciones. ¿Se trata de una constante ausencia de interlocutor o simplemente la verdad pesa demasiado?

Por entonces yo ya había leído Retahílas (1974) y Cinco horas con Mario (1971), y supongo que me sentía muy a gusto con esa falta de interlocutor, con el monólogo interior. Además, había leído muchísimos artículos y pequeños ensayos sobre la falta de interlocutor que había escrito Martín Gaite y sentí que también era un tema muy presente en mí, que me interesaba. Desde entonces ha sido un mundo del que no he salido nunca del todo. En Mujer sin hijo también hay un momento en que la señora Albero le habla a su hija en la cama de un hospital y ella está en coma.

El título de la novela, una muletilla además muy en boca del personaje de Mariela, parece anunciar la falta de claridad de algunas resoluciones y afirmaciones. ¿Por qué decides optar por este tipo de final?

Porque me parece un final honesto y real. En la vida te quedas con muchas versiones, con muchas preguntas y dudas, y no necesariamente alguien te las resuelve antes de que mueras o de que otros mueran.
 

Sobre el autor
(Buenos Aires, 1988) Es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Aún sin haber resuelto la incógnita de lo que vendría a ser su profesión, transita por oficios de bibliotecaria o profesora de español, lee, se obsesiona por el arte y la música, e intenta ocuparse junto con Ángela Pujol del excelso menester Hálito Ediciones
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