Rebelión en las aulas: De los rebeldes años 50 a la franquicia de las teen movies

La soledad del corredor de fondo. Toni Richardson, 1962

 
La década de los años 50 del siglo pasado vivió la irrupción de la juventud como nueva clase social después de que dos guerras mundiales impidieran su desarrollo. La bonanza económica propició el denominado baby boom y, de pronto, el mundo occidental se vio colapsado por jóvenes que abarrotaban las aulas como nunca antes había sucedido. El tradicional elitismo universitario y académico debió coexistir a partir de ese momento con la popularización de la enseñanza. Hasta entonces eran pocos los que tenían la oportunidad de formarse y la mujer estaba claramente discriminada en el sistema educativo.

Un recorrido por la presencia de las aulas en el cine muestra con bastante claridad el espíritu de cada época. Si nos remontamos a una película como Carros de Fuego (Hudson, 1981) comprendemos la importancia de un entorno universitario como el de Cambridge en la selección de los atletas que participarían en las Olimpiadas de París de 1924. Unos estudiantes, los elegidos para mayor gloria de su país, que, siguiendo esa tradición tan anglosajona de fusionar mens sana in corpore sano, son número uno en física o matemáticas y, asimismo, figuras destacadas del equipo de atletismo de su college.

Esta misma situación transportada a la década de los 60 se transforma, en La soledad del corredor de fondo (Richardson, 1962), en el gesto de rebeldía de un joven británico de provincias que, al ser enviado a competir contra la escuela rival, decide pararse poco antes de la línea de meta cuando iba en primera posición. Un final tan bello como la carrera de Antoine Doinel, el joven protagonista de la inolvidable Los 400 golpes (Truffaut, 1959), que huye del mundo represivo de su escuela y se lanza a descubrir la libertad.

De modo similar, el cine norteamericano de los 50 deja muestras de insatisfacción y descontento con el sistema educativo y con el futuro que la generación anterior había planificado para los jóvenes. La mítica Rebelde sin causa (Ray, 1955) –además de descubrirnos el look american campus, con chaquetas coloristas y gorras de béisbol– forja el icono de la rebeldía encarnado en la figura de James Dean, quien, en una interpretación portentosa, se enfrenta a la inconsistencia de los valores de sus padres y al entorno competitivo que instiga la universidad.

Otros filmes de aquella década, como Semilla de maldad (Brooks, 1955), plantean la escuela, o el high school, como espacio de conflicto entre bandas callejeras. Un fenómeno que tendrá una repercusión significativa en títulos posteriores como La ley de la calle o Rebeldes de Francis Ford Coppola, ambas rodadas en la década de los 80. En Semilla de maldad, Glenn Ford interpreta a un boxeador pasado a la enseñanza que deberá modular las tensiones de un aula que le recibe lanzando borradores sobre su cabeza. Un profesor que es capaz de romper la colección de discos de jazz de uno de sus colegas docentes e incluso tratar de violar a una profesora.

Pese al halo conservador del desenlace –en el que el profesor se erige en héroe que consigue ganarse a los chicos– el filme constata los problemas raciales de aquel tiempo, además de señalar a la Guerra de Corea como uno de los motivos de la disidencia y rebeldía entre los jóvenes. Por otro lado, se ha de destacar que la banda sonora incluye por primera vez en una película un tema de rock’n roll, el Rock Around the Clock de Bill Halley, que pronto se convertiría en número uno de las listas de éxitos.

Los años sesenta, por su parte, ofrecen películas más amables, acordes con el espíritu de los tiempos, como El Graduado (Nichols, 1967), un filme que tiene como telón de fondo la Universidad de California en Berkeley y en el que un joven Dustin Hoffman se acuesta con la madre su novia, la sexy señora Robinson. Nuevamente hay disidencia pero no tanto como una muestra de rebelión en las aulas sino más bien ante la vida establecida y sus convenciones.

En cambio, Zabriskie Point (Antonioni, 1970) sí que es un filme antisistema en toda regla. En la primera parte, mediante un estilo casi documental, el filme de Antonioni muestra los enfrentamientos reales de los jóvenes de las universidades de Berkeley y Kent con la policía y el ejército norteamericano en el contexto de los años finales del Free Speech Movement, movimiento encabezado por el estudiante activista estadounidense Mario Savio.

Mientras tanto, en Europa, el británico Lindsay Anderson incendia el Festival de Cannes con If (1968), un filme en el que los alumnos de Oxford cargan contra toda la tradición británica imperialista y acaban literalmente ametrallando a sus pomposos profesores. La película de Anderson se alzaría finalmente con la codiciada Palma de Oro del festival en1969.

Los años 7O, por su parte, traerán películas como American Graffiti (Lucas, 1973) o Grease (Kleiser, 1978) en las que la juventud parecerá volver al redil de una América perfecta en donde sólo hay que preocuparse por conducir Cadillacs descapotables y seducir a rubias cheerleaders al son de la música de los Beach Boys. Esta tendencia cándida, nostálgica, inocente y superficial se mantendrá hasta bien entrados los años noventa con películas que ensalzan la figura del buen profesor, tal y como sucede en la “entrañable” El club de los poetas muertos o Una mente maravillosa.

Sin embargo, el cambio de siglo nos recibirá de manera terrible con películas como Bowling for Columbine (Moore, 2002) o Elephant (Gus Van Sant, 2003), ambas basadas en la matanza perpetrada por dos estudiantes en un instituto estadounidense en abril de 1999. En los tiempos recientes, las aulas parecen expresar la neurosis de una sociedad occidental enfermiza que fabrica monstruos y en la que se permite el uso indiscriminado de armas. El cine muestra adolescentes encerrados en mundos virtuales que reproduen fatalmente las hazañas de sus héroes en el mundo real. Las tensiones fruto de una crisis económica, los conflictos raciales y la frustración entre los docentes queda reflejada perfectamente, a veces de forma hiperbólica, en películas como la francesa La clase (Cantet, 2008) o la alemana La ola (Gansel, 2008).

En paralelo a estas películas, vemos como el subgénero de las teen movies –forjado en los albores de la era Reagan, con títulos fundacionales como la divertida Porky’s (Clark, 1982)– se ha consolidado en la industria de Hollywood como producto rentable y descafeinado. Un tipo de filmes plagados de adolescentes en high schools cuyas preocupaciones principales son, fundamentalmente, ligar y divertirse. American Pie (Weitz, 1999) es uno de los ejemplos más recientes y representativos de esta franquicia de género. Un subgénero en el que la relación entre el cine y las aulas parece haberse alejado definitivamente de los aires de rebelión del que se impregnaron destacados filmes en décadas precedentes.
 

Sobre el autor
Soy viajero, futbolero y cinéfilo. Creo en el zen, el monolito y en Leo Messi. He rodado documentales en la India (Rubbersoul), el Tíbet (Railway to Heaven) y colaboro con la revista Viajes de National Geographic. Actualmente llevo el blog pasionesferica.com y la web alexisracionero.com, aunque en lo que estoy docto cum laude es en hippies y el cine Hollywood de los setenta. He escrito los libros, El ansia de vagar, Shanti, Shanti, California Dreaming y El llenguatge cinematogràfic. Doy clases de cine e historia y estilos visuales en Escac.
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