Edmundo Paz Soldán: “Tomo la ciencia ficción como un modo de narrar las ansiedades del presente”


Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967), reconocido escritor boliviano y profesor de literatura en la Universidad de Cornell (Estados Unidos) nos introduce en el mundo distópico de Iris, su última novela (Alfaguara, 2014). Además, nos habla de su faceta como docente universitario y de sus estudios sobre escritores latinoamericanos “raros”, “olvidados” y “malditos”.

Acabas de publicar tu nueva novela, Iris, que sorprende por su ambientación, pues nos topamos de lleno con el género de la ciencia ficción. ¿Cómo nace este giro en tu narrativa?

A principios de la década pasada escribí dos novelas que quería que fueran de ciencia ficción –Sueños digitales (2000) y El delirio de Turing (2003)– pero en su versión final terminaron siendo más realistas de lo que planeaba. Después escribí novelas basadas en hechos reales, con bastante investigación documental. Eso me saturó tanto que cuando inicié el proyecto de Iris, también una novela con base en hechos reales, me di cuenta pronto de que quería hacer algo más libre, más fantástico. Por supuesto, esto no habría sido posible si no hubiera habido desde siempre un interés por el género. Soy un gran lector de ciencia ficción desde la adolescencia. Me tomo la ciencia ficción muy en serio, como un modo de narrar no tanto el futuro sino las ansiedades del presente.

La novela presenta un lenguaje un tanto críptico que juega con el imaginario de un planeta desconocido. ¿Cuál es la razón que te ha motivado a crear este lenguaje propio?

Pensé que si el futuro debía mostrar un paisaje algo diferente, también el lenguaje debía ser algo diferente. No se puede intentar escribir una novela no convencional con un lenguaje convencional. Bueno, sí se puede, pero yo quería evitar esa aporía.

Cada capítulo tiene una gran autonomía ya que cada uno se centra en el punto de vista de un personaje distinto. ¿A qué se debe esta decisión?

Concebí la novela como un viaje, tanto en el sentido literal como en el metafórico. El viaje debía ser por diferentes escenarios de la geografía de Iris, desde la capital militarizada y en ruinas hasta las minas y el valle tropical. Ese viaje también debía mostrar distintas perspectivas de los habitantes de la región, distintas subjetividades. Ahondé en la visión de los colonos porque quería narrar la extrañeza de llegar a ese mundo hermético y hostil.

La presencia de una mina provoca la codicia de los individuos y de las multinacionales, que ven en la guerra una manera de conseguir un beneficio propio. De algún modo se infiere una crítica a la globalización de la economía. ¿Crees que, en este sentido, Iris tiene alguna relación con tu novela El delirio de Turing?

En ambas novelas hay una corporación que es el centro de las críticas y también un levantamiento popular en contra de esas corporaciones. Sin embargo, las diferencias son importantes. En El delirio de Turing trabajaba el punto de inflexión en la crisis del modelo neoliberal en Bolivia. En esa novela la corporación tiene un rol dentro de las reglas de juego creadas por el estado neoliberal. En Iris, en cambio, la corporación es prácticamente un para-Estado, hay una fusión del rol corporativo con el estatal. La corporación define las reglas del juego, tiene sus propios guardias de seguridad y quiere reservarse el monopolio de la violencia en Iris.

Todos los personajes de la novela sufren una profundad soledad que se mezcla con un panorama vital desalentador, marcado por traumas existenciales, guerras y conflictos que solo consiguen paliar con las drogas. ¿Consideras que las drogas son un refugio o una necesidad para que estos personajes puedan seguir adelante? ¿Se trata de una metáfora de nuestra sociedad cada vez más medicada?

Mi idea era mostrar en la novela la imposibilidad que tienen los seres humanos de enfrentarse por sí solos al horror cósmico que significa vivir en Iris. Para eso necesitan de algo, las drogas y/o la religión, como formas de escape y/o trascendencia. Lo importante era que funcionara dentro del mundo de Iris, y que a partir de ahí pudiera tener otros niveles de lectura, otras resonancias.

La violencia está muy presente a lo largo de toda la novela. Una violencia, por momentos espeluznante, que convierte a un hijo en asesino de su propia madre. ¿Cuál es el papel de la violencia en la novela? ¿Cuál es tu reflexión acerca de su presencia en la sociedad actual?

Iris comenzó como el cierre de una trilogía de novelas sobre la violencia en los Estados Unidos –las otras dos son Los vivos y los muertos (2009) y Norte (2011)–. Quería escribir sobre la violencia de las aventuras imperiales, algo conectado con la sociedad norteamericana nacida a partir del 11 de septiembre. Cuando abandoné el registro realista, el fin de la trilogía se convirtió más bien en principio de otra cosa. Pero queda la violencia como el rasgo definitorio de la sociedad. Como esa fuerza primitiva que nos acompaña a pesar de tanta modernización. Como si la violencia no fuera algo a superarse sino más bien algo a modificarse con la modernización, con el progreso, con los avances tecnológicos.

La aparición del personaje de Katja, al final de la novela, marca un gran contraste con los capítulos anteriores, pues evidencia el choque cultural que sufre a su llegada a Iris. Un choque que se puede extrapolar al lector al encontrarse con este mundo que tiene lenguaje propio. ¿Por qué has elegido terminar con este contraste?

Un amigo me dijo que el comienzo de la novela era muy agresivo, que quizás debí ser más amable y narrar la historia de Katja al principio, como para ayudar a que el lector se reconozca en ella, en sus esfuerzos por entender ese mundo. Pero yo quería que el ingreso al mundo de Iris costara. Katja, en la sección final, me servía para darle circularidad a la novela, porque ella es hermana de Xavier, el personaje central de la primera parte. También me servía porque, después de la violencia que se narra a lo largo de las primeras cuatro partes, con Katja venía una especie de juicio moral, de discusión ética en torno a los alcances de esa violencia y del concepto mismo de “guerra justa”.

Además de escritor, das clases de literatura latinoamericana en la Universidad de Cornell. ¿Cómo llevas esta faceta de docente?

A veces resulta un poco esquizofrénico diseccionar como crítico y profesor, de manera analítica, racional, un texto que lees de otra manera como escritor. Pero con los años he aprendido a que estos mundos en los que vivo dialoguen entre sí, se contagien entre ellos. Los libros que leo a la hora de escribir una novela me sirven luego como punto de partida para diseñar clases, y viceversa, ciertos textos que enseño se vuelven fundamentales cuando escribo.

¿Cuáles son los autores que trabajas en tus clases?

Depende del semestre. El próximo otoño dictaré un curso sobre escritores latinoamericanos raros, olvidados, malditos, y hablaré sobre Josefina Vicens, Hilda Mundy, Clemente Palma, Jaime Saenz, Francisco Tario, Pablo Palacio o Nellie Campobello, entre otros.

¿Qué rumbo ha cogido tu investigación después del estudio de la obra del escritor boliviano Alcides Arguedas?

Estoy preparando para la editorial de la Universidad Diego Portales (Chile) un libro sobre escritores olvidados o que no son tan conocidos como deberían en el ámbito hispanoamericano: Arthur Machen, Fleur Jaeggy, Shirley Jacson, James Tiptree jr, etc. El libro se llamará Segundas oportunidades y nace a partir de una sección que lleva ese mismo nombre en el blog Papeles perdidos de El País y de la cual estuve a cargo durante un tiempo.

Para terminar, ¿nos podrías decir en qué proyectos te encuentras trabajando?

En un libro de cuentos ambientados en Iris y en una novela que es una precuela de Iris, pero que se podrá leer como una novela autónoma. Reynolds, en Iris, es el líder de los soldados psicópatas, en la precuela quiero escribir sobre su infancia y su adolescencia. Una educación sentimental en Iris. Una novela con un tono, un registro distintos, espero.
 

Sobre el autor
(Salon de Provence, 1986). Aunque nacida en Francia, España es, sin lugar a dudas, su país de adopción. De hecho, se especializó en literatura española y, concretamente, cursa un doctorado sobre dramaturgia contemporánea. Es co-directora de la Revista de Investigación Teatral Anagnórisis. Y, a pesar de la crisis, también co-dirige la Editorial Anagnórisis, sello digital especializado en teatro y estudios humanísticos.

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