Greil Marcus: cuando la crítica musical se convierte en ensayo histórico y cultural

Rastros de carmín, Greil Marcus, 1989

 
El capítulo “I am an antichrist” –Rastros de carmín (1989)– es toda una declaración de intenciones. Un ejercicio de estilo del crítico musical californiano Greil Marcus (1945) que ha dinamitado la pedantería cultural con sus ensayos libres y completamente abiertos. En casi todos ellos la música ejerce de catalizador para conocer distintos periodos del siglo XX. En el más reciente, sobre The Doors, aprovecha para contar todo aquello que pudieron llegar a ser los años 60.

Fue una época en la que la gente podía haber actuado, e incluso aquellas que lo hicieron, o creyeron hacerlo, formaron un público que sobre todo quería mirar. «El mundo entero está observando» era un ironía estúpida. La gente salió a las calles, gritó, pronunció discursos, cerró el paso a la policía y volvió corriendo a casa para verse en el telediario de la noche, para ser espectadores de sus propias acciones. Yo también lo hice, como todo el mundo. Parecía algo natural. Greil Marcus.

Una visión que encaja perfectamente con las profecías que Guy Debord registró en La sociedad del espectáculo (1967) y que Marcus revisita constantemente en sus ensayos. En su libro sobre el grupo de Morrison y Manzarek, titulado A Lifetime of Listening to Five Wild Years: The Doors, de 2011 (que no es lo mismo que Escuchando a los Doors como aparece en la edición española), Marcus destaca el valor de la banda como grupo que interpretaba la desaparición de la libertad y la idea de que los sesenta no eran ese lugar apacible que más tarde se ha querido vender. Tal y como relata Marcus, Jim Morrison, durante un concierto en Miami en 1969, miró al público y le espetó:

¡Joder, sois un puñado de idiotas permitiendo que la gente os diga lo que tenéis que hacer, dejando que os mangoneen! ¿Cuánto creéis que va a durar? ¿Cuánto tiempo vais a dejar que todo siga igual? ¿Cuánto tiempo? A lo mejor os gusta, a lo mejor os gusta que os mangoneen. A lo mejor os encanta, a lo mejor os encanta vivir con la cara pegada a la mierda. ¡Vamos! Os encanta, ¿verdad que sí? Os encanta. Sois un puñado de esclavos. Jim Morrison.

Marcus añade a propósito de esa noche en la que él mismo se encontraba entre el público:

La gente gritó entusiasmada y rió. Pensaron que formaba parte de la actuación, parte del espectáculo. Al final, con la banda marcando el ritmo detrás de él, Morrison intentó volver a la canción con la que había empezado, hasta que ya no pudo más. Greil Marcus.

Su obra más emblemática y por la que muchos conocimos a Marcus es Rastros de Carmín, un libro exuberante que abre el camino seguido luego por otros autores como Ken Geoff (La contracultura a través de los tiempos), Barry Miles (London Calling), Simon Reynolds (Rip it up and start again: Postpunk) Carlos Granés (El puño invisible) o Servando Rocha (La facción caníbal). En Rastros.., Marcus nos cuenta la genealogía del punk estableciendo lazos con la ruptura dadaísta de principios de siglo XX y con los preceptos del situacionismo francés de los 60.

Este ejercicio intelectual puede parecer algo rimbombante ya que el punk nunca quiso ni debió ser teorizado, pero Marcus articula su discurso de una forma brillante, saltando en el tiempo y el espacio, conduciendo al lector por la historia contracultural como si fuera una suerte de videoclip escrito en el que la información se cuela entre anécdotas personales o el comentario de conciertos y canciones. En todos los casos, Marcus describe una línea alejada de la mera biografía ya que a él no le “interesa conocer a los creadores”, pero, en cambio, le “fascina aquello que quieren expresar con sus obras”.

Su capacidad para establecer vínculos entre la música y la historia cultural y social es incuestionable, aunque tal vez uno pueda no estar de acuerdo en sus gustos musicales. Marcus fue uno de los fundadores de la revista Rolling Stone allá por 1967 y vivió pocos años más tarde una catarsis que lo despertó del sueño contracultural de los sesenta en aquel fatídico concierto de los Stones en Altamont, en el que los Hells Angels mataron a un espectador negro. Acaba 1969, el año en el que Charles Manson y su familia, después de asesinar a Sharon Tate, la mujer de Roman Polanski –y a otras víctimas menos ilustres como Rosemary y Leno LaBianca– escribieron con  sangre “Helter Skelter” en las paredes de la casa de la actriz en el 10050 de Cielo Drive, Los Ángeles. Manson –que iba para cantante– interpretó en su delirio la canción de los Beatles como una llamada al apocalipsis.

En ese momento, Marcus decidió que no quería tener nada que ver con aquello en lo que se había convertido la música pop. Después de que un vendedor de discos de Oakland le descubriera The Anthology of American folk music (1952), se enamoró de los viejos discos del blues del Mississippi y de las raíces del rock’n roll. Este descubrimiento le llevó a escribir Mystery Train (1975), probablemente su obra más importante y la que le dio a conocer públicamente. En Mistery Train, Marcus parte del título de la canción homónima de Junior Parker –versionada por Elvis Presley en 1955– y traza la historia cultural de Norteamérica a partir de seis personajes de la música popular, que divide en dos grupos: los antepasados (Harmonica Frank y Robert Johnson) y los herederos (The Band, Sly Stone, Randy Newman y Elvis Presley).

Como dice Diego Manrique en una reciente crítica publicada en El País a propósito de la reedición de Mystery Train en Editorial Contra, la obra de Marcus: “sirvió de salvoconducto para que el rock entrara en los departamentos de estudios culturales de las universidades”. Sin duda, esta es una de las grandes aportaciones de Greil Marcus a la historiografía moderna. Él abrió el camino a una forma de historiar que luego otros han seguido con acierto, demostrando que la historia puede nutrirse de muy diversas fuentes y que, entre ellas, la música es una de las más importantes para comprender el siglo XX. Su método también es, en cierta manera, deudor de la posmodernidad ya que en sus obras combina distintas disciplinas como el cine, el cómic, el arte y la filosofía, de un modo, en su caso, espontáneo, poco forzado y asequible.

La pasión de Greil Marcus por el folk rock lo ha llevado a dedicar un libro a Van Morrison (When that rough god goes riding) y otros tantos a Bob Dylan. Entre ellos, destacaría Like a Rolling Stone, Bob Dylan en la encrucijada (2005), en el que Marcus relata todo lo que hubo alrededor de la gestación de aquella mítica canción con precisión de cirujano, documentando todas las tomas que se hicieron de ella, contando lo que significó aquel año 1965 en el que aparecieron otros grandes temas como Help y Satisfaction, detallando cuanto sucedió en los meses que van desde que Dylan sacó el álbum Highway 61 Revisited y los Beatles su luminoso Rubber Soul. Un tiempo en el que, asimismo, Estados Unidos enviaba 170.000 jóvenes a la guerra de Vietnam, presenciaba como unos fanáticos mataban a Malcolm X y vivía con la angustia de que cualquier día pudiera estallar una guerra nuclear.

En palabras de Marcus, “Like a Rolling” es “una canción sobre la libertad: libertad frente a la familia, la autoridad, el gobierno, el trabajo, la religión, pero sobre todo frente a uno mismo”. En su opinión, la canción le debía más a “Howl“ (1956), el poema de Allen Ginsberg, que a ninguna canción. A propósito del tema “Desolation Row” de Bob Dylan, Marcus describe como pocos la atmósfera de los primeros tiempos de la contracultura norteamericana:

Caminas por la Octava Avenida tratando de no mirar las luces de neón ni las puertas oscuras que hay a ambos lados. Al igual que en la Octava Avenida, la cultura en Desolation Row es la chatarra de la civilización occidental, decadencia en el mejor de los casos y traición en el peor, y a estas alturas, al final de la carretera 61, puedes encontrar cultura en cualquier parte: en un salón de belleza, en una comisaria de policía, sobre una cama, en la consulta de un médico, en una verbena o en el Titanic mientras se hunde. Dylan sigue a sus personajes a través de la canción como si fuera un detective y ellos los sospechosos. Lo que descubre es que nadie conserva lo que tiene, y que casi todos venden sus derechos inalienables por un plato de lentejas… El montón de basura emite un olor repugnante, pero embriagador, de oportunidades perdidas, locuras, errores, narcisismos y pecados. Greil Marcus

Hoy, ciertamente, la música como la entendieron los pioneros del rock, el pop y el punk está muerta, pero mientras exista gente como Greil Marcus, no caerá en el olvido. Pienso que esa es la labor más trascendente del historiador. En el caso de este crítico musical californiano, su grandeza ha residido en saber contarnos la música sin limitarse al contenido de las letras o los datos de la vida y la obra de los artistas. Marcus ahonda en las repercusiones culturales, sociales y emocionales que la música, como elemento transformador, tiene en su tiempo.

Ante cualquiera de los ensayos de Greil Marcus uno se siente, de alguna manera, como frente a un buen profesor. Da igual lo que te cuente porque lo importante es que te lo cuenta él. Marcus no es tan sólo una enciclopedia del saber, sino una expresión de la mentalidad abierta que existe entre mucha gente que vive en la bahía de San Francisco. Me dicen que Berkeley y su universidad –que ya apenas recibe subvenciones estatales– se está convirtiendo en un reducto elitista. Si es así, Marcus, y bastantes miembros de su generación, son el último reducto de un tiempo y una forma de pensar que contribuyeron a despertar nuestras mentes, a suscitar el debate intelectual y a comprender que la historia oficial no siempre es la cierta y puede ser contada de muchas maneras.
 

Sobre el autor
Soy viajero, futbolero y cinéfilo. Creo en el zen, el monolito y en Leo Messi. He rodado documentales en la India (Rubbersoul), el Tíbet (Railway to Heaven) y colaboro con la revista Viajes de National Geographic. Actualmente llevo el blog pasionesferica.com y la web alexisracionero.com, aunque en lo que estoy docto cum laude es en hippies y el cine Hollywood de los setenta. He escrito los libros, El ansia de vagar, Shanti, Shanti, California Dreaming y El llenguatge cinematogràfic. Doy clases de cine e historia y estilos visuales en Escac.
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