Buenos, feos y malos: la figura del alienígena en la ciencia-ficción

Ciencia-ficción e intertextualidad

Encontrar la definición exacta de un género literario o cinematográfico no es una tarea fácil. En el caso de la llamada ciencia-ficción, no basta con decir, como el escritor Michel Butor en 1953, que podemos catalogar como de ciencia-ficción “aquellas narraciones en las que se habla de viajes interplanetarios”. Si solo atendemos a este criterio, dejaríamos fuera del género obras como Frankenstein o el moderno prometeo (1818), de la que muchos opinan que es la obra seminal del género.

¿En base a qué criterio se define Frankenstein como una obra de ciencia-ficción? Es sencillo: la novela especula sobre la ciencia y las posibles implicaciones de sus avances. En palabras de Miquel Barceló: “Lo importante de esta novela no estriba en la descripción de un nuevo método científico capaz de devolver a la vida a los muertos, sino en el hecho de que la obra explora las consecuencias que podría tener en un determinado entorno social” [Barceló, 2006:7]. La ciencia-ficción es un género fundamentalmente especulativo. Una obra de este tipo se desarrollará siempre en un escenario hipotético, en un escenario más o menos verosímil, que responde a un “podría ser que…”.

Entre viajes espaciales y los avances científicos, va apareciendo un contexto con unas características muy definidas. Pero si se obvia lo contextual, si se intenta hallar formas y pautas narrativas exclusivas del género, se descubre que no existen. Se podría afirmar esto mismo de cualquiera de los géneros narrativos, pero  en la ciencia-ficción esta intertextualidad está mucho más acusada. La trama de la película Atmósfera Cero (Outland, Peter Hyams, 1981) se desarrolla en una de las lunas de Júpiter, en una colonia minera de extracción de titanio. A pesar de su ambientación fantatecnológica, la historia derivará pronto a los presupuestos del cine negro: O’Neill es un policía destinado a la colonia que descubre una red de tráfico de drogas y trata de luchar contra ella, a pesar de las amenazas de sus superiores. Atmósfera Cero es en realidad una historia genuinamente policíaca y además, en su desarrollo, es casi un remake del western Solo ante el peligro (High Noon, Fred Zinnemann, 1952). La acotación de los géneros narrativos no solo es una tarea difícil, sino que podría, ampliando perspectivas,  plantearse como innecesaria.

Los entornos característicos de la ciencia-ficción están, naturalmente, habitados. Los personajes típicos del género son múltiples y variados. Entre ellos se cuentan tipos tan fascinantes como el robot, el mutante o el científico loco pero, sin discusión, la figura reina del género es la del alienígena.

El alienígena desempeña en el género fantacientífico la misma función que el monstruo o el espíritu en el terrorífico. El alienígena, ominoso o amigable, es el Otro, visitante procedente de otro mundo, o habitante de aquellos que se han alcanzado. Y este Otro narrativo es consecuencia en muchos casos de la ficcionalización del Otro cotidiano, el inmigrante, el pobre, el enfermo, igual de desconcertante; habitante o procedente no de otro planeta sino de una realidad social paralela a la nuestra. En la obra de otro de los padres de la ciencia-ficción, el racista H.P. Lovecraft, por ejemplo, no es difícil intuir en sus criaturas deformes a los inmigrantes pobres y miembros de otras razas a los que reconocía odiar.

Barsoom, Almuric y otros nuevos Nuevos Mundos. La “Araucana Sideral”

O, wonder! How many goodly creatures are there here! O brave new world!
La tempestad, William Shakespeare

 
Uno de los loci más característicos de la cultura europea es el del llamado “Nuevo Mundo”, un lugar rico y lleno de oportunidades, y siempre poblado de criaturas extrañas, cuya característica más sobresaliente es que siempre se sitúa “más allá” de los límites conocidos. El avance humano hace que el Nuevo Mundo retroceda constantemente: En “Jasón y los Argonautas”, Apolonio de Rodas sitúa el mítico Vellocino de Oro en la Cólquide, actual Georgia. Herodoto describe un Tíbet habitado por hormigas gigantes, y Marco Polo habla de la tierra de los cinocéfalos, hombres con cabeza de perro que situaba en el archipiélago de Andamán, en el golfo de Bengala. Con el descubrimiento de América, el locus cobra vida de nuevo durante siglos, de la búsqueda de El dorado a la Fiebre del Oro, que producirá un nuevo tipo de literatura fronteriza: el western.

A partir del siglo XIX, con el mundo casi cartografiado, la ficción empieza a proponer nuevos “Eldorados”: Julio Verne, el padre de la ficción tecnológica, buscará, por un lado, en el centro de la tierra (Viaje al centro de la Tierra); y en otra de sus novelas, De la tierra a la luna, narrará, con la mayor verosimilitud posible, un viaje interplanetario. De este modo, con el viaje interplanetario como excusa, la ficción revivirá el mito del descubrimiento y la colonización de nuevos mundos. La nueva América, la tierra prometida, se localizará narrativamente en otros planetas.

La revista All Story Magazine publicará en 1912 Una princesa de Marte, de Edgar Rice Burroughs (1875-1950), exponente máximo de un tipo de literatura fantástica que, dotada del adecuado contexto interplanetario, nos remite a esta conquista del Nuevo Mundo. En Una princesa de Marte, el héroe John Carter es teletransportado al planeta rojo, donde contactará con los Tharks, una raza de guerreros alienígenas. Tras ser aceptado entre ellos, pasará a luchar codo a codo con su jefe, el bravo Tarks Tarkas. Los nativos de este far west marciano son criaturas de cuatro brazos y color verde:

El hombre, de algún modo tengo que llamarlo, tenía más de cinco metros de alto y, sobre la Tierra, hubiera pesado más de doscientos kilos. Montaba como nosotros montamos en nuestros caballos, pero asiendo el cuello del animal con sus miembros inferiores, mientras con las manos de sus dos brazos derechos sujetaba aquella inmensa lanza al costado de su cabalgadura. Extendía sus dos brazos izquierdos para ayudar a mantener el equilibrio, ya que el animal que montaba no tenía ni freno ni riendas de ningún tipo para su guía. [Rice Burroughs, 2012:45]

En 1939, la revista Weird Tales publicará por entregas la novela corta Almuric, de Robert Erwin Howard (1906-1936), que presenta el mismo esquema. El violento e impulsivo Essau Cairn, fugitivo de la justicia, es teletransportado a Almuric, un violento planeta donde conoce a los guras, una raza de hombres-mono guerreros que acabará aceptándolo como uno de ellos, con el sobrenombre de “Mano de hierro”. Tanto A princess of Mars como Almuric nos muestran un tipo de alienígena monstruoso, pero nada diferente en lo esencial del indio americano del típico western, terrible como enemigo pero admirable en su fuerza y nobleza. Por su condición de “seudocrónica de Indias” y este tratamiento del salvaje fuerte y admirable, las dos narraciones nos remiten sin esfuerzo al canto I del poema épico La Araucana, de Alonso de Ercilla (1533 – 1594), donde se ensalza al pueblo indio, a pesar de su condición de enemigo colonizable:

Son de gestos robustos, desbarbados
Bien formados los cuerpos y crecidos
Espaldas grandes, pechos levantados
Rezios miembros de niervos muy fornidos
Agiles desembueltos, alentados
Animosos, valientes, atrevidos
Duros en el trabajo, y sufridores
Delirios mortales, hambres y calores.

La montaña viene a Mahoma: alienígenas invasores

… y, al caer esos ígneos dardos del cielo, esas estrellas errantes, sentirán aprensiones inevitables todos los hijos de los hombres
La guerra de los mundos, H.G. Wells

 
El 30 de octubre de 1938, miles de norteamericanos escucharon un noticiario que informaba de unos hechos terroríficos: naves procedentes de Marte estaban invadiendo nuestro planeta. Durante una hora, una serie de boletines de noticias detallaban los pormenores de la invasión alienígena, localizada en Nueva York, provocando brotes de histeria colectiva en el área. Una hora más tarde se aclaraba todo: se trataba de una dramatización radiofónica de la novela La guerra de los mundos, de H.G. Wells (1866-1946), adaptada y revisada por Orson Welles y su compañía Mercury Theater.

Dentro de la ciencia-ficción, La guerra de los mundos, de 1898, sienta las bases del subgénero de la invasión extraterrestre. Unas naves con aspecto de meteorito caen a la tierra, y de ellas salen unos alienígenas dispuestos a invadirnos y alimentarse de nuestra sangre. El Otro, el alienígena, es aquí una entidad hostil, y su aspecto es tan repulsivo como sus intenciones:

Una masa grisácea y redonda, del tamaño de un oso, se alzaba lenta y trabajosamente hacia fuera del cilindro. Cuando le dio la luz plena, brillaba como cuero humedecido. Dos colosales ojos oscuros me miraron con fijeza. La redonda masa tenía un rostro, si vale esta palabra. Había bajo los ojos una boca cuyos bordes sin labios, temblorosos y palpitantes, segregaban saliva. Suspiraba y latía el cuerpo convulsivamente… Un apéndice tentacular, delgado y blando, se asió del borde del cilindro y otro se balanceó en el aire. [Wells, 1983:25]

El concepto de invasión extraterrestre en Wells está muy influenciado por los miedos de una época: a finales del siglo XIX, Europa está pendiente del rearme de Alemania, que desembocará en la Primera Guerra Mundial en 1914. El auge de la narrativa posterior sobre invasiones extraterrestres coincidirá punto por punto con épocas de inseguridad política y social.

¡Que vienen los rusos!: suplantadores y parásitos, la invasión sutil

 El alma de los otros es la noche. Sólo sabemos de ellos que hacen ruido
Esos que hacen ruido, Ivan Turguèniev

 
Tras la Segunda Guerra Mundial, el mundo queda dividido en dos bloques muy diferenciados, el comunista y el capitalista. Empieza la Guerra Fría, y con ella, en los Estados Unidos, la llamada Caza de Brujas, con la que se persigue a los comunistas declarados y se investiga a los sospechosos. La paranoia empieza a calar en la población civil: cualquiera puede ser un agente rojo, y nadie está libre de sospecha. Los Estados Unidos de los años 50 creen ser objeto de lo que se denomina una “invasión sutil”.

La novela The body Snatchers, de 1955, transcurre en el pueblecito californiano de Santa Mira, donde muchos de sus habitantes empiezan a mostrar síntomas de paranoia. Todos cuentan la misma historia: sus familiares y amigos parecen los mismos, pero no son ellos. El doctor Miles Bennell, el médico del pueblo, acaba descubriendo que los habitantes del pueblo están siendo replicados exactamente por unos seres vegetales. Los habitantes replicados son exactos a su original, con una salvedad: comparten con él recuerdos y conocimientos, pero están desprovistos de emociones humanas y han perdido la individualidad, comportándose de forma gregaria uniforme, sin distinciones jerárquicas o motivacionales, o lo que es lo mismo, practicando una especie de estalinismo alienígena.

Al año siguiente, Don Siegel adaptará la novela al cine con el título The invasion of the Body Snatchers, que puede calificarse sin reservas de película de culto.

Ray Bradbury (1920-2012) retomará la invasión sutil de vegetales suplantadores en el cuento “Boys! raise giant mushrooms in your cellar!” (“¡Muchachos! ¡Cultiven hongos gigantes en el sótano!”), incluido en su libro Las maquinarias de la alegría (1962):

¿Una vez dentro del hombre, se extenderían los hongos por la sangre, se apoderarían de todas las células cambiando al hombre en un… marciano? Aceptada esta teoría, ¿necesitaría el hongo piernas y brazos propios? No, no mientras pudiese entrar y vivir en la gente. Roger había comido los hongos que le había dado su hijo. Roger se había convertido en “otra cosa”. Se había secuestrado a sí mismo. Y en un último arranque de cordura, nos había telegrafiado, advirtiéndonos que no aceptáramos el envío expreso de hongos. ¡El Roger que había telefoneado más tarde no era ya Roger sino un prisionero de lo que había comido! [Bradbury, 1986:41]

Humano, demasiado humano: existencialismo alienígena

Esa carne que te estás comiendo… es la de una criatura que respiraba, sentía y vivía como tú y como yo
Bajo la piel, Michel Faber

 
Isserley es una mujer extraña, delgada y de pechos hipertrofiados, que recorre cada día las carreteras de Escocia en busca de autoestopistas. Pero no sube a su coche a cualquiera. Sus acompañantes han de ser hombres fuertes y sin ataduras. Podríamos tomarla por una ninfómana, pero la realidad es mucho peor: Isserley es una alienígena que recolecta carne de vodsel (la nuestra), un manjar apreciadísimo en su planeta. Los autoestopistas que recoge son anestesiados y conducidos a una granja-matadero donde sufren un proceso de encierro, engorde y muerte llevado a cabo de la misma forma rutinaria y exenta de sadismo con que encerramos, engordamos y matamos a nuestros cerdos.  Este es el punto de partida de la novela Bajo la piel (2000), de Michel Faber.

Los congéneres de Isserley cumplen el estándar físico del alienígena hostil, terrorífico y depredador:

 Como todos los de su raza –excepto ella y Eswiss, por supuesto– estaba desnudo, iba a cuatro patas y tenía todos los miembros exactamente igual de largos. Tenía un rabo prensil que podía utilizar a manera de trípode como otro miembro en el que apoyarse, si es que necesitaba tener las patas delanteras libres. El pecho se le iba estrechando con absoluta perfección hasta convertirse en un cuello largo sobre el que se alzaba la cabeza como un trofeo. En ella sobresalían tres puntos: las orejas, largas y puntiagudas, y el hocico vulpino. Tenía unos ojos grandes, de una redondez perfecta, en la parte frontal, la cual, al igual que el resto del cuerpo, se hallaba cubierta de un sedoso pelaje. [Faber, 2002:128]

Pero Isserley ya no es como ellos: para darle una apariencia más o menos humana, la corporación Vess, empresa  para la que trabaja, la ha sometido a operaciones que han modificado su aspecto de forma dramática:

Isserley, escúchame… ¿Tú crees que no he visto que te han extirpado la mitad del rostro? ¿Crees que no me he dado cuenta de que te han injertado unos bultos extraños, te han quitado los pechos, te han amputado la cola y te han afeitado el pelo del cuerpo? [Faber, 2002:260]

Tras esta mutilación, Isserley se encuentra en una brutal situación de desarraigo. Ha perdido la identidad y la dignidad, tras sufrir ese terrible proceso de “animalización”. Para sus congéneres pasa a ser un monstruo digno de lástima, muy diferente de la hembra despampanante que fue en su momento.

Para acabar de empeorar este estado de cosas, la granja de humanos recibe la visita de Amlis Vess, hijo del propietario de la corporación y activista pro derechos de los “animales”, que cambiará su punto de vista sobre ella misma y lo que le rodea.

La trama, como puede verse, está a años luz de las aventuras adolescentes de un John Carter, o del maniqueísmo politizado de Los ladrones de cuerpos. Aquí no hay un “ellos contra nosotros”, la novela  plantea conflictos típicamente humanos desde la óptica de un alienígena con el que empatizamos muy a pesar nuestro. En una nueva vuelta de tuerca de la ciencia-ficción, podríamos definir a la atormentada Isserley y al idealista Amlis Vess como alienígenas shakespearianos.

Vinieron de dentro de…

Cualquier obra de ficción es hija de su tiempo, así como los personajes que se desarrollan en su contexto. En este breve recorrido pueden intuirse, si no apreciarse grosso modo, las características del alienígena y su evolución conceptual, inseparable, como cualquier otro arquetipo literario, de la de la propia narrativa. Los argumentos –los buenos argumentos- van ganando en peso y complejidad, y el alienígena va cambiando poco a poco de mero atrezzo narrativo a depositario de reflexiones y miedos inherentes al alma humana. Y es esta última condición la que nos hace descubrir la verdadera procedencia de este personaje fascinante: el extraterrestre, bueno, malo o invasor, no tiene su origen en Barsoom, Almuric o Venus, sino en el fondo de nosotros mismos. Bajo un punto de vista analítico, el extraterrestre pierde su condición de tal y deviene intraterrestre o, más apropiadamente, intrahumano.


Bibliografía
Barceló, Miquel, La ciència-ficció, UOC, Barcelona, 2006.

Bradbury, Ray, Las maquinarias de la alegría, Minotauro, Barcelona, 1986.

Faber, Michel, Bajo la piel, Anagrama, Barcelona, 2002.

Finney, Jack, Invasión. Los ladrones de cuerpos, Bibliópolis, Madrid, 2007.

Howard, Robert Erwin, Almuric, Ediciones Miraguano, Madrid, 1987.

Rice Burroughs, Edgar, Una princesa de Marte, La biblioteca del laberinto, Madrid, 2012.

Scolari, Carlos, No pasarán. Las invasiones alienígenas de Wells a Spielberg, Páginas de espuma, Barcelona, 2005.

Wells, Herbert George, La guerra de los mundos, Ediciones Siglo Veinte, Buenos Aires, 1983.

 

Sobre el autor
(Barcelona, 1969). Licenciado en filología hispánica. Colabora en diversas publicaciones (Ariadna, Cuentos Globales Litteratura), mientras pone a punto su web de lengua y literatura El Ojanco.
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