Bernardo Soares: Pessoa y la mirada escéptica ante el progreso

Retrato de Fernando Pessoa, José Sobral de Almada Negreiros

 
Quanto mais contemplo o espectáculo do mundo, e o fluxo e refluxo da mutação das coisas,
mais profundamente me compenetro da ficção ingénita de tudo, do prestígio falso da pompa
de todas as realidades. E nesta contemplação, que a todos, que reflectem, uma ou outra vez
terá sucedido, a marcha multicolor dos costumes e das modas, o caminho complexo dos
progressos e das civilizações, a confusão grandiosa dos impérios e das culturas — tudo isso
me aparece como um mito e uma ficção, sonhado entre sombras e esquecimentos.

 
Hace exactamente un siglo, aseguran filólogos y críticos, Fernando Pessoa comenzó a redactar esa obra monumental a la que consagraría las dos últimas décadas de su corta existencia: el Livro do Desassossego, un conjunto de prosas poéticas acumuladas desde 1913 e interrumpidas por su muerte en 1935, a los cuarenta y siete años de vida. Fue a los veinte años que yo, no recuerdo muy bien cómo, descubrí sus primeros párrafos mientras trabajaba en una biblioteca de medicina como «ajudante de guarda-livros», al igual que el narrador de estas deslumbrantes páginas: Bernardo Soares.

Sí recuerdo haber leído el Livro entero en una web, mientras hacía tiempo en el escritorio para postergar el momento en el que debía ordenar manuales de biología en estantes tediosos y fríos. Una web que al parecer ya no existe o que al menos Google ya no recuerda. Hace unos meses, una relectura en papel, más pausada, menos voraz, posterior al estudio de Freud y Benjamin, me hizo pensar en el terrible escepticismo que inunda los renglones del Livro. Un escepticismo ante el progreso, que en las próximas líneas se me antoja interpretar como una suerte de reacción a su época, una desobediencia discursiva al positivismo imperante en el campo intelectual europeo de principios de siglo XX, más puntualmente, una respuesta a la euforia darwinista.

Si observamos con atención las cartas redactadas en esos años por Pessoa, podemos comenzar a presentir el rechazo a la teleología de la linealidad que implica toda idea de progreso. En el prólogo a la maravillosa edición portuguesa de Assírio & Alvim, el lusista Richard Zenith nos cuenta que el Livro incluía el subtítulo provisorio «Do Livro do Desassossego, em preparação […]: Pessoa trabalhou nesta obra durante o resto da vida, mas quanto mais a «preparava», mais inacabada ficava».

La linealidad, decíamos, envuelve una sucesión de procesos que generalmente llegan a una etapa final. En este sentido, Pessoa se muestra molesto, intranquilo. Instala una poética del work in progress, el libro en perpetua preparación. Esta obra póstuma, publicada de forma íntegra por primera vez en los años ochenta, materializa aquello que Zenith denomina el «livro inviável», algo que «não é um livro mas a sua subversão e negação, o livro em potência, o livro em plena ruína, o livro-sonho, o livro-desespero, o anti-livro».

Esta imposibilidad de alcanzar una conclusión reaparece espectralmente manifestando una apuesta por el proyecto, en detrimento del producto terminado. Una apuesta que se camufla, se metamorfosea en distintas traducciones de cierto cariz más o menos romántico: el sueño contra la acción, la idea contra la materia, el sentimiento contra la razón. Oigamos la voz de Bernardo Soares, por ejemplo, en el fragmento 152: «Pasmo sempre quando acabo qualquer coisa. Pasmo e desolo-me. O meu instinto de perfeição deveria inibir-me de acabar; deveria inibir-me até de dar começo».

También las elecciones formales que escoge Pessoa para ordenar estos apuntes anuncian la mirada escéptica que Bernardo Soares tematizará a lo largo y a lo ancho del Livro. Hablo de la forma híbrida, el largo poema en prosa que se mantiene equidistante tanto de la novela como de la poesía lírica (elegida para sus otros heterónimos), despojado de las restricciones típicas de la estrofa, del verso, de la trama, del desenlace. Una obra disociada de la necesidad de un núcleo, de un punto culminante. Como el mismo Zenith subraya, detectamos en el Livro «a falta de um centro, […] o mundo todo reduzido a fragmentos que não fazem um verdadeiro todo, apenas texto sobre texto sem nenhum significado e quase sem nexo».

Esta ausencia se ve reemplazada por el verdadero protagonista: el fragmento, que tanto adoraba Walter Benjamin, porque implicaba precisamente la negación de la linealidad. Pessoa mismo, sujeto escindido en setenta y dos heterónimos contradictorios, en lucha permanente, huérfanos de un autor central más prolífico u relevante que los otros, otorga al fragmento, a lo parcial, un lugar privilegiado. Es cierto: Bernardo Soares parece el vencedor de esta lucha, aquel que más se parece a un trasunto de Pessoa.

Es en la «autobiografía sin hechos» de Soares, donde la inquietudine (tal y como Tabucchi vertió desassossego al italiano) remite a un desasosiego existencial, a una acepción más ahistórica. Sin embargo, creo que esta angustia no puede comprenderse sin la época en que fue engendrada. Me refiero a pasajes como el fragmento 175, en el que Soares habla de las generaciones de sus padres y abuelos, aquellas que heredaron «a descrença na fé cristã e que criou em si uma descrença em todas as outras fés», aquellas que experimentaron lo que antes nombramos «euforia darwinista», aquellas que «ébrias de uma coisa incerta, a que chamaram “positividade”» dejaron a sus hijos en «plena angústia metafísica».

La retórica de la fe en la ciencia, edificada durante el siglo XIX por Comte con sus templos y sacramentos, cifrada en 1911 por el biólogo Félix Le Dantec con el término de «cientificismo» («Je crois à l’avenir de la Science: je crois que la Science et la Science seule résoudra toutes les questions qui ont un sens») se ve desafiada por Soares, para quien «passar dos fantasmas da fé para os espectros da razão é somente ser mudado de cela», para quien «a razão é a fé no que se pode compreender sem fé; mas é uma fé ainda, porque compreender envolve pressupor que há qualquer coisa compreensível».

Benjamin hablaba de la magnitud religiosa del capitalismo (ligada de forma íntima a la veneración y el culto permanentes) que «sirve esencialmente para satisfacer las mismas necesidades, tormentos o inquietudes a las que antaño daban respuesta las llamadas religiones». Al desenmascarar las raíces hondamente primigenias del progreso (que Benjamin equiparó con un «huracán que empuja» a la historia «hacia el futuro dándole la espalda mientras los escombros se elevan ante él hasta el cielo»), la mirada escéptica de Bernardo Soares se dirige en esta misma dirección.

Aún recuerdo lo mucho que me obnubilaron esos primeros párrafos del Livro, en los que el  bibliotecario auxiliar declaraba haber nacido «em um tempo em que a maioria dos jovens haviam perdido a crença em Deus, pela mesma razão que os seus maiores a haviam tido — sem saber porquê». Aún recuerdo el impacto de esos aforismos en los que Bernardo Soares condena el relato triunfal de la ciencia y el progreso a un culto «com seus ritos de Liberdade e Igualdade».

Es en este punto donde Bernardo Soares posa su mirada escéptica sobre la «euforia darwinista»: si el hombre es una mera «idea biológica», si la Humanidad es una nueva especie de divinidad animal, el relato cientificista que lo sostiene (pese a su modernidad) remite a una idolatría profundamente ancestral, pagana, «uma reviviscência dos cultos antigos, em que animais eram como deuses, ou os deuses tinham cabeças de animais».

Al releer estos párrafos, tan lúcidos como reaccionarios, pensé en el Unamuno Del Sentimiento trágico de la vida, publicado en 1913, el mismo año en que Pessoa inició la redacción caótica de su Livro, el mismo año que la editorial Lello & Irmão publicó en Porto la primera traducción lusa del On the Origin of Species. Unamuno «suena» a Soares:

«El adjetivo humanus me es tan sospechoso como su sustantivo abstracto humanitas, la humanidad. Ni lo humano ni la humanidad, ni el adjetivo simple, ni el sustantivado, sino el sustantivo concreto: el hombre. El hombre de carne y hueso. […] Porque hay otra cosa, que llaman también hombre, y es el sujeto de no pocas divagaciones más o menos científicas […] el bípedo implume de la leyenda, el ζωον πολιτικον [el animal político] de Aristóteles, el contratante social de Rousseau, el homo œconomicus de los manchesterianos, el homo sapiens de Linneo o, si se quiere, el mamífero vertical. Un hombre que no es de aquí o de allí ni de esta época o de la otra, que no tiene ni sexo ni patria, una idea […] un no hombre.»

 
En esta diatriba amarga contra el discurso de la ciencia, el ensayista vasco viene a añadir que el progreso no es más que una «enfermedad» y el hombre, si Darwin tiene razón, el «hijo enfermo» de un mono antropoide, «una especie de gorila, orangután, chimpancé o cosa así, hidrocéfalo o algo parecido».

Pocos años más tarde, en 1917, Freud acuñó el concepto de «heridas narcisistas» para exponer las «tres graves humillaciones» históricas que la humanidad experimentó a causa del progreso científico: la herida cosmológica que implicó la revolución copernicana, la herida psicológica que conllevó el descubrimiento del inconsciente en manos del propio Freud, y, como se podrán imaginar, la herida biológica, el fin a la «pretensión humana» que provocó Darwin al demostrar que el hombre no era superior a los demás animales. La mirada escéptica de Bernardo Soares, como la de Benjamin o la de Unamuno, manifiestan esta herida abierta.

Volvamos, para concluir, al fragmento 175: «Quando nasceu a geração a que pertenço encontrou o mundo desprovido de apoios para quem tivesse cérebro, e ao mesmo tempo coração». Curiosamente, Bernardo Soares recurre a una paradoja similar a la de Unamuno: evocar «el hombre de carne y hueso», «el hombre con cerebro pero también con corazón», (es decir, la dimensión más fisiológica del hombre) para recobrar su lado más espiritual, el alma, aniquilada por la cosmovisión científica.

Es esta contradicción la que nos reconcilia a nosotros, lectores del siglo XXI, con Bernardo Soares. Sabemos que su prosa cargada del más furibundo escepticismo pertenece a la tradición racionalista de la cual se quiere distanciar de manera desesperada. Sabemos que su mirada no es más que otro credo de nuestra religión, de la cual un siglo más tarde seguimos siendo férreos creyentes.
 


Bibliografía mínima
VVAA. Le magazine littéraire, «La littérature portugaise», París,  Marzo 2000.
BENJAMIN, Walter. «Thèses sur le concept d’histoire». Œuvres III. Paris: Gallimard, 2000.
________________«El capitalismo como religión». Obras completas.
FREUD, S. «Une difficulté de la psychanalyse» (1917), Oeuvres complètes. París: PUF; 1996.
UNAMUNO, Miguel de. Del sentimiento trágico de la vida. Madrid: Alianza, 1986.
SOARES, Bernardo. Livro do desassossego. Lisboa: Assírio & Alvim, 2001.
ZENITH, Richard. «Introdução», Livro do desassossego, Lisboa: Assírio & Alvim.

 

Sobre el autor
(Buenos Aires, 1985), catalán por adopción, italiano por ley, brasileño y argentino por voluntad, es licenciado en Literaturas Comparadas por la Universidad de Barcelona y cuenta con un máster en «Littérature, Histoire, Société» por la Université Paris 7. Ha colaborado con distintos medios como Revista Quimera, Catalunya Ràdio y Eterna Cadencia. Actualmente, está escribiendo su tesis doctoral sobre literatura latinoamericana en Canadá, donde dicta clases de español para extranjeros y lee novelas policiales para sobrellevar mejor los nueve meses con lluvia fría de Vancouver.
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  1. Muy buena nota! Felicitaciones al autor, que anda por la vida cargado de heterónimos (sus múltiples inquietudes así lo testimonian) y reacio a conformarse con una existencia lineal.

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