La bibliografía del Mal: Un índice de títulos prohibidos en época estival

Un año más, el calor desata los olores de la calle y el signo de una indolente derrota vampiriza al ser humano. Cacas, basura y restos de animales se evaporan matando, y al mismo tiempo anuncios de cerveza, eventos familiares y despiadados repartos de vacaciones prescriben para el estío acciones que no se quieren ni se pueden acometer. El verano hace del hombre su peor yugo: acorralado por la temperatura, confinado en lo oscuro, el penitente estival se descubre en último término atrapado en su propio cuerpo, devorado por ansiedad y las fobias y con las mucosas pulverizadas por el aire acondicionado. Sumergir la cabeza en la bañera, escuchar por la ventana abierta el tintineo de los platos y cubiertos de las cenas vecinas… pocos refugios permiten aplacar la languidez rabiosa esencialmente veraniega.

De los muchos suplicios que pueden sufrirse en este momento anual de extrema vulnerabilidad, uno en particular nos interesa aquí, por su poder mortífero sólo comparable al de un golpe de calor en Benidorm. Nos referimos a la posesión asfixio-sudorífica que la lectura puede operar en el incauto bibliófilo, en ese ser que osa sostener un libro entre las manos, en posición líquida y horizontal, mientras el salón arde y el estruendo de las obras perfora ciudades enteras.

Woman Reading, F. Botero

Así es, determinados libros pueden convertirse en monstruosos objetos, artífices de terrores incandescentes, profundas melancolías y lacerantes angustias. Es por ello que, movidos por el más sincero altruismo, lejos de las perversas intenciones crematísticas de las listas de recomendaciones veraniegas, hemos confeccionado una bibliografía del Mal, un Índice de títulos prohibidos en esta época aciaga, acompañados de los peores vaticinios para aquellos que se atrevan a adentrarse en ellos.

Sólo desoirán estas anti-recomendaciones aquellos que van a una librería como quien se tiende desnudo en un grandioso y humeante lodazal. Aquellos que al mismo tiempo aman y desprecian la vida y no temen a los sofás de escay.

Arderán para siempre en las llamas del agobio y la belleza.

Hilarotragoedia, Giorgio Manganelli (ed. Siruela, 2006). Puede que el lector elija para este libro un lugar plácido y familiar como una playa en domingo, o un lugar seguro y fresco como la sala de espera de un hospital. No importa. Una brecha irreparable quebrará su anodina cronología. Una carcajada incontenible, portadora de todo el rencor acumulado desde mediados del mes de junio sacudirá sus pringosos miembros, y la inesperada diversión ante lo pútrido, lo fallecido, lo angustioso y lo insano, que tan magistralmente se unen y danzan en Hilarotragoedia, le separarán para siempre de sus congéneres. Malicioso y proscrito, el lector se retirará a vivir el descenso como su natural condición. Picnic eterno en el Hades.

Ariel, Sylvia Plath (ed. Hiperión, 1995). Querido mío, toda la noche/Estuve fluctuando, encendiéndome, apagándome./Las sábanas llegan a pesar/como el beso de un libertino. Ariel encontrará al lector en su cocina, al atardecer, con una copa de vino demasiado caliente. Un infierno cristalino encerrará al lector, que temblará de miedo ante la sola posibilidad de rozar con la mano uno de estos poemas. Las secuelas serán irreversibles.

Auto de fe, Elias Canetti (ed. Vintage, 2000). Un sofá de terciopelo rojo será la mortaja del individuo que decida rodearse de su preciada biblioteca para leer esta novela. La lectura se verá interrumpida por profundas y sudorosas cabezadas y por delirantes paseos en dudosa compañía por las cloacas de la ciudad, que coinciden aquí con las calles expuestas al sol y a la canícula. El crepitar de las páginas abrazando el último incendio acompañarán al lector en su traspaso.

La ciudad sitiada, Clarice Lispector (ed. Siruela) “¡Qué ciudad! La ciudad invencible era la realidad última. Después de ella sólo morir, como una conquista”. Camine por las calles con este libro en la mano, y el universo se erguirá desafiante, brillando como nunca al sol, mientras el nombre se derrite a su alrededor tratando de alcanzarlo. El cuerpo será insoportablemente omnipresente y las palabras serán objetos palpados a ciegas con sudor en las manos. El lector entenderá, embriagado y ya perdido para siempre en la voluptuosidad del desastre, que el sitio es el verano y no se acaba nunca.

Nightwood, Djuna Barnes. El bosque y la noche son en principio reductos de frescor. Pero en este bosque y esta noche el lector no encontrará sino una inmensa flor muerta que hace irrespirable cualquier atmósfera. Sus personajes a la vez marchitos y espléndidos le ofrecerán con desgana su carne y lo asfixiarán lentamente con los hilos de la más bella tristeza.

A contrapelo, Joris Karl Huysmans (Cátedra, 2010) El lector posiblemente se haya visto obligado a permanecer en la ciudad vacía, solo en casa, alimentando un triste gato que alguien le ha encomendado. Abrirá A contrapelo y, de pronto, se creerá a salvo de la estulticia humana. Lo encontrarán en ropa interior, rodeado de extraños objetos y frutas exóticas. Con la mueca que Des Esseintes portaría por sonrisa en el momento de despedirse.
 

Sobre el autor
(Palma, 1985) Es licenciada en Derecho y en Teoría de la Literatura por la Universidad de Barcelona. Mientras aplaza la cuestión de su sustento y persevera en el caos y la pobreza, emplea su tiempo en redescubrir su isla natal, leer dispersa y masivamente y dar forma junto con Martina Zuccaro a la terrorífica criatura, Hálito Ediciones.
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