Nick Brody: la re-escritura del Judas borgeano en Homeland

Through many dark hour I’ve been thinkin’ about this:
that Jesus Christ was betrayed by a kiss.
But I can’t think for you, you’ll have to decide
whether Judas Iscariot had God on his side

Este artículo está repleto de spoilers, tanto literarios como televisivos.
Si lo lee, hágalo bajo su propio riesgo.

Mi iniciación en los libros se produjo a los dieciséis años, con la lectura absorta de los cuentos de Borges. Ha pasado una década y aún no he conseguido escapar del imaginario de aquellos primeros relatos. Por eso, cuando veo series de espías como Homeland, soy incapaz de no pensar en «Tres versiones de Judas» o «Tema del traidor y del héroe», recogidos en Ficciones (1944).

En ellos, Borges explora la figura ambivalente del héroe que al mismo tiempo también es un villano. En «Tema del traidor y del héroe», leemos cómo Fergus Kilpatrick pasa a la historia como un conspirador para que triunfe la rebelión irlandesa. En «Tres versiones de Judas», Nils Runeberg, un teólogo sueco, reivindica a Judas (villano por excelencia en el relato del Cristianismo) como el héroe que permitió la difusión universal de Jesús, precisamente por haberlo delatado ante el Sanedrín. Runeberg va incluso más lejos cuando propone que el apóstol no sólo no cometió traición alguna sino que además es Judas, y no Jesús, el mismísimo Mesías. En Kilpatrick y Judas conviven un héroe y un traidor gracias a un enorme malentendido. Ambos son héroes que sin embargo su época interpreta como traidores. Sin la muerte de Kilpatrick, no hay rebelión irlandesa. Sin el beso de Judas, no hay Cristianismo. El heroísmo de ambos permanece trágicamente en el anonimato.

Volvamos ahora al presente, cerremos nuestro libro de Ficciones y encendamos el televisor. Para situarnos: el que no haya visto las dos temporadas de Homeland (2011-) y no le importen los spoilers, deberá saber que la serie de la cadena Showtime, creada por Howard Gordon y Alex Gansa a partir del thriller israelí Hatufim (2010-2012) de Gideon Raff, cuenta también la historia de un traidor. En ella, el marine Nicholas Brody (interpretado por el londinense Damian Lewis) interpela la gran amenaza para el imaginario occidental, encarnada en el villano por antonomasia de nuestra época: el yihadista. De manera similar a los traidores borgeanos, Brody es también un héroe, pero su heroicidad no depende de un error hermenéutico, sino del punto de vista.

Rescatado de Afganistán, Brody regresa a Washington D.C., que lo recibe como un Héroe de Guerra, por haber logrado sobrevivir a ocho años de cautiverio en territorio enemigo. Carrie Mathison, agente de la CIA, sospecha con acierto que el rescate en realidad forma parte de una estrategia de al-Qaeda: infiltrar a un prisionero estadounidense en la capital del país, después de haberle lavado el cerebro, para cometer un atentado. Sintetizando: Carrie lee a Brody como un traidor.

Como no puede ser de otra manera, Brody es un villano «problemático» en términos de Lukács. A semejanza del «héroe problemático», entra en conflicto con el mundo al que pertenece y con el rol de villano que las circunstancias le han asignado. No está seguro de querer perpetrar un atentado contra su propio país. Brody sólo quiere vengar la muerte de quien fue su pupilo y compañía en Afganistán, Isa, el hijo de Abu Nazir, líder ficticio de al-Qaeda en la serie, que se gana la amistad del marine y urde la venganza. En el fondo, Brody no es más que su títere. Hasta que sus compatriotas (y el televidente) no se entera de las razones que lo mueven a transformarse en un terrorista, Brody encaja con este perfil de Héroe de Guerra.

En este sentido, hay una capa de lectura aún más interesante: Brody también se ve a sí mismo como un héroe, pero por razones muy diferentes. En el vídeo que graba antes de un ataque planeado que finalmente no se atreve a ejecutar, Brody explica sus motivos: «La gente va a decir que yo estaba dañado, que me lavaron el cerebro, que me convirtieron en un terrorista, que me enseñaron a odiar a mi país. Yo amo a mi país. Yo soy un marine, como lo fue mi padre y mi abuelo. Como marine, hice un juramento: defender a los Estados Unidos contra los enemigos, tanto extranjeros como locales. Mi acción de este día es contra tales enemigos locales». Como Kilpatrick o Judas, Brody traiciona para convertirse en un héroe.

Jesus Christ Superstar (1971)

No vemos en Brody al «malo de la película», sino a un tipo atormentado. Es Abu Nazir quien ocupa ese lugar, pero su protagonismo es nimio comparándolo con el de Brody. En cierto sentido empatizamos con él, a la manera en que los lectores de Dostoyevski lo hacían con Raskólnikov. Quizá sea más fácil hacerlo desde fuera de los Estados Unidos, porque somos conscientes de hasta qué punto las invasiones norteamericanas de la última década se construyeron sistemáticamente gracias a matanzas de civiles, como las que el propio Brody atestigua casi desde la piel de un árabe.

Desde Europa, donde tal vez (sólo tal vez) ya no vivamos la historia desde el mito y el símbolo del héroe contra el villano, de Obama contra Osama, entendemos por qué Brody se convierte en un traidor. Si queremos comprender mejor la magnitud de ser “anti-americano” en casa, de traicionar los preceptos de la tierra de los libres y el hogar de los valientes, sólo hace falta recordar el séptimo capítulo de la primera temporada de The Newsroom (2012-), donde todos los personajes celebran, sin excepciones ni cuestionamientos, la noticia del asesinato de Osama bin Laden.

Homeland juega con nuestras expectativas. Cuando vemos a Brody rezar sigilosamente en árabe en el garage de su casa, damos por sentada su culpabilidad. Recurriendo a las aristas del cliché, Homeland se ríe de los prejuicios del televidente medio, que confunde árabe con islam y terrorismo en una masa informe. El sargento Brody (en la superficie, un yankee blanco en toda regla) incorpora una identidad no sólo foránea sino la más antagónica posible: el yihadista árabe, el enemigo vigente que ha construido la hegemonía estadounidense para perpetuarse como tal durante las últimas dos décadas, una vez derrotados el indio aborigen, el Imperio Británico, la Confederación esclavista, el alemán nazi y el comunista ruso.

Pero como evidencian las películas que escenifican la Guerra Fría, como Good Night, and Good Luck (2005), la gran amenaza para la identidad americana no residía tanto en el comunista ruso sino en los propios estadounidenses. Al fin y al cabo, Rusia estaba muy lejos, aunque muchos norteamericanos no pudieran ubicarla en el planisferio y esto fuera especialmente productivo para instalar el miedo a una invasión extranjera. Tal vez estemos concediéndole demasiado valor a las ideas: es cierto, no debemos subestimar riesgos tangibles, como la inminencia de una Guerra Nuclear Transoceánica o la Crisis de los misiles en Cuba. Pero aquello que perseguía el Macarthismo era la alteración de la identidad estadounidense, en otras palabras, la infiltración de ideas foráneas que desestabilizaran el seno de su sociedad.

Es por eso que Brody es tan interesante. A diferencia de Argo (2012) u otras representaciones cinematográficas de los conflictos bélicos en Medio Oriente, Homeland no juega al maniqueísmo de «nosotros somos buenos y ellos son los malos». Más bien, «nosotros somos tan malos que engendramos aquello que más tememos y detestamos». Con sus espías, con sus workaholics de la CIA, con sus doble agentes, Homeland re-escribe el Judas borgeano en un tiempo en que la identidad del Imperio está rota y su fisura produce monstruos.
 

Sobre el autor
(Buenos Aires, 1985), catalán por adopción, italiano por ley, brasileño y argentino por voluntad, es licenciado en Literaturas Comparadas por la Universidad de Barcelona y cuenta con un máster en «Littérature, Histoire, Société» por la Université Paris 7. Ha colaborado con distintos medios como Revista Quimera, Catalunya Ràdio y Eterna Cadencia. Actualmente, está escribiendo su tesis doctoral sobre literatura latinoamericana en Canadá, donde dicta clases de español para extranjeros y lee novelas policiales para sobrellevar mejor los nueve meses con lluvia fría de Vancouver.
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