Paisaje portuario con mujer y bicicleta en primer término

Isotype, Otto Neurath

 
En las ciudades construidas junto al mar, como Palma, el puerto es una entidad ambigua. Bullicioso y radiante en determinados momentos y espacios portuarios; en otros, el vacío y la humedad recuerdan y acentúan la insularidad de todo lo que existe. Es un escenario cotidiano, familiar, pero mantiene lúgubres y ocultas algunas de sus partes. Es quizá por ello que sus pedazos, cuando alcanzan por un instante nuestras atareadas vidas –un barco entrando en la bahía visto fugazmente desde una calle, una rotunda sirena, gaviotas, el olor a salitre– evocan el misterio de otro puerto, aquél construido a partir del eco de infinitas representaciones literarias y cinematográficas que confluyen en un único lugar: el puerto primigenio, arquetípico, capaz de desplegar en cualquier momento todo su imaginario.

Entre la épica y el kitsch, ese puerto es brumoso hábitat de gángsters, de emigrantes europeos que agitan pañuelos, de gigantescos atunes muertos al amanecer en brazos de hombres barbudos. De tugurios donde rudos marinos bailan ebrios y abrazados, se acuchillan y se cuentan terribles historias. Es el símbolo del viaje, del ensueño y de la eterna errancia; la frontera donde se confunden lo urbano y lo salvaje. Son Melville, Conrad,  Angelopoulos, Kavafis, Fassbinder y Genet bellamente encerrados en una sola canción.

¿Cuánto de todo esto vive en el espacio físico del puerto de Palma? ¿Puede todo este imaginario sobrevivir a una incursión en el terreno? Escojo la tarde para averiguar si el puerto de Palma participa de la poética portuaria, del mito forjado en cada representación. Preveo que se hará de noche en el transcurso de mi paseo. Salgo en bicicleta, con una cámara de fotos y los ojos inflamados de romanticismo.

Pero resulta que no estoy en Amsterdam, estoy en Palma. Así que de camino recuerdo que aquí el puerto, más que la puerta abierta a la libertad y la aventura, es una de las vías de entrada de los instrumentos de tortura preferidos de los mallorquines: los turistas, que llegan en imponentes cruceros y corren a taponar las calles del centro y a reír embelesados frente a decrépitas estatuas humanas. Casi no veo a ninguno ahora, en enero, lejos de la época del año en que se reemplazan unos a otros vertiginosamente y sin descanso. Sin embargo los percibo, porque jamás se van del todo. Cuando llega el invierno siguen aquí sus blanquecinas y alcoholizadas presencias de manera, si se quiere, fantasmagórica: la arraigada creencia de que Mallorca sin el turismo es un vasto y desolado campo de patatas los mantiene entre nosotros todo el año. El invierno no detiene tampoco una nueva y más sutil penitencia que también ataca por mar: hace una semana llegaban en ferry las primeras 140 toneladas de Combustible Sólido Recuperado, esto es, oh poesía eufemística, basura procedente de otros países, que gustosamente nos encargaremos de incinerar y respirar a partir de ahora.

El muelle de mercancías está desierto, salvo unos pocos trabajadores que no parecen muy ocupados. Siguiendo la línea de mar llego al puerto de pescadores, junto a una pequeña extensión llena de redes descoloridas. No hay hombres de mar tranquilos y afables alrededor, y si hago memoria me doy cuenta de que nunca he visto a nadie tocarlas. Cerca del club náutico, un grupo de personas y su racimo de cochecitos y niños rubios toma el sol en una terraza. Más adelante, en algún punto entre la maraña de mástiles, dos tipos que limpian un barco hacen bromas dudosas sobre mangueras, pero sin demasiado entusiasmo.

Me desvío para adentrarme un poco en la ciudad. Llego a Santa Catalina, antiguo barrio de pescadores y trabajadores del puerto. Hoy es un enclave algo decadente pero deseable, donde la hermosa pátina de lo viejo y lo pintoresco convive con el barullo de un barrio joven. En el hipotético lugar de aquellos pegajosos tugurios marineros encuentro relucientes y sofisticadas cafeterías, tiendas de decoración y apetecibles restaurantes. Descartada una de esas conversaciones en la barra de una taberna donde un personaje de otro tiempo cuenta historias no suyas, sino de todos, como frente a un fuego.

El sol empieza a ponerse cuando llego al puerto de viajeros. Estoy sola en la cafetería de una de las terminales bebiendo una cerveza. Viendo a la camarera, dudo seriamente que espere noticias de lejanas tierras o que haya criado sola a un hijo de ojos azules. Le cuenta a su amiga que la Luci está de baja por depresión, que lo del marido de la Luci es muy fuerte. En las sillas de la terminal desierta y mortecina hay sólo dos personas con sendos ordenadores portátiles. No han venido a esperar melancólicos o embarcarse esperanzados; podría asegurar sin temor a equivocarme que están aquí por el wi-fi.

La última fase de mi agotador periplo es el Dique del Oeste, la zona del puerto de Palma donde conviven lo militar, lo mercante y el cruising. De espaldas al mar, sentados en una garita, dos jóvenes guardias civiles parecen dormitar tras una tarde de gimnasio, o una noche de discoteca, o una mañana de tunning. Con la última luz del día empiezan a llegar los coches; aparcan sigilosos uno tras otro. Dos hombres hablan en voz baja junto a una furgoneta, y yo no sé si se disponen a amarse o a descargar un cadáver. Es el momento de retirarse.

No he hablado con nadie, y apenas he hecho fotos. La imagen poética y el relato novelesco parecen huir cuando la realidad desnuda de un puerto real se hace presente, y su transcurrir anodino y estéril parece imponerse. De vuelta en mi casa, sin embargo, mis padres responden a mis ya escépticas preguntas con cantidad de historias portuarias.

Le quai des brumes (1938)

Cuando era joven y quería comprarse una moto, mi padre trabajó un tiempo en las oficinas del puerto. Me confirma que no había acordeones, ni camisetas a rayas, pero sí trabajadores portuarios hábiles en el estraperlo, y patrones gallegos que en lo alto de enormes barcos tenían sus casas, espacios insólitamente acogedores donde no faltaban relojes de cuco, mecedoras u orondas esposas en zuecos. Mi madre me habla de la época en que masas de marines norteamericanos desembarcaban en Palma y de un bar llamado La Escafandra donde se les podía encontrar; de las leyendas, a veces sangrientas, que sus incursiones en el barrio chino dejaban tras de sí. Recuerdo de pronto cómo mi abuelo, que trabajó toda su vida en un barco, me contaba que subía a cubierta trepando por una cuerda con la fuerza de un solo brazo, y cómo, por supuesto, yo le creía.

Al parecer, ha sido necesario abandonar el erial que ha resultado ser el espacio físico del puerto de Palma, opaco, vacío y monocorde, para que regrese y se active el potencial narrativo y evocador del puerto. Para que se contemple la posibilidad de un inmenso relato múltiple, fragmentario y caótico a partir de infinitas pequeñas historias recordadas, escuchadas al azar, exageradas, leídas  o vividas, de una inmensa corriente donde la vida, la ficción y la memoria fluyen amalgamadas y donde curiosamente los guardias civiles, las camareras ajadas, los turistas y en general la ausencia que ha marcado mi periplo tienen también cabida.
 

Sobre el autor
(Palma, 1985) Es licenciada en Derecho y en Teoría de la Literatura por la Universidad de Barcelona. Mientras aplaza la cuestión de su sustento y persevera en el caos y la pobreza, emplea su tiempo en redescubrir su isla natal, leer dispersa y masivamente y dar forma junto con Martina Zuccaro a la terrorífica criatura, Hálito Ediciones.
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