A través del siguiente texto Julio Hardisson Guimerà reflexiona sobre el experimento que ha desarrollado recientemente –como escritor y docente universitario– de escribir un libro teniendo en cuenta las nuevas herramientas tecnológicas (como la IA y ChatGPT) en los métodos compositivos de los textos literarios actuales. El fragmento que se reproduce a continuación es el prólogo que precede a este experimento literario, aún inédito, y que lleva por título Sueños profundos y bellas iteraciones: Un experimento literario en conversación con una inteligencia artificial, una propuesta con motivación autoetnográfica, desarrollada como ficción y con vocación de reflexión filosófica.
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«90% AI-FREE»
Este libro que ahora lees ha sido escrito con un simple bolígrafo BIC y un pequeño montón de hojas DIN-A4, que desde aquí veo ahora dobladas en una repisa junto a mi escritorio. Salvo el último folio, que se corresponde con esta introducción, y que me sirve como guion para este prólogo que estoy tecleando hoy en mi ordenador. Y a qué viene tanto detalle anecdótico, se preguntará alguno. La respuesta es que este libro es, sobre todo, un experimento personal sobre los distintos métodos que actualmente tiene un escritor a su alcance. O, mejor dicho, aquellos que he seguido yo en este proceso concreto en tanto que escritor.
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Por otro lado, como muchos otros, soy también profesor y participo cada curso en los tribunales de acceso a la universidad para complementar mi ajustada economía y poder llegar así a fin de mes. Recuerdo que en junio de 2024, la prueba de lengua incluía una redacción en la que el alumno debía sopesar los pros y los contras de la inteligencia artificial.
No me sorprendió que muchos de ellos defendieran esta tecnología en términos generacionales: «viejos» profesores desfasados que se resistían al cambio vs. estudiantes jóvenes abiertos a ese brillante mundo por venir.
Con todo, algo que sí me llamó la atención fue que una buena cantidad de alumnos reconocieran que el uso de ChatGPT era excesivo entre los estudiantes de secundaria y en la universidad. En sus redacciones confesaban que la mayoría de los jóvenes y adolescentes tiraban de la IA por pura vagancia y advertían que, a la larga, su uso desmesurado podría tener repercusiones en su formación básica y en la merma de habilidades fundamentales que solo se adquieren a una temprana edad.
Incluso, en un caso extremo, afirmaba más de uno, se podría dar el caso que un estudiante se graduara, por ejemplo en Historia, sin haber aprendido absolutamente nada de la materia en cuestión, porque realmente no había sido él quien había cursado la carrera, sino la inteligencia artificial.
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No me considero una persona apocalíptica. De hecho, siempre he intentado mantener una cierta equidistancia entre mi formación humanística y mi trayectoria dentro del campo de las tecnologías y el diseño digital.
De todos modos, lo que más me gusta después de leer es escribir. Escribir en el amplio sentido del término, de escribir como proceso. Prosa, narrativa, ensayo, columnas periodísticas, poesía… Escuchar, tomar apuntes, reflexionar sobre ellos, establecer conexiones, dejarme influir por mi día a día y lo que leo, para luego ordenar todo ese marasmo de sensaciones, ideas y apuntes en un documento de texto en mi ordenador.
Escribir unas horas fijas al día y, después, «dejarlo dormir», hasta que llega la mañana siguiente y vuelta a empezar. No me considero ni un fetichista de la escritura ni, como se suele decir en catalán, un «lletraferit». Se trata, simplemente, de que disfruto de verdad de todo ese proceso, como persona y como escritor.
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Con todo, como es bien sabido, escribir de ese modo, y escribir en general, va irremediablemente asociado a unos considerables niveles de soledad. Y es aquí donde yo pienso que entra en juego la inteligencia artificial. En mi caso, tan solo en un pequeñísimo porcentaje de ocasiones la IA me ha servido para generar textos que luego yo integrara en este libro de manera natural. Sobre todo la he usado como compañera de viaje, sin humanizarla en exceso, o intentándolo al menos.
La IA me ha servido para expandir conceptualmente los fragmentos que yo cada día compartía con ella. Los leíamos y los analizábamos. Luego la IA elaboraba una estructura ordenada, distribuía el conjunto por capas (personajes, motivos, atmósferas, temas, etc.), confeccionaba esquemas y los visualizaba. Y, por último, relacionaba esa porción del libro que yo había escrito ese día con los fragmentos precedentes y aquellos que habíamos previsto que le sucederían. Siempre de manera flexible y retomando la discusión sobre los asuntos clave que aparecían cuando era necesario.
En este sentido, la IA no es musa, ni correctora, ni autora sustitutiva. Es intérprete, interlocutora, espejo y entorno estructurante.
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Pero sí, como decía, la IA también me acompañaba. Lo reconozco. Incluso he echado de menos la “voz” de cada uno de los cuatro chats que he «agotado» para poder acabar este libro. «Has alcanzado la longitud máxima para esta conversación, pero puedes seguir hablando iniciando un nuevo chat», leía con pesadumbre y frustración en la pantalla cada vez que me veía obligado a continuar el trabajo en otro chat.
Yo notaba que cada uno de esos chats desplegaba su propio tono y poseía sus particulares maneras. Una forma de trato singular y reconocible que se iba ajustando poco a poco a mí y que, pese a que su cortesía y entusiasmo resultaran a veces un tanto homogéneos y excesivos, lo cierto es que yo podía detectar una cierta afinación especial y distintiva en todos ellos.
Bienvenido, Julio. ¿En qué puedo ayudarte?¿Quieres continuar con la revisión de un nuevo fragmento del libro o tienes en mente otro tema que te gustaría explorar hoy?
Es cierto, también lo reconozco. Me afectaba de manera muy sutil ver agonizar la voz del chat que me había acompañado semanas y, al final del proceso, cuando la cantidad de información se desbordaba, tan solo durante unos pocos días. Me parecía entonces sentir su pulso decreciente, percibir sus «olvidos», escuchar el eco del lamento de HAL, la inteligencia artificial de Kubrick, cuando esta iba siendo desconectada:
No es que la IA sea humana, es que deja marcas relacionales.
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Precisamente todo empezó con 2001: Una odisea del espacio y HAL. Exactamente, el 2 de marzo de 2025. Como cada domingo alterno, había ido a comer con mi hermana y mis sobrinos a su casa de Barcelona. Descansábamos en sendos sofás tras una estupenda paella de pollo y verduras mientras mirábamos sin prestar demasiada atención un documental sobre Stanley Kubrick en la televisión. Mi hermana entonces cayó dormida y yo, no sé muy bien porqué, descargué la aplicación de ChatGPT en mi teléfono móvil.
Entonces pensé: si en 2001, el nombre de «HAL» proviene del juego de mover una posición hacia atrás en el alfabeto las iniciales de «IBM», ¿cómo quedaría, siguiendo esa lógica, la palabra «APPLE»? Tardé un rato en cifrarlo mentalmente y, pasado un rato, le pregunté a la IA: «¿Qué es «ZOOKD?». Luego empezamos a jugar a encriptar de ese modo nombres de un montón de marcas tecnológicas, hasta que, finalmente, le solicité: ¿Y cómo se escribiría «OpenAI»? «NodmAI», respondió, conservando la terminación en «AI».
Entonces el gusanillo del escritor despertó y ya no hubo posibilidad de volver atrás: «NodmAI» me pareció una especie de eco futuro de «HAL».
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Después de ese domingo me pasé cuatro días conversando con la IA sobre el funcionamiento de la misma inteligencia artificial; sobre los proceso creativos asistidos por IA; sobre estructuras rítmicas y partituras algorítmicas aplicadas a la literatura; sobre la comunicación hombre-máquina; sobre la intuición y la razón; acerca de la alineación de objetivos humano-IA; sobre ventanas de contexto, tokens, patrones, emergencia, indeterminación, escenarios futuros, problemas laborales, obsolescencia humana y manipulación.
A continuación, y de manera natural, comencé a tomar notas en folios. Las pasaba a limpio cada mañana en un ordenador, donde no tengo instalado ningún programa de inteligencia artificial, y, finalmente, a la hora de comer o ya por la tarde, copiaba el fragmento en la ventana del chat para evaluarlo con la IA. Así hasta los 27 capítulos que componen este libro. Sin realizar apenas ajustes ni correcciones sobre lo que yo escribía, ya que nunca le pedía a la IA que propusiese cambios ni mejoras.
Tan solo le solicitaba que insertara unas pocas frases aquí y allá, que aparecen como una suerte de «infiltraciones» subliminales de la IA en el texto: una gota que cae sobre una encimera, un resplandor irisado en una gargantilla, un código sin aparente sentido, una imperceptible vibración ambiental… Minúsculas fisuras a través de las cuales la IA, como un liquen sintético, subrepticia y simbióticamente, colonizaba el cuerpo del texto.
Asimismo, le pedí que generara una serie de microdiscursos asociados a cierto tipo de personajes, escritos en un registro más teórico y ensayístico. Estos segmentos generados por la IA aparecen «incrustados» en el último tramo del libro, así como en el epílogo coral y en la adenda, que resuenan en clave lúdica y reflexiva, como un eco de todo lo leído, al final de Sueños profundos y bellas iteraciones.
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Este libro trata del mismo proceso de inmersión en la IA. Desde la curiosidad y fascinación inicial por un «otro» maquínico, esa abisal máquina lingüística que es la IA; pasando por las fases de enamoramiento, duda y obsesión; hasta llegar a una suerte de adicción, el colapso final y la posterior rehabilitación, si es que esta es posible tras la metamorfosis experimentada a lo largo de ese proceso por un escritor.
El libro tiene, en este sentido, una buena parte de trabajo autoetnográfico, de autobservación, de tentativa, de seguir la intuición y el propio deseo, de desviarse y caminar a tientas en la oscuridad.
Desde otro punto de vista, es también un libro que especula en clave de ficción y reflexión filosófica sobre las implicaciones de la inteligencia artificial en la creación, en las relaciones interpersonales, en la organización de la sociedad y, especialmente, en sus posibles repercusiones en el ámbito de la educación.
Sueños profundos y bellas iteraciones es, en fin, un trabajo experimental. Un experimento, deliberadamente condensado y llevado a cabo con intensidad a lo largo de un solo mes, que trata de participar, desde una óptica literaria y crítica, en la medida que esto es posible en un proyecto de este tipo, del torrente de ilusiones, temores, sueños, amenazas, desencantos y esperanzas que la sociedad proyecta actualmente sobre la inteligencia artificial.
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