A través de este artículo, nuestro colaborador Daniel Marchante explora los ejes de Tigres de cristal, de Toni Hill (Grijalbo, 2018) y de Rompepistas (Kiko Amat, Anagrama, 2009). Dos libros que, paralelamente, retratan el extrarradio de Barcelona mediante miradas transversales sobre la comunidad y su sentido de pertenencia, los gustos comunes, las nuevas tradiciones suburbanas, la gastronomía y la música periférica.
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Ciudades. Son los escenarios de incontables obras. A través de autores y autoras podemos caminar por los centros de Barcelona, París, Roma, Lima, etc. Los barrios adyacentes y las periferias también protagonizan algunas historias. Estos espacios externos al corazón de una localidad son vistos como lugares marginales. Y para una cara de la literatura representan el territorio de lo desconocido, lo manual, lo secundario.
En el artículo titulado «Entre la periferia objetiva y subjetiva: la producción socioespacial de los barrios de la Zona Franca de Barcelona», de Alejandro Morcuende González y Lluís Frago, se establece que la periferia urbana es “el contorno, la proximidad o incluso el punto distante en relación con un centro”.
Es decir, su definición depende del núcleo urbano de un municipio.
Sin embargo, al otro lado de la literatura, la periferia es el centro narrativo. Las ciudades dormitorio y los vecindarios al margen del casco antiguo pasan de estar en un segundo plano a ser el foco de todo. El extrarradio es entonces el nuevo centro.
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Este desplazamiento lo podemos encontrar en novelas como Tigres de cristal, de Toni Hill, o en Rompepistas, de Kiko Amat. Dos obras ambientadas en Cornellà y Sant Boi de Llobregat, respectivamente.
Ambos municipios eran vistos, tradicionalmente, como el patio trasero del área metropolitana de Barcelona. Antaño eran ciudades dormitorio, ya que allí vivían los obreros que trabajaban en las fábricas de la Ciudad Condal. En estas poblaciones la gente solo hacía vida familiar.
Hoy en día, este tipo de relación laboral ya no se da. Cada una de estas localidades conforma un lugar propio en sí misma. No dependen de la capital de Cataluña para existir. A su vez, los habitantes de estos municipios albergan un sentimiento de barrio o de ser de la comarca del Baix Llobregat. Reivindican su tierra con orgullo.
Artistas de esta demarcación, como Rosalía o Estopa, mantienen este sentimiento de pertenencia a esa periferia muchas veces ignorada. Paralelamente, escritores como Hill o Amat ubican algunas de sus obras en ese mismo extrarradio.
No lo hacen pensando en que habitan un lugar secundario que depende de Barcelona. No. Al contrario. Las ciudades del Llobregat son su mundo y su eje narrativo. Ahí dentro ocurre gran parte de las historias que nos cuentan.
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En Tigres de cristal, Hill nos muestra una parte de Cornellà en los años setenta y ahora. Se trata del barrio de San Ildefonso o, su mal nombre, Ciudad Satélite.
Hileras de bloques idénticos de ventanas pequeñas, rectángulos de inspiración soviética levantados en pleno franquismo. Un espacio construido sin orden ni concierto que, una década después, albergaba ya a más de cuarenta mil personas.
Dicha descripción es la imagen arquetípica de las ciudades dormitorio.
Cuando se retrata La Satélite en la novela de Hill, se despliega una mirada nostálgica centrada en las familias que emigran del sur de España a Cataluña en busca de una vida mejor.
Al ser todos de fuera, se generó una comunidad con gustos comunes, tradiciones, gastronomía, música, etc. Estos aspectos conllevaron que en muchos de sus habitantes naciera un sentimiento de barrio, de pertenencia a San Ildefonso, como si se tratara de un pueblo.
Este fenómeno social sucede en esta parte de Cornellà y en muchos otros lugares poblados por inmigrantes de una misma geografía. Ellos y ellas llevan con orgullo ser hijos e hijas del extrarradio porque ese es su mundo sin importar adónde vayan. Dichos elementos se reflejan en la obra de Hill, cobrando mayor protagonismo que Barcelona.
La Ciudad Condal, según el autor, es vista durante los años setenta y los ochenta como quien acude al “convite de unos parientes lejanos, excéntricos y altivos, al que tenías que ir arreglado y donde no sabías del todo cómo comportarte”.
Aunque a ambos municipios los separen pocos kilómetros, se da una lejanía emocional. Todo lo que quede más allá del barrio es otra galaxia. No importa si nos referimos a una localidad que ha sido escenario de incontables narraciones, como es el caso de Barcelona.
En las ficciones ubicadas en la periferia, esta funciona como latido del texto. Lo demás, es, a menudo, un horizonte lejano.
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Cruzando el río Llobregat, partiendo desde Cornellà, nos topamos con Sant Boi de Llobregat. Esta localidad se sitúa en el extrarradio del Área Metropolitana de Barcelona y, como sucedía con el caso anterior, forma parte de las denominadas ciudades dormitorios.
Kiko Amat, oriundo de esta población, nos sumerge en Rompepistas en la cartografía urbana de su tierra natal. Si bien Hill nos acerca Cornellà desde los sentimientos, el autor de Sant Boi parte de lo sensorial para configurar un mapa urbano de los sentidos:
“Los olores; nada huele como este pueblo. Eucaliptos, moreras, menta salvaje que se hace mayor por todas partes, y entre las aceras, orangina fugitiva y bastarda, olor a húmedo, a yeso mojado, a escayola reciente, a río podrido y adoquines desiguales. Y los sonidos: las tórtolas, siempre pu-pu-pu, los tubos de escape estridentes de las motos cholas, el bom-bom-bom infame que explota en los altavoces de los coches que pasan cerca de mí con ventanillas abiertas y emergentes codos desnudos, el petardeo quebrado de las taladradoras sobre el alquitrán. Y las imágenes: la silueta de la iglesia, como un recortable infantil sobre la cuesta, y las golondrinas trazando lazos de Escher por entre los árboles, moreras, siempre moreras. Y los acentos, algunos traídos de Azuaga, otros de Ejulbe, otros de Villena, otros de aquí catalanes”.
Si cerramos los ojos, podríamos transportarnos a este municipio sin problema gracias al detallismo del autor. A su vez, esta estampa la ofrece el protagonista siendo adulto y habiéndose marchado de su ciudad años antes del presente narrativo. Gran parte de esta historia rememora la adolescencia punk del personaje entre las calles de esta localidad ribereña.
Aunque parezca una obviedad, las pinceladas sensoriales con las que se presenta Sant Boi son suficientes para observar el peso del lugar en la novela. El carácter de los personajes, sus rutinas, la música que escuchan o el anhelo de irse del pueblo no se entienden sin este primer retrato.
A diferencia de la novela de Hill, Amat no se detiene en Barcelona. No es importante. Su ausencia refuerza la omnipresencia de Sant Boi y todo lo que ocurre allí como núcleo narrativo espacial.
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Por otro lado, hay que reconocer las interconexiones que hay entre las imágenes de ambas ciudades del Baix Llobregat. Tradicionalmente, se han tratado como periferia de la Ciudad Condal. En esa condición de extrarradio comparten realidades, historia, arquitectura y el origen de sus habitantes.
Estos puntos son los que unen las dos ciudades y, al ser elegidas como centro narrativo, pueden mirarse mutuamente al espejo. Por ejemplo, en las dos novelas hallamos descripciones de cómo son las viviendas habitadas por los obreros y sus familias:
Pero este pueblo: ese eczema al lado del río, esas casas arrejuntadas en sus márgenes como escupitajos de un ataque de bronquitis divina, esos barrios obreros adosados con sus bloques de casas de Lego, seis bares por manzana y ni un solo cine, dos manicomios gigantes y un equipo de Deporte famoso y el índice de alcoholismo más grande de Catalunya, no miento, salió una vez en el periódico, el artículo está enmarcado en el Provi. (Kiko Amat)
En San Ildefonso, por su parte, también vemos bloques de pisos altísimos con diversas viviendas por planta. Hill destaca el color verde de las fachadas. Si damos una vuelta por estas zonas de la perifieria, entendemos por qué Amat las compara con construcciones hechas con piezas de Lego. Pese a la exageración con la que se presenta en Rompepistas la geografía urbana, los elementos que se mencionan son recurrentes en las dos poblaciones del Baix Llobregat.
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Cada vez la periferia cobra mayor protagonismo en las ficciones literarias. Ya no son espacios marginales. Cuando vertebran narraciones, se representan como espacios llenos de diversidad cultural, sentimiento de pertenencia a una ciudad o barrio y forman parte de historias de gente corriente.
Esta mirada al extrarradio supone un cambio de paradigma a la hora de contar historias: la ubicación de una narración, quién habita estos lugares, y la relación que se da entre ambos elementos da pie a obras en las que sobresalen los olvidados.











