Algunas lecturas para pensar lo político: la verdad (I)


 
Nuestra colaboradora Bárbara Bayarri inicia una serie temática donde propone diversas lecturas acerca de la filosofía y del pensamiento político, en colaboración con Àger Pérez Casanovas. Esta primera entrega pivota en torno al concepto de verdad, la segunda se centrará en el de tiempo y, para acabar, en la tercera propuesta se tratarán algunos textos contemporáneos que se ocupan de lo político desde la estética.

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La idea de escribir este texto surge del asombro ante los discursos políticos, casi omnipresentes, que escuchamos a diario. En ellos se alude de forma constante a conceptos que, sin un enraizamiento práctico, se pierden en la abstracción. A la presente propuesta de lecturas le siguen dos más que continúan por la misma línea, aunque lo hacen desde aproximaciones distintas.

Los discursos son, en nuestra sociedad, fundamentales. Sin entrar ahora en si es necesario que lo comuniquemos todo a través del lenguaje, se han elegido los siguientes textos, entre otras razones, porque muestran un ejercicio incansable de sospecha, de resignificación, de retorno a lo ya pensado y de capacidad de transformación.

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Guy Debord, 1988

Imaginemos la siguiente situación: alguien desde un atril grita ‘libertad’ y la multitud frente a él responde ‘no’. Esto es algo que podría ocurrir en el orden de lo posible, pero no hace falta ser muy audaz para ver lo improbable que es. Entonces, la pregunta por la libertad, así como por la justicia o por la democracia, no reside tanto en si es algo que queremos, como en qué quieren decir para nosotros.

El contenido de las palabras es mutable, cambiante y resignificable. No permite ser fijado en categorías estancas de las que podamos declararnos conocedores. Esa es una de las razones por las que cobra tanta importancia discernir qué quieren decir, según su uso, los conceptos en cada discurso (o relato, si se prefiere). Por ese motivo, se proponen varias lecturas filosóficas que pueden funcionar como armas para la reflexión.

Los textos elegidos bien podrían ser otros, cada cual tiene en la estantería sus propios indispensables. Sin embargo, se trata de una selección que responde –desde uno de los lugares posibles– tanto a la urgencia por pensar nuestro contexto de forma crítica como a la voluntad de resistir al vaciado de sentido de las palabras al que nos enfrentamos.

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Brigitte Vasallo, 2018

Un buen punto de partida desde el que interrogarnos es La sociedad del espectáculo (1967), escrito por el filósofo, revolucionario y cineasta francés Guy Debord. Para Debord vivimos en un presente continuo, en el que todo comienza y acaba en el momento espectacular. Un ejemplo de ello es el que utilizó Brigitte Vasallo en su artículo Els carrers sempre seràn nostres?, cuando ante el aplauso popular a los Mossos d’Esquadra en Plaza Catalunya por su ayuda en el 1-O, recordó su actuación en los desahucios con violencia del 2011.

¿Qué había cambiado?, ¿qué lugar ocupaban ahora en el relato?, ¿cómo escribimos la memoria y bajo qué condiciones? La representación juega aquí un papel fundamental, ya que nos llega a parecer más real aquello que se nos muestra que nuestras propias necesidades y experiencias.

Para no caer en la in-actividad del individuo reducido a espectador pasivo, Debord defiende que hay que politizar la vida, hacer de nuestra vida cotidiana un campo de investigación y de batalla, volver al terreno, a la experiencia y hacerla vivible.

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Esa pérdida de la realidad que viene dada por el espectáculo es expuesta en Cultura y simulacro (1978), escrito por Jean Baudrillard, a través de la lógica de la simulación. Lo cual implica que, a pesar de que continúan pasando cosas, solo podemos vivirlas como simulacros. De manera que no hay ninguna verdad que buscar tras ellos, porque son los simulacros mismos los que han pasado a ser verdad.

Qué es real o irreal, así como la pregunta sobre qué es verdad o mentira, se ha vuelto una cuestión acuciante en un momento en el que la incertidumbre y la contundencia aparecen como pareja de baile en gran parte de los discursos.

En Baudrillard encontramos, también, una suerte de genealogía del pensamiento crítico de la posmodernidad, que va desde Nietzsche a Derrida, pasando por Deleuze, Lyotard y Foucault. En sus escritos se despliegan valiosas herramientas para la comprensión del momento actual. Entre todos ellos, destacan dos textos fundamentales para hacer extensiva la idea de verdad que tenemos.

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Por un lado, La condición postmoderna (1979), obra escrita por Jean-François Lyotard. Este texto, en el que se expone la caída de los grandes relatos, se considera el pistoletazo de salida de la posmodernidad en el campo de la filosofía. Además, continúa con la inacabable investigación en torno al concepto de verdad, en directa relación con la creación y destrucción de los discursos totales o, al menos, de aquellos con voluntad de abarcar lo máximo posible en sus explicaciones sobre el mundo.

El derrumbamiento de los sistemas filosóficos y, con ellos, de la pretensión de verdad que contenían, provocó el desplazamiento a los márgenes, donde ya no había una verdad en mayúsculas (como la que encontramos en Hegel). Si no hay certeza en las ideas, lo único que podemos hacer son mejores o peores interpretaciones de las cosas1.

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Por otro lado, y a sabiendas de la anterioridad del texto, Verdad y mentira en sentido extramoral (1896), donde Friedrich Nietzsche nos advierte de que esas interpretaciones están sostenidas por conceptos, cuyo significado es el resultado de un consenso social. Esto es, una verdad será una ilusión de la que nos hemos olvidado que lo es. El ensayo nietzscheano abre un territorio desde el que podemos repensar las convenciones consensuadas con las que vivimos y que encerramos en las palabras.

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Las obras propuestas ofrecen una mirada alternativa sobre cuestiones políticas que atraviesan la contemporaneidad, una de ellas es la preocupación por la verdad y la otra es la interpretación de las ficciones creadas entre todos.

Anagrama, 2019

Para una lectura de textos de filosofía política en sentido estricto, una posibilidad es acudir a los clásicos como La República de Platón, El príncipe de Maquiavelo, El Leviatán de Thomas Hobbes o El contrato social de Rousseau, también de práctica utilidad en la comprensión y crítica del contexto actual. Sin embargo, en esta propuesta se ha preferido buscar textos cuyo contacto con lo político no necesariamente pasa por el diagnóstico o análisis de la política2.

Aquello del ‘diálogo’, que hoy escuchamos repetido en programas, entrevistas y artículos, de poco nos servirá si llegado el momento no sabemos qué decirnos, si no nos hacemos cargo de nuestras palabras, si no les damos un cuerpo y, con ello, un lugar y unas consecuencias.

A colación de la importancia y responsabilidad que tenemos sobre las palabras que utilizamos en nuestra intimidad y en el ágora pública, aprovecho para añadir una última lectura, Las mejores palabras, la última publicación de Daniel Gamper, ganadora del Premio Anagrama de Ensayo (2019). Justamente a él, profesor de filosofía política de la Universidad Autónoma de Barcelona, le debo gran parte de lo que sé sobre estas lecturas.

Son tiempos de cambio, una afirmación que, aparte de parecer el título de una novela histórica, es una de las premisas-bucle con las que convivimos. Tal vez todos sean tiempos de cambio. Más allá del discurso y de la verdad de cada uno, pensar desde un lugar motivante –que no celebratorio– y urgente –que no con prisas– es aquello que cualquier tiempo requiere.
 


1 Si acudimos al diccionario de filosofía de J. Ferrater Mora veremos que en el concepto ‘cosa’ se nos redirige al concepto de ‘metafísica’ o a Kant por su definición de la ‘cosa en sí’. Se trata de un término complejo, difícil de situar bajo una definición cerrada. No obstante, a modo aclaratorio compartimos aquí la entrada al concepto de cosa del Glosario de términos filosóficos disponible online (filosofia.net/cuaderno de materiales). ‘Cosa: (lat. res): Una de las nociones trascendentales (vid.) del ser. Se dice del ser considerado en sí mismo, positivamente’.

2 Por lo político se entiende lo instituido, mientras que la política se refiere a lo instituyente. Grosso modo, diríamos que los movimientos sociales son aquellos movimientos de lo político desde los cuales tanto las posturas contestarias como, en general, las distintas teorías que conforman el paradigma crítico, buscan ser escuchadas. Por el contrario, diríamos que la política es el conjunto de prácticas e instituciones orientadas ideológicamente a la toma de decisiones de un grupo o partido con el propósito de lograr ciertos objetivos).

 

Sobre el autor
Doctoranda en Filosofía en la Universidad Autónoma de Barcelona. Su investigación se centra en las prácticas curatoriales contemporáneas. Ha trabajado en el CCCB, la Fundació Josep Guinovart, la Fundació Joan Brossa y el Museo Picasso. Le obsesiona la reflexión del presente a través de las artes.
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