Labradford | Pico (1996)

Tiendo a idealizar Tokio porque siempre la recuerdo mucho peor de lo que es. Aunque a menudo la pinte como un campo de trigo arrasado por una plaga de langostas, tenía sus momentos plácidos. Recuerdo que salía a pasear en plena madrugada. Allí hay supermercados abiertos las 24 horas en todas las esquinas, con empleados que deben cumplir una cláusula que les obliga a mirar en las papeleras a cada hora, por si hay instalada una bomba. Uno deambula por la calle muy tranquilo sabiéndolo. De todas maneras, el zumbido nunca se apaga. Las máquinas de pachinko, una mezcla de tragaperras y pinball vertical, no dejan de cascabelear. Hay una adicción que tiene que ver con eso, como la ludopatía. En Japón hay adicciones para todo ―dan categoría―, esa es una de las lecciones que uno se lleva a casa.

A la noche le faltaba la histeria, pero chirriaba en alguna parte. La torre de Tokio parecía el indecente esqueleto de un animal muerto. Unos focos ámbar la iluminaban lánguidamente por la base y apenas si podía imaginarme que la punta acababa en algún lugar. Yo estuve arriba y solo vi patios interiores y toldos agujereados. Las vistas eran horrorosas. Hace poco pensé en ellas y decidí repetirlas. Me bajé Google Earth y busqué el hotel donde me hospedaba.

Existe un desfase entre la imagen por satélite y el acontecimiento real; hay gente que ha denunciado a Google porque se han visto en el mapeado. Por eso quise buscarme. Recorrí con mucho cuidado, usando el Street View, los trayectos reales que hice a pie, pero no había nadie que se pareciera a mí. He cambiado bastante desde entonces así que no veo motivos por el que otra persona, mi doppelgänger virtual, no pudiera andar por ahí, lamentándose de que es un miserable. Sería un acierto que el programa permitiera transitar también de noche. De noche yo salía más.

Tokyo de noche

 
Uno cae en la tentación de pensar que la ciudad es suya en esa franja silenciosa solo por la ilusión de que no ve ningún rival, seguramente por culpa de las fotografías de Brassaï. Sí, en Tokio hay momentos en los que nadie se deja ver, pero, como una bombilla fundiéndose, no es más que un delirio sonámbulo, una sensación espectral. Todo el mundo está escondido esperando a que desaparezcas, como salvajes de la soledad que han tenido que buscar refugio en las horas en las que duerme el sarariman salary man, el oficinista, el empleado compulsivo y descerebrado―.

En mis ratos de mayor optimismo pienso que si algún día el apocalipsis llega, espero que mantenga por algún tiempo la luz eléctrica de estas megalópolis. Yo, que escribía en prensa especializada de videojuegos; que siempre me consideré un hombre digital, un mercenario de Negroponte, descubrí que era partidario del oscurantismo y de la barbarie en la ciudad del neón, en un lugar donde la crueldad de la tecnología se hace patente cuando se ausenta. Por eso la torre imponía de noche, porque no se la veía; también, porque la noche que la coronaba era lo más parecido a una bandera negra que cubría todo el cielo. Cuando las luces se apaguen empezará la carnicería, pero antes viviremos unos instantes de quietud y seguridad eléctrica. Por eso salgo de noche, cuando todos duermen: ensayo mi apocalipsis.
 

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