Nueva Realidad Acelular: del virus como parte de nuestra propia narración genética

Imagen de «VIrus: Una guía ilustrada de 101 microbios increíbles», M. J. Roossinck, 2020

 
Manuela Buriel (integrante de Colectivo juan de madre) reivindica en el siguiente artículo el concepto, tan biológico como poético, de «virus», estableciendo una analogía sui géneris entre las propiedades que definen dichos virus y los mecanismos internos de esa red textual llamada “literatura”. Además, nos explica el fenómeno de la irrupción del universo acelular, apelando al concepto latino de Trivium et Quadrivium. Este artículo forma parte de Apuntes sobre la Coronacrisis, la serie temática de Pliego Suelto.

En el principio fueron los virus.

Antes que nada preferimos exponer nuestra radical hipótesis: los virus precedieron a la vida, la atraviesan y le dan sustento. Resulta una intuición más poética que racional, pues se posiciona en las antípodas de los presupuestos científicos contemporáneos.

Según la cosmovisión cientificista, un ser puede catalogarse de vivo si presenta capacidad metabólica, autopoiética, reproductiva, evolutiva y una estructura celular diferenciada.

Marilyn J. Roossinck, 2020

Los virus, por su parte, cumplen la mayoría de estas exigencias, como la potencialidad de multiplicarse, evolucionar, intercambiar materia con el medio y reconstruir sus componentes proteicos. Sin embargo, carecen de una estructura celular propia y esencial con la que llevar a cabo todas estas tareas. Por lo tanto, son archivados por los manuales científicos en una vasta región entre la materia inerte y la vida. En algún punto entre el acero de los cuchillos y nuestros ojos acuosos.

La existencia de los virus compromete la discriminatoria teoría celular como lo hace la intersexualidad al binomio hombre-mujer. El virus dinamita el privilegio conceptual de lo vivo en sus más íntimos cimientos. Allí donde se quiso establecer dos grupos estancos –según una concepción binaria de la materia, la blanca vida en contraposición con la negritud de lo inerte– estas nimias estructuras moleculares imponen un haz de luz que arranca negro a lo uno y produce nuevas sombras sobre lo otro.

En consecuencia, si queremos habitar de otra manera el mundo, desacreditando la posibilidad de la individualidad y amándonos como holoentes, los virus han de servirnos de emblema o tótem. Celebrarlos, esgrimirlos como herramienta infalible: cuenco, silicio y fuego.

Burbujas lipídicas

Repetimos, los virus precedieron a la vida. En los pequeños cuerpos celestes donde se originó la materia viva –que luego cayeron sobre la Tierra en un fecundo bombardeo que duró veinte millones de años– se ensamblaron las primeras cápsides alrededor de burbujas lipídicas, contenedoras de breves fragmentos nucléicos.

No es necesario conocer estos conceptos biológicos, es suficiente con pronunciarlos, hacerlos estallar con la lengua en los pliegues húmedos de nuestro paladar. Ahí las tenemos, pequeñas estructuras acelulares saltarinas, brincando por la superficie de cientos de miles de asteroides, uniéndose unas con otras, mezclándose mediante una carnalidad explosiva. Lascivia molecular, que arañó lo mineral hasta hacerlo carne, y a la carne para que la concibamos roca.

En su devenir vírico, estos microorganismos se unen íntimamente a las entrañas de las células bacterianas, vegetales o humanas. Una vez dentro, pueden integrarse en las instrucciones genéticas de la célula huésped.

El texto fundacional del virus (su breve ADN, casi un haiku de nucleótidos) queda insertado en nuestra propia narración genética, formando un bello collage entre lo inorgánico y lo vivo. En aquello que los médicos definen como “infección”, nosotros (si hay algo a lo que llamar “nosotros”) admiramos la fusión de la esencialidad del objeto inerte con la del sujeto consciente.

Ediciones Hiperión, 1985

Nuestro genoma humano está salpicado de cientos de esquirlas, guijarros víricos que se han ido incrustando a lo largo de los milenios en un código que no tiene nada de impoluto, que es a la vez río y sedimento. Estas incrustaciones, como decimos, provienen de nuestros antepasados, pero también de los seres coetáneos con los que compartimos la Tierra. Atravesando los cuerpos, incubándose en tantos organismos, los virus arrancan trozos de los genomas ajenos, para después introducirlos en nuevos huéspedes.

Gracias al quehacer vírico, guardamos en el núcleo de nuestras células versos quebrados de perros, geranios y medusas. Una red textual que no entiende de reinos o especies, ni de la existencia o la muerte. Un fluctuante tejido lírico que aúna el magma de las profundidades oceánicas con el hígado de una hiena, el carbón que industrializó Europa con tus ojos luminosos.

En consecuencia. Los virus nos convierten en seres imposibles de confinar en el

espacio                           o en el                         tiempo:

Aquello que, en la antigua realidad celular, denominábamos cuerpo, ahora queda diseminado por toda la biosfera. Capa fluctuante de moléculas que vibran. Tu individualidad consciente es quimera, que nada tiene que ver con tu verdadero acervo molecular. Si reproducirse consiste en compartir el material genético con otros seres, no hará falta descendencia para multiplicarnos. En los virus se sustenta nuestro porvenir. Somos habitantes perpetuos de una nueva realidad acelular.

 

Sobre el autor
(Baix Llobregat, 1979) Miembro fundador de Colectivo juan de madre, con los que publicó varios libros, como «new mYnd» (Aristas Martínez, 2014) o «El Barbero y el Superhombre» (Aristas Martínez, 2016). Ante la reciente deriva del grupo hacia el ensayo y el bio-arte; ha quedado en manos de Manuela la producción de textos con un cariz más literario; el primero de ellos, una fábula comunista titulada «Animales Feroces» (Aristas Martínez, 2020).
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