Historia de dos balcones: de cuando Stefan Zweig y Adolf Hitler fueron vecinos

«Hombre en la ventana», Gustave Caillebotte, 1875

 
Uno de los espacios que ha cobrado mayor visibilidad durante la crisis sanitaria es, sin duda: el balcón. Bernat Castany desmenuza las claves del pensamiento del escritor y crítico Stefan Zweig (1881-1942), partiendo de la anécdota de que alguna vez fue vecino del mismísimo Adolf Hitler, en Salzburgo, Austria. Dos concepciones del mundo en las antípodas, dos balcones frente a frente. Este artículo forma parte de nuestra serie Apuntes de la Coronacrisis.

Tipología social de los balcones

Están los balcones de las buhardillas de París, a los que salen a fumar los escritores que aún deben más de lo que prometen. Están los balcones de Nápoles, de los que suben y bajan cestas voladoras como ovnis de mimbre. Están los balcones de Centro Habana, en los que viejos revolucionarios toman el sol frente a ventiladores made in China. Están los balcones trastero, los balcones jardín, los balcones guardería, los balcones espía, los balcones amante y los balcones comedor.

Si hubiese habido más balcones en Londres, a Sherlock Holmes le hubiese bastado con seguir esas huellas verticales para resolver todos los casos. Los ladrones tienen razón en pensar que un balcón es el lugar más adecuado para entrar en una casa. La puerta no es más que una válvula que se abre y se cierra con el único objetivo de administrar las entradas y las salidas. No es el lugar por el que la casa respira.

Cestas de la solidaridad, Nápoles, abril, 2020

Lo saben bien los testigos de Jehová, los vendedores de enciclopedias y los curiosos que esperan a que se cierre la puerta antes de empezar a irse.

El balcón, en cambio, es el lugar de la inspiración y la espiración doméstica. Érase una casa a un balcón pegado. Y por él entra el sol de la mañana y el murmullo de las calles. En sus macetas se posan los pájaros y los insectos, y acodados en sus barandillas respondemos al test de Roschard de las nubes y analizamos la ropa interior de nuestros vecinos. Desde él asoman nuestras cortinas fantasma cuando ventilamos y nuestra música hortera cuando ordenamos; de sus macetas emergen nuestras conversadas flores; y de sus barandillas colgamos sábanas con mensajes, santaclaus de fieltro y ropa interior. Inspiración, expiración.

Pero si todo balcón es el lugar en el que se realiza la síntesis entre el adentro y el afuera, es normal que toda casa se proyecte en un balcón particular, y que este sea, a su vez, un modo particular de procesar el universo.

Cuántas cosas pueden deducirse del balcón de la basílica de San Pedro, desde cuya cátedra el papa promulga sus infalibles opiniones; del balcón Truman de la Casa Blanca, donde se han tomado tantas decisiones indignas de los Estados Unidos; o del balcón de Romeo y Julieta, donde la hiedra de la pasión ocultaba un mundo ancho y diverso digno de mayor atención. Los tres balcones tienen en común que desde ellos no se ve más que un aspecto del mundo, al que no se abren, encima, más que para convencerlo, poseerlo o conquistarlo. Son balcones dogmáticos, obsesivos e impositivos.

Michel de Montaigne, 1533-92

Pensemos, en cambio, en el balcón de Tom Sawyer, que sirve para escaparse de casa, para fumar a escondidas, para ver las estrellas y para dar refugio a amigos, sobre todo si son vagabundos y esclavos. En el balcón del pintor, que le devuelve al mundo tanto como le toma, porque el paisaje que copia resulta enriquecido por el pintoresco detalle del pintor que lo observa. O en el balcón de la biblioteca circular de Montaigne, desde el cual el hijo espiritual de Erasmo miraba el mundo del que se había apartado, como el lobo del cuento, para verlo mejor. Estos tres balcones son abiertos, receptivos y tolerantes.

Zweig y Hitler: vecinos

De cada uno de esos dos grupos de balcones descritos me llaman la atención dos en particular. Extrañamente hermanados por el azar, los dos se hallan frente a frente, en la misma calle, y albergaron, en la misma época, a dos personas que tuvieron formas diametralmente opuestas de relacionarse con el mundo. Además, a Sherlock Holmes le hubiese bastado con mirarlos para saber que la persona que vivía en uno de esos balcones acabaría asesinando a la que vivía en el de enfrente.

Son los años veinte. Estamos en la pequeña ciudad austríaca de Salzburgo. En uno de los balcones fuma apaciblemente un joven lector de Erasmo y Montaigne, empeñado en resistir, con Goethe, al empuje del romanticismo alemán, uno de cuyos principales desarrollos sería, según dirá Klemperer, el nazismo. Su nombre es Stefan Zweig, y sueña con ser escritor.

En el otro balcón garabatea con rabia un joven pintor frustrado, sin oficio ni beneficio, mantenido por su madre, carente de amigos, lleno de resentimiento y de vagos sueños de grandeza. Su nombre es Adolf Hitler, y sueña con que el mundo hable un día de él.

Stefan Zweig nos informa de esta curiosa circunstancia en la página 365 de El mundo de ayer:

Pronto iba a vivir, justo frente a mi casa, un hombre entonces completamente desconocido, llamado Adolf Hitler. [Stephan Zweig]

El mundo de ayer: Memorias de un europeo, 1941

Resulta tentador imaginarnos a nuestros dos personajes cruzarse en las calles de una ciudad que en aquel entonces no contaba con más de 50.000 habitantes. No es improbable que ya se haya escrito alguna que otra novela histórica sobre esta circunstancia. Pero lo que a mí me interesa es pensar qué es lo que se veía desde sus balcones.

Porque aunque daban a la misma calle, no mostraban las mismas cosas. Para Stefan Zweig, la visión de las montañas que rodeaban la ciudad de Salzburgo resultaba más bien claustrofóbica. Acodado en su balcón, atraviesa con la mirada el Obersalzberg, mientras sueña en las populosas calles de Viena. No cree en el matrimonio místico de la tierra y la sangre. Su patria es Europa, y, como diría más tarde George Steiner, su paisaje solo puede ser contemplado desde la cafetería de una gran ciudad.

Adolf Hitler, en cambio, mira los elevados bosques del Mönchsberg y el Kapuzinerberg, y sueña con construir en lo alto del Obsersalzberg una cabaña desde la cual poder elevar de nuevo a su humillada patria. Sentado en su balcón no puede imaginarse que allí acabará la segunda parte de Mi lucha, y luego se hará construir el Berghof, desde cuyo balcón, él y sus secuaces volverán a poner a Alemania por encima de todo.

Los balcones de Stefan Zweig

Cuando unos meses más tarde los dos se mudasen a Viena, sus balcones seguirán sin mostrar las mismas cosas. Liberado por fin de su aburrimiento bávaro, Stefan Zweig celebrará la “atmósfera especialmente propicia” de Viena, una ciudad “acogedora y dotada de un sentido especial de la receptividad”, que “atraía las fuerzas más dispares, las distendía, las mullía y las serenaba”, generando una “atmósfera de conciliación espiritual”, en la que “el ciudadano, inconscientemente, era educado en un plano supranacional, cosmopolita, para convertirse en ciudadano del mundo”.

Stefan Zweig, 1881-1942

Algunas noches, desde su balcón, Zweig debía escuchar la ciudad crepitar tentadoramente. Le gustaba “su humus artístico”, en el que una “constelación de nuevas orientaciones intelectuales y literarias (…) se combinaron químicamente en nosotros infundiéndonos la inmanente voluntad de crear”. En sus calles, dice, “experimenté la vida en sus mil formas y variedades, y no me hastié”. Era joven, tenía amigos, y su mundo aún no se había derrumbado.

Como el Joseph Roth de Judíos errantes (1927), que prefería “la vieja monarquía austrohúngara” al nuevo paradigma de las nacionalidades, Stefan Zweig exaltará “el genio específicamente musical” de Viena, que era capaz de “armonizar en su seno todos los contrastes nacionales y lingüísticos”, siendo “su cultura una síntesis de todas las culturas occidentales”1.

Para ello, la ciudad contaba con la inestimable ayuda de la población judía, “una fuerza intelectual errante durante siglos” que, al unirse “a una tradición ya algo cansada”, “la alimentó, la reavivó, la engrandeció, y le dio un nuevo vigor con su actividad incansable”.

Pero, como buen hijo de Viena, Stefan Zweig decidió “con una elección consciente (…), evitar fijar mi residencia en Viena, y así atarme sentimentalmente a un sitio determinado”. Así que después de Salzburgo y de Viena, Zweig se marchó a París, donde “[nadie] se preocupaba (…) de espantajos como raza, clase y origen, que no fueron hinchados sino más tarde”. Desde su nuevo balcón, Zweig siguió viendo el mundo con la misma generosidad. Y es que en París:

Cada uno de nosotros, los jóvenes, absorbíamos una parte de esa ligereza y así también contribuíamos a ella: chinos y escandinavos, españoles y griegos, brasileños y canadienses, todos se sentían como en casa junto al Sena. No había coacciones, se podía hablar, pensar, reír y soltar tacos tanto como se quería, todo el mundo vivía a su gusto, acompañado o solo, dilapidando o ahorrando, con lujo o como un bohemio, había sitio para cualquier extravagancia y se atendían todas las eventualidades. [Stefan Zweig]

Romain Rolland, 1921

Pero Stefan Zweig no idealizará a París, donde criticará a los “ultrapatriotas”, que, en vísperas de la Primera Guerra Mundial, blandían en opúsculos y conversaciones el ridículo argumento de que: “Lo que se le da a la humanidad se lo quitamos a la patria” (“Ce qu’on donnependant la guerra à l’humanité est volé a la patrie”)2. Y frente a ellos, creyó, con Romain Rolland, que “su misión no consistía en enrarecer todavía más la atmósfera cargada de odio, sobreexcitada por todos los medios de instigación, sino, todo lo contrario, en purificarla.”. Vaya, como nuestros tertulianos y políticos…

Finalmente, Zweig descubrirá que el lugar es accesorio, pues todos los balcones de la república de las letras tienen vistas sobre el bello y confuso paisaje de la vida:

Uno vivía en Alemania, otro en Francia y un tercero en Italia, pero todos compartían una misma patria, porque sólo vivían en la poesía, y así, evitando lo efímero con una estricta renuncia y creando obras de arte, convertían en obra de arte su propia vida. [Stefan Zweig]

En el balcón con Adolf Hitler

Desde su balcón vienés, Hitler vio un mundo totalmente diferente. Según dice en Mi lucha, la ciudad le resultaba repugnante: “Repugnante me era el conglomerado de razas reunidas en la capital de la monarquía austríaca; repugnante esa promiscuidad de checos, polacos, húngaros, rutenos, serbios, croatas, etc.”.

Por si esto no fuese suficiente, en Viena “se negaba todo”:

La nación no era otra cosa que una invención de los ‘capitalistas’; la patria, un instrumento de la burguesía destinado a explotar a la clase obrera; la autoridad de la ley, un medio de subyugar el proletariado; la escuela, una institución para educar esclavos y también amos; la religión, un recurso para idiotizar a la masa predestinada a la explotación; la moral, signo de estúpida resignación, etc. Nada había, pues, que no fuese arrojado en el lodo más inmundo. [Adolf Hitler]

Mary Douglas, 1973

¿Repugnante? ¿Inmundo? Cuántas cosas interesantes podría haber dicho la antropóloga Mary Douglas si en vez de ocuparse –en Pureza y peligro: Un análisis de los conceptos de contaminación y tabú (1973)– de las leyes kosher o de la tribu africana de los chagga, se hubiese ocupado de los remilgos nacionalistas de Hitler3. Y no diré que eran unos ascos dignos del mismísimo Pascal –quien, a pesar de haber sido el verdadero padre de ese “coco” reaccionario que es el nihilismo, fue un gran escritor– sino equiparables a los de cualquier Jeremías de bar.

¿Y qué era lo que, según Hitler, “mantenía compacta esa promiscuidad de pueblos”? Pues la “monarquía de los Habsburgo”, que “era un Estado de nacionalidades diversas, que, en su opinión, se dedicaba a “oprimir y poner obstáculo a todo representante verdaderamente eminente del germanismo”, mientras “favorecía toda manifestación anti-alemana”. La típica derechita cobarde, vaya.

Desde su balcón vienés, Hitler lamentaba “la indiferencia nacional de la gran masa del pueblo”, a la que consideraba, en parte, culpa del teatro y las películas procedentes del extranjero, y clamaba por que se le devolviesen “al ‘pueblo’ los elementos inherentes al sentimiento de orgullo nacional?”.

Gracias a este gran descubrimiento, según afirma ese Antibildungsroman que es Mi lucha, en unos pocos meses abandonó el rebaño de “los indiferentes”, y se convirtió “en un fanático nacionalista alemán”4.

Con todo, a Hitler aún le faltaba una pieza para que todo encajase. Esa pieza era el judío, el “eterno bacilo disociador de la humanidad, el judío, y siempre el judío”. Aunque Hitler rechazaba, en general, todo injerto racial, para él los judíos representaban el “veneno de las razas extrañas que carcomía el organismo de nuestra nacionalidad”. Como todos los grandes descubrimientos científicos, Hitler dice haber descubierto al judío por serendipia:

Cierta vez, al caminar por los barrios del centro, me vi de súbito5 frente a un hombre de largo caftán y de rizos negros. ¿Será un judío? Fue mi primer pensamiento. (…) fue transformándose en mi mente la primera pregunta en otra inmediata: ¿Será también éste un alemán? [Adolf Hitler]

Time Magazine, 1931

Desde aquel día, Hitler dice haber empezado a ver judíos por todas partes, como aquellos que esperan un hijo y empiezan a ver embarazadas en todos sitios. Fue entonces cuando “cambió mi primera impresión sobre Viena”, ya que “por doquier veía judíos, y cuanto más los observaba, más se diferenciaban a mis ojos de las demás gentes”. Desde su balcón calculó, así a ojo, que habría unos 200.000 judíos en Viena.

Muchos de ellos, como Stefan Zweig, apenas recordaban serlo, y quizás lo habrían acabado de olvidar si la gente como Hitler no se lo hubiesen recordado. Trágica ironía sobre la que Borges podría haber escrito unas “Tres versiones de Hitler”.

Mientras tanto, aquella efervescencia intelectual, que exultaba a Zweig, y asqueaba a Hitler, pasó a tener una explicación sencilla, y falsa, que es lo que necesitan los espíritus débiles 6 en tiempos de crisis: “Comencé por estudiar detenidamente los nombres de todos los autores de inmundas producciones en el campo de la actividad artística en general. El resultado de ello fue una creciente animadversión de mi parte hacia los judíos”. Pero con la intención de que no se le escapasen los judíos pobres (véase Judíos sin dinero, de Michael Gold), Hitler también los asoció a “ese tráfico irritante de vicios de la escoria de la gran urbe”7.

Balcones abiertos y diversos; balcón opresivo y triste

De este modo, en el mismo momento en que Zweig –del que Hitler no hubiese dudado en decir que tenía “una educación limitada propia de la pequeña burguesía”– se hacía cada vez más cosmopolita; el joven pintor fracasado se hallaba “en la época de la más honda transformación ideológica operada en mi vida”, pues, “de débil cosmopolita debí convertirme en antisemita fanático”8.

La lucha contra el demonio: Hölderlin · Kleist · Nietzsche

Todo esto desde dos balcones ubicados en las mismas ciudades y en la misma época. Uno de esos balcones estaba abierto de par en par, para que el viento y la luz del mundo inundase su hogar. El otro se cerraba al mundo, porque el mundo empequeñece al hombre débil, y ningún nazi fue jamás el superhombre que creía ser.

Cuenta Delumeau, en El miedo en Occidente (1978), que, después de la guerra greco-turca de 1920-1922, los campesinos expulsados del interior de Asia Menor que fueron instalados en la península de Sunion construyeron sus nuevas casas con un muro ciego del lado del mar. “¿A causa del viento?”, se pregunta Delumeau. Tal vez, se responde. “Más aún, sin duda, para no ver durante todo el día la constante amenaza de las olas”.

El balcón de Hitler era un trampantojo o una ventana ciega. Su balcón no fue capaz de realizar una síntesis entre el adentro y el afuera, entre la casa y el universo, y metió a todo un país en su habitación del pánico, y mandó matar a todo aquel que le recordase que había un afuera ambiguo e incontrolable, esto es: vivo.

A diferencia de Mi lucha, que es un libro opresivo, obsesivo y triste, como ese balcón con vistas al infierno que fue el Führerbunker en el que se mató su autor, las obras de Stefan Zweig son acogedoras, diversas y alegres, como esos balcones azules que nos lanzan al mar, y a la vez nos protegen del viento.

Así debería ser nuestro balcón. Abierto al mundo, sin renunciar por ello al recogimiento, y al acogimiento, pues, como dijo Alain Badiou: “la felicidad es saber gozar de lo infinito de forma finita”.
 


1Véase al respecto Bernat Castany Prado, “Globalización y nostalgia de imperio en la literatura hispanoamericana”, en Más allá de la frontera. Migraciones en las literaturas y culturas hispano-americanas, Peter Lang, Berna, 2019.

2 También Lutero le espetó a Erasmo, en su De servo arbitrio (1525): “Lo que le das a los hombres, se lo quitas a Dios”.

3 Sobre el significado filosófico y político del asco, véanse Esconderse de la humanidad y La monarquía del miedo, de Martha C. Nussbaum.

4 Sobre el uso en positivo del término “fanático” en la Alemania nazi, véanse las interesantes reflexiones de Victor Klemperer, en La lengua del Tercer Reich.

5 En la página 37 de la edición española que manejo, publicada en Ávila en el año 1937, se lee: “me vi de súbdito”. Lapsus calami donde los haya.

6 A diferencia de esos espritsforts que fueron los libertinos y los spinozianos, y en que los ilustrados quisieron transformarnos a todos.

7 No debe desatenderse la capacidad de Hitler para fingir interés por las capas más pobres de la sociedad. En Mi lucha, afirma estudiar el problema social: no “desde arriba”, como esos burgueses “dispuestos siempre a dignarse a aparentar que comprenden la miseria del pueblo”, sino desde abajo, sufriendo lo mismo que sufre el pueblo, en una especie de imitatio Christi, o imitatio populi, social. Como prueba de ello, nos regala sus pequeñas reflexiones sobre la precariedad, que parecen extraídas de L’assommoir de Zola: “la brusca alternativa entre la ocupación y la falta de trabajo y la consiguiente eterna fluctuación entre los ingresos y los gastos, que en muchos destruye a la larga el sentido de economía, así como la noción para un sistema razonable de vida.” (Mi lucha, Ávila, 1935)

8 En este momento inicial del libro, Hitler introduce, guiado seguramente por su secretario personal Rudolf Hess, o por el escritor antisemita Josef Czerny, una cierta pulsión narrativa. Es el único momento en el que se produce algún cambio o vacilación en el “protagonista”, quien confiesa que se había sentido tentado por el cosmopolitismo -“¿Acaso no somos todos lo mismo?, me decía yo”-, si bien, siguiendo el esquema paulino de la caída del caballo, finalmente vio la luz, y “de débil cosmopolita debí convertirme en antisemita fanático”.

 

Sobre el autor
Licenciado en Filosofía, Filología y graduado en música clásica. Doctor por la Universidad de Barcelona, con la tesis "El escepticismo en la obra de Jorge Luis Borges", y PhD en Estudios Culturales, por la Universidad de Georgetown, con "Literatura posnacional en Hispanoamérica". Es autor de Literatura posnacional (2007), Que nada se sabe y El escepticismo en la obra de Jorge Luis Borges (2012). Ha publicado diversos artículos en revistas nacionales e internacionales. Actualmente es profesor de Literatura Hispanoamericana en la UB y profesor de Estudios culturales en la Universidad de Stanford. Twitter: @dinolanti
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