Trotamundos y escritores: sobre «La invención del viaje», de Juliana González-Rivera

Fragmento cubierta «La invención del viaje», de Juliana González-RIvera.

 
La idea de riesgo, que desde siempre hemos asociado a viaje, ya solo puede existir en el intento de hablar del propio viaje. Y ese es precisamente el riesgo que asume Juliana González-Rivera (Medellín, 1984), quien se lanza a historiar el relato y las diversas filosofías en torno a la experiencia en su ensayo La invención del viaje. La historia de los relatos que cuentan el mundo. (Alianza editorial, 2019).

En tiempos en que “todo el mundo viaja”, y es “experto”, y estuvo allí “antes que nadie”, y leyó sobre el lugar lo que nadie había leído antes. Invadidos (como estamos) por una generación de viajeros curtidos en Erasmus, el B2 de la Escuela de Idiomas y varias experiencias con Ryannair hay que ser muy intrépido para ofrecerse a añadir algo al respecto.

J. González-Rivera, escritora

Lo bizarro hoy es ponerse a hablar del viaje y producir algo valioso. O hermoso, porque es inviable un ensayo sobre el viaje desconectado de la búsqueda de lo bello: “La belleza es verdad”, nos recuerda González-Rivera que dijo Keats.

Así que aquí tenemos un libro que es en sí un viaje y que, a la vez que revisa el vasto legado de la literatura viajera, se propone poner el foco en lo mucho que este género le debe a la estética. Porque si algo movió al ser humano a viajar, desde siempre, fue la certeza de que lejos del propio mundo había de existir otra belleza y no era posible dejar que se perdiera. Al contrario, el viaje debía llevar hasta ella y, en justa recompensa, dotaría al viajero de la sabiduría necesaria para volver y contarla.

Esa belleza –excusa, invento o locura que ofrece cada época– sirve para vertebrar el relato que va hilvanando Juliana González-Rivera en La invención del viaje. Se trata de la belleza en sentido amplio, es evidente, de cómo lo desconocido se tornó seducción, y la seducción en sed, y la sed acabó sacando al individuo de su parcela para llevarlo lejos de sus mapas en busca de nunca se supo qué.

Así se describe el fenómeno en las sucesivas variaciones que ofrece cada capítulo de La invención del viaje, a veces siguiendo el hilo de viajeros que escribieron y, a veces, de pensadores que viajaron.

Xavier de Maistre, 1794

El resultado es un corpus certero, intenso, de las visiones que el discurrir de los siglos ha ido consolidando en torno a la literatura del viaje. Incluso cuando este llega a la reducción conceptual del “viaje alrededor de la habitación” que planteó Xavier de Maistre a finales del siglo XVIII.

Es en este empeño donde el libro de González-Rivera muestra su mejor brillo: no se conforma con ser una enciclopedia del relato de viajes a lo largo de la historia, sino que atiende a las intenciones de cada viajero, a sus motivaciones y, más aún, a la reflexión posterior que el viaje exige a quien dedicó su vida al descubrimiento de lo Otro.

Así, en cada viajero –actual o antiguo, real o semificticio– Juliana González-Rivera se empeña en encontrar un Heródoto, o un Tucídides, o un Jenofonte. Alguien, en fin, movido por un deseo de conocimiento, adicto a epatar con la crónica de sus aventuras o bien fascinado por el simple afán de recolectar rarezas.

Como resultado de esa invocación, el libro lo recorren personajes de toda pelambre. Algunos absolutos olvidados, los cuales, contra todo pronóstico, arrojan una luz destellante sobre momentos de la historia que merecerían más atención.

Así ocurre con la Edad Media, bastante menos oscura cuando se lee acerca de sus viajeros, donde uno encuentra momentos fundacionales, tiempos y autores que explotan una versión propia de realismo mágico en lugares remotos como el Nilo o el Asia Central; en personajes de fábula como el Preste Juan, Marco Polo o Simbad; en mares que se vacían al borde de los mapas; y entre una multitud de fenómenos fantásticos que solo pueden ser patrimonio de viajeros y viajeras valientes.

Dante Alighieri, 1265-1321

El viaje se reedita en todo lugar como una necesidad inexplicable, una exigencia que solo el humano percibe y que le obliga a salir de territorio doméstico.

La Comedia de Dante, a la que el libro vuelve recursivamente, queda así como paradigma universal del viaje. Y no lo es menos Ulises, quien de regreso de la guerra llega sano y salvo a casa, pero que ni aun así recupera la paz. Porque hay en el ser humano un prurito indomable que solo a ratos admite ser calmado y siempre gracias al viaje.

En un momento dado uno y otro viaje se cruzan cuando Dante relata la escena en la que Ulises, delante de los suyos, proclama: “Hermanos, no os neguéis a conocer el mundo inhabitado” porque “no habéis nacido para vivir como brutos, sino para alcanzar la virtud y la ciencia”.

La extensa introducción de 50 páginas con la que se abre La invención del viaje –y por donde aparecen algunos de los mejores autores y autoras de todos los tiempos– tiene su epítome en esa luminosa escena.

Quedaría, para terminar, una aproximación a lo que puede ser el futuro del viaje (ahora que el cuñadismo se ha perfeccionado también en este tema). En esa dirección apunta precisamente González-Rivera en su libro: no hay respuesta definitiva, concluye.

Pensadores actuales como Cees Nooteboom, Martín Caparrós o Jordi Carrión siguen indagando en el hecho de viajar cuando ya podría parecer un trabajo prescindible –hay navegadores en cada coche, hay Google maps y hay Lonely planet–. Y, sin embargo, ahí permanece nueva la pulsión del viaje, matizada por las propias circunstancias de la actualidad, es cierto, pero reeditándose siempre.

Solo queda leer y releer La invención del viaje y seguir adictos –ahora con muchos más argumentos– al viaje y a la vasta producción literaria que el viaje nos ha dejado. Todo un canon transnacional, desde cuando aún no existía el término, aunque sí la necesidad.

Porque nada define al ser humano, asegura González-Rivera, como la necesidad de entenderse a uno mismo indagando en lo Otro.
 

Sobre el autor
(Linares, Jaén, 1967) Es periodista cultural, docente de secundaria y escritor. Se dio a conocer en el panorama literario español con su primera novela: Un preso que hablaba de Stanislavski (2006). Luego vino el libro de relatos Todas las tardes café (2009) y las novelas La balada de Eleanora Aguirre (2012) y Constantes cósmicas del caos (2014).
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