Ken Kesey y Timothy Leary: el día del no encuentro de las dos ramas psicodélicas

Bob Dylan, Mr. Tambourine Man. Póster de Martin Sharp, 1967

 
Verano de 1964. Ken Kesey acaba de publicar Alguien voló sobre el nido del cuco y ha reunido a su banda de bromistas, los Merry Pranksters, para recorrer coast to coast los Estados Unidos a bordo de un autobús multicolor y psicodélico. Lo conduce Neil Cassady, el famoso Dean Moriarty de On the road (1957) de Jack Kerouac, y allá por donde pasan realizan acid tests. El asunto consiste en una suerte de celebración improvisada en el que se invita a ácido a la concurrencia, para acabar montando una juerga sensorial o happening psicodélico.

Poco después, en 1966, los acid test se popularizan en San Francisco y toda la Bay Area, adoptando el nombre de Trip Festivals. Grupos locales como Grateful Dead amenizan las veladas lisérgicas en plena expansión de la cultura psicodélica durante la legalidad del LSD. Ken Kesey y los suyos siguen ofreciendo ácido con el fin de expandir las puertas de la percepción, tal como había propuesto Aldous Huxley en su famoso libro publicado en 1954, cuyo título recoge un conocidísmo fragmento del poema del visionario romántico William Blake.

Si las puertas de la percepción se depurasen, todo aparecería a los hombres como realmente es: infinito. Pues el hombre se ha encerrado en sí mismo hasta ver todas las cosas a través de las estrechas rendijas de su caverna. William Blake

Kesey quiso abrir las puertas de la percepción experimentando con una nueva visión más libre, hedonista y no racional de las personas y de las relaciones. Esa era su forma de transformar el mundo, romper las barreras que la sociedad imponía al individuo y explorar el lado salvaje y desconocido de la existencia.

Ken Kesey, 1962

Un modo de vida primitivo, tribal y lúdico que el ácido o la ayahuasca podían despertar hasta convertir a un joven llamado Jim Morrison en una suerte de chamán generacional cuya sombra se proyecta hasta nuestros días.

You know the day destroys the night
Night divides the day
Tried to run. Tried to hide
Break on through to the other side
Break on through to the other side

«Break on through (to the other side)», The Doors

Como me dijo en una ocasión1 el filósofo y teólogo Raimon Panikkar, que vivio en primera persona la California contracultural de los sesenta impartiendo clases en la universidad y recibiendo a jóvenes hippies en su casa:

 La droga, el LSD, no es camino pero puede ser beneficiosa para aquellos que viven encerrados, ya que los puede liberar de los vínculos intelectuales y racionalistas que muchas veces los oprimen. Raimon Panikkar

Puede que así se sintiera la juventud norteamericana de mitad de los sesenta. Encerrada en un mundo racional, competitivo, rodeada de una generación de adultos temerosa e insegura, después haber pasado la Gran Depresión e inmersa en la paranoia comunista instigada por la Guerra Fría.

Sin embargo, la experiencia lisérgica también tenía su lado oscuro. Según Antonio Escohotado, autor de La historia general de las drogas (1983) y freak drop out de los primeros setenta de Ibiza:

Al segundo o tercer ácido te dabas cuenta de que los coloritos y cambios sensoriales eran una broma, que en realidad lo que aquel fármaco te estaba dando era autoconocimiento, pero autoconocimiento en dosis masivas… ¡hasta el punto de que a veces se te atragantaba! El mal viaje no es más que eso. Antonio Escohotado

Antonio Escohotado, 1983

Muchos jóvenes tuvieron malos viajes, pero gracias a la experiencia psicodélica pudieron sintonizar con formas más intuitivas, sensoriales y fantasiosas de percibir la realidad. El ácido les llevó al Pepperland del Yellow Submarine de los Beatles, al Wonderland de Alicia o a las puertas de la percepción de Blake y desde entonces su vida ya no pudo volver a ser la misma.

De esa visión surgió toda una cultura lisérgica que fructificó de manera inequívoca en el campo del diseño gráfico, las viñetas del cómic, la música o el cine experimental. Por un lado, la psicodelia desarrolló formas artísticas, y vitales, que reivindicaban el dadaísmo, el surrealismo y la herencia de otras vanguardias históricas. Por otro lado, reinterpretaban el pop, fusionando sus formas con mandalas orientales, fractales y demás dispositivos visuales o acústicos que pudieran pulsar directamente los sentidos.

En sintonía con la onda expansiva de la psicodelia, Stanley Kubrick rodó los monumentales minutos finales de 2001, Bruce Conner sus cortos experimentales, Pink Floyd compuso The Pipper at the Gates of Dawn y los Beatles su Sgt. Pepper; mientras otros como Peter Max o Martin Sharp llevaron la estética lisérgica colorista y desbordante al diseño gráfico y el cartelismo. Todos ellos, y también otros artistas del establishment (Cary Grant, por ejemplo), quisieron compartir y conocer de primera mano la experiencia psicodélica.

Póster de The Doors et al.

En sus formas, el grupo de Kesey encarnaba la rama de la psicodelia más gamberra y orgiástica en tanto que la de Timothy Leary y los suyos constituía la vía más intelectual, mística y orientalista. Leary llegó a convertirse en un reputado gurú de la psicodelia, un abridor de mentes, un foco de atracción para muchos con un aura casi mesiánica.

Kesey y su banda de amigos sentían un profundo respeto por quienes vinculaban el potencial del LSD al autoconocimiento, la psicología y el misticismo. Por eso quisieron ir a conocer directamente a Leary en su selecta comuna de Millbrook (Nueva York). Una mansión reconvertida en ashram de lujo para iluminados que meditaban, intelectualizaban y practicaban el sexo abierto y libre. La llamó Fundación Castalia, aunque otros la conocían como Liga para el Descubrimiento Espiritual.

Timothy Leary había sido expulsado de Harvard por proclamar públicamente los beneficios del LSD, medicamento inventado por Albert Hoffman a finales de los años treinta en los laboratorios Sandoz y que el mismo Leary había probado como conejillo de indias de la CIA. La organización estadounidense trataba de encontrarle un uso como arma química pero el  Dr. Leary descubrió que aquello podía transportar al individuo a otros estados de conciencia. El ácido era para Leary un poderoso medio de autoconocimiento, un vehículo místico en el que el iniciado experimentaba un tránsito parecido al descrito en El libro tibetano de los muertos.

Tom Wolfe, 1968

Tim Leary ejercía de gurú generacional y difundía mantras que calaban en la sensibilidad de los jóvenes, como el conocido turn on, tune in & drop out (conecta, sintoniza y déjate ir). Ken Kesey, por su parte, encarnaba a una suerte de hippie born to be wild. Ambos bandos representaban dos de las vías posibles de la psicodelia: la del intelecto frente a la del cuerpo, la mística frente al hedonismo, la iluminación ante expansión vital.

Como explica Tom Wolfe en su imprescindible crónica novelada del movimiento psicodélico en general y de los avatares de los Merry Pranksters en particular, The Electric Kool-Aid Acid Test (1968), Kesey y su grupo pusieron rumbo hacia Millbrook en su autobús escolar, lisérgicamente transformado, en lo que debía ser el gran encuentro de las dos facciones psicodélicas más famosas.

Partieron con la expectativa  de ser objeto de la más gloriosa de las recepciones… Porque los Bromistas consideraban que su grupo y el de Leary eran dos extraordinarias comunidades secretas, las únicas de todo el planeta embarcadas en el más fantástico experimento en el campo de la conciencia humana jamás concebido. Se trataba de algo totalmente nuevo. Y ahora las dos comunidades estaban a punto de encontrarse… Los Bromistas entraron en los verdes y sinuosos terrenos góticos de Millbrook con las banderas ondeando al viento… Se detienen frente a la casa que se alza ante ellos sepulcral y gótica, sin nadie alrededor, y saltan del autobús gritando y armando un alboroto de mil demonios. Finalmente se materializan unas cuantas almas…

Hay una especie de … vibración… general…, como de querer decir: «Aquí tenemos entre manos algo muy profundo, una labor de meditación, y vosotros, locos californianos, sois una nota discordante».

The Electric Kool-Aid Acid Test. Tom Wolfe

Timothy Leary, 1964

En la versión de los hechos narrada por Wolfe, Leary no llega ni a aparecer, dejando plantado a Kesey, por tener “asuntos más importantes” que atender. Al parecer Kesey no se lo tomó muy mal, pero alguno de los Pranksters se mofó del grave asunto de meditar y la cosa acabó en frases como “Que te den por el culo, Millbrook, por tu maldita frialdad”.

Años más tarde, en 1983, cuando Leary escribiera su imprescindible biografía LSD Flashbacks, revivía la situación como una espina clavada, aludiendo al capítulo “felizmente corto” del libro de Wolfe. Leary cuenta que Kesey se presentó sin avisar cuando él estaba en estado febril y con aspirinas.

–¿Cómo están?– pregunté demasiado enfermo como para dar saltos de alegría.
Dick sacudió la cabeza.
–Bastante flipados y confundidos. Llevan casi un mes en ese autobús ruidoso y tambaleante sin amortiguadores; han atravesado a toda pastilla Arizona y Tejas con temperaturas de casi cuarenta grados. Están agotados y tensos.
–Bueno pues han llegado al sitio perfecto para recuperarse– dije.

 
Y unas líneas más abajo Leary sigue con su narración.

Aun en mi delirio quedó claro que a Dick no le entusiasmaba mucho el jaranero viaje de los Bromistas, por no decir algo peor.
–Me siento como si fuéramos una bucólica aldea india invadida por una banda de juerguistas desenfrenados de salón del salvaje Oeste– dijo Dick.
Entre los grupos cundieron el magreo y los colocones calenturientos… Ken Kesey, Ken Babbs y yo llegamos a vernos con tranquilidad y en mi cuarto. Nos miramos a los ojos y prometimos mantenernos en contacto como aliados. Y ha sido así hasta el día de hoy.

LSD Flashbacks. Timothy Leary

The 13th Floor Elevators

La versión de Leary suena a trola, pero no importa. Lo único cierto es que ambas bandas siguieron como aliadas, porque pese a sus diferencias estaban unidas por esa mística de la transformación de la conciencia.

Algunos piensan que el LSD, y en general la droga, puede ser un short cut o atajo rápido para alcanzar estados de conciencia a los que tan solo se llega después de muchos años de meditación. Probablemente así sea, pero parece incuestionable que el LSD abrió un camino que plantaba cara al sistema establecido y conectó con el mito, el ritual y el chamanismo, recordando que la sabiduría del ser humano no se reduce tan sólo a la ciencia o las pautas mercantilistas.

 


1En entrevista realizada en el documental Rubbersoul dirigido por el autor de este artículo

 

Sobre el autor
Soy viajero, futbolero y cinéfilo. Creo en el zen, el monolito y en Leo Messi. He rodado documentales en la India (Rubbersoul), el Tíbet (Railway to Heaven) y colaboro con la revista Viajes de National Geographic. Actualmente llevo el blog pasionesferica.com y la web alexisracionero.com, aunque en lo que estoy docto cum laude es en hippies y el cine Hollywood de los setenta. He escrito los libros, El ansia de vagar, Shanti, Shanti, California Dreaming y El llenguatge cinematogràfic. Doy clases de cine e historia y estilos visuales en Escac.
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