Take care of yourself: Una carta a Sophie Calle

Take care of yourself, 2007

 
La artista y crítica Marla Jacarilla (Alcoy, 1980) inicia una serie de artículos sobre arte contemporáneo y sus vínculos con el texto, la narrativa, el cine y las creaciones audiovisuales. En esta ocasión, en clave epistolar, nos habla de la figura de Sophie Calle (París, 1953), cuya obra se expone hasta el 7 de junio en la Virreina Centre de la Imatge (Barcelona). La retrospectiva, que lleva por título Modus Vivendi y ha sido comisariada por Agustín Pérez Rubio, se centra en la mirada del otro y la construcción del relato autobiográfico mediante la fotografía, la escritura y el vídeo.

Sophie:

Me gustaría empezar esta carta sabiendo cómo va a terminar. Ser capaz de estructurarla de un modo comprensible y coherente. Con un planteamiento, un nudo y un desenlace; como en la literatura clásica, como en los textos canónicos. Poder elaborar un índice mental con los temas que quiero tratar y abordarlos según un estricto orden decidido con anterioridad, probablemente cronológico.

Take care of yourself, 2007

Me gustaría transmitir seguridad en mí misma, que mis palabras no parezcan pretenciosas ni grandilocuentes, pero que tampoco den lugar a cuestionamiento alguno. Como si supiera de lo que hablo cuando hablo de tu vida, aunque en realidad no tenga ni la menor idea. Porque tu vida, apreciada Sophie, por muchos estudiosos y curiosos que la pretendan analizar, en realidad solo la conoces tú.

Me gustaría aclarar que estas líneas, que aparentemente hablan de tu biografía y de tu obra (confluyen tan a menudo que resultaría imposible separarlas), no son más que otro intento de entender esa carta que tanto te obsesionó en un momento de tu pasado. Esa carta con la que alguien decidió dejarte. Dejarte con una pequeña grieta en el corazón. Dejarte sumida en un mar de dudas y desconcierto. Porque tengo la absoluta convicción (sé que es errónea, pero no puedo evitar tenerla) de que intentando entender tu vida, estaré más capacitada para intentar entender esa carta.

Como esas 107 mujeres que leyeron la carta y te dieron 107 interpretaciones. Todas distintas. Y todas válidas.

Prenez soin de vous, 2007

Llegaste al arte casi por casualidad, sin pretenderlo. Siguiendo a desconocidos sin una finalidad artística, fotografiándolos, iniciando así una búsqueda de ti misma a través de los demás. Invitando a  los extraños a que durmieran en tu cama. Pidiéndoles permiso para invadir su intimidad mientras ellos, de algún modo, invadían también la tuya.

Decidiste que serías artista solo para impresionar a tu padre, para seducirlo. Porque él no veía en ti más que una joven desorientada, alguien que no sabe muy bien qué quiere hacer con su vida. Por eso decidiste convertir los contras en pros y dejaste que el complejo de Electra condicionara tu porvenir; permitiendo que la fotografía, esa que tanto gustaba a tu padre (coleccionista de arte contemporáneo) se transformase en tu vida. Modificando aquello que tildamos de cotidiano para convertirlo en obra de arte. Jugando a imitar artistas consagrados sin ser del todo consciente de que algún día llegarías a ser una de ellos.

Heredaste la obsesión de tu madre por los rituales y permitiste que formaran parte de tu obra. Al igual que tu madre, que también formó parte de tu obra, justo cuando estaba a punto de morir. Tal vez, porque el ritual que acompaña a la muerte es uno de los que más nos obsesiona a los seres humanos. Por eso piensas a menudo en cómo será tu funeral, aunque todavía pertenezca a un futuro lejano.

Les dormeurs, 1979

Conversas sobre el tema con el hombre sin nombre, estableciendo similitudes y diferencias entre vuestros proyectos, ambos relacionados con vuestras respectivas muertes. Y mientras tanto, los espectadores, desde diversas partes del mundo, elucubran durante el visionado del vídeo y os escuchan, imaginando al mismo tiempo cómo será el ritual que circunde su propia muerte.

Y junto a los rituales, las reglas. Esas que te impones a ti misma constantemente para poder seguir avanzando, como también en los años 60 hacían los fundadores del grupo OULIPO. Establecer reglas frente al uso de las palabras, frente al uso de las imágenes, frente al uso de la vida. Reglas que en el fondo no sirven más que para mostrarnos las infinitas posibilidades que nos ofrecen las palabras, las imágenes y la vida, incluso a pesar de las acotaciones. Reglas que te hacen sentir más libre, afirmas en un acto de contradictoria coherencia. Reglas que, indudablemente, dotan a tu obra de unas connotaciones lúdicas, incluso cuando abordan temas que la sociedad considera tabú.

The Hotel Room, 1981

Decidiste ser fotógrafa, modificaste la definición de lo que implica ser fotógrafa. Te convertiste en detective, en empleada de hotel, en stripper, en personaje de una novela. Te enamoraste de un desconocido. Mejor dicho, del retrato de un desconocido. Pasaste una noche en blanco en lo alto de la Torre Eiffel, enterraste un diamante debajo de un glaciar, preguntaste a los ciegos qué es la belleza, prestaste tu cama a un desconocido con el corazón roto. Rechazaste con humor todas esas interpretaciones analíticas y teóricas que, constantemente, se hacen sobre tu obra. Recalcando, una vez más, que lo único que quieres hacer es jugar e impresionar a tu padre con tu trabajo para que se sienta orgulloso de ti.

Te diste cuenta de que el arte también puede herir, aunque no haya intencionalidad de hacerlo. Te casaste en Las Vegas solo para poder decir que te habías casado. Si tu madre se casó cuatro veces, tú no vas a ser menos. Aunque sea con alguien casi desconocido, con alguien que solo quiere hacer una película, con alguien a quien todo lo demás le da igual.

No Sex Last Night, 1996

Te casaste como parte de un trato. Te casaste tan solo por el poder hipnótico de la ceremonia, eludiendo con clarividencia todo lo que un matrimonio suele conllevar después. Oscilando entre la sacralización de los rituales y la trivialización de los mismos. Siendo contradictoria de un modo congruente y divorciándote tras nueve meses de edición, justo cuando la película estaba por fin terminada y ambos, marido y mujer, habíais conseguido ya lo que queríais.

 
Llegados a este punto de la carta y tras haber realizado un recorrido subjetivo, selectivo y acronológico de tu vida, me veo obligada a sacar algo parecido a una conclusión. Y la conclusión es, en este caso, una obsesión. Algo que recorre toda tu obra, tan aparentemente heterogénea. Una obsesión por la ausencia, por todo aquello que en algún momento estuvo pero un buen día desapareció. Y dejó un rastro.

Tal vez por eso, G. te escribió esa carta. Para convertirse en una ausencia y, de ese modo, devenir una obsesión. No digo que lo hiciera de modo consciente, por supuesto. Pero el caso es que lo hizo. Escribió esa carta y se despidió con una fórmula, tan convencional como demoledora:

Cuídese mucho.
 

Sobre el autor
(Alcoy, 1980) Le resulta difícil definirse, aunque lo intenta de modo obstinado desde que hace años le explicaron que sería bueno que tuviese un statement. Hace arte (o al menos lo intenta), escribe sobre cine y reflexiona sobre cosas que suelen pasar desapercibidas. En cierto modo, todo esto se sitúa en un mismo nivel: la obsesión por esas letras que forman palabras, que forman frases, que forman capítulos que cuentan historias.
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