Eloy Tizón: “Un libro empieza siendo una música, una atmósfera, una invitación al viaje”

Fotografías: Almudena Sánchez

 
Eloy Tizón (Madrid, 1964) es escritor, colaborador en medios como El Cultural y profesor de narrativa en Hotel Kafka y la Escuela de Escritores de Madrid. Tizón es autor de los libros de relatos Técnicas de iluminación (Páginas de Espuma, 2013), Parpadeos (2006) y del celebrado Velocidad de los jardines (1992); además de las novelas La voz cantante (2004), Labia (2001) y Seda salvaje (1995), finalista del premio Herralde. Sus cuentos han sido recogidos en antologías como Páginas Amarillas (Lengua de Trapo, 1997),  Cien años de cuentos (Alfaguara, 1998), Pequeñas resistencias (Páginas de Espuma, 2002), Best European Fiction: 2013 (Dalkey Archive Press) y Cuento español actual: 1992-2012 (Cátedra, 2014), entre otras.

Hasta ahora, has transitado por la poesía, el cuento y la novela. Siempre explorando y ensanchando el espacio entre géneros. ¿Cuál es tu relación con las fronteras?

J.G. Ballard, 1996

Bastante relajada, creo. «Cruzar fronteras es mi profesión», declaraba un personaje al comienzo de una novela de J.G. Ballard. Mi caso es parecido. Mi profesión es cruzar fronteras. Atravesar ese espacio restrictivo de los géneros, con sus divisiones tajantes y sus alambradas académicas, pugnando para ampliarlas, buscando vasos comunicantes entre la narrativa y la poesía e incluso el ensayo. Todos pueden formar parte del mismo texto, de manera orgánica, para que el enriquecimiento, el placer y la emoción se incrementen.

Existe una tendencia a considerar la tradición del relato breve en España como escasa. Sin embargo, su presencia a lo largo de los siglos es innegable. ¿Crees que podría tratarse más de una cuestión de valoración sobre todo a partir del boom latinoamericano, que estaba desarrollando otras posibilidades?

Siempre ha habido buenos escritores de relato breve en España, otra cosa distinta es que hayan sido suficientemente leídos y valorados. Hubo una promoción muy potente de narradores durante los años 50, casi todos ellos vinculados al realismo, partiendo del magisterio de Ignacio Aldecoa, cuya prolongación más lograda quizá sean dos Juanes: Juan Benet y Juan Eduardo Zúñiga, este último felizmente en activo, y cuyas piezas breves son exquisitas. También Relatos sobre la falta de sustancia (1977), de Álvaro Pombo, me parece un libro magnífico y renovador, un título clave que ya va siendo hora de reivindicar y aupar hasta el lugar que merece.

Álvaro Pombo, 1977

Es cierto que para muchos de nosotros el descubrimiento adolescente del boom fue crucial. Gracias a los relatos de Onetti, Rulfo, Borges o Cortázar, entre otros, encontramos voces que nos permitieron soñar con otros mundos, alejados de los estereotipos socialrealistas, ecos de Faulkner y de la Biblia, que apostaban por un lenguaje rico, una imaginería abigarrada y un cierto cosquilleo erótico. Frente al cuaresmal realismo castellano de mesa camilla, el boom latinoamericano supuso una invitación a la fiesta y al derroche.

Huellas más o menos visibles del boom es posible rastrearlas entre los mejores narradores breves de mi generación: Carlos Castán, Hipólito G. Navarro, Juan Bonilla, Javier Sáez de Ibarra, y entre autores más recientes como Andrés Neuman, Sergi Bellver, Nuria Labari o Juan Gómez Bárcena. Es una tendencia que convive con otra línea más anglosajona que también se ha abierto camino y está produciendo hermosos frutos: Luis Magrinyà, Esther G. Llovet, Paul Viejo, Cristian Crusat, Javier Morales

Por suerte, el relato español actual es multiforme y está muy vivo; depara muchas sorpresas. Es posible que el boom ahora esté algo venido a menos, o sufra una inevitable revisión crítica (en el fondo sana), pero yo siempre tendré una deuda de gratitud hacia un puñado de escritores que me mostraron los planos para fabricarme unas alas.

Los relatos de Técnicas de iluminación, así como los de Velocidad de los jardines y Parpadeos, parecen adquirir una cadencia más narrativa conforme se va acercando el final del libro. ¿Sigues algún criterio para ordenarlos o es una cuestión que responde a lo intuitivo?      

Velocidad de los jardines

Digamos que empezó siendo una intuición que se ha convertido en programa. En Velocidad… fue una decisión tomada un poco a ciegas, menos meditada que intuitiva. Con posterioridad, reflexionando sobre ello, me di cuenta de que el orden elegido tenía poco de corazonada y sí mucho de voluntad unitaria. En el fondo respondía a una cierta lógica, que como bien acabas de señalar era la lógica de la progresión narrativa, aunque yo en ese momento no lo supiera.

En Parpadeos y Técnicas… ya soy consciente de ello y trabajo con esa óptica desde el comienzo. El orden de los relatos responde a un criterio de coherencia. Por alguna razón, siento la necesidad de abrir mis libros con piezas poco narrativas, algo desdibujadas, que funcionan a la manera de oberturas musicales, para dejar que las historias poco a poco vayan armándose.

El libro empieza siendo una música, o una atmósfera, o una invitación al viaje. Vamos a salir a caminar, propongo, a ver con qué nos encontramos. Me gusta esa sensación de partir hacia lo desconocido, sin esquemas previos, sin ideas preconcebidas, con la mente en su mayor grado de amplitud. Eso es escribir el libro: averiguar cuál es la historia que uno quiere contar, descartando los caminos erróneos; es casi un proceso detectivesco. Hasta que no llega el último cuento, nunca se sabe. Todo apunta hacia él. Procuro que en ese último cuento se concentre la máxima intensidad emocional del libro.

La escritura es algo salvaje, sin domar, no admite imposiciones de nadie. Por ello, no se trata tanto de forzar la escritura, sino de crear en uno mismo las condiciones adecuadas para que la escritura surja con entera libertad.

Páginas de Espuna, 2013

En Técnicas de iluminación, el lector asiste a ese prodigioso momento de revelación que viven los personajes, aunque siempre entre paredes de un tono crepuscular. No hay una claridad límpida y absoluta, y finales aparentemente felices terminan albergando ciertos matices de penumbra. ¿Cómo has ido trabajando esta conjunción de luz y sombra?

Ha sido un trabajo lento, a base de acercamientos, tanteos, dudas, con interrupciones y pausas, no siempre voluntarias. He procurado huir de lo obvio y lo simplón e intentar que los cuentos tuviesen complejidad y doble fondo. He trabajado por capas, pintando y repintando, con veladuras, como hacen algunos pintores. Quería que hubiese relieves, con algunas caras bien iluminadas en primer plano mientras que otras he preferido dejarlas en penumbra, solo insinuadas. Hay personajes apenas mencionados, pero que se intuye que tienen su importancia. He mimado mucho lo que no está: esas siluetas huidizas, que vemos y no vemos, calibrando muy bien su presencia.

Y sí, también los finales son ambiguos, o agridulces. No sabemos si los cuentos terminan bien o mal. En «Manchas solares», por ejemplo, bromeo con mis amigos diciendo que es el final feliz más infeliz de la historia. Una broma, desde luego, pero con su parte de verdad, espero.

En la historia de la representación occidental, la sombra siempre ha arrastrado una carga de negatividad, tanto física como metafórica. Pero quizá sin la parte umbría, la potencia y fascinación de un destello se perdería. ¿Se podría extrapolar esto mismo a los personajes y su configuración?

Junichiro Tanizaki, 1933

Lo que señalas es cierto, se trata de un planteamiento muy occidental. En Japón sucede (o sucedía antes, no sé) lo contrario. La penumbra y la sombra se anteponían al brillo y la claridad, que a la mirada oriental resultaban excesivamente chirriantes y como exhibicionistas. Aquí resulta poco menos que obligado referirse al maravilloso librito de Tanizaki, Elogio de la sombra, donde se cuenta cómo en un momento de la historia las mujeres japonesas llegaron a ennegrecer sus dientes, para disimular su blancura, considerada molesta; justo al revés que nosotros, con nuestros tubos dentífricos de pastas blanqueadoras.

Nos guste o no, somos hijos de occidente y no podemos escapar de ello, ni aunque queramos. El peso de la cultura, que hemos recibido desde la cuna, con todas sus metáforas acerca de la luz del conocimiento, el Siglo de las Luces, etc., en contraposición a la noche oscura del alma, nos han marcado a fuego. Yo tampoco escapo de ello, claro está, también estoy marcado por la educación y en ese sentido mis libros son occidentales ya que en ellos la luz tiene, para los personajes, una connotación positiva frente a la tiniebla y a la negrura, consideradas peores.

A lo largo de los relatos pareces ir esculpiendo huecos: el contenido desconocido de la caja, el suceso que tuvo lugar en la fiesta y del que nada se sabe, esa otra persona que no tiene nombre, el apocalipsis del que huye la familia y que el lector no llega a conocer. ¿Qué valor adquiere lo no dicho?

Eloy Tizón

Escribir, a veces, puede ser el arte de morderse la lengua. Decir menos para sugerir más. No dárselo todo masticado al lector, como si fuese tonto. En lugar de eso, prefiero contar con su inteligencia, con sus ganas de participar activamente, de completar los vacíos y rellenar las ausencias. Esa ha sido mi principal apuesta para este libro. En este sentido, Técnicas… puede entenderse como una colección de huecos. Que haya muchas elipsis no es un capricho mío, sino que responde a la voluntad de acercarme al misterio, de respetarlo y honrarlo, sin ceder a la tentación de ablandarlo con explicaciones baratas.

Era arriesgado, al principio no sabría si saldría bien o mal, si encontraría a lectores cómplices dispuestos a acompañarme, a co-crear conmigo. Cinco ediciones más tarde, parece que sí, que los lectores valoran que se respete su inteligencia, y lo agradecen. Sorpresa para muchos. Es una hermosa lección.

Al final del cuento “Merecía ser domingo”, los personajes envueltos en ruinas esperan a que una orquesta sinfónica empiece a tocar. ¿Es el arte salvación y trascendencia?

Son palabras y conceptos fuertes, desde luego, pero hay que atreverse a emplearlos. Sobre todo ahora, en que una parte considerable del arte parece escorarse hacia el “entretenimiento” y la banalidad del espectáculo. Si no creyera que el arte nos salva, o nos condena, seguramente no escribiría. Durante toda su historia, el arte que de verdad importa ha tendido hacia una cierta radicalidad y trascendencia, a veces vinculada con lo que podríamos considerar una espiritualidad laica. No es ninguna broma. El arte que no perturba es simple decoración.

Guerra de Bosnia, 1992-95

Recuerdo haber leído la noticia de que durante la última guerra de los Balcanes, mientras las bombas caían sobre Sarajevo, bastantes personas se jugaban la vida corriendo en zigzag por las calles para reunirse en algún refugio con otros aficionados e interpretar juntos una obra de teatro o tocar un cuarteto de cuerda. En medio del horror, esas personas arriesgaron sus vidas –literalmente– por el arte, en circunstancias en que todo invitaba a abandonarse a la locura. Sin ellos, el sueño habría acabado. En cierto sentido, gracias a su coraje sobrevivimos todos. Se merecen el mayor respeto. Conviene tenerlo presente.

Teniendo en cuenta que tu primera vocación fue la pintura, ¿qué papel juegan las artes visuales en tus textos?

Siguen desempeñando un papel importante, qué duda cabe. En primer lugar está el aspecto visual, que lo impregna todo. La literatura, en contra de lo que puede parecer, también es un arte visual. Las historias escritas se ven, se miran, se contemplan, son objetos gozosos cargados de plasticidad. El lenguaje no es algo árido y funcionarial, sino todo lo contrario: una materia exuberante y sensual, a veces incluso demasiado. Esto dijo Flaubert en una carta a su amante, mientras escribía Madame Bovary: «Hay poca acción, pero sigo opinando que las imágenes son acción». En efecto, la literatura constituye una permanente excitación de los sentidos físicos. No se puede leer sin embriagarse ni sentir la fuerza onírica de las imágenes, su acción sobre nuestro sistema nervioso. En eso, creo yo, mis textos siguen siendo pictóricos.

Por otro lado, realizaste el diseño de la cubierta de Parpadeos, ¿has continuado embarcándote en proyectos similares?

Parpadeos, 2006

No, esa fue una excepción; no tengo previsto que se repita. Me hice cargo de la ilustración de la cubierta porque ninguna otra opción me convencía del todo. Quizá pequé de exceso de euforia, no lo sé. Hacía muchos años que no pintaba ni dibujaba, de modo que empecé a trastear con el Photoshop sin realmente dominar el programa, a base de ensayo y error, probando efectos, equivocándome, aprendiendo a manejarlo al mismo tiempo que iba creando los collages de Parpadeos. Hice bastantes bocetos, por lo menos una docena (por ahí deben de andar), descarté casi todos y escogí el que más me convenció. Disfruté de la experiencia, de esas semanas bajo una cierta obsesión, hasta tal punto que temí verme de nuevo arrastrado por el veneno de las imágenes, que son adictivas.

Soy un ser limitado, para hacer una cosa medianamente bien necesito meterme en ella a fondo, sin distracciones, de modo que escribir y pintar a la vez está fuera de mi alcance. Necesitaría dos vidas para eso y solo dispongo de una. Tengo que escoger una u otra. No puedo con las dos al mismo tiempo. En su día me decanté por la escritura (creo sinceramente que habría sido un artista muy mediano), y no me arrepiento. Sin embargo, mi amor por las imágenes visuales (y por el cine: importantísimo), que me lleva acompañando toda la vida, se mantiene y creo que se mantendrá para siempre.

Despojamiento, lirismo, precisión, inmersión de lo visible, humor: ¿es ese el terreno por el que quisieras seguir caminando? ¿Y tal vez atravesarlo?

George Steiner, 2001

Pues sí, esos parecen ser algunos de los principales ingredientes que manejo al escribir ficciones. No es que me haya propuesto meterlos con calzador en la página, sino que son los que terminan saliendo, lo quiera o no. Lo que estoy escribiendo ahora va en la misma dirección.

Para que haya verdad en lo que escribimos, es necesario poner algo de dolor. Si no, resulta falso, un mero juego ornamental, inofensivo. Y yo creo que la escritura es mucho más que eso. Los personajes de mi libro se enfrentan a situaciones difíciles y a trances amargos. Sin embargo, todos ellos consiguen seguir adelante, se aferran, al final nadie se rinde ni queda destruido. Eso es importante para mí. ¿Cómo se convive con la adversidad? Básicamente, contándola. A este respecto, tiene razón George Steiner: «La esperanza es gramática».

Escribir acaba siendo una cuestión de equilibrio, cómo dosificar los elementos que tengo sobre la mesa: la poesía, el humor, la ternura, la tragedia. Todos ellos contribuyen a lo que para mí es más importante, que es (lo diré sin rodeos) crear y transmitir belleza.
 

Sobre el autor
(Buenos Aires, 1988) Es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona y cuenta con un máster en Estudios avanzados en Literatura Española e Hispanoamericana por la misma universidad. Actualmente, compagina la corrección y edición de textos con la docencia de español para extranjeros, al tiempo que profundiza en el estudio del arte y el pensamiento.
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